Elizabeth Palacios

Elizabeth Palacios

Domingo, 15 Julio 2018 05:42

Las ciudades nunca terminan

En las últimas semanas he sentido una necesidad enorme de tomar un avión y aterrizar en París y mucha gente me pregunta, ¿en serio? ¿otra vez? ¡si ya conoces! Y lo cierto es que la ansiedad es porque justo temo llegar y no reconocer la ciudad.

No exagero, a pesar de que es todo un clásico y como bien se reza en Casablanca “siempre tendremos París”, lo cierto es que las ciudades clásicas también cambian y evolucionan y particularmente París, con una alcaldesa innovadora y arriesgada como la progresista Anne Hidalgo, ha estado registrando varios cambios interesantes en los últimos años.

El primero y más notable es que Anne Hidalgo logró que desaparecieran los autos de las orillas del río Sena. Tal como lo leen, ahora este espacio es un andador permanente, todo el paseo es peatonal y bueno, en el verano se pone increíble por la tradición de las llamadas Paris Plages, las playas urbanas que siempre se vuelven en un atractivo para los parisinos que no pueden escapar de la ciudad en esta temporada vacacional, y para los turistas que nunca faltan en la capital francesa.

La orilla derecha del Sena en el centro de París quedó prohibida al tráfico vehicular y ha sido reservada peatones y ciclistas, a pesar de la resistencia de los conservadores. Esta es una medida que busca combatir la contaminación ambiental, un problema serio para la capital francesa y es una iniciativa de la alcaldesa Anne Hidalgo que fue respaldada por la mayoría socialista y ecologista del consejo municipal parisino pero resistida por la derecha capitalina.

La vía rápida Georges Pompidou que recorre la orilla derecha del Sena fue inaugurada en 1967 para agilizar el tránsito.

Sobre los 13 kilómetros de esa arteria que atraviesa París de oeste a este, solo 3,3 km, con algunas de las vistas más bellas y románticas del centro de la capital quedarán reservados al disfrute de ciclistas, turistas, enamorados o simples transeúntes. De hecho, este recorrido fue declarado patrimonio mundial por la UNESCO en 1991.

La ministra de Medio Ambiente de la administración anterior, Ségolène Royal y cinco reconocidos neumólogos franceses respaldaron la campaña de Hidalgo, afirmando que la contaminación es responsable "de unas 2.500 muertes por año en París".

La municipalidad apuesta a que una parte de los automovilistas opten por transportes en común o iniciativas de vehículo compartido y que los demás utilicen trayectos alternativos. Ese cambio es algo que quiero ir a constatar por supuesto pues la última vez que estuve en París fue en 2016, antes de que esto fuera aprobado.

Otro cambio que quiero ir a experimentar es el balneario gratuito del canal de la Villete, en el distrito 20, algo que apenas este verano será implementado por segunda ocasión y que tuvo muy buena respuesta en su apertura el año pasado.

Al mismo tiempo, otros pequeños cambios en el mobiliario urbano han ido ocurriendo como que muchos de los viejos y tradicionales puestos de periódicos y revistas han sido sustituidos por unos más modernos y funcionales, que hay más y mejores botes para separar los residuos, más estaciones para alimentar baterías de autos eléctricos, un nuevo sistema de bicicletas públicas y ahora también bicicletas sin cicloestaciones, igual que ya está ocurriendo en la Ciudad de México.

Por supuesto, París siempre tendrá sus típicas terrazas donde uno puede pasar las tardes bebiendo el mejor vino del mundo, sus funciones de cine o conciertos al aire libre en el Parque de la Villete, los picnics con queso, pan y vino a la orilla del Sena o del canal St. Martin —sí, ese donde Amélie tiraba piedritas— y otras cosas que harán que siempre sea una gran opción para visitarse en el verano, aún cuando la mayoría de los parisinos salgan de allí corriendo para ir a tostarse en alguna playa real.

Lamentablemente, aunque ya tenía planeado un viaje para finales del verano, lo he tenido que cancelar y una vez más, París tendrá que esperar.

Me apena porque de verdad quiero ir a constatar estas mejoras que está teniendo la ciudad, disfrutar que una vez al mes la avenida más bella del mundo sea exclusiva para los peatones y otras novedades en mi ciudad favorita.

Nunca permitan que les digan “para que vuelves si ya conoces ese lugar” porque en realidad, los buenos viajeros, los de verdad, nunca terminan de descubrir los detalles en cada destino y las ciudades, como las personas que les dan vida, nunca detienen su evolución. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadie va a negar que si hay un placer infinito es el que tenemos en el paladar cuando probamos un delicioso helado. Si encontramos uno que tenga ese justo equilibrio entre cremosidad, consistencia, azúcar y el sabor de nuestra preferencia, el helado puede llevarnos más allá del cielo en un abrir y cerrar de ojos.

Pues resulta que julio es el mes del helado, una celebración instituida por Ronald Reagan en 1984, cuando era presidente de los Estados Unidos. Sí ya sé, pocas cosas tenemos que agradecerle a Ronald pero esta sí que vale la pena.

Y es que resulta que este mes hay muchas promociones en lugares deliciosos y de gran tradición heladera tanto en el vecino país del norte como en la Ciudad de México. Pero vayamos un poco a la historia de este que es uno de los postres más sanos y deliciosos que existen.

Historia del helado

 

Su origen se encuentra en China, donde hace algunos milenios la gente mezclaba la nieve de las montañas con frutas. También se sabe que en el Califato de Bagdad se acostumbraba tomar esta preparación, denominada “Sharbets”.

No obstante, fue Marco Polo quien introdujo a Europa estas fórmulas que aprendió en sus viajes, que en ese momento era muy difícil preparar. Más adelante se descubrieron los helados de leche durante el reinado de Carlos I de Inglaterra, cuando un cocinero francés mezcló los jugos de fruta con leche.

Aunque este postre se volvió popular gracias a los heladeros ambulantes italianos en los años 1600, fue hasta 1846 que Nancy Johnson inventó la primera heladora automática y, cinco años más tarde, comenzó su producción industrial en Boston.

Italia y su gelatto

Dos cosas vienen a mi memoria culinaria cada vez que pienso en Italia, y no, ninguna tiene relación con pizza o pasta. La primera es el café pues fue allá, en las agitadas barras de café de Roma donde aprendí lo que era un verdadero espresso bien hecho y la segunda, es el helado.

Desde mi primer viaje a la capital italiana —allá por 1998— probé sus famosos helados, gelatti, como ellos lo dicen en italiano. Algo casi obligado después de las enormes comilonas que uno suele dar en ese país, es tomar un café como digestivo, y es como un shot, y luego comprar un helado para ese huequito que se hizo con el golpe del café. Así, una bomba, cafeína y azúcar en una amorosa fusión, el auténtico matrimonio a la italiana.

En 2013 pude volver a Italia pero esta vez a la norteña ciudad de Milán. Allí, exactamente a la orilla de los canales de Naviglio, probé uno de los helados de chocolate amargo más deliciosos de mi vida. Obvio cuando viajo trato de no limitarme mucho en cuanto a experiencias se refiere, así que compré uno ¡triple!, sí, tal como lo leen y no era la única, de hecho la fila en la gelatteria era gigante y todos salían al menos con dos bolas. Pareciera que el mensaje era que el de una bola era para cobardes.

Si bien los mejores helados de mi vida los he comido en Italia, lo cierto es que igual que los mercados, las heladerías son casi una parada obligada en cualquier ciudad que piso. Así que mi propia ciudad no puede ser la excepción.

Mis helados favoritos en ciudad de México eran hasta hace poco los tradicionales y legendarios Roxy, que en realidad son nieves, no helados. Sin embargo, en últimas fechas, varios emprendedores han decidido revolucionar la oferta heladera en la capital mexicana y algunos han superado varios límites incluso de la física.

Uno de ellos es Helado Oscuro que, desde hace siete años, decidió experimentar con dos cosas que nos fascinan a los mexicanos: los helados y el alcohol.

Romy Gutman, su fundadora, me contó que los primeros retos fueron vinculados a la física porque el alcohol no se congela entonces ¿cómo hacemos helados con alcohol? Bueno pues haciendo un montón de pruebas para encontrar la fórmula exacta, misma que obviamente Romy no iba a revelarme.

Y otros emprendedores innovadores han sido los de La Pantera Fresca quienes apostaron por nuestra nostalgia y nos venden un conejo en la luna, es decir una paleta de rompope que por dentro tiene un conejo de chocolate de esos que nuestra mamá nos llevaba de regalo después de un día de larga ausencia. También tienen paletas de gansito para los que crecimos con ese pastelito en nuestras loncheras aunque en cuanto a sabor sigo prefiriendo las opciones de Kinder Delice o las de Ferrero.

Soy una eterna viajera, hedonista por naturaleza, y si en los viajes los pecados parecen ser parte del itinerario, jamás voy a quitar de la lista deleitarme con un buen helado, sea el mes que sea. ¿Y tú?

Domingo, 24 Junio 2018 05:59

Soñar con jardines terapéuticos

Mi madre está hospitalizada. Nada grave, sin embargo, la recuperación será lenta y dolorosa y eso me ha obligado a pasar mucho más tiempo del que quisiera o del que haya estado nunca, en las instalaciones de un hospital público mexicano.

Tras deambular de madrugada por lugares que parecen estar peleados con cualquier sentido de confort, ha sido inevitable pensar en cómo el diseño de un espacio puede ser determinante en las emociones.

No hay un lugar donde me parezca importante aplicar psicología del color, funcionalidad de los espacios, arquitectura sanadora y confort que un hospital.

Lamentablemente en los hospitales públicos de México parece no sólo no tenerse noción alguna de los efectos terapéuticos del diseño hospitalario para las y los pacientes, sino que además parece que alguien, hace muchos años se empeñó en que los lugares fueran lo más fríos, impersonales y desagradables que pudieran ser.

Para casi cualquier persona el estar en un hospital es una experiencia abrumadora y generadora de graves estados de ansiedad, angustia, estrés. Y no sólo hablo de los pacientes, también de la familia, médicos, enfermeras y trabajadores en general. Esto es algo que se debería tener muy presente en el diseño, construcción y equipamiento de dichos lugares. No tiene que ser sinónimo de despilfarro pero diseñar un espacio humano sin duda ayudaría a acelerar la recuperación de las personas y mejoraría el trato entre todos los que deben compartir estos espacios.

En pocas palabras no solamente es importante poner especial cuidado en la atención y servicios que se brinden en cualquier institución relacionada con la salud sino también el efecto anímico que se perciba. Hablo de una buena experiencia. Por supuesto, cualquiera que haya estado internado o cuidando a alguien en un hospital público mexicano sabe que no hay nada más alejado de una buena experiencia que estos lugares.

Durante mucho tiempo se han realizado estudios sobre la influencia que ejerce un determinado ambiente en el estado anímico de  las personas y se ha descubierto que el arte tiene una gran influencia para su tranquilidad y relajación. Esta es la razón de que exista una creciente tendencia a incluirla en clínicas y hospitales en otros países o en México pero del sector privado.

¿Por qué los hospitales del gobierno tienen que ser deprimentes? ¿Para ahorrar recursos? Bueno, pues les comento que no tienen mucha claridad de ahorro pues por no cambiar un empaque en un cuarto séptico prefieren tirar litros y litros de agua por una fuga que, según me cuenta el personal de limpieza, lleva meses así.

Obvio no tengo esperanza entonces de que le den una manita de gato a ese hospital de ortopedia donde mi madre ha tenido que pasar varias semanas ya.

En realidad, para tener los beneficios del arte terapéutico no es preciso que se trate de colecciones de alto valor o de autores de renombre. En algunos hospitales se han colocado diferentes obras artísticas como pinturas, esculturas y fotografías elaboradas por pacientes, por sus familiares y/o amigos,  por donantes o por miembros del staff. ¿Por qué cuando estamos enfermos —o preocupados por algún familiar— tenemos que carecer de algo que es básico para la recuperación emocional?

Hoy en día, la arquitectura hospitalaria se acerca cada vez más a la hotelera, buscando los términos de comodidad de la segunda, aplicando materiales, colores y elementos decorativos.

Ahora, que si de soñar se trata, lo ideal sería poder contar con jardines terapéuticos en los hospitales públicos ¿no creen? Cuanto más tiempo se dedica a establecer lazos con el medio ambiente a través de todos nuestros sentidos, menores son nuestros estados de ansiedad y somos menos conscientes del dolor, por tanto, un jardín podría ser un gran regalo de vida tanto para pacientes como para sus familiares.

Un jardín de curación tiene que proporcionar una experiencia multi-sensorial con flores de colores, diferentes tonos y texturas de verdes, vistas incomparables, sonidos del agua relajante, elementos que atraen a pájaros y mariposas, fragancias y hierbas ornamentales que se mueven con la brisa más leve del aire.

Pero no hablamos de patios empedrados o con placas de cemento pues esos espacios son rígidos y sin un valor medicinal. Hablamos de verdaderos jardines, de un entorno de verdor, con una relación óptima de verde en todas sus superficies.

El ejercicio tiene muchos efectos beneficiosos sobre la salud física y mental así que si las personas enfermas pudieran tener acceso a ejercicios al aire libre mientras están hospitalizadas, seguro el impacto en su recuperación sería positivo.

Estos espacios deben estar recubiertos para reducir el deslumbramiento, por ejemplo con hormigón teñido, y es necesario que haya una atención a los detalles, como bordes delimitadores para evitar que los que utilizan sillas de ruedas puedan pisar en las zonas para la siembra, y que las juntas de dilatación sean precisas para evitar que las ruedas puedan quedar atrapadas o atascadas produciendo accidentes.

Un jardín es un lugar donde un paciente y sus visitantes podrían conversar en privado en un entorno más atractivo que una habitación, y créanme, si de algo adolecen los hospitales públicos en México es de falta de privacidad.

Es esencial que el diseño de las plantaciones sea sensible y que también el mobiliario proporcione áreas semi-privadas para que las personas puedan estar en grupo y con cierta intimidad, pero no, eso que está tan documentado en el mundo del diseño hospitalario en México parece una utopía.

Un jardín de un hospital, si es diseñado con sensibilidad, puede ser un lugar perfecto para que una familia pueda visitar a un paciente hospitalizado, tal vez con los niños e incluso el perro de la familia; donde una persona puede digerir la noticia de un pronóstico preocupante; o donde los miembros del personal puedan relajarse juntos en su hora de descanso. Por cierto, hoy estaba pensando en que las gatas y el perro de mi mamá están tristes y desconcertados porque no la han visto.

Algo horrible de estar hospitalizado es que es el propio hospital quien decide lo que vestimos, con quien compartimos una habitación y tal vez incluso lo que podemos comer. Por ejemplo esa regla absurda de no usar ropa interior, al recordar la única vez que estuve en un hospital siempre digo que algún día escribiré algo que se llame “crónica de un culo al aire” pero no es esta la ocasión.

El punto es que un paciente pierde control de cosas tan elementales como usar o no ropa interior. Nos quitan poder y autonomía y eso impacta en el estado de ánimo y en la recuperación.

Para aumentar la sensación de control, si se tuviera un jardín lo ideal es que en éste hubiera una selección de diferentes vías; una variedad de lugares semi-privados para sentarse; algunos fijos y algunos muebles de exterior; una variedad de vistas para disfrutar cuando puedas estar sentado.

El jardín podría dar sentido de protección; proporcionar un ambiente de comodidad y familiaridad; incluir materiales y plantas adecuadas para el clima y la cultura local; contar con un presupuesto para el mantenimiento continuo; y evitar la inclusión de obras de arte ambiguas sobre la cual las personas enfermas pueden proyectar sus sentimientos de miedo y ansiedad.

El jardín tendría que ser accesible, no sólo con una puerta automática y escalones de entrada bajos para facilitar el acceso de los que utilizan una silla de ruedas, sino que también no tienen que tener ningún tipo de obstáculos.

Esto puede parecer obvio, pero muchos jardines de hospital suelen ser atractivos para disfrutar de ellos pero se evita su uso debido a que están bajo llave. Entonces se vuelven espacios muertos y subutilizados.

Pero todo esto suena como a un sueño imposible cuando veo a mi alrededor y recuerdo que en México los hospitales tienen más carencias que beneficios. ¿Es posible entonces no vivir en una constante depresión con un sistema de salud colapsado, con infraestructura obsoleta, personal mal pagado y enfermos tristes deambulando por los pasillos donde se cruzan con familiares angustiados que no duermen porque tienen que ir a cubrir guardias obligados por la falta de personal? Me hago estas preguntas mientras miro lo único lindo: una ventana que me deja ver el atardecer tras el cerro del Chiquihuite. Aunque el paisaje se empaña por una red negra cuadriculada que cuelga cual telaraña arruinando el único oasis de escasa belleza en medio del desolado ambiente. Lo dicho, tal parece que la consigna es: matemos toda esperanza de belleza y hasta el más mínimo indicio de confort y humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 17 Junio 2018 05:54

Ciudades más humanas… ¡más felices!

¿Qué es lo que más te gusta cuando pisas por vez primera las calles de una ciudad desconocida? Tal vez que esté limpia, ordenada, que puedas desplazarte con facilidad, caminando o en bicicleta, que te brinde una sensación de confort y seguridad, pero también que haya espacios donde simplemente puedas estar y sentir que perteneces, espacios que sean tan tuyos como lo son de sus habitantes.

Tal vez, cuando llegas a una urbe así te sientes bienvenido pero, si le añadimos más árboles, plantas y flores, ¿te haría sentir feliz? Pues según Charles Montgomery, consultor y especialista en diseño urbano, la respuesta es sí pues la ciudad y sus espacios verdes están directamente relacionados con la felicidad tanto de sus habitantes como de sus visitantes.

Pero, si tener espacios públicos dignos en las megalópolis es un reto en sí mismo, que además estos hayan sido diseñados para brindar servicios ambientales e integren elementos naturales al paisaje urbano resulta una misión casi imposible… o tal vez no.

Montgomery, quien se declara un admirador de la resiliencia de la Ciudad de México, parte de una hipótesis que parece simple, aunque detrás encierre una compleja realidad: “El fin mayor de toda ciudad es ayudar a sus residentes a alcanzar la felicidad”. Así, respondiendo a esta premisa, las decisiones urbanísticas que se toman deberían poner en el centro de su análisis y su diseño a las personas.

Entonces, ¿por qué hay cada vez más ciudades que parecieran estar pensadas para los autos? Bueno pues porque los tomadores de decisiones no han aceptado que la felicidad y el diseño urbano van de la mano.

Charles Montgomery es escritor y urbanista. Es autor del libro Happy City, en el que examina los vínculos entre el diseño urbano y la ciencia de la felicidad. Su trabajo se centra en asesorar lo mismo a gobiernos que a funcionarios públicos, urbanistas, arquitectos y estudiantes en todo el mundo. A la Ciudad de México vino en 2014, como parte de un programa de residencias promovido por el Laboratorio para la Ciudad y desde entonces no ha dejado de pensar en cómo ayudar a sus habitantes y visitantes a encontrar bienestar en esta megalópoli.

 

REPENSAR LA URBE

En 2018 Montgomery volvió a la capital mexicana para participar en el Foro World Design Capital CDMX, llevado a cabo en el Palacio de Bellas Artes el pasado mes de marzo. Ante una audiencia de estudiantes y creativos, el especialista explicó que la forma, estructura y componentes de toda ciudad facilitan o inhiben la felicidad de sus habitantes. El principal ingrediente si se desea ser un urbanita feliz es tener

fuertes vínculos sociales, algo que sólo se logra si se cuenta con espacios públicos que faciliten la interacción humana.

El diseño debe entonces facilitar la construcción de estos vínculos. Sin embargo, en muchos casos la infraestructura urbana rompe vínculos sociales volviendo los sitios no sólo inhumanos y fríos, también peligrosos.

El modelo de ciudades dispersas, dependientes del auto y con usos diferenciados

del suelo —donde la vivienda, el comercio y las oficinas se encuentran en espacios distintos— ha contribuido a crear escenarios de fragmentación e infelicidad. Y es que una ciudad de este tipo hace realmente difícil que nos relacionemos con nuestros vecinos, amigos y familiares.

Pero eso no es todo, estas frías ciudades que apuestan por los autos por encima de las personas también generan problemas de salud pública pues nos hacen más obesos, nos enferman e incrementan nuestro riesgo a morir más jóvenes. También encarece la vida y roba nuestro tiempo, sin contar con que además fomentan la contaminación y el desgaste del medio ambiente. No suena precisamente a una vida feliz, ¿o sí?

 

EL RETO DE REDISEÑARSE

Nadie puede negarlo. La Ciudad de México no es precisamente una de las más humanas, peatonales o verdes del mundo sin embargo, no es tarde para cambiar esa realidad aunque para lograrlo primero se necesitaba colocar la problemática y sus soluciones en la mesa de discusión y en la agenda de temas importantes. Por ello desde hace más de siete años, un grupo de profesionales de la arquitectura, el diseño y el urbanismo se enfocaron en lograr que la CDMX se conviertiera en la capital mundial del diseño. En 2015, el gobierno de la Ciudad de México y Design Week México finalmente ganaron la designación de World Design Capital CDMX 2018

convirtiendo así a la capital mexicana en la sexta ciudad y la primera del continente americano en recibir este título.

No se trata de un premio al mejor diseño urbano, estamos lejos de tal realidad. Se trata de que tras este reconocimiento, se discuta con especialistas, ciudadanos y autoridades los retos y posibles soluciones para lograr que esta enorme ciudad encuentre su camino a la felicidad, de la mano del diseño.

Y, a pesar de que también tiene muchos retos y camino por andar, la CDMX tiene una poderosa historia para compartir internacionalmente y en varios temas puede servir como un modelo para otras mega ciudades del mundo. Este nombramiento de alguna manera obliga a la ciudad a abordar los retos de la urbanización usando el diseño como una herramienta para permitir una ciudad más segura y más habitable.

Por ello es que especialistas como Montgomery participan en las actividades que a lo largo del año se han programado para que el WDC CDMX 2018 sea un espacio de propuestas e innovación, más que una fiesta.

 

MOVILIDAD Y FELICIDAD

Los tiempos y la forma en la que nos trasladamos —vinculados a la forma y estructura de la ciudad– moldean nuestras vidas. Charles Montgomery explica por ejemplo que un estudio en Suecia encontró que la gente con tiempos de traslado de más de 45 minutos tenía un 40% más de probabilidades de divorcio. Sólo de pensar que en CDMX hay personas que pueden a diario pasar más de 4 horas trasladándose me deprimí. Por eso, y claro por el impacto ambiental del caos, la movilidad es uno de los retos más urgentes de resolver en la capital mexicana.

Otro estudio holandés citado por Montgomery documentó que la gente que va al trabajo en bicicleta reporta ser más feliz que aquella que utiliza el auto. Por otro lado, caminar no es sólo saludable sino que también fortalece los vínculos entre las personas y sus ciudades. Sin embargo, muchas calles y zonas no nos invitan a caminar, incluso pueden ser peligrosas. En CDMX por ello uno de los proyectos urbanos que mejores críticas ha recibido ha sido la peatonalización de espacios como la calle de Madero, en el Centro Histórico, o el rescate de los bajopuentes o los llamados “parques de bolsillo”, que promueven que la gente se sienta tranquila en el espacio público. Las personas optan por caminar en calles y espacios en los que se sienten seguras, que al mismo tiempo son atractivos y sin mucho ruido.

Por ejemplo, zonas que combinan comercio tradicionales y vivienda generalmente son más atractivas que zonas lujosas, con edificios de cristal pero donde no hay actividades. Inclusive pequeñas inserciones de espacios verdes pueden contribuir al bienestar de las personas.

 

BOSQUE PARA TODOS

Nadie podría imaginar Nueva York sin su emblemático Central Park sin embargo, en la Ciudad de México tenemos un bosque urbano dos veces más grande y algunas personas ni siquiera lo conocen: el Bosque de Chapultepec.

Espacio público por excelencia, este bosque es tal vez el lugar más democrático y diverso de la ciudad, sobre todo desde que las autoridades implementaron un plan para su recuperación, a partir del cual, habitantes y visitantes comenzaron a reapropiarse de este importante pulmón urbano.

Pero el rescate del bosque ha sido paulatino pues también ha requerido una fuerte inversión de recursos. Justo en el marco del WDC CDMX 2018 se anunció que la ciudad había ganado un espacio cultural nuevo al interior de Chapultepec: la antigua estación del ferrocarril, en la segunda sección.

Después de varios años en desuso, este espacio fue recuperado, conservando su esencia, materiales y arquitectura originales, para convertirse en un foro para el despliegue de contenidos y encuentro para vincular ideas y proyectos comprometidos con el entorno urbano a través de diferentes actividades.

Hoy su nombre es Espacio CDMX Arquitectura y Diseño y es la sede temporal del Centro de Información del programa Capital Mundial del Diseño CDMX (World Design CDMX 2018) que celebrará y mostrará el uso positivo deldiseño como una  herramienta eficaz para el desarrollo económico, social y cultural.

 “Espacio CDMX Arquitectura y Diseño recupera un episodio de la memoria colectiva de quienes vivimos en la Ciudad de México y nos permite reflexionar sobre nuestro presente urbano y las posibilidades de transformar la ciudad en espacios lúdicos y de convivencia, considerando la perspectiva de la arquitectura y el diseño. Se convierte así en el primer espacio público en la CDMX destinado a promover la Arquitectura, el urbanismo y el diseño socialmente responsable”, explica Emilio Cabrero, director general de Design Week México y World Design Capital CDMX 2018.

El diseño es, sin duda, una herramienta para resolverlos grandes problemas que enfrentan los entornos urbanos en la actualidad y también, para apostar por un desarrollo sostenible y, como dice convencido Charles Montgomery, para contribuir a que seamos cada día, un poco más felices.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 10 Junio 2018 05:42

Bourdain me enseñó a volar

Sólo una vez he podido estar en Ámsterdam y fue apenas por unas horas. Organicé mi viaje desde México hasta Italia específicamente para poder tener una larga espera durante la conexión que había que hacer en los Países Bajos. Muchas veces me habían dicho que era una de esas ciudades que se tienen que visitar al menos una vez en la vida pero lo cierto es que soy una viajera y detesto esos mini viajes de turista que se hacen para tomarte fotos y subirlas a Instagram.

Sin embargo, durante las once horas de vuelo desde la Ciudad de México hasta Ámsterdam tuve la oportunidad de leer en la revista del avión, operado por KLM, un sin fin de opciones que me invitaban a conocer la ciudad pero nada de eso fue realmente una influencia determinante en aquel viaje, hasta que encendí la pantalla y elegí mirar un programa: Sin reservas.

Sí, el host era el aclamado chef y presentador neoyorkino Anthony Bourdain, a quien hoy el mundo llora tras conocerse la noticia de su muerte.

Miré el programa completo y por supuesto, de Bourdain podía esperar cualquier cosa menos sugerencias ordinarias para turistas. Él era un verdadero viajero, un explorador, un hombre que vivía y disfrutaba con intensidad.

Como era de esperarse, en una ciudad como Ámsterdam, Bourdain visitó un coffee shop. Eso me resultaba de gran ayuda porque evidentemente yo quería hacer eso pero hay un coffee shop en cada esquina allí, así que ¿cómo iba a elegir? Por fortuna, Bourdain lo hizo por mí.

Para quienes no estén muy familiarizados con la cultura del consumo recreativo del cannabis, los coffee shops no son precisamente las mejores cafeterías del mundo. De hecho ahí tomé el peor café, el peor jugo artificial y el sándwich más desangelado de todos mis viajes. No. Estos lugares no se distinguen por la calidad de su “café” sino por la calidad de su producto estrella: la mariguana.

Anthony Bourdain en su programa, fumó en coloridas pipas y comió platillos hechos con mariguana y por supuesto yo quería hacer lo mismo así que bajé del avión y me dirigí lo antes posible al lugar. La idea era fumar todo lo que pudiera —porque obviamente no podía viajar con ningún remanente pues en Italia consumir cannabis no es legal como sí lo es en Ámsterdam— y hacerlo lo más rápido posible pues tenía cinco horas solamente para conocer un poco la ciudad y quería vivir esa experiencia lo más “colocada” posible.

De alguna manera, Anthony Bourdain fue para mí en aquel viaje mucho más que un guía gastronómico. Apliqué todas sus máximas e hice cosas que tal vez en otro contexto no habría hecho. Me tomé tiempo para explorar el menú de las variedades de cannabis que se vendían y elegí una hidropónica cultivada allí mismo. Jamás habría imaginado que pagaría tanto por un gramo de mariguana. Fueron 8 euros. Más que por el sándwich, el jugo y el café, se los juro.

Después salí a la calle, tal como lo hace él, con la intención de comer todo lo que pudiera sin embargo, no fue el caso. Lo que empecé a hacer fue disfrutar todo lo que pasaba alrededor. Los sonidos de las bicicletas al arrancar todos a la vez cuando la luz cambiaba a verde, las campanillas alertando a los peatones, los autos que se frenaban respetuosos para ceder el paso a los muchísimos ciclistas, los bebés en las carreolas empujadas por sus madres o padres, los barcos recorriendo los canales. Todo lo escuchaba, mis sentidos estaban completamente abiertos.

Podía haber hecho una visita rápida a algún museo pero no lo hice. Al más puro estilo de Bourdain, lo que hice fue caminar sin parar. Andar, andar y seguir andando. Entré a una pequeña tienda y compré un bocadillo simple y barato, después más adelante, una botella de agua. No quería tampoco gastar mucho. Y lo mejor fue que, en un momento, me topé con una vespa colorida tapizada de estampas de jugadores de futbol, como las de los álbumes Panini. Tomé una foto y la subí a mi Facebook, etiquetando al chico que me gustaba, con quien compartía el gusto por esos vehículos. Ese fue el mejor rompehielos y ahora él sabe que lo hice mientras estaba totalmente drogada e inspirada por Anthony Bourdain, quien me animaba en mi cabeza a perder el miedo y mandarle un mensaje que detonara algo. Y lo detonó, pues hoy él es mi mejor amigo y una de las personas indispensables en mi vida.

No conocí personalmente a Anthony Bourdain. Fui como mucha gente, admiradora de su trabajo y lo sentí cerca siempre aunque sólo lo viera por medio de una pantalla de televisión, pero esta es mi muy personal historia con él.

Ayer le decía justamente a mi mejor amigo, que tal vez muchas personas pensaban que la vida de Bourdain, viajando y comiendo alrededor del mundo, era perfecta. Su novia era una guapa, talentosa y valiente mujer 20 años menor que él, a veces trabajaban juntos y su relación era, en apariencia, impecable. Había tenido momentos oscuros. Él mismo había contado sus días negros cuando fue adicto a la cocaína, la heroína y el alcohol. Insisto, en la vida unos días son blancos y luminosos, otros grises y otros más oscuros, incluso cuando se es famoso. Sin embargo, tal vez el éxito, o lo que nos han enseñado que debe ser eso, no es el sinónimo de la felicidad.

¿Cuántas personas no han expresado que su más grande sueño sería darle la vuelta al mundo? Bourdain lo hizo. ¿Acaso lograr un sueño tan grande y que te une con tanta gente lejos de hacerte feliz te hace ver que eso parecía la meta, en realidad no lo era?

Anthony Bourdain eligió suicidarse el viernes 8 de junio de 2018 en el pueblo de Colmar, ubicado en la región francesa de Alsacia. Un lugar de ensueño. Miles de veces he mirado las fotografías de ese pueblito donde se hace el mercado de navidad más famoso del mundo, y parece un lugar salido de un cuento de hadas. He dicho siempre: tengo que ir a pasar al menos una de mis navidades allá. Y sé que lo lograré. Pero ahora no podré dejar de pensar que en medio de toda esa belleza, Anthony Bourdain tuvo tanta ansiedad como para decidir terminar con su vida. O tal vez no fue así. Tal vez justamente eligió el escenario perfecto para ir a buscar finalmente la paz que hacer el check list de tus objetivos y de los lugares del mundo o las comidas más exóticas no te dio. Tal vez cumplir sueños tan grandes te lleva a una  gran puerta detrás de la cual ya sólo queda buscar un final para tratar de tener otro principio. Nadie lo sabrá. Tal vez padecía depresión. No lo sabemos y su salud mental es una condición privada que debemos respetar.

Sólo nos queda entender que el legado de Bourdain fue esa invitación a vivir sin reservas, a conocer lo desconocido de los lugares, a probar todos los sabores y sobre todo, a rodearte de personas con quienes beber, comer, reír y disfrutar. Porque la felicidad no es tenerlo todo, sino vivirlo todo. Y nadie ha dicho que sea eterna. Yo creo que Anthony Bourdain fue un hombre feliz. Por momentos. Como todos los seres humanos. La vida no es blanca o negra, feliz o triste, fracaso o éxito. Por ello debemos entender que no es más que una serie de momentos únicos, de oportunidades irrepetibles que van construyendo espasmos de felicidad y que se trata de eso, de ir paso a paso, del día a día, sin tantas complicaciones, sin tantas ambiciones, enfocándonos en lo más importante. Así que sí, por contradictorio que parezca, el hombre al que hoy el mundo llora, el hombre que decidió terminar con su vida en un escenario de ensueño, es el hombre que me enseñó a viajar y con ello, a vivir… a volar.

 

 

 

 

 

Domingo, 03 Junio 2018 05:10

¡En mi ciudad hay un tren!

¡Qué oso! El viernes pasado yo parecía una vil turista, sí, turista cualquiera tomando fotos y asombrándome en una estación de tren. Y no, no estaba de viaje, de ahí lo ridículo de mi comportamiento. Estaba en Buenavista, en la mismísima Ciudad de México, donde nací hace 43 años.

No era la primera vez que estaba allí, hace muchos pero muuuuuuuchos años ya había pisado esos mismos andenes. Cuando tenía 12 viajé con mi hermana desde el entonces Distrito Federal hasta Guadalajara en uno de esos trenes de lujo que hasta camitas tenían. Recuerdo todavía como si fuera un sueño el ruido tremendo de esas máquinas enormes y antiguas. Estamos hablando de 1986 ¡wow! Hace 32 años.

Ocho años después volví a la estación de Buenavista pero esta vez con mis amigos de la universidad. Mi primer viaje sola, en el que me destrampé y divertí como nunca, lo hice en tren.

Nos fuimos en bola a Querétaro y recuerdo bien que salíamos de tanto en tanto a rolar la bacha en esos como balconcitos que tienen los trenes viejos cuando termina un vagón y empieza otro. ¡Nostalgia de la juventud! En esos años no importaba si en auto el viaje duraba la mitad de tiempo, lo que importaba era vivir la experiencia de viajar en tren.

Y es que es increíble que en lugares como Europa el tren sea un medio de transporte crucial y que aquí hayamos desmantelado todo el sistema ferroviario. Pero justo por eso el viernes pasado yo parecía turista o niña con juguete nuevo cuando tuve que tomar por primera vez el tren suburbano.

Sólo iba a una estación, pues me dirigía a la Arena Ciudad de México al concierto de J Balvin, pero me encantó la experiencia. Desde usar la máquina para cargar la tarjeta y mirar que es tan parecida a las que hay en los trenes suburbanos de Madrid o París, hasta los viejos andenes renovados pero que conservan ese aire de nostalgia de las viejas estaciones ferroviarias.

Ni que decir de los trenes, seguían recordándome los que he usado en Europa. Su color blanco con rojo me recordaba mucho el que usé en mi último viaje a Madrid para llegar desde el aeropuerto de Barajas hasta Villalba, el pueblo de mi amigo Arturo. Era domingo así que no iba lleno. Supongo que quienes usen este transporte a diario en hora pico se reirán de mí y argumentarán que mi nostalgia fresa no tiene nada que ver con su día a día, y sí, sé que tendrán razón.

Pero también habrá quien me diga que este tren les cambió la vida ¿o no? Y es que yo recuerdo lo que era ir hasta el lejano Cuautitlán en los años 90… ¡una pesadilla! Más de dos horas y a veces casi tres de camino.

Antes de la llegada del Suburbano, 60% de los recorridos se realizaba en unidades de baja capacidad, como microbuses y camiones, generando un mayor uso de combustible que multiplica la emisión de contaminantes al ambiente.

Hoy eso ha cambiado pues, al utilizar energía eléctrica, el Suburbano no sólo agiliza el desplazamiento de personas sino que además contribuye a reducir en 14% las emisiones contaminantes en la Zona Metropolitana del Valle de México, así como a disminuir el tráfico, los congestionamientos vehiculares y los accidentes viales.

Otras dos cosas que apunto como palomita para este sistema de transporte público: cuenta con calefacción y aire acondicionado (algo que en estos días infernales se agradece) y además es de las instalaciones más accesibles para personas con discapacidad que he visto.

Ya sé, sigo sonando a turista en mi propia ciudad, y mi espíritu eurofílico me sigue traicionando y no puedo evitar pensar que usar ese tren me hizo recordar mis recorridos por el viejo continente, pero a mí me encanta saber que mi ciudad tiene un tren tan bonito y útil para tantas personas ¿a ustedes no?

Y ahora que se ha anunciado que la obra del tren interurbano Toluca-CDMX va muy avanzada la verdad que sí me he emocionado. Porque siempre he envidiado a mis amigos que viven en Lerma o por allá camino a Toluca, rodeados de bosques y en casitas con jardín por las que pagan lo mismo que yo pago por un departamentito que parece un huevito en la zona céntrica de la ciudad.

Los ensayos operativos del Tren Interurbano México-Toluca ya han arrancado y se dice que este tren tendrá una longitud de casi 58 kilómetros en un recorrido que se realizará en 39 minutos, viaje redondo, lo que ahorrará a los usuarios hora y media en traslados.

Porque eso sí, a mis amigos les envidio sus casas con jardín pero no las horas que se avientan manejando en el tráfico, además de que yo no quiero volver a tener un auto propio.

Pero este tren contará con seis estaciones (dos terminales: Zinacantepec

y Observatorio, así como cuatro intermedias: Pino Suárez, Tecnológico, Lerma y Santa Fe), 30 trenes de cinco vagones y transportará a 230 mil pasajeros diariamente.

Una vez que entre en funcionamiento, permitirá dejar de utilizar más de 25 mil vehículos, que aunado a la alta tecnología de los trenes, con características eléctrico-aerodinámicas, evitará arrojar a la atmósfera 27 mil 827 toneladas anuales de contaminantes. ¿Estupendo no? Yo creo que podría comenzar a buscarme una casita por allá antes de que todo aquello también se gentrifique por la llegada de esta obra de infraestructura para mejorar la movilidad interurbana. Tal vez sí se pueda tener lo mejor de dos mundos gracias a un nuevo tren.

 

 

 

 

 

 

Domingo, 27 Mayo 2018 05:56

Haz ejercicio aún durante tus viajes

Ejercitarse mientras estás de viaje a veces es un reto pero, por mucho que te de flojera si estás de vacaciones, lo cierto es que seguir con tu disciplina y ejercitarte incluso te ayudará a disfrutar más del viaje pues te dará energía. Aunque a veces la pregunta es ¿dónde hacerlo? Y sí, no en todas las ciudades es tan fácil.

La primera vez que visité Río de Janeiro me sorprendió mucho ver gimnasios completamente gratuitos en plena playa de Copacabana. Ahí, en todo momento del día, se podía ver a personas jóvenes ejercitarse en un ambiente festivo que cuadraba muy bien con el cliché carnavalesco carioca. Esta visita fue hace ya 8 años y por aquel entonces en la Ciudad de México no teníamos ni en sueños algo parecido.

Sin embargo, las cosas cambiaron hacia finales del 2011 y la fecha la tengo muy marcada pues por aquel entonces mi sobrina estaba a punto de irse a vivir a París y se lamentaba pues después de años de vivir a escasos metros del Parque México, justo cuando estaban colocando un gimnasio público al aire libre, ella se iba del país. Hoy en día yo he visto muchos turistas usar esta infraestructura.

Cuando estos gimnasios comenzaron a aparecer en los distintos parques de la ciudad primero hubo quien creía que no durarían nada, que la gente los destruiría. En “hipsterland” los vecinos mayores me llegaron a decir: “seguro estarán vacíos, aquí todos tienen para pagar un gimnasio”. Sin embargo, y para mi grata sorpresa, estamos en 2018 y no sólo todavía existen estos aparatos para ejercitarse sin pagar un centavo, sino que además siguen en buenas condiciones y además la gente los usa diariamente.

He visto estos aparatos lo mismo en el Parque México, en la colonia Hipódromo Condesa, que en la colonia Escandón, en la Narvarte, en la Álamos o en la Santa María Aztahuacán en Iztapalapa. Los he visto en grandes parques pero también en camellones o espacios urbanos recién recuperados o en alguna ancha acera. Por las mañanas o por las noches, es común ahora ver a entrenadores particulares o simplemente grupos de amigos, practicar y entrenar juntos.

Gracias a esta democratización del espacio público y a este incentivo para que la gente practique deporte, también hoy esos parques o banquetas son más seguros pues hay mayor alumbrado público y actividad durante más tiempo. Así, hoy no sólo ves personas entrenando en los aparatos, a un lado tal vez algunas tomen clases fitness mientras los vecinos pasean tranquilos a sus perros.

Así que, lo mismo si vas a la Ciudad de México o si vas a cualquier otra ciudad del mundo, puedes seguir ejercitándote. Por ejemplo usar el sistema de bicicletas públicas es una gran opción para pasear y también mantenerte activo.

Cuando visites lugares con miradores para vistas panorámicas, como la terraza de observación de un edificio o el techo de una catedral, subir por las escaleras hasta llegar al punto de observación, es una gran opción para ejercitarte. Unos minutos de subir por las escaleras estimularán tu frecuencia cardíaca, y te sentirás gratificado por las grandiosas vistas al final del ascenso.

Si estás haciendo caminatas o explorando un parque local, haz un poco de ejercicio con 10 subidas a una banca, seguido de 10 flexiones de brazos, y repite las series en las próximas tres bancas por los que pases.

Otra alternativa es crear tu propio paseo a pie. Descubrir un destino a pie es la manera ideal de tener un auténtico sentido del lugar y estar activo al mismo tiempo.

Ahora si no quieres hacer mucho ejercicio, el consejo es cuidar lo que comes.

Sabemos que no es fácil estando en vacaciones y las tentaciones llegan a la mesa, pero uno que otro pecadito no está mal.  Sin embargo evita pasarte del límite con los postres, el alcohol en exceso no es recomendable para tu salud y menos para mantener tu cuerpo limpio y sin azúcares de más.  Toma mucha agua o bebidas salinas que te ayudarán a la hidratación y a mantener los niveles de agua adecuados en tu cuerpo, así cuando regreses de tu viaje no sentirás las libras de más o te echarás culpas por no poner límites a tus antojitos.  Todo es un balance, ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre.  Antes que nada disfruta de tus vacaciones y no te sobrepases ni con el ejercicio ni con la comida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 20 Mayo 2018 05:43

Una oportunidad para Santa Fe

La primera vez que visité París tuve la necesidad de visitar La Défense, el distrito financiero de la capital francesa, ubicado de hecho en las afueras. Antes de tomar mi vuelo un amigo que había vivido mucho tiempo en París me preguntó sobre los lugares que visitaría, con la intención de hacerme algunas recomendaciones. Cuando mencioné que debía visitar La Défense su respuesta inmediata fue: “¡Eso no es París! Es como si dijeras que Santa Fé es la Ciudad de México”. Y debo confesar que el comentario me había generado algunos prejuicios puesto que, si hay un lugar de la Ciudad de México que no me hace feliz es justamente Santa Fé y en efecto, si alguien de fuera me preguntara, yo también diría ¡Eso no es CDMX! Aunque sé que sí lo es.

Para mi fortuna, la realidad es que La Défense no es Santa Fé. En primer lugar porque es un lugar plenamente conectado con el corazón parisino a través tanto del metro como del RER, que es el sistema de trenes que se usa para conectar toda la región de Ile de France con los veinte distritos centrales de la capital frances. Así que yo llegué cómodamente en metro desde mi hotel, que se encontraba en el distrito 16, muy cerca de la avenida Víctor Hugo, la misma que te lleva al famoso Arco del Triunfo.

Además de llegar por el metro, a La Défense se puede también llegar por autobús y en automóvil, aunque se busca desincentivar el uso de este sistema de transporte individual y los estacionamientos, por ejemplo, son de costo elevado y el diseño urbano además permite que la gente se mueva de un punto a otro del distrito financiero en bicicletas públicas e incluso vi a muchos oficinistas moverse en scooters eléctricos y hasta en patines para llegar a los rascacielos donde se hospedan las oficinas corporativas de las principales empresas nacionales e internacionales.

Así que, como podrán imaginar, que yo pudiera caminar tranquilamente, por la amplísima zona peatonal de este distrito financiero parisino me hizo amarlo, porque obvio, mi referencia era la fría, inaccesible y diseñada para los autos zona de Santa Fé en mi adorada Ciudad de México.

No tengo que contar detalladamente que alguna vez estuve a punto de ser atropellada al tratar de cruzar alguna de esas inmensas avenidas para saltar a alguna de las desoladas banquetas de la zona que prefirió olvidar que en la ciudad existen los peatones.

Pero resulta que Santa Fé no sólo debería estar pensada para los altos ejecutivos y sus autos deportivos que viven en complejos residenciales o edificios inteligentes con estacionamientos privados y seguridad al máximo pues esas personas, en las empresas y en sus casas, tienen empleados que no pueden ni en sueños pagar una vivienda siquiera cerca de allí y que se ven en la necesidad de utilizar transporte público o caminar cada día para llegar a sus labores.

Cuando supe que se había recuperado un enorme terreno para crear un parque público en Santa Fé realmente me entusiasmé pues es lo que necesita la zona más privatizada de la ciudad: recuperación de espacio público incluyente, áreas peatonales seguras y parques que permiten el esparcimiento y la interacción humana.

Lo que se puede leer en el sitio web de la Ciudad de México es que fue diseñado por el arquitecto paisajista Mario Schjetnan, el parque tiene 210 000 m² de áreas verdes que cuentan con 2 mil árboles plantados, un espacio ideal para organizar un picnic en familia mientras observas los imponentes edificios que te rodean o enamorarte de sus dos lagos y tres humedales que alcanzan una extensión de 12 500 m².

El parque tiene un jardín infantil, una trotapista de 3.4 kilómetros, canchas deportivas, un kiosco, una torre mirador y hasta un jardín canino, todo un santuario para los amigos de cuatro patas en donde pueden explorar libremente bajo la supervisión de su dueño.

Para los más intrépidos hay un skatepark con rampas y un bowl de 27 metros, una medida recomendada por los profesionales de este deporte, y una ciclopista acompañada por fuentes saltarinas que guían el camino. 

Hoy La Mexicana es una realidad. No he ido a visitar el parque y justo en este momento me dirijo hacia la zona de Santa Fe y realmente estoy tentada a explorarlo... Sin embargo una amiga que trabaja del lado del centro comercial me ha dicho que incluso para ella que puede verlo desde la ventana de su oficina no ha podido ir a conocerlo. ¿La razón,? Pues aunque se le antoja mucho, resulta que hay que atravesar una carretera muy poco amable para llegar hasta allí así que… tal como lo imaginé, sólo se puede llegar en coche o arriesgando la vida. De todos modos muy pronto iré y ya les contaré muy pronto si este nuevo pulmón me hará darle una oportunidad a esta parte de la ciudad de la que me siento tan desconectada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 13 Mayo 2018 06:01

Me suicidé… Y viví para contarlo

Cuando la idea comenzó a rondar mi cabeza hice lo que todo suicida del 2018 haría: buscar tutoriales en internet. Mi objetivo era desaparecer, dejar atrás todos los errores. Borrar mi huella y tener un borrón pero sin cuenta nueva.

En el momento en el que el pánico comenzó a extenderse a través de las redes la idea se instaló en mi cabeza. ¿Qué tan cierta era la vida que había llevado hasta ahora? Y peor aún… ¿Qué tan realmente mía era? ¿Qué de todo lo vivido y compartido me pertenecía? Como muchos, tenía dudas y no sabía si había sido una de las afectadas del escándalo que estaba en todas las bocas y los teclados del mundo: Facebook había puesto en manos de otros los secretos, fotografías, conversaciones y vida entera de muchas personas.

Pero mi decisión no tuvo que ver sólo con esa duda que a muchos nos asaltaba sobre el destino de la información que voluntariamente habíamos entregado a Marck Zukerberg. No. Mi decisión fue porque el escándalo sirvió para darme cuenta de lo desesperada que había estado durante los últimos años por construirme un estilo de vida para ser mostrado, exhibido, vociferado.

Traté de recordar hace cuánto que no recibía una llamada telefónica de ese amigo a quien siempre he querido en secreto o una tarjeta postal o una invitación personal para una fiesta. No, ahora todo se organizaba por “eventos del feis”.

Tenía más de 1500 “amigos” pero… ¿a cuántos de ellos realmente les parecía relevante mi vida cotidiana? Y mejor aún, ¿cuántas de esas notificaciones sobre lo que comieron, viajaron, lloraron, leyeron o se relacionaron me importaban a mí un comino?

Así fue que, harta de leer las notificaciones de un montón de personas que no significaban nada en mi vida, exhausta de recibir invitaciones a eventos que no me interesaban o a los que no podía asistir, cansada de que me felicitaran por mi cumpleaños aquellos que ni siquiera me conocían, avergonzada de mi eterna necesidad de espiar el muro de ese famoso hombre mayor que me quitaba el sueño y revolverme en bilis tras leer los comentarios que siempre le hacía su séquito de fans, tomé una decisión: terminaría con esa vida que durante la última década había construido sobre cimientos digitales. No daría marcha atrás. Me suicidaría como lo haría una digna representante del siglo XXI: eliminando mi cuenta de Facebook.

APRETAR EL BOTÓN

El primer paso era rescatar toda esa información que había compartido tanto en Facebook como en Messenger. Descargué ese archivo que comprimido pesaba 2.9 gigas. Así es, lo que yo consideraba toda mi vida social, amorosa, laboral y hasta sexual estaba comprimido en una carpeta de menos de tres gigas. Allí estaban mis transmisiones en vivo, mis historias —sí, esas que ‘desaparecen’ luego de 24 horas pero que en realidad sólo dejan de estar disponibles pero siguen allí—, las fotografías de mis hijos, las de mis fiestas, los lugares a donde había hecho check in, y lo peor… todas mis conversaciones ‘privadas’.

Como si hubiera encontrado una vieja caja de tesoros, igual que Amélie Poulin en la película, dediqué una tarde y casi una noche entera a revisar cada carpeta. Pocos días antes había recuperado contacto con mi mejor amigo al que, por cierto, conocí, quise, perdí y luego recuperé gracias a la misma herramienta: Facebook. Esa noche leí todas las conversaciones que sostuvimos durante tres años en los que no sólo teníamos una amistad cercana que nos hacía vernos casi cada semana, sino que hablábamos todo el tiempo, lo mismo por Facebook que por Whatsapp.

Al día siguiente le escribí y le dije: nuestra historia tiene que ser mucho más que los 800 k que pesa el archivo de nuestros chats en Messenger. Y claro, es que no era posible que todos los sentimientos, encuentros y desencuentros con una de las personas esenciales en mi vida real cupieran en un archivo apachurrado de ese tamaño. Interesante fue ver que la carpeta de más de dos años de sexting con otro guapo sinaloense que ocupaba el privilegiado lugar de sexfriend estuviera intacta con todas las fotos y videos no aptos para menores de edad compartidos por ambos y que ese archivo pesara casi lo mismo que mi historia con mi mejor amigo. No, las cosas no podían de ninguna manera ser iguales. En el mundo digital no se entienden ni los matices ni las emociones. Y eso tenía que acabar.

Tomé la decisión y comencé a buscar el botón mágico para apagar esa vida ficticia que había construido en Facebook y no me la ponían fácil. Varias veces la red social me preguntaba si estaba segura de eliminar mi cuenta y, sin importar lo que dijera, seguía tratando de ponerme trampas o hacerme dar demasiados pasos antes de encontrar la solución definitiva. Finalmente lo hice, no sin antes nombrar un administrador de confianza para todas las páginas que tenía por motivos laborales. Apreté el botón y grité eufórica. La alegría duró poco porque apareció una ventana de notificación que me decía que mi deseo de eliminar para siempre mi cuenta se concretaría hasta después de dos semanas que el sistema me daba para “pensarlo bien”. ¡Maldita sea! Era más difícil que la eutanasia. Obvio durante los siguientes 14 días estuve recibiendo friendly reminders que trataban de convencerme para volver.

RESPIRAR LA LIBERTAD

Los primeros días fueron raros. Descubrí que sí, tenía un problema de adicción pero que lo estaba librando bien usando como paleativos otras redes sociales que siempre he considerado menos invasivas o en las que yo tuve una mejor estrategia para elegir mis contactos. Así, para leer noticias y mantenerme informada de tendencias usaba Twitter y, para información más seria y networking, reactivé mi LinkedIn; para saciar mi sed vouyerista amplié más mi círculo en Instagram, algo de lo que me arrepentí más tarde cuando descubrí que mi ex romance se había ido de vacaciones al desierto con alguien más y se me explotaban las vísceras de rabia viendo esas fotografías. Volví al modo privado y discreto en Instagram. Lección aprendida. Seguí con mi vida.

Fueron días buenos. Había elegido a 20 personas realmente importantes para avisarles que haría este experimento, que me suicidaría digitalmente en Facebook porque ya no me hacía feliz ser esa persona ni tener ese círculo social que había creado artificialmente con un algoritmo. Les dije que ellos y ellas estaban recibiendo ese mensaje porque eran importantes en mi mundo real. De 20, menos de la mitad me buscaron para tomar un café, compartir una comida o al menos tener una larga charla telefónica, sí, como antes, donde se escucharan las voces y las risas en tiempo real. Sin emoticonos. Con carcajadas de verdad.

LA PAZ

El día del debate de los candidatos a la presidencia me ahorré muchos disgustos porque no tuve que leer estériles debates pseudo intelectuales de mis pseudo amigos. ¡La paz había llegado a mi vida! Claro que me perdi también de muchas cosas pero lo mejor fue que comencé a valorar y a darme cuenta de quienes realmente quieren ser parte de mi vida. En lo personal, algunos de mis contactos, que se habían acostumbrado a mi exceso de publicaciones en Facebook me buscaron preocupadas. Querían saber si estaba bien. Otras enfocaron su preocupación en si yo estaba enojada o si les había bloqueado, ya saben, el asesinato social de nuestra era.

En lo laboral tampoco tuve problemas. Whatsapp es más que suficiente para resolver trabajo remoto, igual que la Google Suite para trabajo en línea y para el networking, mi regreso a LinkedIn dio tan buen resultado que en las tres semanas que duró este experimento me buscaron tres headhunters para hacerme ofertas atractivas de trabajo o negocios.

SIN CUENTA NUEVA

Cuando empecé este afán de enterrar esas horas conversando con mis amores platónicos, mis amores fallidos, mis amores consumados y con mis amores finiquitados, tenía claro que cuando el experimento terminara yo regresaría a Facebook pero con una nueva estrategia o, mejor dicho, esta vez sí con una estrategia. No quería volver a revolver a mi familia con amigos de la infancia, con amores, amantes, colegas y demás categorías. Sin embargo, hoy que estoy en el día 23 del experimento sigo sin estar segura si deseo un “borrón y cuenta nueva” o un “borrón definitivo”.

A Facebook le debo mucho y la red social también me debe mucho a mí. Fui una early adopter, me enganché antes de que nos invadiera la publicidad, cuando no era más que el chismógrafo del milenio pero todo ciclo tiene un final y para nosotros, ese momento llegó y, sólo por hoy, digo que no hay vuelta atrás. Ya veremos qué digo mañana. De momento sigo sin cuenta nueva.

 

 

Domingo, 06 Mayo 2018 05:43

¡Al agua patos!

Hace algunos años, si no me equivoco durante los juegos olímpicos de Río de Janeiro, mi hijo pequeño me preguntó ¿qué tenía que hacer para nadar como Michael Phelps? De momento pensé en responder algún cliché como “pues entrenar mucho y ser perseverante” pero en mi mente se proyectó la escena y dije “no puedes responder semejante estupidez”. Y es que obvio a esa respuesta vendrían más preguntas, como las que yo comencé a hacerme, mucho más elementales como ¿en qué alberca? ¿cuántas horas?, ¿cuánto cuesta? Y allí, me quedé sin respuesta.

Vivimos en la Ciudad de México, en la zona que muchos conocen como hipsterland donde tenemos muchos parques, cicloestaciones, gimnasios particulares y gimnasios públicos en las áreas verdes pero donde no tenemos una alberca pública.

Muchos podrían pensar que si vivimos en un barrio de clase media o que al menos aspira a serlo, no necesitamos estos espacios públicos para el deporte y el esparcimiento pues podemos pagar por ello sin embargo, ¿es el derecho al espacio público y al deporte negociable?

Aprendí a nadar desde que era muy pequeña, más que mi hijo que cuando me preguntó esto tenía ocho años. Lo hice porque mis padres pagaban un colegio privado que contaba con una alberca profesional y buenos profesores pero, de lo contrario, habría sido como muchos niños que o no saben nadar ni en un nivel de supervivencia o como otros tantos que tal vez podrían ser nadadores profesionales pero que no tienen alternativas accesibles en sus ciudades.

Obviamente al preguntar muchas personas me refirieron a la Alberca Olímpica, que si bien no está muy cerca de mi casa, lo cierto es que tampoco está tan alejada. Sin embargo, la lista de espera es larga. Otros amigos me dijeron que hay una alberca pública cerca de la delegación Cuauhtémoc, a la que pertenecía la colonia donde vivía entonces sin embargo, en términos reales, no era nada práctico llegar diario desde la Roma hasta Buenavista para llevar a mi hijo a entrenar, por mis complicados horarios de trabajo.

Ahí  viene otra complicación. Un niño que quiere ser deportista requiere también que su madre o padre le acompañe y dedique tiempo a cuidarle durante los entrenamientos y en tiempos de adicción al trabajo, sueldos estrechos y movilidad colapsada, ¿quién puede darse ese lujo?

Por supuesto terminé haciendo lo que casi todas las conocidas hacían: inscribí a mi hijo a un club privado donde lamentablemente no existe un nivel competitivo alto pues donde sí lo hay, las cuotas eran simplemente, impagables para mí.

Una de las cosas que más me gusta, por ejemplo, del Centro Urbano Presidente Alemán, conocido coloquialmente como “el multi”, que quedó atrapado como una cápsula arquitectónica del tiempo que nos remonta a los años 50, donde la arquitectura social no era una utopía, es que tiene una alberca pública semi-olímpica. Siempre he querido vivir allí sobre todo por eso.

¿Cómo sería nuestra salud y nuestros hábitos si en Ciudad de México hubiera albercas públicas en cada delegación? No es imposible, en París existen en cada uno de los distritos y además, desde el verano pasado también se habilitó una parte del famoso Canal de la Villete como balneario público y, por supuesto, en muchas ciudades europeas es así. Nadar no es un privilegio sino un deporte más.

Hablar de albercas públicas en un medio morelense también es importante porque mucho se habla de la cantidad de albercas que hay en la entidad pero da la casualidad de que la mayoría son privadas. No me dejarán mentir, si hay un estado donde el saber o no saber nadar se vuelve un indicador de desigualdad social es en Morelos, un estado que adolece de falta de espacios públicos dignos y que sí, presume su eterna primavera pero donde los mejores jardines, albercas y espacios, son privados. No vivo en Cuernavaca hace 12 años, no puedo tener información actualizada de primera mano, sin embargo cada vez que hablo con mis amigos que siguen allá parece un viaje al pasado. Las cosas parecen no moverse mucho. Así que me encantaría poder decir, o que alguien me dijera, que ya no sólo existe en la zona centro la alberca del parque Nezahualcóyotl como espacio público para las personas que gustan practicar este deporte. Me encantaría saber que hay nuevos parques y espacios verdes para todas las personas, algo vital para la recuperación del tejido social y para la reducción de la violencia. Amaría enterarme de que se han hecho inversiones en los últimos años, o al menos promesas en estas campañas, para considerar al deporte, la cultura, el urbanismo y el espacio público como algo importante. Lamentablemente, tengo pocas esperanzas de que alguien me mande un mensaje diciendo que sí, que Morelos ha cambiado y ha dejado de ser esa entidad que presume sus balnearios para atraer turistas pero que no tiene políticas de garantía de espacios recreativos y deportivos para sus ciudadanos. Ojalá pase, ojalá alguien me diga que esta entidad que tanto quiero ya tiene albercas públicas, parques, pistas para correr, ciclovías porque en mi memoria están el parque Melchor Ocampo, el parque Nezahualcóyotl y la Alameda Sur, que si no me equivoco, ya pertenece a Jiutepec.

Ahora que empezaron las campañas a las alcaldías en Ciudad de México y a municipios en Morelos y otros estados de la república, me encantaría que los candidatos hicieran propuestas para fomentar el deporte, el esparcimiento y la recuperación del tejido social y las albercas públicas podrían ser una inversión inteligente y necesaria en una ciudad con tan poco acceso a alternativas deportivas en el espacio público. Porque sí, los corredores tienen pistas, parques, bosques. Los ciclistas, ciclovías y carriles confinados pero ¿y qué tenemos los que encontramos en el agua nuestro mejor elemento para ejercitarnos? Se los dejo de tarea.

 

 

 

 

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