Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 29 Julio 2019 05:54

Guerra y guerra

Si solamente quedara una frase, ésta sería, en mi caso, estimada señorita, que nada tiene sentido. László Krasznahorkai

Durante el siglo XX, el bloque comunista en Europa del Este impidió la proyección de un gran puñado de autores cuyas obras cobraron relevancia sólo después de la caída del Muro de Berlín.

Entre los países que se vieron sometidos a ese bloque figura Hungría. En la actualidad, acaso dos nombres de escritores sobresalen por encima de otros: Imre Kertész (1929) y Sándor Márai (1900-1989).

El primero es un autor que adquirió mayor renombre a raíz de que en 2002 le otorgaron el Premio Nobel. Mientras tanto, el segundo, tras vivir algunos años en Estados Unidos, fue tomado en cuenta por la editorial española Salamandra y su obra no ha dejado de editarse.

Sin embargo, hay otros nombres menos conocidos. Ya me he referido a otros húngaros como Péter Hajnóczy (1942-1981), Dezső Kosztolányi (1885-1936), Tibor Déry (1894-1977), Ádám Bodor (1936), Attila Bartis (1968), por mencionar algunos. A estos nombres se pueden sumar los de Agota Kristof (1935-2011), Attila József (1905-1937), Stephen Vizinczey (1933) y Péter Esterházy (1950), por citar cinco ejemplos.

Esta semana mi recomendación es precisamente de un autor húngaro: Guerra y guerra (Acantilado, 2009), novela de László Krasznahorkai (1954).

En Guerra y guerra hay una dosis de locura que convierte a la novela en un delirio portátil. La historia comienza cuando el personaje central, György Korin, un archivero que trabaja a varios kilómetros de Budapest y que está«más loco que una cabra», es rodeado por siete adolescentes que pretenden asaltarlo en un puente del ferrocarril.

Sin embargo, a Korin ya no le importa morir –lo confiesa en la primera frase de la novela– y comienza a relatar el hallazgo que hizo en una sección del archivo donde trabajaba, ante la incredulidad y el aburrimiento de los muchachos. Éstos lo escuchan, se aburren, se desesperan; pero no le hacen nada a Korin y después se lamentan ante el temor de que pueda denunciarlos. No obstante, nada más lejos de esa idea.

El archivista es un hombre separado de su esposa, cuyo sentido de su vida se reduce a dar a conocer lo que encontró en el archivo: un manuscrito que da cuenta de la historia épica de cuatro sobrevivientes de una lejana guerra que se inicia con un naufragio.

Así, Korin descubre la belleza en su hallazgo y está dispuesto a compartirla con el mundo, al precio que sea. Para ello debe hacerlo desde el que él considera que es el centro del mundo: Nueva York. Está decidido a matarse, pero antes debe emprender su misión: ha vendido su casa y todas sus propiedades con la única intención de compartir la historia con la humanidad.

En el aeropuerto de Budapest, el hombre se siente fascinado por la belleza de una azafata a quien le cuenta parte de lo que hay en el manuscrito, su deseo de transmitirlo, aunque la chica en realidad no lo escucha y tampoco está interesada en sus palabras, pero no puede alejarse de él.

Korin es un personaje divertido, lo mismo que desesperante y conmovedor. Habla sin parar, aunque nadie entienda su lengua. Eso le ocurre en Nueva York, en el aeropuerto. El personal se ve en la necesidad de emplear a su intérprete para poder entablar diálogo con György. Y a final de cuentas termina por perjudicar al intérprete, a quien desespera y éste le entrega la tarjeta para tener su estancia legal.

A partir de entonces György deambula, con un abrigo forrado de dólares y el manuscrito escondido. No sabe por dónde moverse y decide hospedarse en un hotel, pero pronto se muda pues no le es posible pagar el hospedaje por mucho tiempo. Al paso de los días, termina en la casa del intérprete, a quien le paga para su alojamiento.

En el departamento viven el intérprete y su novia, una chica que no habla húngaro. Conmueve la relación que se gesta entre Korin y la chica: él le cuenta su historia, todas las mañanas, mientras ella, ante el fuego de la estufa,escucha. Es una escena que se repite una y otra vez.

Korin compra una computadora portátil, aunque no sabe cómo utilizarla. El intérprete le enseña y poco a poco comienza a subir el manuscrito a la web para que todo el mundo lo conozca.

La de Krasznahorkai es una novela cuya estructura pudiera intimidar, con párrafos largos, sin punto y seguido. Pero también tiene capítulos de una o dos frases o de tres o cuatro páginas, sin descanso.

Pero no cansa, no aburre: es una obra de la que su mayor virtud radica en el lenguaje, en la construcción en sí misma, el asombroso talento del escritor húngaro. A ello se suma la traducción de Adan Kovacsics.

El lector se encontrará con una lectura inolvidable, conmovedora. Hacia el final, cumplida su misión, Korin vuela a Suiza, después de sus aventuras por Nueva York. Tiene otra misión, tan conmovedora como su vida en sí.

En la obra no hay desperdicio y uno se topa con imágenes cargadas de poesía y belleza. Es una novela en la que descubriremos lo bello de la locura y de lo absurdo.

 

 

 

Lunes, 22 Julio 2019 05:40

Amor y obstáculos

Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) es un escritor bosniaco que escribe en inglés y actualmente es una de las voces más importantes de su país. Su historia es peculiar.

En 1992, cuando inició el asedio a la capital de la hoy independiente Bosnia-Herzegovina, Hemon se encontraba en Chicago. Lejos de su familia, allí lo sorprendió la guerra de los Balcanes y no tuvo otra opción que seguir los detalles a la distancia.

Imposibilitado para escribir en su lengua, el autor decidió hacerlo en inglés. Pronto, sus primeros relatos fueron publicados en The New Yorker, Esquire y The Paris Review con buena crítica.

Esta semana la propuesta de lectura que me permito hacer es Amor y obstáculos (Duomo, 2011), una novela contada a través de ocho relatos por un personaje que vive entre los recuerdos previos a la guerra y las posteriores experiencias. Es considerada una obra con fuerte carga autobiográfica.

En el primer texto, «Escalera al cielo», el narrador es un adolescente que vive en Zaire; entre lecturas de Rimbaud, canciones de Led Zeppelin e invocaciones de Conrad, busca escribir en el diario que le prometió a su mejor amiga, la cual se quedó en Sarajevo. Ya desde ese primer encuentro el lector descubre un tono a veces pesimista, a veces nostálgico, pero siempre con el deseo intacto de compartir sus vivencias.

En «Todo» se cuenta la historia de un chico que viaja solo por primera vez. Debe ir en busca de un frigorífico a Eslovenia. Aborda un tren en el que conoce a un serbio y a un bosniaco. De pronto, el encuentro raya en lo absurdo y el ambiente parece opaco, cenizo.

En otro relato el narrador es un escritor confundido con un director de orquesta por Muhamed D., el mayor poeta bosniaco de esa época. El autor describe el momento cuando conoció al poeta, tiempo atrás; sus años de escritor en ciernes entre calles y sitios sarajevitas, no sin un dejo de nostalgia: ahora vive en Estados Unidos.

Cuando el poeta es invitado a ese país norteamericano, el autor echa mano de su experiencia y describe una estancia de Muhamed D. para el olvido en esa nación (a menudo hay una fuerte crítica a la sociedad estadounidense). Él y el poeta terminan con una borrachera monumental.

«Las abejas, primera parte» deja ver el carácter del padre del narrador. Confiesa que nunca le gustaron los libros de ficción, los escritores en general. Sin embargo, el hombre termina por retractarse y él mismo comienza a escribir una novela en la que habla de su infancia en los días de Yugoslavia, de su familia, de los colmenares que fueron el sustento de los suyos, pero todo terminó con la llegada de la Segunda Guerra Mundial.

En «Comando americano» encontramos uno de los textos más conmovedores del libro (en realidad, todos lo son). El narrador es un bosniaco refugiado en Estados Unidos. Cierto día lo contacta una estudiante que trabaja en una especie de documental relacionado con la guerra de los Balcanes como proyecto para titularse.

La chica graba el relato del joven, quien, frente a la cámara, habla de sus recuerdos en la Sarajevo de su infancia. Tenía algunos amigos con los que solía jugar en un viejo edificio, pero que un día les es «arrebatado» por los «Obreros», nombre que le dan al grupo de los «enemigos» que los ha despojado de su sitio.

Los trabajadores ignoran la existencia de esos chicos; éstos, sin embargo, deciden comenzar una «guerra» en contra de ellos. En un principio dejan escritos con insultos dirigidos a los obreros en los que les mencionan a sus madres y a sus hijas; luego tratan de hacerlos abandonar las labores con «ataques» de los que ni se enteran los otros. Así comienza un conflicto que se inventan los niños con tal de derrotar a sus enemigos.

El narrador cuenta cómo buscaba intimidar a los demás con frases pronunciadas con un inglés «chicloso» que considera intimidatorias para todo aquel que se le pusiera enfrente.

En entre texto y texto, el lector se encuentra con el estilo fluido y limpio de Aleksandar Hemon. Se trata de un escritor que goza al contar historias, aun cuando éstas tienen un trasfondo oscuro.

 

 

 

Lunes, 15 Julio 2019 05:49

El rey blanco

Las experiencias de la infancia acompañan al hombre a lo largo de su vida. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando un niño da el brinco de la niñez a la adolescencia en una sociedad regida por un sistema que vigila todo el tiempo?

En 2005, el escritor húngaro György Dragomán (Târgu Mure, Transilvania, 1973) publicó El rey blanco (RBA, 2010; traducción de José Miguel González Trevejo), una novela que aborda la temática y que fue bien acogida por la crítica internacional.

El protagonista-narrador, Djata, es un niño de 11 años que cuenta episodios de su vida: experiencias con amigos, con su madre, con su abuelo, entre otros. Todo lo anterior, en la Hungría que aún era gobernada por el comunismo, aunque está por derrumbarse y la paranoia oficial mira en cada ciudadano a un potencial agente sospechoso y desleal al Estado.

Al principio de la historia el lector se entera de que el padre del infante fue arrestado por la policía secreta, un domingo. Por ello, el niño procura estar en casa cada domingo, pues tiene la esperanza de que el hombre regrese un día como ése de lo que él llamaba «una misión importante». Mientras eso ocurre, Djata intenta vivir su vida como la de otros niños de su tierra.

La novela está dividida en dieciocho partes. En cada una hay experiencias que de alguna manera marcaron la vida del pequeño y asimismo describe algunas formas de operar el sistema político en un país perteneciente al Telón de Acero.

De las experiencias recuerda bromas que le jugaban respecto del estado de su padre: algunos decían que estaba muerto; otros le mencionaban que no había ido a ninguna misión, sino que estaba preso y condenado a trabajos forzados en el canal del Danubio.

Todo ello se lo guardaba para sí mismo, ante la desesperación de su madre, de quien contemplaba sus silencios y la tristeza, esa angustia de no saber en dónde está su marido. Encima de ello, debía lidiar con los señalamientos de los abuelos paternos del niño, quienes acusaban a la mujer de la suerte de su hijo.

El abuelo de protagonista es un viejo secretario que sirvió al Estado. El anciano veía a su nieto dos veces al año: el día de su santo –se llamaban igual– y en su cumpleaños. Sin embargo, tenía prohibido recibir obsequios de los abuelos, dada la complejidad de la relación con su madre.

También cuenta experiencias escolares, el ambiente ensombrecido que regía en las instituciones que, de alguna forma, pretendían uniformar el pensamiento. Narra humillaciones de las que fue objeto por parte de personal docente.

En otros episodios recuerda cuando él y otros amigos buscaban oro en una mina abandonada. O la guerra que sostuvo su bando con un grupo de enemigos del barrio que derivó en un fuerte incendio en un campo de trigo.

En medio de aquel ambiente que por momentos se torna asfixiante, Djata se va formando. En una ocasión, junto con un amigo, llega a la trastienda de un cine, donde descubren una película pornográfica. En ese episodio hay un alto grado de tensión que concentra la atmósfera enrarecida del país.

Poco a poco, el lector se familiariza con los amigos de Djata, con su familia. Hacia el final hay dos capítulos muy conmovedores que centran la reflexión en cómo un niño puede sobrevivir en una sociedad que fragmenta la vida.

El rey blanco muestra una parte de la soledad a la que son sometidos los individuos bajo un régimen autoritario –llámese como se llame–, desde la mirada acaso ingenua de un niño que sólo aguarda el regreso de su padre.

El título hace alusión a un episodio, cuando Djata y su madre visitan a un embajador en busca de información que los lleve a localizar al hombre. En la casa del funcionario, el niño recorre salones; en uno encuentra una mesa y un tablero de ajedrez, ante la mirada de un autómata, con quien disputa una partida.

En resumidas cuentas: El rey blanco es una novela para disfrutarse a sorbos o beberse de un solo trago, en espera del golpe de embriaguez.

 

 

 

 

Lunes, 08 Julio 2019 09:43

LA TINTA INSONME

Bajo el techo que se desmorona.

Cuando se piensa en los Balcanes, es muy probable que lo primero que llegue a la mente sean las guerras que a lo largo de los siglos han tenido lugar en esa región de Europa del Este, puntualmente la de principios de la década de los noventa del siglo XX que derivó en la desintegración de Yugoslavia.

A la fecha, los serbios cargan con el peso de ser tachados –por el fanatismo occidental– como los «malos» de esa guerra fratricida que dejó miles de muertos y vidas destrozadas, como si en una guerra hubiera buenos y malos.

De los Balcanes también podría pensarse en la música, en sus sonidos que hacen vibrar aun a aquellos ajenos a esa cultura; o el cine, con el humor no tan ajeno a nuestras costumbres.

Por citar dos ejemplos muy a la mano están los casos de Goran Bregović y su Orquesta para Bodas y Funerales, en lo referente a la música, y en cine brinca la figura de Emir Kusturica.

En literatura hay un autor actual, Goran Petrović (Kraljevo, Serbia, 1961), cuya obra goza de buena crítica en México y posee un grupo nutrido de seguidores, gracias a Sexto Piso, que ha editado las novelas La Mano de la Buena Fortuna (2006), Atlas descrito por el cielo (2008), El cerco de la iglesia de la Santa Salvación (2012) y Bajo el techo que se desmorona (2014), así como el libro de relatos Diferencias (2008), todas, traducidas al español por Dubravka Sužnjević.

En esta ocasión me voy a referir a la más reciente obra, Bajo el techo que se desmorona, que cuenta una historia que tiene lugar en una pequeña aldea serbia, en la que hay un cine llamado Uranija, cuyo techo está cubierto por un papel tapiz en el que se aprecia un cielo estrellado.

El cine antes fue el Gran Hotel Yugoslavija. Una tarde de mayo de 1980, unos treinta personajes y habitantes de la aldea se reúnen en ese espacio para ver una película. Pero ésta se ve interrumpida por un anuncio que, literalmente, en aquella fecha paralizó a Yugoslavia.

En Bajo el techo… Goran Petrović recurre a la historia, al humor, a la crítica del comunismo, de la educación y de la sociedad en general representada por esos personajes reunidos en la sala.

Es también una especie de reconocimiento al cine como espacio: hay un dejo de nostalgia por aquellos sitios en los que alguna vez nos reunimos de forma grata y que a la postre, simplemente desaparecieron.

Entre los asistentes al cine Uranija se cuentan, por ejemplo, dos gitanos. Uno es analfabeto y el otro se encarga de leer los subtítulos de las películas, no siempre fiel al diálogo real, sino a lo que el propio personaje cree que debería decir. Esta actitud irrita a un profesor, quien todo el tiempo suele reclamarle por la forma en la que el otro engaña a su compañero.

Hay también un hombre que desea ser un artista reconocido y acude en compañía de su esposa, fiel a la costumbre de llenarlo de halagos; o esa mujer que suele dormirse gran parte de la proyección y despierta para ver la cinta en turno.

¿Qué decir del comunista, acostumbrado a levantar el brazo para aprobar todo lo que le dicen? Incluso asiste un delincuente juvenil, que ocupa una fila de butacas para él solo y gusta de hacerle la vida imposible a un espectador más: cada vez que éste intenta ocupar un asiento, el joven se lo impide argumentando que está ocupado.

Personajes como éstos desfilan a través de la historia. La novela echa mano de recursos cinematográficos, incluso posee un subtítulo al respecto: Cine-relato. Hay humor y nostalgia, crítica e ironía. Se trata de un texto que además de contar con un marco histórico del siglo XX europeo, posee un aliento poético que lo convierte en un título indispensable para entender ciertos rasgos del enfrentamiento entre la sociedad que creció con el comunismo y la posterior apertura al Occidente, con todos los radicales cambios que ello conlleva.

Podría decirse que Goran Petrović es heredero directo de Milorad Pavić (1929-2009), otro serbio entrañable que hizo de la literatura un sitio habitable y del que no se quiere salir nunca.

Con Petrović acudimos a un encuentro impredecible, mágico: el autor se ha declarado admirador del realismo mágico y en su obra queda de manifiesta esa influencia.

Es, pues, un escritor prudente, altamente recomendable para aquellos lectores que, además de una lectura placentera, buscan salir de las páginas de un libro con una sonrisa y el convencimiento de que acaba de leer no una novela más, sino una a la que se volverá con cierta frecuencia.

 

 

 

Lunes, 24 Junio 2019 07:14

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