Elizabeth Palacios

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¡Vivan el acordeón y la parranda!

A veces no hace falta un boleto de avión para vivir una experiencia viajera. En algunas ocasiones sólo con escuchar algunas notas la mente vuela y aunque el cuerpo no se haya subido a ningún avión, se transporta cuando la melodía le lleva en automático a mover los pies y después la cadera.

Eso me pasó a mí cuando conocí a don Carmelo Torres, quien trae la cumbia en la sangre y lo sabe transmitir. Tiene 66 años pero tiene la energía de un muchacho caribeño. Nacido en una familia de músicos, podríamos decir que Carmelo mamó las notas desde la teta. Su padre fue gaitero y sus tíos acordeonistas. Fue este instrumento el que finalmente lo atrapó a él, igual que me atrapa a mí cuando lo escucho tocar.

Era muy pequeño cuando comenzó a querer tocar el acordeón, sin embargo no fue fácil. Tenía 8 cuando tomó sus primeras lecciones pero aquel era un instrumento muy caro. Su hermano le regaló su primer acordeón, pero no tardó mucho en dañarse. Reponerlo le llevó varios años.

Quién iba a decir que aquel niño que sufría por no tener dinero para comprar el instrumento que anhelaba, años más tarde sería uno de los mayores exponentes de la Cumbia Sabanera y defensor férreo de la tradición musical de Colombia.

Tuvieron que pasar diez años para que Carmelo pudiera tener otro acordeón, obtenido ya con el fruto de su trabajo como campesino en los sembradíos de Tabaco. Sólo así pudo juntar aquella plata que tanto necesitaba.

Era la década de los setenta y desde entonces, hace más de 40 años, don Carmelo Torres duerme con su instrumento. Nunca se separan, como un buen y duradero matrimonio.

Carmelo me cuenta que el acordeón es su confidente, su mejor amigo, y lo único que lo consuela cuando tiene alguna pena. Don Carmelo es un viajero incansable. A sus 66 años él y su acordeón han pisado escenarios en Francia, España, Italia, Bélgica, Inglaterra, Corea del Sur, Australia y por supuesto México, donde se presentó en octubre pasado como parte de la programación del Festival Internacional Cervantino.

La cumbia sabanera de Carmelo Torres no sólo me hizo mover los pies la noche que lo conocí en el Cine Tonalá, donde él y sus músicos ofrecieron un concierto. Su música me hizo mover el corazón y lo llevó hasta Colombia, un país del cual hasta entonces sabía muy poco.

Aquella mañana que platiqué con Carmelo, yo aún no sabía que mi corazón le daría un vuelco a mis itinerarios y que ahora, estando enamorada de un colombiano por cosas del destino y la casualidad, haya comenzado a investigar más sobre su música, su cultura y su historia.

Don Carmelo me contó que la cumbia sabanera es alegre, pues mezcla los sonidos del campo con el ritmo caribeño de la guacharaca y el acordeón. El canto de las aves, los sonidos del campo, todo era imitado por el acordeón y la gaita. Así nacía cada cumbia, con el campo colombiano en la esencia.

Carmelo tuvo un gran maestro, Andrés Landero, quien le enseñó todo lo que sabe hacer con el acordeón. A su lado recorrió el país entero, llevando la cumbia sabanera con orgullo en su acordeón rojo.

Anduvo con él en las parrandas, siempre lo invitaba a tocar. Gracias a él se volvió un convencido defensor del folclor colombiano por eso hoy se siente contento de tocar en un lugar plagado de jóvenes.

Y sí, es que ahora resulta que la cumbia sabanera se ha puesto de moda entre los jóvenes progresistas de los barrios acomodados de las ciudades del mundo, pero para Carmelo lo suyo sigue siendo el sabor a campo, eso es lo que define a su música.

Pero este enorme representante de la cumbia tradicional colombiana no anda solo por el mundo, tiene cuatro cómplices: Romy Molina, Rodrigo Salgado, José Movilla y Orlando Landeros, sí, el mísmísimo hijo del legendario Andrés, mejor conocido en su tiempo como “el rey sabanero”.

La cumbia sabanera nació en las sabanas de Córdoba, Sucre y Bolívar, sin embargo, en la región de San Jacinto, lugar de donde es oriundo Carmelo Torres, este género tiene una cadencia especial, que tomó de la tradición campesina donde se toca con acordeón, tumbadora, guacharaca y la caja vallenata.

Resultaría inútil preguntar a don Carmelo el significado de la cumbia en su vida, pues, igual que su acordeón, esta música es una extensión de sí mismo. Pero no sabe como contarla, porque —y tiene razón— no se puede explicar la cumbia. Sólo queda gozarla, dejarnos trasladar a través del oído, los pies y las caderas, al campo colombiano, a querer bebernos un aguardiente mientras dejamos simplemente avanzar la noche. Mientras la vida me permite tomar un avión y aterrizar en Colombia, no me queda más que trasladarme a través de su música, una muy buena compañía para esta la última noche del 2017, así que yo aprovecho para desearles muy feliz año nuevo y ¡que la parranda siga!

 

 

 

 

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