Y como si una señal invisible e inaudible se los indicara, se ponían, en friega, a hacer de esos ejercicios –porque de esos animalitos los copiamos los humanos- que les decimos “lagartijas”. Y como si una señal invisible e inaudible se los indicara, se ponían, en friega, a hacer de esos ejercicios –porque de esos animalitos los copiamos los humanos- que les decimos “lagartijas”.

La danza de los chintetes

Written by  Domingo, 11 Septiembre 2016 06:21

“Por un instante creí que habían comido las dos de alguna yerbita rara, alucinógena, y a lo mejor muy en su memoria atávica y en ese supuesto estado de alteración por el pasón de  yerba fresca, a lo mejor se sentían dinosaurios, quizá se dimensionaban así.”

Yo no sé si iban a copular porque desconozco sobre ese tema, lo único que puedo mencionar es que las dos lagartijas estaban paradas en lo alto de la barda, donde inicia la malla metálica y al fondo, expandido, untado en la inmensidad, el paisaje campechano de cerros, carretera federal y sembradíos verdes, lavados de lluvia veraniega.

Y ahí estaban los dos reptiles haciendo como una danza, cosas chistosísimas. Se movían engarrotadas, robóticas, paraban las colas como si fueran de alambre y se perseguían así, acalambradas y con movimientos entrecortados. Bien raro.

En esa especie de juego iban y venían sobre el filito de cemento. Bien entretenidas que estaban. Me hicieron recordar esos duelos en el zócalo entre una pareja de bailarines de break dance, o como se llame, como topadas de baile, nada más que estas lagartijitas en la horizontal, igual que si les dieran toques. Raro, pues, el asunto. Pero así es la naturaleza, rara, desconcertante, absurda.

Duraron unos minutos. Como que se aventaban la una contra la otra, entrecortaditas, y como que no, como que se querían dar sus trepones pero al momento retrocedían.

Por un instante creí que habían comido las dos de alguna yerbita rara, alucinógena, y a lo mejor muy en su memoria atávica y en ese supuesto estado de alteración por el pasón de  yerba fresca, a lo mejor se sentían dinosaurios, quizá se dimensionaban así. A saber.

Lo cierto es que me tenían súper divertido, jamás había presenciado algo así.

A los que pasaban y me saludaban nada más les hacía un medio ademán pero no les quitaba la vista de encima a las lagartijas, que también les dicen chintetes.

Y de pronto se separaban otra vez, varios centímetros se alejaban una de la otra y como si una señal invisible e inaudible se los indicara, se ponían, en friega, a hacer de esos ejercicios –porque de esos animalitos los copiamos los humanos- que les decimos “lagartijas”.

Otra acometida, otra bailadita tiesa, otro retroceso y su correspondiente serie de lagartijas, creo que ese era el patrón.

No duraron otras dos series más.

Estaban en su danza loca y ¡trasss!, ni sintieron, yo me sorprendí: un pájaro pasó, cazó a una a mitad de su compás telele y voló del otro lado de la barda con la lagartija en el pico.

La sobreviviente se quedó todavía unos instantes como asimilando el asunto, miró a ambos lados y seguramente acicateada por el interno destello de la supervivencia, se dio a la fuga.

Yo no sé si se iban a aparear o si así juegan los chintetes, como juegan entre sí los perros, o los gatos. Qué importa.