Elizabeth Palacios

Elizabeth Palacios

Domingo, 26 Agosto 2018 05:31

Educando los bolsillos de un viajero

Últimamente he andado bien distraída, como en las nubes y es que… ¡no he podido viajar! Y la verdad ya traigo un síndrome de abstinencia de vuelos que está afectando el resto de mi vida. Pero ¿por qué no he podido viajar? Pues porque no tengo dinero. Así de simple. Así de cruel. Por eso hoy les voy a hablar un poco sobre la educación financiera que a mí y a todos nos falta para poder cumplir nuestros sueños viajeros.

Estoy segura que te pasa con frecuencia, como a muchos de nosotros, que faltan aun casi una semana para fin de mes y tu cartera ya está vacía. Y es que mucho se ha criticado a las y los jóvenes que parece que nos urge gastarnos el dinero como si nos quemara las manos en cuanto llega pero lo cierto es que tal vez jamás hemos recibido en México una educación financiera adecuada.

Tampoco se trata de echarle la culpa a nadie y sólo tirarnos a llorar o a lamentarnos por no haber nacido en cuna de oro pues nunca es tarde para aprender aunque sería mucho más fácil y benéfico, tanto en el presente como en el futuro, si la educación financiera fuera parte de una política pública para fomentar el desarrollo humano y económico.

Y es que, de acuerdo con la OCDE, la educación financiera “es el proceso mediante el cual los individuos adquieren una mejor comprensión de los conceptos y productos financieros y desarrollan las habilidades necesarias para tomar decisiones informadas, evaluar riesgos y oportunidades financieras, y mejorar su bienestar

Entonces ¿por qué nos importa tan poco?

Un estudio de la consultora Price Waterhouse Coopers reveló que 54% de las y los millennials expresaron preocupación cuando se les preguntó sobre su habilidad para manejar su deuda; 53% de ellos dijo tener tarjetas de crédito sobregiradas y 50% no podría atender ningún imprevisto porque carece de ahorros o de algún seguro.

No olvidemos que las nuevas generaciones aprendieron esta información negativa en casa, considerando que 90.4% de los mexicanos dicen haber recibido educación para el ahorro de parte de sus padres. Tal parece que ahí hay un foco rojo… tal vez es momento de generar espacios y políticas para formalizar la educación financiera no? Porque evidentemente las “soluciones” que nos enseñan en casa como la alcancía o el colchón o ahora los hipsters maison jars con etiquetas, no harán crecer nuestro dinero.

Y es que resulta increíble que hoy, en plena época de las criptomonedas y los pagos en línea, los mexicanos sigan prefiriendo traer efectivo en la cartera, pagar en abonos, participar en tandas y meter sus ahorros bajo el colchón.

La consecuencia que nos duele aceptar es que las y los jóvenes llegamos a la vida laboral sin saber prácticamente nada en temas como ahorro, inversión o endeudamiento, entonces ¿qué es lo único que sabemos sobre el dinero? ¡pues gastar! y es que sólo nos quedamos con la información que recibimos de familiares y amigos o de los golpes que nos va dando en la vida.

Los expertos en finanzas opinan que en México también se necesita crear contenido sobre educación financiera que sean digerible para más personas, ahora aprovechando que todo se puede consumir a través de internet.

Otra triste verdad es que el mundo de las finanzas y sus extensiones están llenos de prejuicios y desconocimiento.

México sigue manifestando tasas muy altas en materia de sub-bancarización. Según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), casi el 56% por ciento de la ciudadanía con cuenta con ningún tipo de cuenta bancaria (en parte por la importancia de la economía informal); solamente el 25 % de las y los adultos cuenta con algún tipo de seguro, el 41% con una cuenta de ahorro y se estima que el 60% de los préstamos provienen de amigos y familiares.

Pero ¿por qué no somos fans los mexicanos de los bancos? Pues porque nos cobran mucho por todo. Según la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de los Servicios Financieros, México ocupa el tercer lugar entre 10 países latinoamericanos en materia de cobros de comisiones por parte de instituciones financieras, lo que podría mantener un cierto desincentivo para las personas usuarias de servicios financieros

En la actualidad, en nuestro país los actores financieros carecen de obligación en materia de educación financiera. El Estado tampoco está proveyendo las herramientas eficientes en la materia. La poca información existente y difundida tímidamente está enfocada a una población adulta o mayor pero ¿y los jóvenes? ¿Los niños?

Con el fin de desplegar más capacidades desde la ciudadanía, valdría la pena reflexionar alrededor de una contribución o de un incentivo fiscal de las propias instituciones financieras para el financiamiento de estrategias de educación financiera, conjuntamente con el Estado desde una visión de corresponsabilidad social

Sin duda, vale la pena promover la educación financiera para detonar comportamientos inversionistas, también resulta fundamental elaborar campañas de sensibilización al riesgo de los créditos porque no podemos seguir siendo una generación que vive de prestado.

La OCDE y el G20 han adoptado líneas estratégicas rectoras para el desarrollo de la educación financiera en los países miembros a lo largo de la vida de las y los ciudadanos, reconociendo contundentemente sus beneficios. Incluso, en algunos de estos países la educación financiera forma parte obligatoria de los programas de la educación pública desde la adolescencia.

La educación financiera contribuye a que un país cuente con una ciudadanía no solamente resiliente frente a los riesgos y retos económicos, sino también informada y proactiva económicamente, que fortalezca las capacidades del propio Estado

La educación financiera también beneficia al desarrollo humano, al Estado y a su estabilidad socioeconómica: siempre y cuando se genere confianza en instituciones financieras fortalecidas, transparentes, profesionales, respetuosas del Estado de Derecho

Mientras no exista en nuestro país un mecanismo oficial para la educación financiera, lo mejor es hacer conciencia de la necesidad que existe de conocer más a fondo esos temas e informarse al respecto para tomar mejores decisiones y así poder hacer ese viaje que tanto soñamos, de lo contrario nos quedaremos solo suspirando y viendo a otras personas cumplir sus metas y muriendo de envidia por sus vacaciones en Instagram Stories.

 

 

 

Domingo, 19 Agosto 2018 05:28

Vivir sin plástico

El bello mes de agosto siempre me ha marcado por sus intensas lluvias vespertinas. Y es que yo nací en este mes, el 23 para ser exactos. Fui una niña que a temprana edad decidió dejar de tener fiestas infantiles pues estaba harta de que siempre lloviera. No podía aspirar a una fiesta en algún jardín porque siempre llovía, aunque no puedo quejarme, el año pasado festejé con muchos amigos en un picnic en pleno bosque de Chapultepec y la naturaleza fue tan bella conmigo que no llovió.

Cada vez que llueve esta ciudad se nos vuelve un caos. En serio, bastan 10 minutos para que las calles se inunden, el tráfico se vuelva una pesadilla y se hagan encharcamientos tan grandes que cualquier esquina puede ser digno escenario de aquel chapuzón que un camión le dio a Bridget Jones cuando iba a proponerle matrimonio a Mark Darcy.

Pero ¿sabemos que ese caos empieza en nuestras propias casas y cocinas? Pues sí, resulta que muchas veces la lluvia se junta de tal manera en las calles porque tenemos un enemigo que bien que sabemos que existe pero nos negamos a reconocer que somos adictos a él: la basura. Y la peor quizá, es el plástico. Por ejemplo, un popote tiene una vida útil (si es que ese calificativo aplica) de algunos minutos pero tarda años en degradarse. Las bolsas de plástico que nos dan en el supermercado o incluso esas que nos ponen hasta por partida doble o triple cuando vamos a comprar lo que sea en cualquier establecimiento.

¿Se han dado cuenta de que en México darte “doble bolsa” es como sinónimo de buena atención al cliente?

Hace mucho que yo comencé a decir “sin bolsa por favor”, lo mismo con los popotes. Sin embargo a veces parece que la vida te pone difícil la labor de reducir el consumo de plástico.

Por ejemplo, la semana pasada mis compañeros de trabajo y yo usamos una aplicación desarrollada por Greenpeace para medir nuestro consumo personal de plástico y, aunque mi número no fue el más alto, lo cierto es que aún me provoca vergüenza.

El experimento me reveló que uso más de 400 objetos de plástico y particularmente tres categorías son las culpables: envases de cremas, shampoo, limpiadores y jabones por un lado; cotonetes para limpiar mis pequeñas orejitas y algunos empaques y envoltorios que nos dan ya en la comida que compramos a diario.

No pude evitar sentir vergüenza y angustia por saber que mi consumo sigue siendo alto, a pesar de que ya he hecho cambios significativos en mi estilo de vida. Por ello, decidimos publicar en un video nuestra experiencia y gracias a eso, varios amigos y conocidos comenzaron a tomar conciencia y también a compartir consejos que ellos ya implementan para bajarle al uso de este material tan dañino para el medio ambiente pero lamentablemente tan práctico y común en nuestras vidas.

Mi amiga Fernanda, por ejemplo, me dijo que en una tienda muy trendy de origen japonés ella había encontrado cotonetes con palito de bambú. Fui a buscarlos pero no los hallé, aunque en su lugar pude adquirir unos con palito de papel que resultaron excelente alternativa porque confieso que sí me gusta limpiar mis orejitas después de cada ducha.

Otra amiga emprendedora nos regaló unas telas para envolver nuestros alimentos que comenzamos a probar esta semana. La tarde del viernes hice un panqué de elote y también unos muffins. Como muchos saben, este tipo de pan es bastante delicado pues el elote se fermenta con facilidad si no se guarda o refrigera de manera adecuada. ¿Qué mejor que un alimento delicado para probar si las Apitelas eran efectivas? ¡Ah! Porque se llaman “apitelas” pues están relacionadas con la apicultura. Y es que el chiste de esas telas es que están cubiertas con cera de abeja y aceite de coco para garantizar que se sellan de forma hermética cuando cubrimos nuestros alimentos y así considerarlas un verdadero reemplazo de los plásticos autoadherentes que muchas veces usamos para cubrir los alimentos antes de guardarlos.

Decidí cubrir el panqué en el molde y meterlo al refrigerador. Sin una cobertura realmente hermética, el pan en refrigeración se pone duro, hasta yo que no soy precisamente el ama de casa modelo lo sé.

Bueno la segunda prueba fue envolver con otra apitela unos muffins de elote que también hice. Esos no los metí a refrigeración y también, cuando el pan no se pone en bolsa de plástico y se deja en la de papel, suele endurecerse. El riesgo además sin refrigeración era la fermentación del maíz.

El resultado fue muy positivo pues al día siguiente ambos experimentos salieron perfecto y nuestros panes, tanto el del refrigerador como los que permanecieron a temperatura ambiente estaban deliciosos y frescos como si estuvieran recién horneados. ¡Punto para las telas!

Como realmente el video tuvo mucho impacto, otros amigos nos compartieron incluso un directorio de pequeños comercios que ya han erradicado el plástico de sus productos.

Estoy decidida a erradicar el plástico de mi vida y a tener un consumo responsable para generar menos basura pues, mi ciudad puede ser muy hermosa y si nos ocupamos de producir menos basura evitaremos esas molestas inundaciones y además, impediremos que millones de toneladas de plástico terminen en ríos y mares. Y tú, ¿te animas a vivir sin plástico?

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 12 Agosto 2018 05:47

Que nunca nos quiten las fuentes

Hace unos días, mi estado de ánimo no era el mejor. Tuve una semana por demás estresante y además mis hijos no han estado en casa por lo que me sentía un poco sola. Y de plano, en una búsqueda un tanto frustrante de inspiración, salí a la calle y sin darme cuenta comenzó a salir agua de mis ojos. Entonces, se cruzó frente a mí una fuente. Nada ostentoso, nada espectacular, solo una fuente más de las muchas que hay en esta hermosa Ciudad de México.

Sólo mirar el agua me relajó y me hizo relajar ese nudo que estaba sintiendo en el pecho. El sonido del agua y el movimiento de los chorros que no parecen ir a ninguna parte de esa sencillísima fuente me dio la paz que andaba buscando sin saberlo.

Fui editora de una revista de arquitectura por más de tres años y jamás me pregunté ¿Por qué hay fuentes en las ciudades? Esta es una pregunta que no se suele plantear pero ayer me la hice. Un arquitecto te diría que la función original de las fuentes en los espacios urbanos eran la provisión de agua potable.

Pero ¿eso sigue siendo válido en el mundo moderno? Lo cierto es que en las grandes ciudades, las fuentes son elementos ornamentales pero ¿tienen una función? Pues sí, resulta que el hecho de que el espacio público cuente con estos aparentes “ornamentos” vuelve rico el lugar pues siempre se agradece un área de descanso donde la gente se relaje y ¿para qué? pues para favorecer la comunicación entre las personas, lo mismo con otras personas que consigo mismas, como me pasó a mí ayer..

Así es como la arquitectura no se cansa de demostrarnos en lo cotidiano que su principal razón de ser no es meramente funcional, decorativa, habitacional o urbanística, pues en su conjunto, desde una perspectiva integral, la arquitectura cumple sobre todo una función social.

O ¿acaso hay un momento más feliz que cuando los niños y jóvenes se divierten mojándose en el Monumento a la Revolución? Vamos que hasta alguien triste puede olvidar sus penas sólo con mirar a la gente jugar y reír una tarde cualquiera.

Otra que yo disfruto mucho es la fuente de La Diana pues es un símbolo de la capital que adorna Paseo de la Reforma. Fue inaugurada en 1942 y sus creadores, el arquitecto Vicente Mendoza Quezaday el escultor, Juan Fernando Olaguíbel le otorgaron el nombre de La flechadora de las estrellas del norte. La fuente representa a Diana, la diosa romana de la caza y de la Luna, una belleza para una feminista como yo.

Otra bellísima es la Fuente de Tláloc Cárcamo de Dolores, que sí fue una obra hidráulica que distribuía el agua del Sistema Lerma a la Ciudad de México, construida por el arquitecto Ricardo Rivas en 1951. En este lugar, Diego Rivera realizó un mural dentro del cárcamo titulado “El agua, el origen de la vida” y una fuente de Tláloc que vistosamente adorna su explanada. Actualmente, se destina únicamente para mostrar la obra de Rivera y pertenece al Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental.

Y justo hace unos días que visité lo que era el viejo hotel Virreyes y que ahora es un famoso hostal y espacio de coworking, noté que esa complicada zona de tráfico también tiene un pequeño espacio de paz en la fuente del Salto del Agua, una pequeña construcción de la que brota un chorro de agua que se ubica en pleno eje central. La escultura, marca el lugar donde terminaba uno de los acueductos más importantes de la CDMX en la época virreinal. La estructura original data de 1779, pero en los años 60 fue sustituida por la réplica actual hecha por el escultor Guillermo Ortiz. Es una de las más antiguas de la capital y adorna una de las vías principales de la CDMX.

Otra ciudad famosa por sus bellas fuentes es Roma, donde obviamente no puede faltar una visita a la Fuente de Trevi, donde ya es muy famosa la tradición de pedir tres deseos tras arrojar tres monedas dando la espalda a la fuente.

Muy cerca de Roma está Tivoli, donde la fuente más famosa es La Fontana dell’Ovato o Fuente Oval, también llamada Fontana di Tivoli, se encuentra en la Villa d’Este, Tivoli, Italia, y fue declarada en 2011 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y cuyos jardines están considerados uno de los más bellos del planeta. Recuerdo bien haber estado allí correteando a mi hijo que ahora tiene 21 años y entonces apenas comenzaba a caminar. Buenos tiempos aquellos.

Así que ya lo saben, ya sea en el extranjero o en México, opciones hay muchas, si un día andan medio tristes o estresados, o de plano sienten que van a tener un ataque de ansiedad, busquen la fuente más cercana y recuperen la paz con el simple hecho de mirar el agua correr y escuchar su relajante sonido. Es gratis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A menos de tres horas del aeropuerto de Palenque, Chiapas, una familia me regala algo invaluable: la oportunidad de ser parte de su vida cotidiana en uno de los escenarios más bellos de México.

En el lado norte de la Selva Lacandona, a dos horas y media de Palenque, se encuentra Top Che, el campamento familiar donde he decidido pasar unos días de desintoxicación urbana. Este es un lugar mágico y autentico, dónde además de la posibilidad de realizar caminatas y algunos deportes de aventura, lo más atractivo para una viajera mochilera como yo ha sido la invitación a convivir con esta acogedora comunidad indígena para olvidarme de lo cotidiano.

Top Che está dirigido por la familia de Enrique Chankin Paniagua mientras que el centro de alimentos Chankin lo dirige su hija, Katalina Nuk. El resto de la familia se hace cargo del mantenimiento y limpieza de las cabañas privadas montadas sobre palafitos para evitar inundaciones si el río crece en época de lluvias.

Llegué con un grupo de amigos y colegas cuando la noche estaba cayendo sobre la profundidad de la selva, justo el mejor momento para convivir con esta familia pues es cuando don Enrique convive con los comensales y nos permite adentrarnos en su mundo y su historia.

Desde hace 23 años que pisé por vez primera la Selva Lacandona, pensar en ella siempre ha sido sinónimo de majestuosidad. Pocas cosas son pequeñas aquí pues incluso lo que tiene una medida diminuta, adquiere grandes dimensiones cuando pensamos en su papel en el ecosistema que se sostiene a nuestro alrededor con más precisión que un reloj suizo: la del ciclo de la vida.

Todo el estado de Chiapas es sinónimo de grandeza, pues lo mismo cuenta con imponentes vestigios arqueológicos que con una amplia gastronomía  —huella tangible de la vasta cultura que marca y da identidad a la región Maya-Lacandona— o con sus altísimas ceibas, ese árbol que es sagrado para la cultura maya y que crece a la orilla de cada uno de sus caudalosos ríos.

Pero si de la Selva Lacandona se trata, no todo es belleza natural o arqueológica pues, además de sus gigantes hojas elegantes, sus enormes hormigas chicatanas —que más tarde lucirán deliciosas y bien tostadas en una tortilla bañada en salsa de chipilín para darnos una calidad de proteína envidiable— o sus coloridos escarabajos e insectos, aquí son cruciales los detalles, pequeñas cosas que hacen único a este lugar de México.

Muchas cosas aquí son un regalo de la naturaleza, como el rocío posado en las flores y las hojas cada mañana; el discreto ruido de fondo del crujir de las hojas a cada paso que se da; el sonido agua del riachuelo que corre junto a la ventana de mi cabaña  y que es la mejor manera de despertar sin prisa alguna para apreciar el concierto a mil voces de las aves que saludan al sol como si con ello le ayudaran a levantarse para iniciar un día más.

Pero están los otros detalles, los que construyen casi siempre sin querer, los hombres y las mujeres que habitan esta selva mexicana.

Uno de esos detalles es la sonrisa de Juanita y el rubor de sus mejillas cuando me cuenta en la cocina de su suegra cómo fue que se enamoró de su esposo Enrique, un joven lacandón que a sus ojos, es el más guapo del mundo, tanto que la hizo dejar su vida citadina en la capital de Oaxaca para venir a adentrarse en la selva chiapaneca y romper cualquier barrera cultural imaginaria. Hoy en día, aunque el aspecto y los rasgos de Juanita son distintos al del resto de los habitantes de la comunidad, ella se siente tan lacandona como cualquiera que haya nacido aquí, bajo el cobijo de las ceibas. Cinco años han pasado desde que esta comprometida mujer llegó a implementar proyectos productivos con los mayas-lacandones y, desde que conoció a Enrique. No fue un amor a primera vista, aunque sí se atraían. Ha sido, según me cuenta mientras echamos las tortillas, un amor sólido, no pueril, sino de esos que se labran con la convicción de ser para toda la vida. Y es que aquí, como tal vez antes pasaba en otros lados en tiempos remotos, el compromiso y la familia son cosa seria.

Juanita ha pasado ahora a ser parte de la familia que encabeza don Enrique Chan Kin, padre de su esposo. Él a su vez está casado con doña Elizabeth, una mujer de una larga, lacia y blanquísima cabellera que sonríe discretamente mientras su esposo nos cuenta, junto a una fogata que hemos encendido en medio del campamento, cómo “se la robó” hace ya cuarenta años. Así marcaba la tradición. Robarse a la mujer, para luego, casarse y formar una familia, la base de la sociedad lacandona.

Lo que en cualquier otro contexto podría parecer inadmisible, estando aquí toma otra dimensión. Le pregunto a doña Eli si ella estaba de acuerdo y me dice con voz muy baja y suave que él le gustaba, que así son las cosas por acá, mientras él la mira aún con una ternura y un respeto envidiables. También nos cuenta que antes se acostumbraba que los lacandones tuvieran varias mujeres y que procrearan hijos con todas ellas, pero la monogamia entonces ha llegado aquí como un proceso paulatino, no como una imposición, más bien es como algo que ya “traen los jóvenes”, cuenta don Enrique. Él dice no querer tener más familias. Una está bien. Con esta mujer y esta familia es feliz.

 Como muchas otras familias de la comunidad de Lacanjá Chansayab, la de don Enrique Chan kin Paniagua se dedica al turismo sustentable. Hace años que dejaron de talar la selva para sembrar pues ahora todo está más controlado y ellos han tomado conciencia de lo relevante que es conservar su entorno. Ahora reciben un pago, un subsidio gubernamental, que les permite no sólo conservar la selva que presta servicios ambientales para todas las personas del planeta, también pueden acceder a créditos, capacitación y apoyos para emprender en el sector del ecoturismo. Ya hace más de 10 años que comenzaron a capacitarse y hoy en día todos aquí se dedican a eso. Unos son guías de rafting en el río Lacantún, otros enseñan a las personas sobre las plantas medicinales que se pueden encontrar en la selva, las mujeres preparan los alimentos que se ofrecen a los visitantes con la misma dedicación que cocinan para toda la familia pues aquí todos comemos lo mismo, y lo hacemos juntos, todos sentados alrededor de una mesa larga de madera, sobre largas bancas de troncos labrados, mientras conversamos.

Aunque todos en la comunidad viven sobre todo del turismo, aún se siembra la milpa, el frijol, la calabaza y el chile dentro de las zonas permitidas y bien delimitadas para la agricultura. Es prácticamente para el autoconsumo aunque también venden lo que les sobra en los mercados de Frontera Corozal, Ocosingo o Palenque.

Despertar aquí es como un viaje al pasado. Es mi segundo día aquí. Son apenas las siete de la mañana pero la luz que se cuela por entre el tupido dosel de la selva me invita a salir a caminar y saludar a la naturaleza y, literalmente, lo haré hoy pues mis anfitriones han preparado un ritual de saludo a los cuatro elementos.

Con el humo del copal saludamos a los cuatro puntos cardinales agradeciendo a la naturaleza también por cada uno de sus cuatro elementos. Quien dirige este ritual tradicional Lacandón se llama Oj y es un adolescente de apenas 13 años pero su edad no es un impedimento para enseñarnos que en esta cultura el respeto a la majestuosidad de la madre naturaleza es lo más importante y lo que mantiene en pie a la comunidad.

Oj estudia en la Telesecundaria de la comunidad vecina y está consciente de que las y los jóvenes de su edad deben continuar con sus rituales tradicionales para mantener su cultura originaria pues, con la llegada de diversas religiones —sobre todo evangélica— a la región, se ha perdido mucho de la identidad de esta etnia. Es por esto que él decidió, de manera voluntaria, ayudar a su padre a mostrar este ritual de saludo y compartirlo con los visitantes que llegan de distintas regiones de México y el mundo.

Para muchos visitantes puede ser difícil diferenciar el género entre un niño y una niña maya lacandona, pero Oj me cuenta que la clave no debía buscarla ni en el cabello, pues ambos géneros lo usan largo, lacio y suelto, ni en los rasgos, pues los rostros de niños y niñas son muy similares, sino en las túnicas que usan como vestimenta tradicional. Las de las mujeres y niñas, llevan diseños floreados, mientras que las de los hombres son las de manta blanca que muchos hemos visto en fotos, museos y documentales.

No todos en la comunidad usan la vestimenta tradicional. Entre los más jóvenes, o quienes se dedican a otras actividades como el comercio o el transporte público, la túnica ha sido dejada de lado y también, por la influencia cultural que traen quienes han emigrado a los Estados Unidos y regresado, o que han ido a trabajar a las zonas urbanas, poco a poco la importancia de llevar el cabello largo y usar la túnica se ha ido perdiendo.

Por ello, la experiencia de venir a convivir con estas familias se vuelve transformadora no sólo para quienes llegan de fuera, como yo, también lo es para quienes aquí nacieron y que, al ver lo mucho que respetamos su cultura, sus trajes y su apariencia tradicional los visitantes, vuelven a conectar con su identidad maya-lacandona y con esos deseos de transmitir el orgullo por las raíces prehispánicas que aquí, están más vivas que en ninguna otra parte de México.

Hace ya más de dos décadas que pisé la Selva Lacandona por primera vez y la experiencia de viaje se ha transformado radicalmente. Mientras hace 20 años llegar aquí representaba el primer logro pues había épocas del año en las que sólo se podía entrar en avioneta. Las lluvias hacían crecer tanto los ríos que se llevaban los puentes consigo. Hoy en día no necesitamos más de 3 horas de viaje en carreteras bien pavimentadas para llegar desde Palenque hasta esta comunidad, que forma parte ya del municipio de Ocosingo, uno de los bastiones zapatistas del levantamiento armado de 1994.

Otra cosa que ha cambiado mucho es la comunicación y la conectividad pues, mientras en el pasado venir aquí significaba literalmente aislarte del mundo exterior, ahora casi todos los campamentos cuentan con acceso a internet, aunque por ser señal satelital, suele ser un servicio caro al que se tiene acceso restringido. La familia Chan Kin optó por tener ese uso limitado sólo al área del comedor, así que prácticamente sólo durante las comidas es que la gente aprovecha para enviar saludos o revisar sus correos electrónicos, medio por el cual los mismos dueños del campamento también reciben casi todas sus reservaciones.

Venir aquí, además de ser un escape del estrés urbano para quienes como yo, somos seres de asfalto, es también una oportunidad para descubrir que sí se puede vivir de manera sostenible. Recorro las calles sin pavimentar de la comunidad y mientras me interno en los senderos de la selva, veo que todo el alumbrado público ya se alimenta de páneles solares, aunque las casas aún siguen conectadas a la red de la CFE, lo cierto es que aquí ya ha arrancado la transición hacia la energía renovable y poco a poco se espera que todos los campamentos generen su propia energía. De momento, a falta de drenaje sanitario, tanto las viviendas como los campamentos utilizan fosas sépticas sin embargo ya se está estudiando la posibilidad de construir biodigestores para reducir el impacto ambiental y la contaminación generada por la actividad turística en la zona.

Cae la noche una vez más y, tras haber visitado Bonampak y Yaxchilan, dos de las zonas arqueológicas más impresionantes por estar inmersas en la selva, vuelvo al campamento para disfrutar nuevamente de una cena casera, reír con las anécdotas de Juanita y don Enrique y después, simplemente deleitarme con los sonidos de las cigarras, los animales nocturnos y el río que no detiene su caudal. Si algún día puedes venir, estoy segura que cuando te estés meciendo en la hamaca de tu cabaña, al menos por unos minutos sentirás, igual que yo lo viví, que esta es la prueba que la naturaleza nos regala de que sí, la vida puede ser simple y al serlo, también se puede volver perfecta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 22 Julio 2018 05:29

Lucha Libre: patrimonio de la CDMX

Ayer hubo una ceremonia especial en el  Palacio de Gobierno de la Ciudad de México pues Ramón Amieva, mandatario capitalino, y El Fantasma, presidente de la Comisión de Lucha Libre en la capital, firmaron el decreto en donde se declaró a la Lucha Libre como Patrimonio Cultural de la Ciudad de México.

Muchos luchadores fueron invitados a esta conmemoración que reconoce a este deporte espectáculo como parte de la cultura chilanga, pero no sólo ellos forman parte de este mundo. Historiadores, narradores, cronistas, diseñadores de máscaras, entrenadores y sobre todo, las personas aficionadas a esta práctica deportiva forman parte de una ya arraigada tradición que da identidad a quienes nacimos en la capital mexicana.

Y es que a las arenas de la capital del país, llegan aficionados de toda la República e incluso del extranjero. De hecho en la plataforma de Airbnb una de las experiencias más exitosas es la de hacer tu propia máscara de luchador y luego acudir a una función a la legendaria Arena México, ubicada en la colonia Doctores.

Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas y hace unos años, por encargo de mi editor londinense, investigué un poco más de este mundo para un reportaje que fue publicado en la BBC.

Resulta que descubrí que ser luchador puede parecer divertido pero en el fondo, estas personas no cuentan con seguridad social alguna y por ello es bien importante que en la ceremonia el jefe de gobierno se haya comprometido a impulsar la integración de estos deportistas y sus familias en programas de salud, de empleo, de desarrollo económico y de asistencia social pues, de hecho sí viven con muchas carencias.

Hace tres años que yo conocía a Súper Astro quien como cualquier otro luchador mexicano, no se quita la máscara ni revela su verdadero nombre.

Cuando me recibió en su tortería tenía 58 años y me contó que todavía competía de vez en cuando, pero su ocupación principal es administrar su local, famoso por vender tortas enormes, cuyo tamaño obedece a la demanda de sus clientes, en su mayoría luchadores también, que necesitan comer mucha proteína y a un precio accesible. Su torta estrella pesa 2.5 kilos de distintas carnes. Una verdadera bomba con la que muy pocos pueden. Esta torta única se llama Súper Astro Especial, de 41 centímetros de largo, rellena de carne de res, jamón, tocino, salchicha, queso, omelette, cebolla, tomate y aguacate.

Puede que no me lo crean pero este trabajo de tortero, Súper Astro lo lleva adelante utilizando su máscara plateada y negra. El restaurante es pequeño pero en cada rincón hay un homenaje a la lucha libre, el popular deporte mexicano. Cuadros y pinturas de Súper Astro y otros héroes enmascarados adornan las paredes.

No sólo la torta estelar es grande, en el lugar se especializan en vender porciones gigantes para satisfacer las necesidades calóricas de los numerosos luchadores que se encuentran entre sus clientes habituales.

Y es que no siempre pueden pagar una buena comida, ni mucho menos suplementos alimenticios si bien los mejores luchadores mexicanos ganan alrededor de 30 mil pesos en los principales eventos semanales, lo cierto es que a la mayoría se le paga mucho menos.

Súper Astro abrió el negocio en 1986 porque, pese a la popularidad de la lucha libre en el país, a los luchadores se les pagaba muy poco.

Dice que se dio cuenta de que había demanda de un local que sirviera comida en grandes cantidades y a precios bajos. Y al mismo tiempo, el restaurante le daría una fuente más confiable de ingresos.

Casi 30 años después, los luchadores todavía reciben ingresos modestos, sobre todo en comparación con las estrellas de la empresa estadounidense World Wrestling Entertainment (WWE).

Mientras sus luchadores pueden embolsarse fácilmente 2 millones de dólares al año, los mejores luchadores mexicanos ganan alrededor de 1600 dólares en los principales eventos semanales, y a la mayoría se le paga mucho menos.

A pesar de las continuas quejas de los luchadores de que los promotores se quedan con demasiado dinero, simplemente no hay muchos recursos en torno a la industria.

Aunque la lucha libre tiene una base de seguidores leales, su popularidad en México no es como la del fútbol, el béisbol y el boxeo.

Los dos o tres mayores eventos de lucha libre del año pueden atraer a multitudes de 17,000 personas. Pero a la mayoría de las peleas semanales, donde las entradas tienen un costo de alrededor de 300 pesos, van entre 1,000 y 3,000 espectadores.

Numerosas peleas son transmitidas por televisión, pero una de las principales organizaciones de lucha libre, Lucha Libre AAA, de propiedad familiar, sigue haciendo la mayor parte de su dinero por la venta de entradas y el patrocinio.

Su facturación anual es de aproximadamente 20 millones de dólares, muy poco si se le compara con los 500 millones que factura la WWE.

Sin embargo, a pesar de las presiones sobre la lucha libre, las pequeñas empresas que forman su columna vertebral, como los creadores de las máscaras y la propia AAA, mantienen grandes ambiciones para que el negocio prospere.

 

LA MÁSCARA Y SU HISTORIA

La lucha libre se hizo popular en México en la década de 1930. El uso de máscaras comenzó casi al mismo tiempo, cuando un luchador irlandés que vivía en México, conocido como "Ciclón McKey", quiso convertirse en el primer luchador enmascarado.

El "Ciclón McKey" empezó usando una máscara de piel de cabra hecha para él por un zapatero llamado Antonio Martínez.

A pesar de que no le gustó el primer diseño, el irlandés comenzó a pedirle más, y rápidamente otros luchadores lo imitaron y pidieron a Martínez sus propias máscaras.

Víctor Martínez atiende uno de los principales negocios de venta de máscaras profesionales.

El negocio se llama ahora Martínez Deportes, y está dirigido por el hijo del difunto Martínez, Víctor.

Es uno de los pocos fabricantes de máscaras tradicionales de lucha libre en el país.

Produce 450 por semana, a partir de diseños que requieren 17 mediciones de la cara del luchador, y cuestan 1500 pesos, las versiones más asequibles.

Están hechas de fibras sintéticas o artificiales para hacerlas más ligeras y respirables.

A pesar de la disponibilidad de máscaras chinas mucho más baratas, su dueño sigue considerando a Deportes Martínez como un buen negocio.

Esta tienda suministra a la mayoría de los alrededor de 250 luchadores profesionales que hay en México, y en los últimos años creó un sitio web para vender a los fanáticos de la lucha en todo el mundo.

"Mi padre era un perfeccionista y me dejó ese legado. Es mi responsabilidad mantener su prestigio", asegura Martínez.

"Hoy en día las máscaras siguen siendo uno de los elementos clave que dan vida a la lucha libre. Las imitaciones chinas parecen de aficionado, nunca tienen la calidad de una máscara profesional, la calidad no es la misma", añade.

Con o sin máscara, aún con el riesgo de perder la cabellera, la lucha libre sigue y hoy, con la declaratoria como Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México, esperemos que tenga una larga vida y todos podamos seguir disfrutando del deporte de las piruetas en el aire.

 

 

 

 

 

 

Domingo, 15 Julio 2018 05:42

Las ciudades nunca terminan

En las últimas semanas he sentido una necesidad enorme de tomar un avión y aterrizar en París y mucha gente me pregunta, ¿en serio? ¿otra vez? ¡si ya conoces! Y lo cierto es que la ansiedad es porque justo temo llegar y no reconocer la ciudad.

No exagero, a pesar de que es todo un clásico y como bien se reza en Casablanca “siempre tendremos París”, lo cierto es que las ciudades clásicas también cambian y evolucionan y particularmente París, con una alcaldesa innovadora y arriesgada como la progresista Anne Hidalgo, ha estado registrando varios cambios interesantes en los últimos años.

El primero y más notable es que Anne Hidalgo logró que desaparecieran los autos de las orillas del río Sena. Tal como lo leen, ahora este espacio es un andador permanente, todo el paseo es peatonal y bueno, en el verano se pone increíble por la tradición de las llamadas Paris Plages, las playas urbanas que siempre se vuelven en un atractivo para los parisinos que no pueden escapar de la ciudad en esta temporada vacacional, y para los turistas que nunca faltan en la capital francesa.

La orilla derecha del Sena en el centro de París quedó prohibida al tráfico vehicular y ha sido reservada peatones y ciclistas, a pesar de la resistencia de los conservadores. Esta es una medida que busca combatir la contaminación ambiental, un problema serio para la capital francesa y es una iniciativa de la alcaldesa Anne Hidalgo que fue respaldada por la mayoría socialista y ecologista del consejo municipal parisino pero resistida por la derecha capitalina.

La vía rápida Georges Pompidou que recorre la orilla derecha del Sena fue inaugurada en 1967 para agilizar el tránsito.

Sobre los 13 kilómetros de esa arteria que atraviesa París de oeste a este, solo 3,3 km, con algunas de las vistas más bellas y románticas del centro de la capital quedarán reservados al disfrute de ciclistas, turistas, enamorados o simples transeúntes. De hecho, este recorrido fue declarado patrimonio mundial por la UNESCO en 1991.

La ministra de Medio Ambiente de la administración anterior, Ségolène Royal y cinco reconocidos neumólogos franceses respaldaron la campaña de Hidalgo, afirmando que la contaminación es responsable "de unas 2.500 muertes por año en París".

La municipalidad apuesta a que una parte de los automovilistas opten por transportes en común o iniciativas de vehículo compartido y que los demás utilicen trayectos alternativos. Ese cambio es algo que quiero ir a constatar por supuesto pues la última vez que estuve en París fue en 2016, antes de que esto fuera aprobado.

Otro cambio que quiero ir a experimentar es el balneario gratuito del canal de la Villete, en el distrito 20, algo que apenas este verano será implementado por segunda ocasión y que tuvo muy buena respuesta en su apertura el año pasado.

Al mismo tiempo, otros pequeños cambios en el mobiliario urbano han ido ocurriendo como que muchos de los viejos y tradicionales puestos de periódicos y revistas han sido sustituidos por unos más modernos y funcionales, que hay más y mejores botes para separar los residuos, más estaciones para alimentar baterías de autos eléctricos, un nuevo sistema de bicicletas públicas y ahora también bicicletas sin cicloestaciones, igual que ya está ocurriendo en la Ciudad de México.

Por supuesto, París siempre tendrá sus típicas terrazas donde uno puede pasar las tardes bebiendo el mejor vino del mundo, sus funciones de cine o conciertos al aire libre en el Parque de la Villete, los picnics con queso, pan y vino a la orilla del Sena o del canal St. Martin —sí, ese donde Amélie tiraba piedritas— y otras cosas que harán que siempre sea una gran opción para visitarse en el verano, aún cuando la mayoría de los parisinos salgan de allí corriendo para ir a tostarse en alguna playa real.

Lamentablemente, aunque ya tenía planeado un viaje para finales del verano, lo he tenido que cancelar y una vez más, París tendrá que esperar.

Me apena porque de verdad quiero ir a constatar estas mejoras que está teniendo la ciudad, disfrutar que una vez al mes la avenida más bella del mundo sea exclusiva para los peatones y otras novedades en mi ciudad favorita.

Nunca permitan que les digan “para que vuelves si ya conoces ese lugar” porque en realidad, los buenos viajeros, los de verdad, nunca terminan de descubrir los detalles en cada destino y las ciudades, como las personas que les dan vida, nunca detienen su evolución. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadie va a negar que si hay un placer infinito es el que tenemos en el paladar cuando probamos un delicioso helado. Si encontramos uno que tenga ese justo equilibrio entre cremosidad, consistencia, azúcar y el sabor de nuestra preferencia, el helado puede llevarnos más allá del cielo en un abrir y cerrar de ojos.

Pues resulta que julio es el mes del helado, una celebración instituida por Ronald Reagan en 1984, cuando era presidente de los Estados Unidos. Sí ya sé, pocas cosas tenemos que agradecerle a Ronald pero esta sí que vale la pena.

Y es que resulta que este mes hay muchas promociones en lugares deliciosos y de gran tradición heladera tanto en el vecino país del norte como en la Ciudad de México. Pero vayamos un poco a la historia de este que es uno de los postres más sanos y deliciosos que existen.

Historia del helado

 

Su origen se encuentra en China, donde hace algunos milenios la gente mezclaba la nieve de las montañas con frutas. También se sabe que en el Califato de Bagdad se acostumbraba tomar esta preparación, denominada “Sharbets”.

No obstante, fue Marco Polo quien introdujo a Europa estas fórmulas que aprendió en sus viajes, que en ese momento era muy difícil preparar. Más adelante se descubrieron los helados de leche durante el reinado de Carlos I de Inglaterra, cuando un cocinero francés mezcló los jugos de fruta con leche.

Aunque este postre se volvió popular gracias a los heladeros ambulantes italianos en los años 1600, fue hasta 1846 que Nancy Johnson inventó la primera heladora automática y, cinco años más tarde, comenzó su producción industrial en Boston.

Italia y su gelatto

Dos cosas vienen a mi memoria culinaria cada vez que pienso en Italia, y no, ninguna tiene relación con pizza o pasta. La primera es el café pues fue allá, en las agitadas barras de café de Roma donde aprendí lo que era un verdadero espresso bien hecho y la segunda, es el helado.

Desde mi primer viaje a la capital italiana —allá por 1998— probé sus famosos helados, gelatti, como ellos lo dicen en italiano. Algo casi obligado después de las enormes comilonas que uno suele dar en ese país, es tomar un café como digestivo, y es como un shot, y luego comprar un helado para ese huequito que se hizo con el golpe del café. Así, una bomba, cafeína y azúcar en una amorosa fusión, el auténtico matrimonio a la italiana.

En 2013 pude volver a Italia pero esta vez a la norteña ciudad de Milán. Allí, exactamente a la orilla de los canales de Naviglio, probé uno de los helados de chocolate amargo más deliciosos de mi vida. Obvio cuando viajo trato de no limitarme mucho en cuanto a experiencias se refiere, así que compré uno ¡triple!, sí, tal como lo leen y no era la única, de hecho la fila en la gelatteria era gigante y todos salían al menos con dos bolas. Pareciera que el mensaje era que el de una bola era para cobardes.

Si bien los mejores helados de mi vida los he comido en Italia, lo cierto es que igual que los mercados, las heladerías son casi una parada obligada en cualquier ciudad que piso. Así que mi propia ciudad no puede ser la excepción.

Mis helados favoritos en ciudad de México eran hasta hace poco los tradicionales y legendarios Roxy, que en realidad son nieves, no helados. Sin embargo, en últimas fechas, varios emprendedores han decidido revolucionar la oferta heladera en la capital mexicana y algunos han superado varios límites incluso de la física.

Uno de ellos es Helado Oscuro que, desde hace siete años, decidió experimentar con dos cosas que nos fascinan a los mexicanos: los helados y el alcohol.

Romy Gutman, su fundadora, me contó que los primeros retos fueron vinculados a la física porque el alcohol no se congela entonces ¿cómo hacemos helados con alcohol? Bueno pues haciendo un montón de pruebas para encontrar la fórmula exacta, misma que obviamente Romy no iba a revelarme.

Y otros emprendedores innovadores han sido los de La Pantera Fresca quienes apostaron por nuestra nostalgia y nos venden un conejo en la luna, es decir una paleta de rompope que por dentro tiene un conejo de chocolate de esos que nuestra mamá nos llevaba de regalo después de un día de larga ausencia. También tienen paletas de gansito para los que crecimos con ese pastelito en nuestras loncheras aunque en cuanto a sabor sigo prefiriendo las opciones de Kinder Delice o las de Ferrero.

Soy una eterna viajera, hedonista por naturaleza, y si en los viajes los pecados parecen ser parte del itinerario, jamás voy a quitar de la lista deleitarme con un buen helado, sea el mes que sea. ¿Y tú?

Domingo, 24 Junio 2018 05:59

Soñar con jardines terapéuticos

Mi madre está hospitalizada. Nada grave, sin embargo, la recuperación será lenta y dolorosa y eso me ha obligado a pasar mucho más tiempo del que quisiera o del que haya estado nunca, en las instalaciones de un hospital público mexicano.

Tras deambular de madrugada por lugares que parecen estar peleados con cualquier sentido de confort, ha sido inevitable pensar en cómo el diseño de un espacio puede ser determinante en las emociones.

No hay un lugar donde me parezca importante aplicar psicología del color, funcionalidad de los espacios, arquitectura sanadora y confort que un hospital.

Lamentablemente en los hospitales públicos de México parece no sólo no tenerse noción alguna de los efectos terapéuticos del diseño hospitalario para las y los pacientes, sino que además parece que alguien, hace muchos años se empeñó en que los lugares fueran lo más fríos, impersonales y desagradables que pudieran ser.

Para casi cualquier persona el estar en un hospital es una experiencia abrumadora y generadora de graves estados de ansiedad, angustia, estrés. Y no sólo hablo de los pacientes, también de la familia, médicos, enfermeras y trabajadores en general. Esto es algo que se debería tener muy presente en el diseño, construcción y equipamiento de dichos lugares. No tiene que ser sinónimo de despilfarro pero diseñar un espacio humano sin duda ayudaría a acelerar la recuperación de las personas y mejoraría el trato entre todos los que deben compartir estos espacios.

En pocas palabras no solamente es importante poner especial cuidado en la atención y servicios que se brinden en cualquier institución relacionada con la salud sino también el efecto anímico que se perciba. Hablo de una buena experiencia. Por supuesto, cualquiera que haya estado internado o cuidando a alguien en un hospital público mexicano sabe que no hay nada más alejado de una buena experiencia que estos lugares.

Durante mucho tiempo se han realizado estudios sobre la influencia que ejerce un determinado ambiente en el estado anímico de  las personas y se ha descubierto que el arte tiene una gran influencia para su tranquilidad y relajación. Esta es la razón de que exista una creciente tendencia a incluirla en clínicas y hospitales en otros países o en México pero del sector privado.

¿Por qué los hospitales del gobierno tienen que ser deprimentes? ¿Para ahorrar recursos? Bueno, pues les comento que no tienen mucha claridad de ahorro pues por no cambiar un empaque en un cuarto séptico prefieren tirar litros y litros de agua por una fuga que, según me cuenta el personal de limpieza, lleva meses así.

Obvio no tengo esperanza entonces de que le den una manita de gato a ese hospital de ortopedia donde mi madre ha tenido que pasar varias semanas ya.

En realidad, para tener los beneficios del arte terapéutico no es preciso que se trate de colecciones de alto valor o de autores de renombre. En algunos hospitales se han colocado diferentes obras artísticas como pinturas, esculturas y fotografías elaboradas por pacientes, por sus familiares y/o amigos,  por donantes o por miembros del staff. ¿Por qué cuando estamos enfermos —o preocupados por algún familiar— tenemos que carecer de algo que es básico para la recuperación emocional?

Hoy en día, la arquitectura hospitalaria se acerca cada vez más a la hotelera, buscando los términos de comodidad de la segunda, aplicando materiales, colores y elementos decorativos.

Ahora, que si de soñar se trata, lo ideal sería poder contar con jardines terapéuticos en los hospitales públicos ¿no creen? Cuanto más tiempo se dedica a establecer lazos con el medio ambiente a través de todos nuestros sentidos, menores son nuestros estados de ansiedad y somos menos conscientes del dolor, por tanto, un jardín podría ser un gran regalo de vida tanto para pacientes como para sus familiares.

Un jardín de curación tiene que proporcionar una experiencia multi-sensorial con flores de colores, diferentes tonos y texturas de verdes, vistas incomparables, sonidos del agua relajante, elementos que atraen a pájaros y mariposas, fragancias y hierbas ornamentales que se mueven con la brisa más leve del aire.

Pero no hablamos de patios empedrados o con placas de cemento pues esos espacios son rígidos y sin un valor medicinal. Hablamos de verdaderos jardines, de un entorno de verdor, con una relación óptima de verde en todas sus superficies.

El ejercicio tiene muchos efectos beneficiosos sobre la salud física y mental así que si las personas enfermas pudieran tener acceso a ejercicios al aire libre mientras están hospitalizadas, seguro el impacto en su recuperación sería positivo.

Estos espacios deben estar recubiertos para reducir el deslumbramiento, por ejemplo con hormigón teñido, y es necesario que haya una atención a los detalles, como bordes delimitadores para evitar que los que utilizan sillas de ruedas puedan pisar en las zonas para la siembra, y que las juntas de dilatación sean precisas para evitar que las ruedas puedan quedar atrapadas o atascadas produciendo accidentes.

Un jardín es un lugar donde un paciente y sus visitantes podrían conversar en privado en un entorno más atractivo que una habitación, y créanme, si de algo adolecen los hospitales públicos en México es de falta de privacidad.

Es esencial que el diseño de las plantaciones sea sensible y que también el mobiliario proporcione áreas semi-privadas para que las personas puedan estar en grupo y con cierta intimidad, pero no, eso que está tan documentado en el mundo del diseño hospitalario en México parece una utopía.

Un jardín de un hospital, si es diseñado con sensibilidad, puede ser un lugar perfecto para que una familia pueda visitar a un paciente hospitalizado, tal vez con los niños e incluso el perro de la familia; donde una persona puede digerir la noticia de un pronóstico preocupante; o donde los miembros del personal puedan relajarse juntos en su hora de descanso. Por cierto, hoy estaba pensando en que las gatas y el perro de mi mamá están tristes y desconcertados porque no la han visto.

Algo horrible de estar hospitalizado es que es el propio hospital quien decide lo que vestimos, con quien compartimos una habitación y tal vez incluso lo que podemos comer. Por ejemplo esa regla absurda de no usar ropa interior, al recordar la única vez que estuve en un hospital siempre digo que algún día escribiré algo que se llame “crónica de un culo al aire” pero no es esta la ocasión.

El punto es que un paciente pierde control de cosas tan elementales como usar o no ropa interior. Nos quitan poder y autonomía y eso impacta en el estado de ánimo y en la recuperación.

Para aumentar la sensación de control, si se tuviera un jardín lo ideal es que en éste hubiera una selección de diferentes vías; una variedad de lugares semi-privados para sentarse; algunos fijos y algunos muebles de exterior; una variedad de vistas para disfrutar cuando puedas estar sentado.

El jardín podría dar sentido de protección; proporcionar un ambiente de comodidad y familiaridad; incluir materiales y plantas adecuadas para el clima y la cultura local; contar con un presupuesto para el mantenimiento continuo; y evitar la inclusión de obras de arte ambiguas sobre la cual las personas enfermas pueden proyectar sus sentimientos de miedo y ansiedad.

El jardín tendría que ser accesible, no sólo con una puerta automática y escalones de entrada bajos para facilitar el acceso de los que utilizan una silla de ruedas, sino que también no tienen que tener ningún tipo de obstáculos.

Esto puede parecer obvio, pero muchos jardines de hospital suelen ser atractivos para disfrutar de ellos pero se evita su uso debido a que están bajo llave. Entonces se vuelven espacios muertos y subutilizados.

Pero todo esto suena como a un sueño imposible cuando veo a mi alrededor y recuerdo que en México los hospitales tienen más carencias que beneficios. ¿Es posible entonces no vivir en una constante depresión con un sistema de salud colapsado, con infraestructura obsoleta, personal mal pagado y enfermos tristes deambulando por los pasillos donde se cruzan con familiares angustiados que no duermen porque tienen que ir a cubrir guardias obligados por la falta de personal? Me hago estas preguntas mientras miro lo único lindo: una ventana que me deja ver el atardecer tras el cerro del Chiquihuite. Aunque el paisaje se empaña por una red negra cuadriculada que cuelga cual telaraña arruinando el único oasis de escasa belleza en medio del desolado ambiente. Lo dicho, tal parece que la consigna es: matemos toda esperanza de belleza y hasta el más mínimo indicio de confort y humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 17 Junio 2018 05:54

Ciudades más humanas… ¡más felices!

¿Qué es lo que más te gusta cuando pisas por vez primera las calles de una ciudad desconocida? Tal vez que esté limpia, ordenada, que puedas desplazarte con facilidad, caminando o en bicicleta, que te brinde una sensación de confort y seguridad, pero también que haya espacios donde simplemente puedas estar y sentir que perteneces, espacios que sean tan tuyos como lo son de sus habitantes.

Tal vez, cuando llegas a una urbe así te sientes bienvenido pero, si le añadimos más árboles, plantas y flores, ¿te haría sentir feliz? Pues según Charles Montgomery, consultor y especialista en diseño urbano, la respuesta es sí pues la ciudad y sus espacios verdes están directamente relacionados con la felicidad tanto de sus habitantes como de sus visitantes.

Pero, si tener espacios públicos dignos en las megalópolis es un reto en sí mismo, que además estos hayan sido diseñados para brindar servicios ambientales e integren elementos naturales al paisaje urbano resulta una misión casi imposible… o tal vez no.

Montgomery, quien se declara un admirador de la resiliencia de la Ciudad de México, parte de una hipótesis que parece simple, aunque detrás encierre una compleja realidad: “El fin mayor de toda ciudad es ayudar a sus residentes a alcanzar la felicidad”. Así, respondiendo a esta premisa, las decisiones urbanísticas que se toman deberían poner en el centro de su análisis y su diseño a las personas.

Entonces, ¿por qué hay cada vez más ciudades que parecieran estar pensadas para los autos? Bueno pues porque los tomadores de decisiones no han aceptado que la felicidad y el diseño urbano van de la mano.

Charles Montgomery es escritor y urbanista. Es autor del libro Happy City, en el que examina los vínculos entre el diseño urbano y la ciencia de la felicidad. Su trabajo se centra en asesorar lo mismo a gobiernos que a funcionarios públicos, urbanistas, arquitectos y estudiantes en todo el mundo. A la Ciudad de México vino en 2014, como parte de un programa de residencias promovido por el Laboratorio para la Ciudad y desde entonces no ha dejado de pensar en cómo ayudar a sus habitantes y visitantes a encontrar bienestar en esta megalópoli.

 

REPENSAR LA URBE

En 2018 Montgomery volvió a la capital mexicana para participar en el Foro World Design Capital CDMX, llevado a cabo en el Palacio de Bellas Artes el pasado mes de marzo. Ante una audiencia de estudiantes y creativos, el especialista explicó que la forma, estructura y componentes de toda ciudad facilitan o inhiben la felicidad de sus habitantes. El principal ingrediente si se desea ser un urbanita feliz es tener

fuertes vínculos sociales, algo que sólo se logra si se cuenta con espacios públicos que faciliten la interacción humana.

El diseño debe entonces facilitar la construcción de estos vínculos. Sin embargo, en muchos casos la infraestructura urbana rompe vínculos sociales volviendo los sitios no sólo inhumanos y fríos, también peligrosos.

El modelo de ciudades dispersas, dependientes del auto y con usos diferenciados

del suelo —donde la vivienda, el comercio y las oficinas se encuentran en espacios distintos— ha contribuido a crear escenarios de fragmentación e infelicidad. Y es que una ciudad de este tipo hace realmente difícil que nos relacionemos con nuestros vecinos, amigos y familiares.

Pero eso no es todo, estas frías ciudades que apuestan por los autos por encima de las personas también generan problemas de salud pública pues nos hacen más obesos, nos enferman e incrementan nuestro riesgo a morir más jóvenes. También encarece la vida y roba nuestro tiempo, sin contar con que además fomentan la contaminación y el desgaste del medio ambiente. No suena precisamente a una vida feliz, ¿o sí?

 

EL RETO DE REDISEÑARSE

Nadie puede negarlo. La Ciudad de México no es precisamente una de las más humanas, peatonales o verdes del mundo sin embargo, no es tarde para cambiar esa realidad aunque para lograrlo primero se necesitaba colocar la problemática y sus soluciones en la mesa de discusión y en la agenda de temas importantes. Por ello desde hace más de siete años, un grupo de profesionales de la arquitectura, el diseño y el urbanismo se enfocaron en lograr que la CDMX se conviertiera en la capital mundial del diseño. En 2015, el gobierno de la Ciudad de México y Design Week México finalmente ganaron la designación de World Design Capital CDMX 2018

convirtiendo así a la capital mexicana en la sexta ciudad y la primera del continente americano en recibir este título.

No se trata de un premio al mejor diseño urbano, estamos lejos de tal realidad. Se trata de que tras este reconocimiento, se discuta con especialistas, ciudadanos y autoridades los retos y posibles soluciones para lograr que esta enorme ciudad encuentre su camino a la felicidad, de la mano del diseño.

Y, a pesar de que también tiene muchos retos y camino por andar, la CDMX tiene una poderosa historia para compartir internacionalmente y en varios temas puede servir como un modelo para otras mega ciudades del mundo. Este nombramiento de alguna manera obliga a la ciudad a abordar los retos de la urbanización usando el diseño como una herramienta para permitir una ciudad más segura y más habitable.

Por ello es que especialistas como Montgomery participan en las actividades que a lo largo del año se han programado para que el WDC CDMX 2018 sea un espacio de propuestas e innovación, más que una fiesta.

 

MOVILIDAD Y FELICIDAD

Los tiempos y la forma en la que nos trasladamos —vinculados a la forma y estructura de la ciudad– moldean nuestras vidas. Charles Montgomery explica por ejemplo que un estudio en Suecia encontró que la gente con tiempos de traslado de más de 45 minutos tenía un 40% más de probabilidades de divorcio. Sólo de pensar que en CDMX hay personas que pueden a diario pasar más de 4 horas trasladándose me deprimí. Por eso, y claro por el impacto ambiental del caos, la movilidad es uno de los retos más urgentes de resolver en la capital mexicana.

Otro estudio holandés citado por Montgomery documentó que la gente que va al trabajo en bicicleta reporta ser más feliz que aquella que utiliza el auto. Por otro lado, caminar no es sólo saludable sino que también fortalece los vínculos entre las personas y sus ciudades. Sin embargo, muchas calles y zonas no nos invitan a caminar, incluso pueden ser peligrosas. En CDMX por ello uno de los proyectos urbanos que mejores críticas ha recibido ha sido la peatonalización de espacios como la calle de Madero, en el Centro Histórico, o el rescate de los bajopuentes o los llamados “parques de bolsillo”, que promueven que la gente se sienta tranquila en el espacio público. Las personas optan por caminar en calles y espacios en los que se sienten seguras, que al mismo tiempo son atractivos y sin mucho ruido.

Por ejemplo, zonas que combinan comercio tradicionales y vivienda generalmente son más atractivas que zonas lujosas, con edificios de cristal pero donde no hay actividades. Inclusive pequeñas inserciones de espacios verdes pueden contribuir al bienestar de las personas.

 

BOSQUE PARA TODOS

Nadie podría imaginar Nueva York sin su emblemático Central Park sin embargo, en la Ciudad de México tenemos un bosque urbano dos veces más grande y algunas personas ni siquiera lo conocen: el Bosque de Chapultepec.

Espacio público por excelencia, este bosque es tal vez el lugar más democrático y diverso de la ciudad, sobre todo desde que las autoridades implementaron un plan para su recuperación, a partir del cual, habitantes y visitantes comenzaron a reapropiarse de este importante pulmón urbano.

Pero el rescate del bosque ha sido paulatino pues también ha requerido una fuerte inversión de recursos. Justo en el marco del WDC CDMX 2018 se anunció que la ciudad había ganado un espacio cultural nuevo al interior de Chapultepec: la antigua estación del ferrocarril, en la segunda sección.

Después de varios años en desuso, este espacio fue recuperado, conservando su esencia, materiales y arquitectura originales, para convertirse en un foro para el despliegue de contenidos y encuentro para vincular ideas y proyectos comprometidos con el entorno urbano a través de diferentes actividades.

Hoy su nombre es Espacio CDMX Arquitectura y Diseño y es la sede temporal del Centro de Información del programa Capital Mundial del Diseño CDMX (World Design CDMX 2018) que celebrará y mostrará el uso positivo deldiseño como una  herramienta eficaz para el desarrollo económico, social y cultural.

 “Espacio CDMX Arquitectura y Diseño recupera un episodio de la memoria colectiva de quienes vivimos en la Ciudad de México y nos permite reflexionar sobre nuestro presente urbano y las posibilidades de transformar la ciudad en espacios lúdicos y de convivencia, considerando la perspectiva de la arquitectura y el diseño. Se convierte así en el primer espacio público en la CDMX destinado a promover la Arquitectura, el urbanismo y el diseño socialmente responsable”, explica Emilio Cabrero, director general de Design Week México y World Design Capital CDMX 2018.

El diseño es, sin duda, una herramienta para resolverlos grandes problemas que enfrentan los entornos urbanos en la actualidad y también, para apostar por un desarrollo sostenible y, como dice convencido Charles Montgomery, para contribuir a que seamos cada día, un poco más felices.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 10 Junio 2018 05:42

Bourdain me enseñó a volar

Sólo una vez he podido estar en Ámsterdam y fue apenas por unas horas. Organicé mi viaje desde México hasta Italia específicamente para poder tener una larga espera durante la conexión que había que hacer en los Países Bajos. Muchas veces me habían dicho que era una de esas ciudades que se tienen que visitar al menos una vez en la vida pero lo cierto es que soy una viajera y detesto esos mini viajes de turista que se hacen para tomarte fotos y subirlas a Instagram.

Sin embargo, durante las once horas de vuelo desde la Ciudad de México hasta Ámsterdam tuve la oportunidad de leer en la revista del avión, operado por KLM, un sin fin de opciones que me invitaban a conocer la ciudad pero nada de eso fue realmente una influencia determinante en aquel viaje, hasta que encendí la pantalla y elegí mirar un programa: Sin reservas.

Sí, el host era el aclamado chef y presentador neoyorkino Anthony Bourdain, a quien hoy el mundo llora tras conocerse la noticia de su muerte.

Miré el programa completo y por supuesto, de Bourdain podía esperar cualquier cosa menos sugerencias ordinarias para turistas. Él era un verdadero viajero, un explorador, un hombre que vivía y disfrutaba con intensidad.

Como era de esperarse, en una ciudad como Ámsterdam, Bourdain visitó un coffee shop. Eso me resultaba de gran ayuda porque evidentemente yo quería hacer eso pero hay un coffee shop en cada esquina allí, así que ¿cómo iba a elegir? Por fortuna, Bourdain lo hizo por mí.

Para quienes no estén muy familiarizados con la cultura del consumo recreativo del cannabis, los coffee shops no son precisamente las mejores cafeterías del mundo. De hecho ahí tomé el peor café, el peor jugo artificial y el sándwich más desangelado de todos mis viajes. No. Estos lugares no se distinguen por la calidad de su “café” sino por la calidad de su producto estrella: la mariguana.

Anthony Bourdain en su programa, fumó en coloridas pipas y comió platillos hechos con mariguana y por supuesto yo quería hacer lo mismo así que bajé del avión y me dirigí lo antes posible al lugar. La idea era fumar todo lo que pudiera —porque obviamente no podía viajar con ningún remanente pues en Italia consumir cannabis no es legal como sí lo es en Ámsterdam— y hacerlo lo más rápido posible pues tenía cinco horas solamente para conocer un poco la ciudad y quería vivir esa experiencia lo más “colocada” posible.

De alguna manera, Anthony Bourdain fue para mí en aquel viaje mucho más que un guía gastronómico. Apliqué todas sus máximas e hice cosas que tal vez en otro contexto no habría hecho. Me tomé tiempo para explorar el menú de las variedades de cannabis que se vendían y elegí una hidropónica cultivada allí mismo. Jamás habría imaginado que pagaría tanto por un gramo de mariguana. Fueron 8 euros. Más que por el sándwich, el jugo y el café, se los juro.

Después salí a la calle, tal como lo hace él, con la intención de comer todo lo que pudiera sin embargo, no fue el caso. Lo que empecé a hacer fue disfrutar todo lo que pasaba alrededor. Los sonidos de las bicicletas al arrancar todos a la vez cuando la luz cambiaba a verde, las campanillas alertando a los peatones, los autos que se frenaban respetuosos para ceder el paso a los muchísimos ciclistas, los bebés en las carreolas empujadas por sus madres o padres, los barcos recorriendo los canales. Todo lo escuchaba, mis sentidos estaban completamente abiertos.

Podía haber hecho una visita rápida a algún museo pero no lo hice. Al más puro estilo de Bourdain, lo que hice fue caminar sin parar. Andar, andar y seguir andando. Entré a una pequeña tienda y compré un bocadillo simple y barato, después más adelante, una botella de agua. No quería tampoco gastar mucho. Y lo mejor fue que, en un momento, me topé con una vespa colorida tapizada de estampas de jugadores de futbol, como las de los álbumes Panini. Tomé una foto y la subí a mi Facebook, etiquetando al chico que me gustaba, con quien compartía el gusto por esos vehículos. Ese fue el mejor rompehielos y ahora él sabe que lo hice mientras estaba totalmente drogada e inspirada por Anthony Bourdain, quien me animaba en mi cabeza a perder el miedo y mandarle un mensaje que detonara algo. Y lo detonó, pues hoy él es mi mejor amigo y una de las personas indispensables en mi vida.

No conocí personalmente a Anthony Bourdain. Fui como mucha gente, admiradora de su trabajo y lo sentí cerca siempre aunque sólo lo viera por medio de una pantalla de televisión, pero esta es mi muy personal historia con él.

Ayer le decía justamente a mi mejor amigo, que tal vez muchas personas pensaban que la vida de Bourdain, viajando y comiendo alrededor del mundo, era perfecta. Su novia era una guapa, talentosa y valiente mujer 20 años menor que él, a veces trabajaban juntos y su relación era, en apariencia, impecable. Había tenido momentos oscuros. Él mismo había contado sus días negros cuando fue adicto a la cocaína, la heroína y el alcohol. Insisto, en la vida unos días son blancos y luminosos, otros grises y otros más oscuros, incluso cuando se es famoso. Sin embargo, tal vez el éxito, o lo que nos han enseñado que debe ser eso, no es el sinónimo de la felicidad.

¿Cuántas personas no han expresado que su más grande sueño sería darle la vuelta al mundo? Bourdain lo hizo. ¿Acaso lograr un sueño tan grande y que te une con tanta gente lejos de hacerte feliz te hace ver que eso parecía la meta, en realidad no lo era?

Anthony Bourdain eligió suicidarse el viernes 8 de junio de 2018 en el pueblo de Colmar, ubicado en la región francesa de Alsacia. Un lugar de ensueño. Miles de veces he mirado las fotografías de ese pueblito donde se hace el mercado de navidad más famoso del mundo, y parece un lugar salido de un cuento de hadas. He dicho siempre: tengo que ir a pasar al menos una de mis navidades allá. Y sé que lo lograré. Pero ahora no podré dejar de pensar que en medio de toda esa belleza, Anthony Bourdain tuvo tanta ansiedad como para decidir terminar con su vida. O tal vez no fue así. Tal vez justamente eligió el escenario perfecto para ir a buscar finalmente la paz que hacer el check list de tus objetivos y de los lugares del mundo o las comidas más exóticas no te dio. Tal vez cumplir sueños tan grandes te lleva a una  gran puerta detrás de la cual ya sólo queda buscar un final para tratar de tener otro principio. Nadie lo sabrá. Tal vez padecía depresión. No lo sabemos y su salud mental es una condición privada que debemos respetar.

Sólo nos queda entender que el legado de Bourdain fue esa invitación a vivir sin reservas, a conocer lo desconocido de los lugares, a probar todos los sabores y sobre todo, a rodearte de personas con quienes beber, comer, reír y disfrutar. Porque la felicidad no es tenerlo todo, sino vivirlo todo. Y nadie ha dicho que sea eterna. Yo creo que Anthony Bourdain fue un hombre feliz. Por momentos. Como todos los seres humanos. La vida no es blanca o negra, feliz o triste, fracaso o éxito. Por ello debemos entender que no es más que una serie de momentos únicos, de oportunidades irrepetibles que van construyendo espasmos de felicidad y que se trata de eso, de ir paso a paso, del día a día, sin tantas complicaciones, sin tantas ambiciones, enfocándonos en lo más importante. Así que sí, por contradictorio que parezca, el hombre al que hoy el mundo llora, el hombre que decidió terminar con su vida en un escenario de ensueño, es el hombre que me enseñó a viajar y con ello, a vivir… a volar.

 

 

 

 

 

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