Elizabeth Palacios

Elizabeth Palacios

Domingo, 20 Mayo 2018 05:43

Una oportunidad para Santa Fe

La primera vez que visité París tuve la necesidad de visitar La Défense, el distrito financiero de la capital francesa, ubicado de hecho en las afueras. Antes de tomar mi vuelo un amigo que había vivido mucho tiempo en París me preguntó sobre los lugares que visitaría, con la intención de hacerme algunas recomendaciones. Cuando mencioné que debía visitar La Défense su respuesta inmediata fue: “¡Eso no es París! Es como si dijeras que Santa Fé es la Ciudad de México”. Y debo confesar que el comentario me había generado algunos prejuicios puesto que, si hay un lugar de la Ciudad de México que no me hace feliz es justamente Santa Fé y en efecto, si alguien de fuera me preguntara, yo también diría ¡Eso no es CDMX! Aunque sé que sí lo es.

Para mi fortuna, la realidad es que La Défense no es Santa Fé. En primer lugar porque es un lugar plenamente conectado con el corazón parisino a través tanto del metro como del RER, que es el sistema de trenes que se usa para conectar toda la región de Ile de France con los veinte distritos centrales de la capital frances. Así que yo llegué cómodamente en metro desde mi hotel, que se encontraba en el distrito 16, muy cerca de la avenida Víctor Hugo, la misma que te lleva al famoso Arco del Triunfo.

Además de llegar por el metro, a La Défense se puede también llegar por autobús y en automóvil, aunque se busca desincentivar el uso de este sistema de transporte individual y los estacionamientos, por ejemplo, son de costo elevado y el diseño urbano además permite que la gente se mueva de un punto a otro del distrito financiero en bicicletas públicas e incluso vi a muchos oficinistas moverse en scooters eléctricos y hasta en patines para llegar a los rascacielos donde se hospedan las oficinas corporativas de las principales empresas nacionales e internacionales.

Así que, como podrán imaginar, que yo pudiera caminar tranquilamente, por la amplísima zona peatonal de este distrito financiero parisino me hizo amarlo, porque obvio, mi referencia era la fría, inaccesible y diseñada para los autos zona de Santa Fé en mi adorada Ciudad de México.

No tengo que contar detalladamente que alguna vez estuve a punto de ser atropellada al tratar de cruzar alguna de esas inmensas avenidas para saltar a alguna de las desoladas banquetas de la zona que prefirió olvidar que en la ciudad existen los peatones.

Pero resulta que Santa Fé no sólo debería estar pensada para los altos ejecutivos y sus autos deportivos que viven en complejos residenciales o edificios inteligentes con estacionamientos privados y seguridad al máximo pues esas personas, en las empresas y en sus casas, tienen empleados que no pueden ni en sueños pagar una vivienda siquiera cerca de allí y que se ven en la necesidad de utilizar transporte público o caminar cada día para llegar a sus labores.

Cuando supe que se había recuperado un enorme terreno para crear un parque público en Santa Fé realmente me entusiasmé pues es lo que necesita la zona más privatizada de la ciudad: recuperación de espacio público incluyente, áreas peatonales seguras y parques que permiten el esparcimiento y la interacción humana.

Lo que se puede leer en el sitio web de la Ciudad de México es que fue diseñado por el arquitecto paisajista Mario Schjetnan, el parque tiene 210 000 m² de áreas verdes que cuentan con 2 mil árboles plantados, un espacio ideal para organizar un picnic en familia mientras observas los imponentes edificios que te rodean o enamorarte de sus dos lagos y tres humedales que alcanzan una extensión de 12 500 m².

El parque tiene un jardín infantil, una trotapista de 3.4 kilómetros, canchas deportivas, un kiosco, una torre mirador y hasta un jardín canino, todo un santuario para los amigos de cuatro patas en donde pueden explorar libremente bajo la supervisión de su dueño.

Para los más intrépidos hay un skatepark con rampas y un bowl de 27 metros, una medida recomendada por los profesionales de este deporte, y una ciclopista acompañada por fuentes saltarinas que guían el camino. 

Hoy La Mexicana es una realidad. No he ido a visitar el parque y justo en este momento me dirijo hacia la zona de Santa Fe y realmente estoy tentada a explorarlo... Sin embargo una amiga que trabaja del lado del centro comercial me ha dicho que incluso para ella que puede verlo desde la ventana de su oficina no ha podido ir a conocerlo. ¿La razón,? Pues aunque se le antoja mucho, resulta que hay que atravesar una carretera muy poco amable para llegar hasta allí así que… tal como lo imaginé, sólo se puede llegar en coche o arriesgando la vida. De todos modos muy pronto iré y ya les contaré muy pronto si este nuevo pulmón me hará darle una oportunidad a esta parte de la ciudad de la que me siento tan desconectada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo, 13 Mayo 2018 06:01

Me suicidé… Y viví para contarlo

Cuando la idea comenzó a rondar mi cabeza hice lo que todo suicida del 2018 haría: buscar tutoriales en internet. Mi objetivo era desaparecer, dejar atrás todos los errores. Borrar mi huella y tener un borrón pero sin cuenta nueva.

En el momento en el que el pánico comenzó a extenderse a través de las redes la idea se instaló en mi cabeza. ¿Qué tan cierta era la vida que había llevado hasta ahora? Y peor aún… ¿Qué tan realmente mía era? ¿Qué de todo lo vivido y compartido me pertenecía? Como muchos, tenía dudas y no sabía si había sido una de las afectadas del escándalo que estaba en todas las bocas y los teclados del mundo: Facebook había puesto en manos de otros los secretos, fotografías, conversaciones y vida entera de muchas personas.

Pero mi decisión no tuvo que ver sólo con esa duda que a muchos nos asaltaba sobre el destino de la información que voluntariamente habíamos entregado a Marck Zukerberg. No. Mi decisión fue porque el escándalo sirvió para darme cuenta de lo desesperada que había estado durante los últimos años por construirme un estilo de vida para ser mostrado, exhibido, vociferado.

Traté de recordar hace cuánto que no recibía una llamada telefónica de ese amigo a quien siempre he querido en secreto o una tarjeta postal o una invitación personal para una fiesta. No, ahora todo se organizaba por “eventos del feis”.

Tenía más de 1500 “amigos” pero… ¿a cuántos de ellos realmente les parecía relevante mi vida cotidiana? Y mejor aún, ¿cuántas de esas notificaciones sobre lo que comieron, viajaron, lloraron, leyeron o se relacionaron me importaban a mí un comino?

Así fue que, harta de leer las notificaciones de un montón de personas que no significaban nada en mi vida, exhausta de recibir invitaciones a eventos que no me interesaban o a los que no podía asistir, cansada de que me felicitaran por mi cumpleaños aquellos que ni siquiera me conocían, avergonzada de mi eterna necesidad de espiar el muro de ese famoso hombre mayor que me quitaba el sueño y revolverme en bilis tras leer los comentarios que siempre le hacía su séquito de fans, tomé una decisión: terminaría con esa vida que durante la última década había construido sobre cimientos digitales. No daría marcha atrás. Me suicidaría como lo haría una digna representante del siglo XXI: eliminando mi cuenta de Facebook.

APRETAR EL BOTÓN

El primer paso era rescatar toda esa información que había compartido tanto en Facebook como en Messenger. Descargué ese archivo que comprimido pesaba 2.9 gigas. Así es, lo que yo consideraba toda mi vida social, amorosa, laboral y hasta sexual estaba comprimido en una carpeta de menos de tres gigas. Allí estaban mis transmisiones en vivo, mis historias —sí, esas que ‘desaparecen’ luego de 24 horas pero que en realidad sólo dejan de estar disponibles pero siguen allí—, las fotografías de mis hijos, las de mis fiestas, los lugares a donde había hecho check in, y lo peor… todas mis conversaciones ‘privadas’.

Como si hubiera encontrado una vieja caja de tesoros, igual que Amélie Poulin en la película, dediqué una tarde y casi una noche entera a revisar cada carpeta. Pocos días antes había recuperado contacto con mi mejor amigo al que, por cierto, conocí, quise, perdí y luego recuperé gracias a la misma herramienta: Facebook. Esa noche leí todas las conversaciones que sostuvimos durante tres años en los que no sólo teníamos una amistad cercana que nos hacía vernos casi cada semana, sino que hablábamos todo el tiempo, lo mismo por Facebook que por Whatsapp.

Al día siguiente le escribí y le dije: nuestra historia tiene que ser mucho más que los 800 k que pesa el archivo de nuestros chats en Messenger. Y claro, es que no era posible que todos los sentimientos, encuentros y desencuentros con una de las personas esenciales en mi vida real cupieran en un archivo apachurrado de ese tamaño. Interesante fue ver que la carpeta de más de dos años de sexting con otro guapo sinaloense que ocupaba el privilegiado lugar de sexfriend estuviera intacta con todas las fotos y videos no aptos para menores de edad compartidos por ambos y que ese archivo pesara casi lo mismo que mi historia con mi mejor amigo. No, las cosas no podían de ninguna manera ser iguales. En el mundo digital no se entienden ni los matices ni las emociones. Y eso tenía que acabar.

Tomé la decisión y comencé a buscar el botón mágico para apagar esa vida ficticia que había construido en Facebook y no me la ponían fácil. Varias veces la red social me preguntaba si estaba segura de eliminar mi cuenta y, sin importar lo que dijera, seguía tratando de ponerme trampas o hacerme dar demasiados pasos antes de encontrar la solución definitiva. Finalmente lo hice, no sin antes nombrar un administrador de confianza para todas las páginas que tenía por motivos laborales. Apreté el botón y grité eufórica. La alegría duró poco porque apareció una ventana de notificación que me decía que mi deseo de eliminar para siempre mi cuenta se concretaría hasta después de dos semanas que el sistema me daba para “pensarlo bien”. ¡Maldita sea! Era más difícil que la eutanasia. Obvio durante los siguientes 14 días estuve recibiendo friendly reminders que trataban de convencerme para volver.

RESPIRAR LA LIBERTAD

Los primeros días fueron raros. Descubrí que sí, tenía un problema de adicción pero que lo estaba librando bien usando como paleativos otras redes sociales que siempre he considerado menos invasivas o en las que yo tuve una mejor estrategia para elegir mis contactos. Así, para leer noticias y mantenerme informada de tendencias usaba Twitter y, para información más seria y networking, reactivé mi LinkedIn; para saciar mi sed vouyerista amplié más mi círculo en Instagram, algo de lo que me arrepentí más tarde cuando descubrí que mi ex romance se había ido de vacaciones al desierto con alguien más y se me explotaban las vísceras de rabia viendo esas fotografías. Volví al modo privado y discreto en Instagram. Lección aprendida. Seguí con mi vida.

Fueron días buenos. Había elegido a 20 personas realmente importantes para avisarles que haría este experimento, que me suicidaría digitalmente en Facebook porque ya no me hacía feliz ser esa persona ni tener ese círculo social que había creado artificialmente con un algoritmo. Les dije que ellos y ellas estaban recibiendo ese mensaje porque eran importantes en mi mundo real. De 20, menos de la mitad me buscaron para tomar un café, compartir una comida o al menos tener una larga charla telefónica, sí, como antes, donde se escucharan las voces y las risas en tiempo real. Sin emoticonos. Con carcajadas de verdad.

LA PAZ

El día del debate de los candidatos a la presidencia me ahorré muchos disgustos porque no tuve que leer estériles debates pseudo intelectuales de mis pseudo amigos. ¡La paz había llegado a mi vida! Claro que me perdi también de muchas cosas pero lo mejor fue que comencé a valorar y a darme cuenta de quienes realmente quieren ser parte de mi vida. En lo personal, algunos de mis contactos, que se habían acostumbrado a mi exceso de publicaciones en Facebook me buscaron preocupadas. Querían saber si estaba bien. Otras enfocaron su preocupación en si yo estaba enojada o si les había bloqueado, ya saben, el asesinato social de nuestra era.

En lo laboral tampoco tuve problemas. Whatsapp es más que suficiente para resolver trabajo remoto, igual que la Google Suite para trabajo en línea y para el networking, mi regreso a LinkedIn dio tan buen resultado que en las tres semanas que duró este experimento me buscaron tres headhunters para hacerme ofertas atractivas de trabajo o negocios.

SIN CUENTA NUEVA

Cuando empecé este afán de enterrar esas horas conversando con mis amores platónicos, mis amores fallidos, mis amores consumados y con mis amores finiquitados, tenía claro que cuando el experimento terminara yo regresaría a Facebook pero con una nueva estrategia o, mejor dicho, esta vez sí con una estrategia. No quería volver a revolver a mi familia con amigos de la infancia, con amores, amantes, colegas y demás categorías. Sin embargo, hoy que estoy en el día 23 del experimento sigo sin estar segura si deseo un “borrón y cuenta nueva” o un “borrón definitivo”.

A Facebook le debo mucho y la red social también me debe mucho a mí. Fui una early adopter, me enganché antes de que nos invadiera la publicidad, cuando no era más que el chismógrafo del milenio pero todo ciclo tiene un final y para nosotros, ese momento llegó y, sólo por hoy, digo que no hay vuelta atrás. Ya veremos qué digo mañana. De momento sigo sin cuenta nueva.

 

 

Domingo, 06 Mayo 2018 05:43

¡Al agua patos!

Hace algunos años, si no me equivoco durante los juegos olímpicos de Río de Janeiro, mi hijo pequeño me preguntó ¿qué tenía que hacer para nadar como Michael Phelps? De momento pensé en responder algún cliché como “pues entrenar mucho y ser perseverante” pero en mi mente se proyectó la escena y dije “no puedes responder semejante estupidez”. Y es que obvio a esa respuesta vendrían más preguntas, como las que yo comencé a hacerme, mucho más elementales como ¿en qué alberca? ¿cuántas horas?, ¿cuánto cuesta? Y allí, me quedé sin respuesta.

Vivimos en la Ciudad de México, en la zona que muchos conocen como hipsterland donde tenemos muchos parques, cicloestaciones, gimnasios particulares y gimnasios públicos en las áreas verdes pero donde no tenemos una alberca pública.

Muchos podrían pensar que si vivimos en un barrio de clase media o que al menos aspira a serlo, no necesitamos estos espacios públicos para el deporte y el esparcimiento pues podemos pagar por ello sin embargo, ¿es el derecho al espacio público y al deporte negociable?

Aprendí a nadar desde que era muy pequeña, más que mi hijo que cuando me preguntó esto tenía ocho años. Lo hice porque mis padres pagaban un colegio privado que contaba con una alberca profesional y buenos profesores pero, de lo contrario, habría sido como muchos niños que o no saben nadar ni en un nivel de supervivencia o como otros tantos que tal vez podrían ser nadadores profesionales pero que no tienen alternativas accesibles en sus ciudades.

Obviamente al preguntar muchas personas me refirieron a la Alberca Olímpica, que si bien no está muy cerca de mi casa, lo cierto es que tampoco está tan alejada. Sin embargo, la lista de espera es larga. Otros amigos me dijeron que hay una alberca pública cerca de la delegación Cuauhtémoc, a la que pertenecía la colonia donde vivía entonces sin embargo, en términos reales, no era nada práctico llegar diario desde la Roma hasta Buenavista para llevar a mi hijo a entrenar, por mis complicados horarios de trabajo.

Ahí  viene otra complicación. Un niño que quiere ser deportista requiere también que su madre o padre le acompañe y dedique tiempo a cuidarle durante los entrenamientos y en tiempos de adicción al trabajo, sueldos estrechos y movilidad colapsada, ¿quién puede darse ese lujo?

Por supuesto terminé haciendo lo que casi todas las conocidas hacían: inscribí a mi hijo a un club privado donde lamentablemente no existe un nivel competitivo alto pues donde sí lo hay, las cuotas eran simplemente, impagables para mí.

Una de las cosas que más me gusta, por ejemplo, del Centro Urbano Presidente Alemán, conocido coloquialmente como “el multi”, que quedó atrapado como una cápsula arquitectónica del tiempo que nos remonta a los años 50, donde la arquitectura social no era una utopía, es que tiene una alberca pública semi-olímpica. Siempre he querido vivir allí sobre todo por eso.

¿Cómo sería nuestra salud y nuestros hábitos si en Ciudad de México hubiera albercas públicas en cada delegación? No es imposible, en París existen en cada uno de los distritos y además, desde el verano pasado también se habilitó una parte del famoso Canal de la Villete como balneario público y, por supuesto, en muchas ciudades europeas es así. Nadar no es un privilegio sino un deporte más.

Hablar de albercas públicas en un medio morelense también es importante porque mucho se habla de la cantidad de albercas que hay en la entidad pero da la casualidad de que la mayoría son privadas. No me dejarán mentir, si hay un estado donde el saber o no saber nadar se vuelve un indicador de desigualdad social es en Morelos, un estado que adolece de falta de espacios públicos dignos y que sí, presume su eterna primavera pero donde los mejores jardines, albercas y espacios, son privados. No vivo en Cuernavaca hace 12 años, no puedo tener información actualizada de primera mano, sin embargo cada vez que hablo con mis amigos que siguen allá parece un viaje al pasado. Las cosas parecen no moverse mucho. Así que me encantaría poder decir, o que alguien me dijera, que ya no sólo existe en la zona centro la alberca del parque Nezahualcóyotl como espacio público para las personas que gustan practicar este deporte. Me encantaría saber que hay nuevos parques y espacios verdes para todas las personas, algo vital para la recuperación del tejido social y para la reducción de la violencia. Amaría enterarme de que se han hecho inversiones en los últimos años, o al menos promesas en estas campañas, para considerar al deporte, la cultura, el urbanismo y el espacio público como algo importante. Lamentablemente, tengo pocas esperanzas de que alguien me mande un mensaje diciendo que sí, que Morelos ha cambiado y ha dejado de ser esa entidad que presume sus balnearios para atraer turistas pero que no tiene políticas de garantía de espacios recreativos y deportivos para sus ciudadanos. Ojalá pase, ojalá alguien me diga que esta entidad que tanto quiero ya tiene albercas públicas, parques, pistas para correr, ciclovías porque en mi memoria están el parque Melchor Ocampo, el parque Nezahualcóyotl y la Alameda Sur, que si no me equivoco, ya pertenece a Jiutepec.

Ahora que empezaron las campañas a las alcaldías en Ciudad de México y a municipios en Morelos y otros estados de la república, me encantaría que los candidatos hicieran propuestas para fomentar el deporte, el esparcimiento y la recuperación del tejido social y las albercas públicas podrían ser una inversión inteligente y necesaria en una ciudad con tan poco acceso a alternativas deportivas en el espacio público. Porque sí, los corredores tienen pistas, parques, bosques. Los ciclistas, ciclovías y carriles confinados pero ¿y qué tenemos los que encontramos en el agua nuestro mejor elemento para ejercitarnos? Se los dejo de tarea.

 

 

 

 

Domingo, 22 Abril 2018 06:00

Cultivar la ciudad

Hace muchos años en este espacio por el que camino hoy existía una alta torre de departamentos que formó parte de la que fuera uno de los primeros ejemplos de arquitectura social multifamiliar: la Unidad Habitacional Tlatelolco.

A escasos metros de la Plaza de las Tres Culturas, histórico escenario de la matanza de estudiantes del 2 de Octubre de 1968, se ubicaba el edificio Oaxaca mismo que se vino abajo, igual que el Nuevo León, durante el sismo que sacudió a la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985.

Como pasó con muchos terrenos tras esa tragedia, este espacio se había vuelto un lugar  sucio y abandonado, dejado a la deriva y que formaba parte de la consecuente descomposición social y urbana de esta zona dañada por el terremoto.

Sin embargo hoy las cosas son distintas y aquí, a unos cuantos pasos del extremo más al norte de la avenida Paseo de la Reforma, hoy las personas pueden llevar a cabo una actividad crucial para la sustentabilidad de nuestra ciudad: cultivar alimentos.

Hace muchos años, en este mismo espacio hubo un mercado, antes de que los españoles llegaran a Tenochtitlan. Cerca de 30 mil personas venían a diario para conseguir alimentos frescos pues, en aquel entonces, esto era puro campo.

Hoy aquí también puede venir la gente a comprar alimentos frescos y cien por ciento orgánicos en este huerto que ha sido recuperado por la organización civil Cultiva Ciudad.

En donde una vez hubo tragedia y muerte hoy se extiende un monumento a la vida misma, al origen de ella: la tierra que nos brinda el alimento. El Huerto Tlatelolco, junto con el Huerto Roma Verde es hoy uno de los espacios que le ha dado impulso a la agricultura urbana y que además ha servido para que los vecinos se vuelvan a apropiar de este espacio recuperado.

A lo largo de 1,650 metros de extensión, los vecinos y personas interesadas en la alimentación sustentable pueden acercarse para aprender lo que nunca debimos haber perdido: nuestra capacidad de cultivar nuestros propios alimentos.

Algo fundamental para que este lugar pueda garantizar que sus alimentos son orgánicos y que está centrado en principios de economía circular son las compostas, algo de lo que se sienten muy orgullosos según cuenta Gaby Vargas, presidenta de Cultiva Ciudad.

Son los vecinos del huerto quienes alimentan estas compostas con sus desechos orgánicos cotidianos y las lombrices entonces hacen su trabajo: producir humus que es la mejor vitamina para el suelo. Y de verdad comer las hortalizas, flores y hierbas que se cultivan aquí es una de las mejores experiencias gastronómicas que un visitante puede tener.

El aroma es impresionante. Si eres de los que no puede distinguir el cilantro del perejil o la menta de la yerbabuena pues seguramente es porque has intentado hacerlo con los productos ultra refrigerados que compras en un súper mercado pero aquí, te juro que todo huele distinto. Uno casi podría decir que hacer una ensalada es una experiencia sensorial donde solo con mezclar aromas y colores estarás seguro de que también estarán reunidos todos los nutrientes que requieres.

Lo que me encanta de este lugar, al que por cierto, he venido a festejar el Día de la Tierra, son los aromas. En las orillas están sembradas las plantas más aromáticas como el cebollín, el ajo o el mastuerzo pero ¿cuál es la razón?, simple, es parte de un sistema biológico. Las abejas así no molestarán a las plantas que están en medio y que son las que más usamos en nuestra comida cotidiana: lechugas, tomates, chilacayotes, calabazas, zanahorias, betabel, espinacas, kale, y todo lo que imagines para tu ensalada.

El huerto funciona gracias al trabajo de muchos voluntarios de Cultiva Ciudad quienes enseñan a los vecinos a cultivar y cosechar, esto a fin de que este conocimiento se socialice y se difunda pues, en un futuro, la idea es que este lugar quede completamente en manos de la comunidad de Tlatelolco y el modelo sea absolutamente replicable en cualquier lugar de la Ciudad de México que cuente con un terreno libre.

Los voluntarios trabajan con muchas ganas y su recompensa es lo más preciado por el cuerpo y el paladar: vegetales frescos y recién cosechados.

También hay árboles frutales porque, no sólo de lechuga se puede vivir. Se producen manzanas, duraznos, ciruelos y granada. También se cultiva una milpa de maíz y distintas hierbas aromáticas como albahaca, romero, hinojo.

Aunque yo vine hoy a un festival por la tierra en el que distintos grupos enfocados en la producción de alimentos sustentables y orgánicos vinieron a ofrecer ricos platillos, también uno puede solo venir a comprar plantas y flores para preparar deliciosas ensaladas frescas. Sí… leyeron bien… flores comestibles y ¡suculentas!

Hace poco tiempo que abrieron también un pequeño vivero donde se cultivan los brotes  y plántulas de muchas plantas que luego serán sembradas. Así, el sistema se hace cada vez más sustentable. Algunos brotes como sabemos también son comestibles y muy apreciados por su alto valor nutrimental.

Hoy es Día de la Tierra y por eso pensé que sería una buena oportunidad para vivir una experiencia de agricultura urbana y compartirla con ustedes. ¿Por qué es importante volver a aprender a cultivar nuestros alimentos y hacerlo en los espacios urbanos? La respuesta es simple: por sobrevivencia.

Según la ONU, para el año 2050 tres cuartas partes de la población vivirá en áreas urbanas. Por eso es urgente apoyar proyectos como el Huerto Tlatelolco. Y es ue acercar la actividad agrícola a las ciudades tiene amplios beneficios, no sólo hacer ensaladas.

Es una actividad social en la que vecinos conviven y se divierten por tanto, se reduce la inseguridad al recuperarse espacio público; se generan microclimas más amables pues las plantas y los árboles dan sombra y frescura, lo que ayuda a reducir la temperatura en la ciudad.

Además, la huella del carbón para ir a conseguir alimentos se reduce al mínimo y las plantas que hoy estoy comiendo aquí cumplen con los requisitos que desde hace casi treinta años promueve Slow Food en los alimentos: son buenos, limpios y justos.

Hoy también pude tomar un taller con la gente de Slow Food Ciudad de México, entusiastas voluntarios ocupados de compartir conocimiento y buenas experiencias para seguir en resistencia contra el embate de la comida rápida y sin nutrientes de la que están llenos los supermercados.

¿Quieres conocer el huerto? Sencillo, si quieres ser voluntario los horarios son lunes, miércoles y viernes de 10:00 a 13:00 (excepto días feriados). Si sólo quieres venir de visita, los días de huerto abierto y picnic son el primer y tercer sábado de cada mes (excepto días feriados). O si te interesa tomar alguno de los talleres comunitarios que se ofrecen aquí, como el de lobricomposta, los horarios son miércoles de 10:00 a 12:00 y de 16:00 a 18:00. Sigue a Cultiva Ciudad en Facebook y en Twitter pero sobre todo ¡reconsidera tus hábitos de consumo alimenticio!

 

 

 

Domingo, 08 Abril 2018 05:24

Viajes radiales

Aunque hace tiempo que escucho la Radio Nacional de Colombia los sábados por la mañana lo cierto es que nunca escucho nada más que el programa Del Canto al Cuento, conducido por Alberto Salcedo Ramos, el mejor cronista que tiene aquel país actualmente. Por mi amistad con Alberto fue que me hice aficionada a escuchar esta estación a la que me conecto gracias a una aplicación móvil que descargué en mi smartphone gracias a la cual se pueden escuchar estaciones de distintos países del mundo, pero nunca me había quedado a escuchar el programa que sigue al suyo.

¿Por qué no me había llamado la atención quedarme? Bueno pues primero porque casi nunca estoy libre los sábados como para oír música tranquilamente pero sobre todo porque el nombre del programa mismo no me llamaba la atención: Top 20, es decir una lista de popularidad.

Nunca me han gustado los listados, como lo he dicho muchas veces aquí, pero sobretodo, porque pocas veces encuentras uno donde todo el contenido sea realmente atractivo, mucho menos si la citada lista se refiere a música reciente.

Hoy me quedé escuchando la radio más tiempo pues mi perro está enfermo y he tomado el día para cuidarlo y dar sus medicamentos y, aunque el programa de mi querido Alberto me dejó un grato sabor de boca como cada semana, debo confesar que esta vez el programa siguiente se robó las palmas.

Resulta que el Top 20 de la Radio Nacional de Colombia me sorprendió no sólo por la calidad de la música que integra la lista de popularidad, sino también por la diversidad de ritmos y géneros que la gente escucha por aquellas tierras.

Recordé gracias a este programa lo mucho que me gustaba en mi adolescencia escuchar estas listas de popularidad y también, cómo disfrutaba cuando viajaba descubrir las estaciones de radio de cada lugar del mundo que iba descubriendo a mi paso.

La radio no murió con la llegada de la televisión, pero sí se fue transformando. Tal vez algunos géneros como la narrativa (las radionovelas como mejor ejemplo) sí fueron desapareciendo sin embargo, otros se fortalecieron. Nadie ha dejado de escuchar partidos de fútbol narrados en la radio a pesar de las transmisiones que de ellos se hacen en vivo primero por televisión y ahora por internet y hasta por las redes sociales.

Hoy tal vez algunos por practicidad cuando no podemos ver un partido entremos a la cuenta de twitter del equipo y allí vayamos siguiendo las jugadas en cada tuit, pero todavía al subirnos al uber o al taxi tal vez nos topemos con que el chofer viene escuchando el partido de la selección o de su equipo favorito pues no puede dejar de trabajar para mirarlo con tranquilidad y alguna cerveza fría en la sala de su casa o en un bar rodeado de amigos.

Cuando llegó el podcast tampoco eso signifcó, al menos hasta ahora, que programas transmitidos en vivo, donde te mandan saludos y puedes interactuar ya sea a través del teléfono o las redes sociales con los conductores, desaparecieran. Un ejemplo de ello es justo el que conduce mi querido amigo Alberto en Bogotá, al que se le reportan escuchas de todo el mundo que esperan ansiosos un saludo o un comentario jocoso al aire.

Sin embargo, cuando llegaron los servicios de música On Demand, como Spotify o Deezer, sí pensé que la radio exclusivamente musical iba a desaparecer. No porque las estaciones cerraran o las frecuencias dejaran de emitir, sino porque irían perdiéndose los escuchas.

¿Para qué una lista de popularidad en 2018 cuando los algoritmos nos pueden dar esos datos con mucha más confiabilidad en Spotify? ¿No es más fácil buscar cuáles son los videos más vistos en YouTube?.

Todo eso me había hecho apagar la radio cada sábado cuando se anunciaba el Top 20 en la Radio Nacional de Colombia pero hoy la sorpresa que me llevé cambió mi visión. Estas 20 canciones me hicieron no sólo viajar por diversas regiones de aquel país, con un  riqueza musical impresionante, también me sorprendieron por la calidad de lo que los escuchas de esa estación pública colombiana piden a través de las redes sociales.

Particularmente me alegró mucho que el primer lugar del listado lo ocupase, y por tres semanas consecutivas según dijo el locutor, la canción ¿Qué será?, lanzada hace muy poco tiempo por el grupo colombiano Herencia de Timbiquí en colaboración con una de las más grandes estrellas de la música latina: Rubén Blades.

Hace poco tiempo vino a visitarme un amigo mexicano que lleva 18 años viviendo en Bélgica. Tuvimos una discusión interesante sobre reguetón y música urbana, así como del liderazgo latino en el mercado y justo yo le decía que México está muy lejos del resto de América Latina en cuanto a consumo musical. Quizá por nuestra cercanía con los Estados Unidos, pero lo cierto es que a diferencia de lo que pasa en Sudamérica, aquí el consumo de música en inglés es alto y sí, tal vez lo que consumimos de producción latina es justo lo más comercial y no necesariamente de mayor calidad, pero debemos abrir nuestra mente y oídos a lo que se escucha en otros países y justo pongo como ejemplo a Colombia.

Salsa, jazz, cumbia, vallenato, porro y por supuesto pop, colombiano de calidad ha habido siempre y, a últimas fechas, incluso las grandes estrellas del reguetón-pop como J Balvin o Maluma, le han robado los reflectores a los dominicanos, inventores del género.

Pero la lista que cada sábado da a conocer la Radio Nacional de Colombia, como en los viejos tiempos, me regaló un boleto para viajar no sólo por las playas, los valles o los cafetales colombianos, sino también, a través del tiempo y regresar a mis años adolescentes cuando me quedaba pegada a una emisora esperando con curiosidad, quien era el rey del Top Semanal. Herencia de Timbiquí y Rubén Blades, no sólo no me decepcionaron, sino que me pusieron a bailar e inspiraron este texto donde sostengo que para viajar, a veces ni siquiera se necesita levantarse de la cama en un sábado cualquiera. Así que si no pueden viajar este fin de semana, les invito a ponerse sus audífonos y dejarse llevar escuchando alguna estación de un país lejano. Por  fortuna, la tecnología hoy lo permite. Seguro aprenderán y descubrirán muchas cosas sorprendentes en estos viajes radiales.

 

 

 

 

Domingo, 01 Abril 2018 05:21

Sabores auténticamente mayas

Hoy no les voy a hablar hoy de un simple atracón. Este es el relato de la experiencia gastronómica más innovadora e irónicamente más vinculada con mis antepasados que haya vivido hasta hoy: una cena auténticamente maya degustada en plena selva chiapaneca.

Ubicado en el kilómetro 28 de la carretera Palenque – Ruinas, al norte del estado de Chiapas, Bajlum dista mucho de ser un restaurante común. En este lugar, una familia mexicana se ha dedicado en los últimos siete años a investigar profundamente los hábitos alimenticios de la cultura maya. Tres años fueron dedicados exclusivamente a la investigación, documental y de campo, puesto que Don Francisco Álvarez y su esposa, la chef Hilda Limón tenían un propósito claro: para diseñar su menú no usaría ningún ingrediente de cuyo uso o consumo en la época de florecimiento de la cultura maya del que no hubiera evidencia arqueológica registrada.

En abril de 2018 Bajlum cumplirá apenas cuatro años recibiendo comensales en este, que luce como un patio tradicional palencano donde hoy estamos a casi 30 grados de temperatura.

En este proyecto de investigación y creación culinaria, Francisco e Hilda no están solos. Les acompañan sus hijos Francisco e Hilda Álvarez Limón, también chefs. A ellos les une mucho más que un apellido, los lazos que les mantienen juntos están tejidos por la pasión que tienen por los sabores, la historia y el rescate del patrimonio gastronómico de Palenque, la tierra que los ha visto nacer y crecer.

A Don Francisco le cuesta trabajo referirse a Bajlum como un restaurante, por lo que insiste en cada oportunidad en que esta es la casa de una auténtica familia palencana, un espacio de amistad y cultura culinaria para compartir.

Los platillos que probé hace algunas semanas en este lugar no forman parte de un menú pre-establecido pues lo que se prepara en Bajlum tiene que ver de la temporada, de los ingredientes que se han podido conseguir con los proveedores locales y sobre todo, con las más recientes investigaciones que, junto al espíritu experimental los chefs, han logrado que éste sea uno de los pocos lugares en México donde se puede realmente decir que se hace una auténtica cocina prehispánica de fusión contemporánea.

El concepto no pretende ser masivo. Aquí no son atendidos cientos  de comensales por día. Cuando mucho un par de decenas de personas pueden cada día degustar estos platillos, por el tiempo y cuidado que su preparación conlleva.

Y es que el proyecto gastronómico es apenas una parte de algo mucho más grande: una misión académica y social para recuperar las recetas e ingredientes de la cultura maya de esta región pero también, agregar valor al incrementar el consumo y la demanda, para motivar a que las mujeres de los alrededores vuelvan a producir ciertas especias, hierbas y vegetales en sus traspatios y con ello, obtener un beneficio económico, además de que ellas mismas y sus familias, recuperen la costumbre de consumir estos ingredientes, de alto valor nutrimental.

La ardua investigación que respalda el concepto gastronómico de Bajlum hace que esta familia pueda garantizar que la experiencia que los comensales viven aquí es una recreación de sabores, olores y texturas pues sólo se usan ingredientes con evidencia de haber sido empleados en esta región de Palenque desde hace 1600 años, que es la fecha de la que datan los registros de mayor auge de la cultura maya en esta región. Esta es la zona en la que se han concentrado pues, existe también gastronomía maya de otras regiones como Yucatán o Guatemala, sin embargo este proyecto está cien por ciento enfocado en Palenque.

Una pieza clave para la conservación de varias de las expresiones gastronómicas que han sido documentadas por Francisco y su familia han sido las culturas y pequeñas comunidades indígenas que resistieron el paso del tiempo enclavadas en la selva y que continuaron con el consumo de los ingredientes locales, como flores, tubérculos, hierbas y carnes que solamente pueden hallarse en este punto del país.

Cenar en Bajlum es una aventura y prácticamente un recorrido por las distintas comunidades indígenas que rodean Palenque a través de las papilas gustativas. Aquí sólo se cocina con ingredientes provistos por mujeres y familias campesinas de los alrededores que, o llevan sus productos a vender a los mercados cercanos, o bien llegan hasta la cocina de Hilda a ofrecer sus productos directamente. Además, las carnes son adquiridas en Unidades de Manejo Ambiental (UMA), pues al ser un proyecto de rescate de cocina prehispánica, es importante recordar que en aquellos tiempos no existía la ganadería extensiva como la conocemos hoy en día.

La base de toda la gastronomía de esta región no es otra que la selva misma, por tanto, comer aquí es como hacer un recorrido por sus senderos, recolectando sus hojas y hierbas, sus hongos, flores y frutos, y cazando por supuesto, algunas especies de aves, reptiles o mamíferos.

El primer tiempo fue una crema de echalotes, que son tubérculos similares en apariencia a una cabeza de ajo pero que cuando se desprende luce como una cebolla. Su sabor es, curiosamente, una mezcla entre ambos. En Palenque el sabor de estos tubérculos es suave gracias a las características climáticas —esta es la región con más lluvia de todo Centroamérica y es la segunda de todo el continente.

El segundo tiempo está integrado por una arrachera de venado cola blanca, una especie que hasta hace poco estaba en peligro de extinción en la región y que, gracias a la creación de Unidades de Manejo Ambiental, ha podido recuperarse y ser reincorporada a la naturaleza, y además continuar con una producción controlada para el abasto de su carne para el consumo humano.

Mientras degustamos el venado, nos enteramos que hay evidencias de consumo de venado en los banquetes ceremoniales de los antiguos mayas por lo que sí, hoy sí podemos afirmar que ésta es una comida de reyes, pues solo se ha encontrado evidencia de restos de venado en los banquetes de las clases gobernantes y no en los restos arqueológicos de la comida de las zonas habitacionales populares.

El siguiente platillo tardó en llegar pero valió la pena cada minuto de espera. Se trata de un guajolote bañado en salsa de tomates silvestres. Cuando llega el último tiempo, debo admitir que mi estómago ya se siente un poco recargado pero no me lo puedo perder porque Don Francisco lo presenta como “el sabor de Palenque”. Se trata de un pecarí, que es una especie de cerdo salvaje, también conocido como puerco de monte, y yo por primera vez tengo algunas dudas. Trato de cortar la carne pero no me resulta fácil pues es algo dura y la salsa, hecha con hierbas y flores de la selva, tiene un sabor nuevo, un tanto amargo, que aún no sé si me gusta del todo. Francisco me explica que es importante considerar que no hay sabores mejores que otros, sino que existen contextos gastronómicos distintos en las diversas zonas del país, por ello me pide abrir mi mente y mi paladar para conocer este nuevo sabor.

Así que mi paseo por el pasado prehispánico a través de mi sentido del gusto terminó como una gran comilona digna de reyes ancestrales y sí, desde que iba a la mitad del guajolote me sentía satisfecha por lo que el resto fue, pura y vil gula así que, lo asumo. Mea Culpa… pero se los juro ¡esto es cien por ciento recomendable vivirlo!

 

 

 

 

 

Domingo, 25 Marzo 2018 05:55

Un bosque para tus oídos

Si eres un visitante regular de la Ciudad de México, o si vives en esta gran urbe, seguramente has pasado por este lugar miles de veces, incluso es altamente probable que hayas venido aquí ya sea al zoológico, a pedalear o remar en una lancha o incluso, a comprar un libro o tomar un café. Este no es un lugar desconocido, al contrario, se trata del bosque urbano más grande de Latinoamérica. Imagínate, ¡es el doble de tamaño del Central Park de Nueva York! Sin embargo, justo por ser tan grande, aún tiene sorpresas reservadas para quienes busquen un lugar tranquilo donde pasar estos días de asueto, o cualquier otro momento, porque venir a Chapultepec, siempre es una buena idea.

La semana pasada descubrí una nueva forma de explorar éste, mi lugar favorito en toda la Ciudad de México: con mis oídos. Primero, obviamente visité el audiorama, que está ubicado a espaldas de la Tribuna Monumental. Este rincón albergaba durante la época prehispánica la espectacular caverna de Cincalco (cueva del lugar del maíz) que conducía hacia el Mictlán, sí, ese que era considerado por los mexicas como un portal entre el mundo de los vivos y los muertos. Además, nuestros antepasados creían que en este cerro vivía Tláloc, dios del agua. A la fecha dicha caverna se encuentra sellada por cuestiones de seguridad.

Rodeando el Audiorama se pueden ver las antiguas escaleras que utilizaba el emperador Maximiliano y la emperatriz Carlota, para salir desapercibidos del Castillo.

Pero aquí lo importante es disfrutar el audiorama, que por cierto también tiene un nombre náhuatl: In xochitl, in cuicatl (en la flor, el canto). Fue bautizado así por el cronista Salvador Novo.

Su construcción data del año 1972 y el espacio fue acondicionado para convertirse en un “refugio para los amantes de la lectura” quienes, acompañados de sus mejores amigos, los libros, pueden alejarse verdaderamente del ruido que predomina en otros sectores de la gran ciudad para pasar horas de sano esparcimiento escuchando lo mejor de la música armoniosa para leer.  Para disfrutar de un sonido envolvente, el lugar cuenta con 8 bocinas ubicadas estratégicamente alrededor de las bancas donde la gente puede sentarse y recostarse.

Yo me traje uno de mis libros favoritos: Rayuela. Así que hoy tuve la fortuna de seguir con mi mente los pasos de La Maga y Oliveiro por las calles de París, envuelta por la música que me hizo olvidar que estaba en medio de una gran metrópoli, a pocos metros de ruidosas avenidas. ¡Realmente es un lugar perfecto para concentrarse!

La programación musical depende del día de la semana pero lo que sí es seguro es que todos los días, entre las nueve y las 11 de la mañana se sintoniza música clásica, después de esto los martes se escucha New Age; los miércoles música tradicional mexicana; los días jueves hay música del mundo, los viernes jazz mientras que los sábados se armonizan con música Chill Out y los domingos hay música clásica todo el día.

Como ya eran casi las cuatro de la tarde y este espacio se cierra, decidí cerrar mi libro y recorrer otros rincones del bosque con ayuda de un guía que todos podemos tener en la palma de la mano. Pues sí, resulta que en tu spotify tienes al guía perfecto para recorrer los rincones que quizá aún no descubres de este bosque urbano.

De hecho, el primer track de la audioguía que escuché —y así fue como me enteré de su existencia- fue justo el del audiorama. Al llegar, encontré una placa metálica con un código QR donde se explica que si quieres saber más del lugar basta con abrir la app de Spotify desde tu Smartphone y dentro de ésta, ve a la opción “buscar”. En la parte superior encontrarás el ícono de una cámara. Con esta función puedes escanear el código y te llevará directamente a la cápsula informativa del espacio donde estás parado.

Ahora que esto es sólo si cuentas con la versión Premium de Spotify pero si eres de los que prefiere seguir escuchando anuncios y programación aleatoria puedes hacer lo que hice yo: ¡jugar y dejarte llevar! Por supuesto me tardé mucho más pero iba dirigiéndome a los lugares guiada por el azar del algoritmo de spotify en modo aleatorio. Así, del Audiorama pasé al aviario, que también es una experiencia sonora impresionante por la cantidad de aves que cantan alrededor de las cinco de la tarde, después me fui hacia el Jardín Botánico, otro espacio recién recuperado donde además, el segundo sábado de cada mes se hacen picnics nocturnos en los que suele haber músicos de jazz amenizando en vivo.

De allí salté hacia el paseo de los compositores, donde puedes conocer un poco más de la vida de los compositores musicales mexicanos, como Agustín Lara, Guty Cárdenas y Silvestre Revueltas. Personalmente, yo le habría agregado a la cápsula de la guía un poco de la música extraordinaria que crearon estos artistas pero bueno, me quedé con las ganas de oírles.

Luego me llevó hasta el Tótem Canadiense y allí terminó mi paseo porque me distraje y me quedé tumbada en una hamaca de las que recién pusieron junto al lago menor y me di un lujo que pocos podemos darnos todavía en algún espacio público de la Ciudad de México: dormir una siesta.

Así que, si quieres acercarte a este bosque que tal vez todos conocemos pero que no todos hemos explorado con los cinco sentidos, te aconsejo ir con los oídos bien abiertos y muchas ganas de disfrutar este oasis de naturaleza en medio del caos de la Ciudad de México.

 

 

 

Hace ya casi 22 años que vine a la selva chiapaneca por primera vez y hoy escribo estas líneas nuevamente rodeada de árboles enormes en cuyas copas duermen y habitan los nada silenciosos monos saraguatos, una cantidad infinita de aves que conviven con los más exóticos insectos, reptiles y mamíferos.

He pasado una semana entera en Palenque, municipio del norte chiapaneco, que es desde entonces y hasta ahora, la mejor manera de entrar a la Selva Lacandona pues colinda con Ocosingo.

Sin embargo, en el pasado, hablo de hace muchísimos años todo esto también era selva tupida. Afortunadamente hoy sí puedo decir que se pueden constatar los resultados de años de esfuerzos diversos por recuperar la selva y una de las actividades que más ha ayudado a esto, aunque tal vez ni siquiera lo hayamos pensado, es el turismo.

Primero pues porque gracias a las actividades ecoturísticas, hoy los Lacandones no tienen ya la necesidad de seguir talando selva para sembrar o tener animales, al contrario, mientras más y mejor conservada esté, ellos tendrán más atractivos que ofrecer a los visitantes que lleguen a los campamentos ecoturísticos que ahora abundan en comunidades como Lacanjá, en terrenos que antes eran ocupados como potreros para la crianza de ganado, actividad que por fortuna ha sido dejada de lado para abrir paso al turismo sustentable.

Pero no solo los indígenas mayas lacandones han recuperado la selva. Hay que reconocer también el papel fundamental  que han tenido los empresarios de la región que han optado por invertir en terrenos que antes eran potreros deforestados para transformarlos en nuevos espacios de selva recuperada que hoy son utilizadas para brindar servicios de hotelería, restaurante o ecoparque.

A lo largo de las próximas semanas les iré relatando paso a paso las experiencias que he vivido durante este viaje de una semana por Palenque y sus alrededores. Hoy quiero comenzar quizá por una de las que más me ha emocionado: el avistamiento de aves.

Cuando yo vine a la Selva Lacandona hace 22 años, si bien entré por Palenque, lo cierto es que me interné en la selva del lado de la Reserva de la Biósfera Montes Azules y conviví sobre todo con dos comunidades: Chajul y Reforma Agraria. Es esta última participé activamente en la colocación de nidos artificiales de madera, así como del monitoreo de los huevos y actividad de las parejas de guacamayas rojas que eran parte de un programa piloto de reproducción pues esta ave majestuosa estaba a punto de desaparecer. Aquel programa, según me cuentan ahora los amigos de Palenque, ha sido exitoso y ahora ya se pueden ver guacamayas rojas surcando los cielos de Montes Azules nuevamente.

Sin embargo, no hay que ir tan lejos para ser testigos del maravilloso espectáculo del vuelo de parejas de guacamayas rojas hoy en día pues aquí mismo, en la ciudad de Palenque, ha habido otro programa exitoso de reproducción de guacamayas y reintegración a su hábitat natural.

Este programa se lleva a cabo en el Ecoparque Aluxes que tiene una historia bien interesante. Resulta que durante años por aquí todos fueron testigos de una brutal destrucción de la naturaleza, derivada de las quemas, talas, tráfico de especies de la flora y de la fauna y demás actos de barbarie cometidos por personas y empresas coludidas con las autoridades federales, estatales y municipales. Todos eran partícipes de alguna u otra manera. Todos fuimos, sí incluso los que desde la ciudad tampoco hicimos nada para frenar la devastación y continuamos consumiendo los productos de esas empresas devastadoras. La indiferencia también destruyó la selva y esa fue masiva, de todos los sectores de la sociedad.

Pero una familia —originaria de Catazaja y de Palenque— decidió iniciar un proyecto de rescate de la vida silvestre regional. En el transcurso de los trayectos, y por comentarios de algunos guías y residentes locales, supe que esa familia es la del ex gobernador Patrocinio González Garrido de quien, en su momento, se dijo que había sido “culpable” de las condiciones que llevaron a los pueblos indígenas al levantamiento armado zapatista a principios de los años noventa. Quien sepa un poco más de historia y haya siquiera pisado Chiapas una vez en su vida, sabría que una afirmación tan simplista no es algo que apliquen en un contexto tan complejo como el de Chiapas, pero esa es otra historia.

Lo cierto es que también hay muchas personas que recuerdan con respeto y afecto a este político y que, gracias a su iniciativa conservacionista, hoy incluso los gerentes de hoteles, lo mismo si son familiares que si son de grandes cadenas, presumen con orgullo las guacamayas que sobrevuelan la ciudad.

101 guacamayas que han sido liberadas gracias a ese programa de recuperación y reintroducción de la especie llevado a cabo en Aluxes y cuyos primeros ejemplares  pie de cría fueron donados por Xcaret, otro ecoparque en Cancún que ha hecho mucho por la recuperación del ecosistema selvático mexicano.

El turismo, como vemos, sí puede ser una de las industrias con menor impacto negativo si se toman las decisiones correctas. Pero no bastan los empresarios responsables, también debe haber normatividad adecuada, fideicomisos que no se negocien en lo oscurito en las cúpulas del poder, transparencia en el ejercicio de recursos, incentivos fiscales para que los hoteles poco a poco avancen en la transición energética y el uso de ecotecnología para garantizar el tratamiento del agua residual in situ, el uso de energía renovable y poco a poco se vayan desechando malas prácticas como el uso de popotes, unicel y plásticos en general.

Ahí va, poco a poco, des-pa-ci-to, avanzando el turismo sostenible pero tú y yo, como consumidores responsables debemos exigir condiciones que nos permitan estar seguros de que nuestro consumo apoyará la conservación de la selva aquí, y del medioambiente en general. Premiar con nuestra selección a aquellos proyectos de hospedaje, entretenimiento o paseos que sean responsables con el medioambiente y castigar con nuestra negativa a quienes sólo se anuncien como “ecoturismo” pero no cumplan con las características de un proyecto turístico sustentable.

En las próximas semanas, iremos hablando aquí de todos los lugares y proyectos que conocí durante este viaje, por lo pronto sólo puedo decirles que venir a Palenque es una aventura que vale la pena, por muchas cosas pero, en primer lugar, porque esta es una ciudad que ya ha comenzado nuevamente a pintar sus cielos de rojo al atardecer, cuando las guacamayas vuelan en parejas hacia sus árboles, sabiendo que están seguras porque todos los palencanos ahora las cuidan y se enorgullecen de su presencia.

 

 

 

Domingo, 11 Marzo 2018 05:31

Urbanitas felices

Terminar un libro es, tal como dicen, como parir un hijo. Sin embargo, cuando se trata de un libro que busca contar una ciudad pareciera que el hijo quiere tener hermanitos desde que nace. Y es que las ciudades son tan infinitas como lo es la diversidad de intereses de sus habitantes y visitantes.

Así que, un poco obligada por las preguntas que me han hecho en estos días en torno al libro que recién escribí sobre la Ciudad de México, descubrí que lo que realmente busco cuando narro las historias de los habitantes de esta gran urbe es hacer un llamado colectivo a la acción.

El verbo correcto tal vez sería apropiar, sí hacer suya esta megalópolis para poderla rescatar de sí misma. La gran ciudad puede ser un monstruo que se expande y arrasa con todo alrededor pero somos nosotros mismos, sus habitantes, quienes podemos contener la furia del monstruo para que volvamos a la vida sustentable que hoy ya no es una elección, sino una urgente necesidad.

En este primer libro me quise apropiar de la ciudad caminando, pero tal vez después lo haga bailando… ¿Por qué no? Si como bien dicen aquí el que no conoce Los Ángeles no conoce México, y me atrevería a decir que tampoco el que no ha ido a la Ciudadela a bailar danzón o al Patrick Miller a las retas de High Energy. Pero ser urbanitas apasionados va más allá del puro gozo. También implica una gran responsabilidad.

Más allá de las noticias alarmantes que nos dicen que seremos de las primeras ciudades en quedarse sin agua potable, ¿qué sabemos de la crisis hídrica capitalina? ¿Nos ocupamos de averiguar de dónde viene el agua que llega a nuestras llaves y cisternas? ¿Nos da igual que en Iztapalapa la gente viva pendiente de las pipas que les permiten llenar unos cuantos tambos mientras nosotros cantamos bajo la regadera? Lamentablemente, tal vez lo que nos dejará sin agua no es más que nuestra terrible indiferencia.

Por eso es que necesitamos actuar pero, ¿cómo vamos a pensar soluciones para rescatar una ciudad que no conocemos? Tener miedo no ayuda, y los prejuicios, menos.

Caminar es el primer paso para rescatar la urbe. Apropiarnos de las calles pisando fuerte. Volver a saludar al vecino, a comprar en la tienda de la esquina, a ayudar a los más vulnerables, a subirnos a la bicicleta. Bajarnos del auto, dejar de tener miedo del contacto con el otro, respetar las diferencias y olvidar los prejuicios. De eso se trata hacer nuestra esta ciudad, con toda su escala de grises.

La semana pasada tuve el infinito placer de conocer a Charles Montgomery, autor del libro  Happy City: Transforming Our Lives Through Urban Design y fundador de la consultoría The Happy City. En su libro dice algo muy interesante:

"La ciudad no es simplemente un depósito de placeres. Es el escenario en el que luchamos en nuestras batallas, donde representamos el drama de nuestras propias vidas. Puede mejorar o corroer nuestra capacidad para hacer frente a los desafíos cotidianos. Puede robar nuestra autonomía o darnos la libertad de prosperar. Puede ofrecer un entorno navegable, o puede crear una serie de guanteletes imposibles que nos desgastan diariamente. Los mensajes codificados en arquitectura y sistemas pueden fomentar una sensación de dominio o impotencia”.

Entonces sí, caminar y vivir la ciudad es importante pero también es cierto que hay ciudades donde los derechos de las personas que las habitan, particularmente cuando son peatones, han sido prácticamente anulados debido a políticas públicas que favorecen el uso del automóvil o bien, falta de planeación urbana que les ha vuelto inseguras y poco disfrutables.

Un ejemplo de esto es la falta de áreas verdes en las grandes urbes y cómo todo cambia cuando se decide invertir en recuperar espacios públicos o crearlos con ayuda de vegetación. Simplemente el agregar verde al paisaje vuelve a la gente feliz, la hace estar más tiempo en la calle, la motiva a hablar nuevamente con sus vecinos y, por ende, empieza un círculo virtuoso de felicidad pues la inseguridad se reduce cuando la gente se apropia de sus parques, banquetas y bajopuentes.

Montgomery me dijo algo que realmente me hizo sentir que escribir sobre el placer de ser feliz mientras camino —o bailo— por distintas ciudades tiene todo el sentido puesto que todo está conectado. “Nacimos para movernos, no para ser transportados”, es lo que Charles me enseñó. Y ahora estoy convencida de que, una ciudad diseñada para que la gente se mueva libremente será un lugar habitado por personas más felices.

Salgamos a la calle, dejemos el smartphone en casa y volvamos a ser solo caminantes urbanitas en busca de identidad. Dejemos que la ciudad nos abrace y luego, con todas nuestras fuerzas, abracémosla también. No hay rescate posible de lo que no conocemos, ¿no creen?

 

 

 

Domingo, 04 Marzo 2018 05:57

Cena con delito

Desde que te reciben hay una atmósfera de misterio en el lugar. Un color va a determinar con quien compartirás la misión, y la sobremesa. ¿Te suena raro? Pues sí, yo tampoco me imaginaba bien cómo sería la experiencia de tener que descubrir al culpable de un crimen mientras ceno a lado de 9 personas desconocidas.

El viernes pasado tuve la oportunidad de asistir a la primera Cena con Delito que se lleva a cabo en México, gracias a la Sociedad Dante Alighieri que, en su misión de promoción de la cultura y la lengua italiana, ahora nos acerca esta fusión entre teatro, gastronomía y misterio que ya es toda una tendencia en Italia y otros países de Europa.

La Cena con Delito —o Murder Party- es un juego basado en el género de

la novela de misterio que solo puede resolverse con la intuición de un detective. Se trata de un juego basado en el género de la novela de misterio que busca ofrecer una experiencia digna de un thriller a 40 comensales. Debes cubrir dos requisitos indispensables: ser amante de los misterios y de la comida.

No puede ser un evento masivo justo porque se trata de una experiencia interactiva en la que las pistas se van descubriendo poco a poco mientras los actores también cenan y brindan, como los asistentes.

Cuando todo comienza ni siquiera se sabe cuál de todos los personas que tienes alrededor será la víctima del crimen, mucho menos quién de todos es el sospechoso de cometer el delito.

Esta primera Cena con Delito se llevó a cabo en las instalaciones de la Sociedad Dante Alihieri, ubicadas en una vieja casona de la colonia Juárez, en la Ciudad de México, lo cual le añadió atmósfera de época a la escena de la que todos los comensales fuimos parte.

Mientras se nos iban revelando las pistas y la trama de la historia, los meseros iban llegando con cada uno de los cuatro tiempos del menú diseñado y cocinado por el Chef Guiseppe de Pasquale.

Aunque este movimiento de teatro interactivo fusionado con gastronomía es actualmente una moda europea, lo cierto es que no es algo nuevo pues lleva ya más de dos décadas en el gusto de los amantes de los juegos y los misteros.

Se trata de un movimiento que surgió en los años 80 en países anglosajones y pronto se extendió por toda Italia. Actualmente estas cenas se organizan en ciudades como Roma, Milán, Nápoles y Florencia. El objetivo en todas las ciudades es el mismo: descubrir quién es el asesino.

Teniendo como protagonista al giallo (género literario de misterio en Italia), los invitados se sumergen directamente en una historia interactiva. En ocasiones los mismos los mismos comensales son los personajes, a veces actores caracterizan papeles thrillers estimulando la creatividad de los invitados. La Cena con Delito es pues, un ejercicio de preguntas: ¿quién es el asesino, y qué motivos tuvo para cometer tal crimen? Descubrirlo no siempre es simple, de hecho es bastante complejo pues se le agrega el hecho de que no conoces previamente a las personas con las que harás equipo para la misión.

Nosotros estuvimos realmente cerca, en mi equipo, pero nos ganaron los de otra mesa. Ellos se llevaron el premio que en realidad es importante porque las reglas dicen que debe ser uno con sabor a tradición: un buen salami, una botella de vino y un queso bien sazonado.

Los actores alternan el desarrollo de la historia durante el transcurso de la cena, los asistentes tendrán que resolver el caso reuniendo las pistas proporcionadas, interrogando a los sospechosos, reconstruyendo la escena del crimen. Normalmente, los actores-personajes presentan sus historias a los invitados en varios actos, dando

pequeñas pistas sobre el asesinato, lo cual torna interactivo el recinto ya que cualquier objeto y cada espacio podría ocultar detalles relevantes para el desarrollo de las investigaciones. A veces, incluso los platos ayudarán a detectar indicios y pistas nuevas a seguir.

“En Italia la Cena con Delito está de moda, sin embargo, lo que sigue siendo el centro de esto es la comida, las delicias gastronómicas que acompañan a los juegos. Como  suele suceder en la península mediterránea, este evento, además de tener una finalidad lúdica, es otra excusa para comer mucho y sabroso”, relata Luca Galizia, director de la Sociedad Dante Alighieri. “Sin duda, llevar a cabo eventos como la Cena con Delito, recitales de piano o exposiciones de arte italiano, por mencionar solo algunos de los eventos culturales que llevamos a cabo a lo largo del año, es una forma de compartir la cultura italiana en este país, con nuestros alumnos, pero también con el público en general que gusta de conocer un poco más de Italia”.

Algo gratamente sorprendente fue la calidad histriónica de los actores de la Academia de Florencia —que aunque con ese nombre pueda despistar, está en México- quienes animaron la cena representando personajes llenos de enigmas y misterios por resolver y con sus caracterizaciones nos remontaron a los años 40.

Por supuesto no les voy a decir de qué trata el misterio, ni mucho menos quién es el asesino pues aún hay dos fechas más para vivir esta experiencia con la misma historia durante marzo y abril. Para mayo, ya se hará con una historia distinta pero siempre se buscará resolver un crimen.

Lo único que diré es que el viernes aprendí, mientras comía y bebía, que una persona sí puede ser asesinada más de una vez… resuelvan el acertijo en la próxima Cena con Delito.

 

 

 

 

 

 

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