Lunes, 03 Septiembre 2018 05:09

El pequeño verano

El pasado 15 de agosto se cumplieron cinco años del fallecimiento del escritor, dramaturgo, periodista y dibujante polaco Sławomir Mrożek (Borzęcin, 1930-Niza, 2013), una de las figuras más representativas de la literatura europea de los últimos años y quien durante algún tiempo radicó en México.

Coincido con quienes consideran que la mejor forma de recordar a un escritor es acercarse a su obra. Por ello, en esta ocasión me permito aludir a la figura de Mrożek, precisamente, recordándolo a través de una de sus novelas.

Ya en otro momento escribí algo sobre el autor en este espacio, al recomendar su volumen de relatos breves El árbol (Acantilado, 2003), el cual contiene 42 textos llenos de humor surrealista, ironía y talento que colocan al nacido en Borzęcin como uno de los maestros del género.

Si bien Mrożek es más conocido en su faceta de cuentista y dramaturgo, también dedicó su arte a la novela; una de éstas es El pequeño verano (Acantilado, 2004).

Esta historia está ambientada en la Polonia de postguerra, cuando el régimen soviético se instala en ese país.

En su mayor parte transcurre en el pueblo imaginario llamado Monte Abejorros, que es habitado por diversos personajes, entre los que destacan el padre Embudo, el sacristán Abejorro, el comerciante Timoteo Abejita (también conocido como Veleta), Fisga, entre otros.

En Monte Abejorros hay una iglesia cuya campana lleva mucho tiempo sin haber sido tocada; la última vez que repicó cayó sobre el anterior sacerdote, el padre Gallina, y lo mató.

Monte Abejorros, de alguna forma, está enemistado con el pueblo vecino de La Malapuntá, del que la iglesia es encabezada por el padre Cardizal, quien no es de las simpatías de Embudo.

La diversión de ambos pueblos radica en las fiestas patronales o en eventos que planean los grupos organizados. En una de estas celebraciones, una broma en La Malapuntá desencadena un escándalo: nueve mujeres corrieron desnudas después de que alguien gritara «¡fuego!» cuando cambiaban sus ropas.

Esta noticia llega a Monte Abejorros, a oídos del padre Embudo, en quien se despierta una especie de envidia por su homólogo, ya que le parece sorprendente haber visto a nueve «comadres» desnudas de una sola vez.

Ésta es una de las primeras anécdotas de la novela, la cual contiene una riqueza de personajes memorables que el autor presenta poco a poco, a lo largo de cinco capítulos.

Uno de ellos es el sacristán Abejorro, acaso el que más aparece en la obra. Este hombre tiene doce hijos que a veces están a su cuidado, a veces al de su esposa o al de ambos a un tiempo. La fuerza de este personaje radica en su inocencia, en la ingenuidad y las situaciones tan divertidas a las que es expuesto por el padre Embudo, que, a su vez, también es uno de los protagonistas entrañables.

Una de las anécdotas más divertidas de la obra es la inauguración del Hogar Espiritual en Monte Abejorros, para el cual se prepara el montaje de una obra de teatro cuya representación resulta muy cómica, no sólo por lo absurdo del argumento, sino por los personajes que son invitados al acto y la atmósfera que rodea esos momentos.

La novela corre de forma fluida; no por divertida se sacrifica la calidad literaria ni la trama, que es muy rica. No en vano Mrożek es uno de los escritores más originales que ha habido en los últimos años en el panorama mundial de la literatura.

Además de anécdotas divertidas, hay pasajes históricos de Polonia, una crítica hacia los totalitarismos; también ridiculiza la propaganda yanqui y sus formas rancias antisoviéticas… Es, sin duda, una novela que puede leerse cuantas veces sean sin perder frescura ni vigencia, repleta de personajes divertidísimos.

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Lunes, 13 Agosto 2018 05:02

Una soledad demasiado ruidosa

…soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé

qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí,

y cuáles he adquirido leyendo.


B. H.


Hay autores a los que uno siempre quiere volver, ora porque escribieron un libro que marcó la vida del lector, ora porque simplemente crearon una obra fascinante por donde se la aborde.

La recomendación de esta semana tiene que ver precisamente con uno de esos escritores a los que siempre se desea regresar y conseguir cuanto libro haya escrito. Me refiero al checo Bohumil Hrabal (Brno, 1914-Praga, 1997), uno de los autores más destacados de la literatura centroeuropea del siglo XX.

Ya en otra ocasión recomendé Yo que he servido al rey de Inglaterra, una novela del mismo autor en la que se aborda la historia de un aprendiz de camarero. Ahora toca el turno a Una soledad demasiado ruidosa (1976; Galaxia Gutenberg, 2017. Traducción de Monika Zgustova), una de las novelas cumbre del checo y que fue escrita cuando su obra estaba prohibida en su país.

Haňťa, el personaje principal y narrador, trabaja en un almacén de reciclaje de papel. Desde hace 35 años se dedica a prensar libros en un sótano de la empresa, desde donde se le abre el mundo.

Entre libros, réplicas de obras maestras de la pintura y ratones, Haňťa se encarga de crear balas para su posterior distribución. Sin embargo, el hombre también se ha dedicado a leer, a llevarse libros a su departamento, donde asegura que tiene dos toneladas de ejemplares.

Desde el subsuelo reflexiona acerca de todo el conocimiento que ha acumulado la humanidad a través de la literatura. En cada bala que forma busca incluir una obra maestra de ese arte y también pictórica.

Entre toques surrealistas, bocanadas de humor y de ternura, Haňťa recorre los barrios de Praga, casi siempre empapado en cerveza, de la que bebe jarras y jarras. Pero ello a veces le genera desencuentros con el jefe del almacén, quien lo reprende en algunas ocasiones.

El hombre, que nos recuerda que «soy culto a pesar de mí mismo», espera jubilarse con su prensa para no extrañar su oficio una vez que se haya retirado. Piensa que en cinco años más podrá aspirar a esa jubilación y comprar la prensa para tenerla consigo. Mientras tanto, se emborracha y dedica su vida a prensar libros, pinturas y ratones.

Entre sus reflexiones menciona a figuras históricas como Jesús, Lao-Tse, Goethe, Schiller, Hölderlin, Nietzsche, Kant, Hegel, Erasmo, Pollock, Gauguin, Richard Wagner, entre muchos otros, a quienes de alguna forma agradece sus aportaciones a la historia de la humanidad y con quienes ha convivido durante décadas.

A través de la historia el lector se topa con personajes tan entrañables como el propio Haňťa, tal como su tío, un ferrocarrilero jubilado con ciertas manías y quien le sugirió que se hiciera de la prensa cuando se retirara de la vida laboral.

Cada personaje aporta un grano de surrealismo, de humor y de ternura. La obra divierte y conmueve: he ahí una habilidad de Hrabal, capaz de hacer reír y llorar al lector en un plumazo.

Una soledad demasiado ruidosa también advierte de los cambios generacionales, de cómo el hombre es sustituido por la máquina a velocidad insospechada. El personaje central es el representante de la última generación que de alguna forma imprimía cierto romanticismo en lo que hacía para dar paso al automatismo.

Por donde se la mire, es una novela profunda, pese a su brevedad (102 páginas en la citada edición). Se trata, pues, de una de esas obras a las que se volverá una y otra vez.

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Lunes, 06 Agosto 2018 05:10

El cero y el infinito

A él, a Nicolás Salmanovith Rubachof, no le habían llevado

a la cima de una montaña, y, doquiera pusiese su mirada,

no veía más que el desierto y las tinieblas de la noche.

 

En El cero y el infinito

 

Los sistemas totalitarios que fueron impuestos en el siglo XX provocaron dolorosas heridas para la humanidad: costaron millones de vidas y es la fecha en la que no han sido superados.

Uno de esos sistemas que derivó en totalitarismo tiene que ver con el comunismo. Pero no fueron los ideales en sí, sino las personas que se encargaron de administrar el estado de las cosas, las que deformaron una ideología cuyo fin no era el que actualmente es difundido y reproducido a través de propaganda anticomunista.

La recomendación de esta semana es a propósito de esa ideología y los encargados de imponer mecanismos de control y destrucción moral: El cero y el infinito (1941; DeBolsillo, 2012), una novela monumental del autor húngaro Arthur Koestler (1905-1983).

Si bien se trata de una crítica a las prácticas que realizaban los administradores del sistema comunista, hay que decir que no es una crítica simplona, sin fundamento, sino que está asentada en un razonamiento profundo y tejida con inteligencia.

El cero y el infinito cuenta la historia de Nicolás Salmanovitch Rubachof, antiguo agente del Partido que un día es apresado y trasladado a una celda, de la que –estaba convencido– no saldrá con vida.

Recluido en un espacio oscuro, nada acogedor, Rubachof repasa la vida en espera de ser juzgado por el Partido. El narrador, omnisciente, lleva al lector a episodios del pasado reciente que pudieran resultar clave para la captura del hombre y las posteriores acusaciones que pesan en su contra.

A veces mira a través de la ventana que hay en su celda: el patio, la tarde o la mañana y sus cielos teñidos de rojo o lilas. Por momentos, a la sensación de vacío se suma un insoportable dolor de muelas que le impide encontrar un poco de calma.

En cierto momento entabla una conversación con su vecino de celda, a través de golpes en clave que se traducen en palabras. De esta forma, el lector obtiene algo de información que de a poco va entretejiendo la crítica del autor hacia las prácticas de quienes se adueñaron del comunismo.

Rubachof sabe que deberá enfrentarse a interrogatorios, acompañados de métodos de tortura –física y psicológica– que derivarán en la aceptación de todos los cargos de los que son acusados los detenidos y un posterior juicio.

Una vez que inician los interrogatorios, el personaje se asombra de que la persona encargada de cuestionarlo es Ivanof, antiguo camarada y compañero del Partido con quien Rubachof compartió años de juventud e ideología.

La celda se convierte en escenario de diálogos que se prolongan por horas, durante las madrugadas, entre los hombres. Se trata de uno de los recursos magistrales de Koestler que somete al lector a sofocos, a un cansancio tal cual lo experimenta el personaje central.

Así, los encuentros entre Rubachof e Ivanof representan el choque entre la ideología inicial del comunismo y en lo que derivó. Sin embargo, hay en ambos hombres puntos que aún les impiden llegar a odiarse.

Ante ello, la historia da un vuelco: Ivanof desaparece de escena y su lugar es tomado por Gletkin, que representa a la nueva generación que se apropió del comunismo con todas sus prácticas de aniquilación. Es un hombre-máquina incapaz de preguntarse si la ideología sigue su curso inicial o se desvió hacia el precipicio del que no podrá volver.

El cero y el infinito es una obra inteligente, dotada de un profundo humanismo que antepone al individuo antes que a las organizaciones o ideologías que terminan por aplastar al ser humano. Aunado a los magistrales diálogos, hay en la novela un grado de tensión que sumerge al lector en un mundo de tinieblas donde se escuchan los latidos del corazón y cuyo silencio, que zumba los oídos, a veces es interrumpido por un disparo en medio de la noche.

Hacia el final de la historia, Koestler entrega al lector párrafos y párrafos conmovedores que no dejan indiferente, reflexiones de un hombre que se pregunta en qué momento un sistema en apariencia beneficioso para la sociedad puede convertirse en un régimen aniquilador.

En la novela hay personajes que remueven las fibras y que por momentos obligan a cerrar el libro antes de romper en llanto. Es, pues, una obra que se sufre, pero se disfruta y agradece por la valentía del autor a no caer en la fácil propaganda anticomunista.

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Lunes, 30 Julio 2018 05:47

Un puente sobre el Drina

A partir del momento en que un gobierno experimenta

la necesidad de prometer a sus súbditos, por medio

de anuncios, la paz y la prosperidad, hay que mantenerse

alerta y esperar que suceda todo lo contrario.


Ivo Andrić


Cuando Ivo Andrić (1892-1975) fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, en 1961, el autor de origen bosnio solicitó al comité organizador, en plena ceremonia de premiación, que le permitieran hacer sonar una pieza musical que hoy en día es una especie de segundo himno para los serbios: Mars na Drinu (Marcha en el Drina), compuesta por el músico Stanislav Binicki, a principios de la Primera Guerra Mundial.

La obra musical fue creada en honor a la primera victoria del Ejército serbio liderado por Milivoj Stojanović, en 1913, durante la guerra balcánica que abrió el siglo XX. Desde entonces, las notas de la marcha suenan allí donde los serbios pretenden enaltecer su orgullo e infundir valor y valentía a los suyos.

Que Andrić realizara tan peculiar solicitud se entiende si se toma en cuenta que su obra más reconocida en el mundo tiene que ver precisamente con el tema: Un puente sobre el Drina (1945), una novela fascinante que lleva al lector a recorrer cuatro siglos de historia de una zona donde los conflictos bélicos parecen ser el «destino» y la cotidianidad de los hombres y las mujeres que habitan esa región del planeta, tan castigada desde hace tiempo.

La novela transcurre en la ciudad de Višegrad, cuando la región era dominada por el Imperio otomano. En la segunda década del siglo XVI, por órdenes del Gran Visir Mehmed Paša Sokolović, inicia la construcción de un puente sobre el río Drina, el mismo caudal donde Mehmed niño le fue arrebatado a su madre; luego, de cuna cristiana, fue convertido al islam.

La construcción –de piedra, majestuosa– tardó alrededor de cinco años, tras lo que se convirtió en una fortaleza, en zona frecuente de contingentes de soldados, en punto de encuentros y desencuentros sociales…

El autor relata anécdotas de una multitud de personajes que han pasado por ese sitio durante décadas y décadas, que han dejado parte de su vida sobre el puente.

Es una obra coral que plasma las formas del pensamiento de una u otra religión, mediante costumbres y otros elementos que dejan entrever sesgos de la intolerancia que impide la convivencia entre musulmanes, cristianos ortodoxos, judíos y católicos…

El puente fue el paisaje que el niño Ivo contemplaba; a través de los once arcos de la obra legendaria, observó el ir y venir de los hombres, de las mujeres; aprendió que la vida no se termina con la llegada de la muerte, sino cuando la convivencia se torna en guerra y no hay sitio para la paz.

Todo ello, años más tarde, en plena Segunda Guerra Mundial, lo inspiró para escribir una de las grandes novelas del siglo XX, rica en personajes y descripciones de distintas épocas. Personajes que conmueven y divierten, transportan a los sitios de esa forma en la que sólo la literatura es capaz.

Lo que más impresiona de Un puente sobre el Drina, además de la erudición del autor, es su capacidad para relatar encuentros y desencuentros, diferencias étnicas y religiosas; guerras que parecen absurdas –siempre lo son– sin tomar partido en uno u otro bandos: Andrić, magistralmente, relata los hechos como un testigo al que le duelen todos y cada uno de los conflictos que ocurren en la tierra que ama. (Hay que recordar que el Nobel de 1961 era partidario de la unidad en la antigua República Federal Socialista de Yugoslavia.)

Ivo Andrić supo leer la sociedad de su tiempo, de la que formaba parte. En Un puente sobre el Drina hay una advertencia respecto de que la intolerancia religiosa no solo puede desencadenar guerras en los Balcanes, sino en todo el mundo.

No es una novela para leerse en una tarde. Se trata de una obra que supone reflexión, visitas a los mapas, revisión de citas, etc. Es uno de esos libros que ilustran más que cualquier cantidad de clases de historia en algún aula. Andrić se convierte en un guía y se mantiene fiel a los testimonios de la historia de su tierra, sin caer en el propagandismo ni en la manipulación de los hechos.

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Lunes, 16 Julio 2018 05:04

El árbol

Hoy en día, los cuentos y relatos breves gozan de una amplia aceptación entre los lectores de ese género. Si bien no se trata de una forma actual, sí es en nuestros días cuando más escritores se han dado a la tarea de cultivar ese estilo.

Antón Chéjov (1860-1904) es considerado el más grande escritor de relatos breves en toda la historia, la principal referencia y un maestro del género. Mi recomendación de esta semana tiene que ver con otro maestro del relato breve, el polaco Sławomir Mrożek (Borzęcin, 29 de junio de 1930-Niza, 15 de agosto de 2013).

Marcado por la Segunda Guerra Mundial y el régimen estalinista en Polonia, Sławomir Mrożek tuvo una vida agitada y sus posturas ideológicas lo obligaron a cambiar de residencia y ocupación en diversas ocasiones.

Estas experiencias le permitieron explorar, a través de la creación literaria, la conducta de las personas que viven bajo sistemas totalitarios. Así, en su obra el lector encuentra lo mismo situaciones cómicas, que grotescas y dramáticas.

El árbol (Acantilado, 2003) es un conjunto de relatos breves en el que desfilan personajes que parten del realismo, pero toman caminos surrealistas y se ven inmersos en situaciones inimaginables, con estancias en lo absurdo.

El libro contiene 42 relatos breves, casi todos, piezas maestras del género. La traducción corrió a cargo de B. Zaboklicka y F. Miravitlles.

En «El árbol», texto que da nombre al libro, el lector se topará con un narrador-personaje que, en apenas página y media, da cuenta de un árbol que crece junto a una curva de carretera. Es un árbol que ha estado allí desde hace muchos años y el hombre recibe un mensaje de la autoridad local en el que le indica que debe ser derribado para evitar accidentes.

Sin embargo, el personaje decide emprender una empresa muy peculiar para evitar que los automovilistas choquen y el árbol sufra daños.

Hay que decir que en los textos de Sławomir Mrożek hay un humor que hará que el lector suelte una carcajada de cuando en cuando. Por ejemplo, en «Eso no se hace» nos enteramos de la historia de un hombre que, cierto día, leyó en un periódico acerca de la existencia de satélites. Se entera de que éstos fotografían todo lo que hay en la Tierra y ello desencadena en él una preocupación: el aspecto que tendrá cuando sea captado por un satélite.

Ante la inquietud, el personaje comienza a afeitarse, a cuidar su imagen; incluso se ve obligado a comprarse una corbata nueva. Cierto día, al solicitar su jubilación, le piden que adjunte una fotografía. Por ello escribe a las Naciones Unidas para que le envíen una foto de las que –está convencido– le han tomado los satélites. No recibe respuesta, por lo que se ve en la necesidad de acudir con un fotógrafo y pagar por dicho servicio. No obstante, al final decide rebelarse contra el cielo y los satélites mediante un acto que resulta bastante divertido.

En «Immanuel» se da el encuentro entre un guionista y un productor de cine. El primero decide adaptar la Crítica de la razón pura de Kant a una versión cinematográfica, pero encuentra resistencia ante el productor, quien le sugiere una serie de cambios que terminan por modificar el guion original y se somete a Kant a situaciones de risa.

Otro ejemplo del humor de Mrożek se encuentra en «Las cuitas del joven Werther»: un individuo se presenta ante el director de una filarmónica y le solicita una suma considerable de dinero por sus servicios. Pero estos dos ni siquiera se conocen. Resulta que el supuesto músico no sabe tocar un solo instrumento; al final, el director le sugiere que aprenda a tocar para poder exigirle lo que en un principio le pedía.

En El árbol hay una pasarela de personajes divertidos, absurdos, grotescos, cuyos ambientes sumergirán al lector en una experiencia única, gracias a la pluma de un narrador espléndido como lo fue Sławomir Mrożek.

La ampliamente recomendada editorial catalana Acantilado ha publicado varias obras de este autor: Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), Dos cartas (2003), El árbol (2003), El pequeño verano (2004), La mosca (2005), Huida hacia el sur (2008), El elefante (2010) y La vida para principiantes (2013).

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Lunes, 09 Julio 2018 05:26

Lord

¡Ah!, el espejo, siempre queda el espejo

que no me deja mentir: tengo la cara de una fiera,

lo que me queda de cabello, desgreñado,

el ceño cargado, un Beethoven iracundo sin sordera ni música.


J.G.N.


Hay en Sudamérica una riqueza literaria de la que se puede sacar un buen puñado de grandes autores que aparecen en una y otra antologías. Pero hay nombres que se repiten una y otra vez y de pronto dan la sensación de preguntarse si es que no hay más escritores.

En este sentido cae uno en la cuenta de que la brasileña es una literatura acaso poco explorada y de la que nos llega información a cuentagotas.

A propósito de este asunto, esta semana me permito recomendar una novela salida del gigante sudamericano: Lord (2004; Adriana Hidalgo editora, 2006), de João Gilberto Noll (1946-2017).

La historia inicia cuando un hombre brasileño es llamado a Inglaterra por un militar británico. Se sabe que es autor de algunos libros, pero no quién es en sí. No hay un hilo que lleve al lector al pasado de esa persona. ¿Para qué ha sido llamado a Inglaterra? Ni el narrador –que es el propio protagonista– lo tiene claro.

De buenas a primeras, el hombre llega a Londres. Para ello, el británico le envía los pasajes y le otorga una casa a la que debe llegar, pues será su hogar en la capital inglesa.

Sin embargo, el motivo del llamado lo desconoce; el protagonista únicamente menciona que es para una especie de misión, pero ignora más detalles.

Una vez instalado en Londres inicia el viaje del cuerpo que es el narrador. La ciudad, fría y no del todo de su agrado, sirve de pretexto para comenzar a «ser varios», luego de comprobar –espejo de por medio– que no ha sido suplantado por otro.

Las horas se extienden. El recién llegado comienza a recorrer lugares, a desplazarse de un punto a otro en busca de un motivo. Así, la novela va cobrando tintes existenciales mediante las reflexiones del personaje.

El hombre se desenvuelve en la urbe. Se desinhibe. De pronto es consciente de que allí es un desconocido, de que se encuentra en un mundo nuevo. Esta autoafirmación lo conduce a adoptar comportamientos que acaso en Brasil no hubieran tenido lugar, tales como cometer robos o meterse en la cama con desconocidos.

En ese zambullirse en las horas llega incluso la pérdida de la consciencia. Alguna noche se pregunta qué fue de él en todo el día, en dónde estuvo. Diríase que al comienzo del nuevo día se suplanta a sí mismo para convertirse en uno más que puede ser.

De alguna forma, en la novela hay una especie de derrota del individuo: resulta acaso imposible situarse en un lugar nuevo sin ningún motivo que lo mueva a justificarse en sí, a llenar las horas. Porque la libertad se torna en una bestia con la que difícilmente puede lidiar el hombre.

El personaje va de una ciudad a otra. Se mueve en tren, observa a los otros, se toma el tiempo de imaginar situaciones con algunos de los desconocidos que se topa.

Lord es un grito de libertad, pero también una manifestación del miedo a la misma. El narrador cae inconsciente, ve mermada su salud; el contacto con los otros es una posibilidad de ser alguien más: se diluye en sí mismo hasta convertirse en un ente en busca de explorar límites que antes ni figuraban en su imaginario.

Publicado en La Tinta Insomne

El libro “De Frente al Futuro. Cuatro cambios indispensables para México”, que contiene el programa de gobierno del candidato de la Coalición Por México al Frente a la Presidencia de la República, Ricardo Anaya, se puede descargar a partir de este lunes en su página oficial.

Anaya Cortés propone cuatro cambios indispensables para el país: 1) Honestidad: Pacto social del futuro; 2) Adiós al miedo: México en paz; 3) Crecimiento económico e igualdad: nadie se queda atrás y 4) México en el mundo: Una nueva visión de soberanía.

En 204 páginas, Anaya retrata no sólo el estado actual de nuestra nación en los ámbitos más importantes, sino, sobre todo, cuatro cambios indispensables que México necesita de frente al futuro, se informó en un comunicado.

Asimismo, presenta diagnósticos en los que identifica y jerarquiza los problemas, reúne distintas perspectivas sobre ellos y perfila propuestas para resolverlos.

 

Publicado en Nacional
Lunes, 25 Junio 2018 05:17

Amor y obstáculos

Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) es un escritor bosníaco que escribe en inglés y actualmente es una de las voces más importantes de su país. Su historia es peculiar.

En 1992, cuando inició el asedio en la capital de la hoy independiente Bosnia-Herzegovina, Hemon se encontraba en Chicago. Lejos de su familia, allí lo sorprendió la guerra de los Balcanes y no tuvo otra opción que seguir los detalles a la distancia.

Imposibilitado para escribir en su lengua, el autor decidió hacerlo en inglés. Pronto, sus primeros relatos fueron publicados en The New Yorker, Esquire y The Paris Review con buena crítica.

Esta semana la propuesta de lectura que me permito hacer es Amor y obstáculos (Duomo, 2011), una novela contada a través de ocho relatos por un personaje que vive entre los recuerdos previos a la guerra y las posteriores experiencias. Es considerada una obra con fuerte carga autobiográfica.

En el primer texto, «Escalera al cielo», el narrador es un adolescente que vive en Zaire; entre lecturas de Rimbaud, canciones de Led Zeppelin e invocaciones de Conrad, busca escribir en el diario que le prometió a su mejor amiga, la cual se quedó en Sarajevo. Ya desde ese primer encuentro el lector descubre un tono a veces pesimista, a veces nostálgico, pero siempre con el deseo intacto de compartir sus vivencias.

En «Todo» se cuenta la historia de un chico que viaja solo por primera vez. Debe ir en busca de un frigorífico a Eslovenia. Aborda un tren en el que conoce a un serbio y a un bosníaco. De pronto, el encuentro raya en lo absurdo y el ambiente parece opaco, cenizo, pero dotado de una prosa fluida.

En otro relato el narrador es un escritor confundido con un director de orquesta por Muhamed D., el mayor poeta bosníaco de esa época. El autor describe el momento cuando conoció al poeta, tiempo atrás; sus años de escritor en ciernes entre calles y sitios sarajevitas, no sin un dejo de nostalgia: ahora vive en Estados Unidos.

Cuando el poeta es invitado a ese país norteamericano, el autor echa mano de su experiencia y describe una estancia de Muhamed D. para el olvido en esa nación (a menudo hay una fuerte crítica a la sociedad estadounidense). Él y el poeta terminan con una borrachera monumental.

«Las abejas, primera parte» deja ver el carácter del padre del narrador. Confiesa que nunca le gustaron los libros de ficción, los escritores en general. Sin embargo, el hombre termina por retractarse y él mismo comienza a escribir una novela en la que habla de su infancia en los días de Yugoslavia, de su familia, de los colmenares que fueron el sustento de los suyos, pero todo terminó con la llegada de la Segunda Guerra Mundial.

En «Comando americano» encontramos uno de los textos más conmovedores del libro (en realidad, todos lo son). El narrador es un bosníaco refugiado en Estados Unidos. Cierto día lo contacta una estudiante que trabaja en una especie de documental relacionado con la guerra de los Balcanes como proyecto para titularse.

La chica graba el relato del joven, quien, frente a la cámara, habla de sus recuerdos en la Sarajevo de su infancia. Tenía algunos amigos con los que solía jugar en un viejo edificio, pero que un día les es «arrebatado» por los Obreros, nombre que le dan al grupo de los «enemigos» que los han despojado de su sitio.

Los trabajadores ignoran la existencia de esos chicos; éstos, sin embargo, deciden comenzar una «guerra» en contra de ellos. En un principio dejan escritos con insultos dirigidos a los obreros en los que les mencionan a sus madres y a sus hijas. Luego tratan de hacerlos abandonar las labores con «ataques» de los que ni se enteran los otros. Así comienza un conflicto que se inventan los niños con tal de derrotar a sus enemigos.

El narrador cuenta cómo buscaba intimidar a los demás con frases pronunciadas con un inglés chicloso que considera intimidatorias para todo aquel que se le pusiera enfrente.

El estilo de Aleksandar Hemon es fluido y limpio. Se trata de un escritor que goza al contar historias, aun cuando éstas tienen un trasfondo oscuro.

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Lunes, 11 Junio 2018 05:22

Diario de un aspirante a santo

Quien comienza hoy este diario es, en opinión de todos,

un hombre ya gastado. ¿Es posible, sin embargo, que un hombre

gastado sea capaz de una resolución como la que acabo de tomar?

 

En Diario de un aspirante a santo

 

¿Puede alguien despertar un día y decir: «Quiero ser santo»? ¿Cómo se comporta un hombre que decide aspirar a alcanzar la santidad, en un mundo de constantes cambios? He aquí el argumento de la recomendación de este semana: Diario de un aspirante a santo (1927; Ediciones Del Equilibrista, 1993), del francés Georges Duhamel (1884-1966).

Ya desde el título el libro invita a adentrarse en sus páginas. Al principio, el lector se topa con un brevísimo prólogo del cubano Eliseo Diego, quien se encarga de sembrar la curiosidad en quien tiene la novela en sus manos.

Cuenta el cubano que cuando leyó esta obra «me conmovió –y me conmueve aún– su visión compasiva, delicadamente irónica, de las debilidades humanas, y lo coloqué en la misma capilla donde veneraba a don Miguel de Cervantes».

Una vez adentrado en la historia, el lector se encuentra con el personaje-narrador, Luis Salavin, quien no es más que un oficinista gris que ve transcurrir la rutina de sus días en una ciudad de París nada atractiva y, ante ello, un 7 de enero decide que será santo, justo el día de su cumpleaños número cuarenta.

Para conseguir su empresa se pone un plazo de quince años e inicia la escritura de un diario en el que guardará sus experiencias. Sin embargo, ante el temor de que la libreta sea encontrada por su esposa y con ello se descubra su campaña, opta por suplir la palabra santo.

Oficinista de una empresa lechera, Salavin va por la vida con su carácter algo desconfiado. Es un observador que se detiene a contemplar a los otros, el entorno en el que está inmerso y del que anota sus reflexiones en el diario.

A través de esos apuntes descubrimos a otros personajes que forman parte de su cotidianeidad, tales como el director del personal, el señor Mayer, un hombre de aproximadamente cincuenta años, de rasgos finos y cansados, y el empleado Jibé, uno de los personajes más llamativos de la obra.

Por momentos encontramos a un Salavin atormentado por no saber cómo él, ese oficinista, puede alcanzar la santidad. Y más: cómo conseguirlo en una ciudad como en la que vive.

Con el paso de los días el comportamiento del protagonista sufre cambios que poco a poco modifican su vida diaria. Uno de ellos se da cuando decide abandonar su casa y mudarse a un sitio de alquiler, lejos de alcanzar las comodidades que acaso tenía en su hogar.

Aquel espacio le permite una mejor contemplación del exterior y de sí mismo. El diario deja ver sus preocupaciones más hondas; reflexiona acerca de diversos órdenes, desde lo moral y lo ético, hasta el repaso de vidas de santos de los que busca una guía para conseguir su meta.

Luis Salavin es un hombre afligido por las circunstancias, por su tiempo. Como apunta Eliseo Diego, se trata de una lectura profundamente conmovedora, pero no en el sentido de la autocompasión, sino por la visión acaso ingenua que el hombre tiene del mundo.

Aunado a lo anterior, Jibé adereza la historia con su peculiar comportamiento. Además, es un reto del hombre para el hombre con el fin de medir hasta dónde se es capaz de sentir empatía por el otro.

Pero no se crea que sólo encontraremos compasión y dolor en la novela. También hay pasajes divertidos que la convierten en una lectura por demás amena y altamente recomendable para estos días.

El final de la historia queda ahí para ser descubierto por el lector que se anime a buscar esta obra, la cual –sin duda– le dejará un grato sabor.

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Lunes, 04 Junio 2018 05:09

Memoria de elefante

…me despido y te llamo sabiendo que no vendrás

y deseando que vengas del mismo modo

que, como dice Molero, un ciego espera

los ojos que encargó por correo.

 

A.L.A.

 

António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) es un autor del que ya no se puede escapar una vez que se ha sumergido en alguna de sus novelas. El eterno candidato al Nobel cuenta con una vasta obra que es aclamada no sólo en Europa, sino en diversas partes del mundo.

Acreedor de varios premios, el portugués ha ganado prestigio y respeto no nada más por los galardones, sino por la calidad de su escritura: es un autor complejo cuya prosa –cargada de poesía– envuelve al lector en una forma de hipnosis de la que se sale como se vuelve del sueño.

En esta ocasión vuelvo a recurrir a Lobo Antunes para la recomendación de esta semana. Antes ya comenté acerca de su novela El orden natural de las cosas, pero ahora me referiré a Memoria de elefante (1979; Mondadori, 2005, con traducción de Mario Merlino).

De entrada hay que mencionar que ésta es la primera novela del lusitano y puede ser la puerta de acceso para acercarse a su obra. El narrador/protagonista es un psiquiatra (al igual que Lobo Antunes) que manifiesta su inquietud por dedicarse a su verdadera pasión: la literatura.

Durante un día y una noche, el narrador cuenta la crisis existencial por la que atraviesa a raíz de la separación de su esposa, a la que aún ama, y todas las circunstancias que conlleva la vida de un hombre como él. Ella también aún lo ama a él: las razones de la ruptura son desconocidas.

No es una novela de amor en sí. En ella, el escritor suelta un monólogo en el que repasa pasajes de su vida: la formación profesional, el trato familiar, la guerra de Angola, etc. Lobo Antunes se cobija con autores clásicos –Queirós, Quevedo, Brontë, Carroll– para echar mano al texto y apelar a su sombra para presentarse ante la Señora Literatura.

En Memoria de elefante hay arranques del futuro Lobo Antunes. Con total honestidad –virtud de los más grandes escritores–, comparte con el lector aspectos íntimos y comprometidos de su vida que lo marcaron para inclinarse a la escritura.

El narrador se habla y escucha a sí mismo con la intención de reconocerse y ver en qué momento se perdió con el fin de reencontrarse. A veces parece ser un monólogo frente al espejo: un poeta/narrador le cuenta a la imagen quién es en ese momento el de carne y hueso.

Hay muchas alusiones literarias, como si con ellas encontrara la forma de estacionarse definitivamente en la literatura, la verdadera vocación del psiquiatra que ensaya y encamina al futuro literato que hallará en las letras el verdadero amor.

El título es «loboantuniano» por excelencia: poseedor de una memoria impecable, el autor ha manifestado que la memoria es uno de los principales recursos de los que echa mano un escritor. Así, en Memoria de elefante abre la puerta al flujo de recuerdos que recorren las páginas de su obra, que –repito– no es de fácil acceso, pero sí es distinta y representa una calidad que colocan al portugués a la altura de los mejores escritores del mundo que hay en la actualidad.

Acerca de esta novela, el propio Lobo Antunes ha dicho que está llena de defectos, pero que si él fuera editor, la publicaría por todo lo que promete en sí.

Si se toman en cuenta las posteriores obras, podría decirse que estamos ante el esbozo de lo que será el futuro creador de novelas como El orden natural de las cosas (1992), Esplendor de Portugal (1997) y Buenas tardes a las cosas de aquí abajo (2003), entre tantas otras que conforman un universo literario rico en imágenes, en recursos y en la calidad de un autor que extrañamente no es tan conocido en el continente americano como se supondría.

Si entre uno de los propósitos del lector está el de leer más o descubrir nuevos autores, Antonio Lobo Antunes es una apuesta segura. Memoria de elefante puede ser el acceso para ingresar al fascinante mundo del portugués que no decepciona a los lectores.

Publicado en La Tinta Insomne
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