Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 16 Julio 2018 05:04

El árbol

Hoy en día, los cuentos y relatos breves gozan de una amplia aceptación entre los lectores de ese género. Si bien no se trata de una forma actual, sí es en nuestros días cuando más escritores se han dado a la tarea de cultivar ese estilo.

Antón Chéjov (1860-1904) es considerado el más grande escritor de relatos breves en toda la historia, la principal referencia y un maestro del género. Mi recomendación de esta semana tiene que ver con otro maestro del relato breve, el polaco Sławomir Mrożek (Borzęcin, 29 de junio de 1930-Niza, 15 de agosto de 2013).

Marcado por la Segunda Guerra Mundial y el régimen estalinista en Polonia, Sławomir Mrożek tuvo una vida agitada y sus posturas ideológicas lo obligaron a cambiar de residencia y ocupación en diversas ocasiones.

Estas experiencias le permitieron explorar, a través de la creación literaria, la conducta de las personas que viven bajo sistemas totalitarios. Así, en su obra el lector encuentra lo mismo situaciones cómicas, que grotescas y dramáticas.

El árbol (Acantilado, 2003) es un conjunto de relatos breves en el que desfilan personajes que parten del realismo, pero toman caminos surrealistas y se ven inmersos en situaciones inimaginables, con estancias en lo absurdo.

El libro contiene 42 relatos breves, casi todos, piezas maestras del género. La traducción corrió a cargo de B. Zaboklicka y F. Miravitlles.

En «El árbol», texto que da nombre al libro, el lector se topará con un narrador-personaje que, en apenas página y media, da cuenta de un árbol que crece junto a una curva de carretera. Es un árbol que ha estado allí desde hace muchos años y el hombre recibe un mensaje de la autoridad local en el que le indica que debe ser derribado para evitar accidentes.

Sin embargo, el personaje decide emprender una empresa muy peculiar para evitar que los automovilistas choquen y el árbol sufra daños.

Hay que decir que en los textos de Sławomir Mrożek hay un humor que hará que el lector suelte una carcajada de cuando en cuando. Por ejemplo, en «Eso no se hace» nos enteramos de la historia de un hombre que, cierto día, leyó en un periódico acerca de la existencia de satélites. Se entera de que éstos fotografían todo lo que hay en la Tierra y ello desencadena en él una preocupación: el aspecto que tendrá cuando sea captado por un satélite.

Ante la inquietud, el personaje comienza a afeitarse, a cuidar su imagen; incluso se ve obligado a comprarse una corbata nueva. Cierto día, al solicitar su jubilación, le piden que adjunte una fotografía. Por ello escribe a las Naciones Unidas para que le envíen una foto de las que –está convencido– le han tomado los satélites. No recibe respuesta, por lo que se ve en la necesidad de acudir con un fotógrafo y pagar por dicho servicio. No obstante, al final decide rebelarse contra el cielo y los satélites mediante un acto que resulta bastante divertido.

En «Immanuel» se da el encuentro entre un guionista y un productor de cine. El primero decide adaptar la Crítica de la razón pura de Kant a una versión cinematográfica, pero encuentra resistencia ante el productor, quien le sugiere una serie de cambios que terminan por modificar el guion original y se somete a Kant a situaciones de risa.

Otro ejemplo del humor de Mrożek se encuentra en «Las cuitas del joven Werther»: un individuo se presenta ante el director de una filarmónica y le solicita una suma considerable de dinero por sus servicios. Pero estos dos ni siquiera se conocen. Resulta que el supuesto músico no sabe tocar un solo instrumento; al final, el director le sugiere que aprenda a tocar para poder exigirle lo que en un principio le pedía.

En El árbol hay una pasarela de personajes divertidos, absurdos, grotescos, cuyos ambientes sumergirán al lector en una experiencia única, gracias a la pluma de un narrador espléndido como lo fue Sławomir Mrożek.

La ampliamente recomendada editorial catalana Acantilado ha publicado varias obras de este autor: Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), Dos cartas (2003), El árbol (2003), El pequeño verano (2004), La mosca (2005), Huida hacia el sur (2008), El elefante (2010) y La vida para principiantes (2013).

Un niño rubio tiembla en el fondo de una habitación oscura. De tan frágil que parece, da pena mirarlo, no sea que en un desliz lo desbarate la vista. Es mejor que esté oculto entre las sombras.

Tiene miedo. O frío. Se mantiene alerta porque no tardará en llegar el rugido que parece nacer del cielo. Es un rugido que asusta, que provoca el sobresalto de su madre, de su padre y de los desconocidos que también viven allí.

Quisiera preguntarle a mamá cuándo volverán a casa, si al caer la mañana podrán regresar a su aldea. Pero calla; sabe que el silencio es la única manera de que la mujer no llore. Piensa que pronto ella y papá estarán de vuelta en la fábrica de textiles donde laboraban hasta antes de haber abandonado su casa.

Luego amanece. Sin embargo, el nuevo día no pinta para que se logre la vuelta al hogar. El niño no comprende, no disfruta su estancia en el hotel Kolovare. Preferiría estar al lado del abuelo, en su vivienda.

Provenientes de Obrovacki, llegaron a Zadar después de que el abuelo fuera asesinado por hombres llamados «rebeldes». Aquel día, el viejo salió de casa y llevó su ganado a la colina. Cuentan que varios hombres se lo llevaron y lo fusilaron, junto con otros civiles. Cuentan que el pastor se hacía cargo del niño rubio mientras los padres de este trabajaban en la fábrica.

Huyeron de las minas y de las amenazas precipitadamente. Después hallaron refugio en un hotel, en una ciudad de la costa, donde los días se alargaban sin que el horizonte no se tiñera de sangre cada atardecer; donde otros, como ellos, buscaban salvar la vida.

En el fondo de la habitación, el niño sueña que el abuelo llegará en cualquier momento. Abre sus ojos claros en espera de que se llenen de la figura del viejo y le diga que lo ha estado esperando. Pero no hay tal, no se escucha la voz por ningún lado.

Entonces vuelve a soñar. «Si yo pudiera hacer magia», piensa, «aparecería un balón de futbol que me durara toda la vida.» El niño quiere jugar aun cuando la guerra cabalga por las colinas.

Qué estancia más rara la de su familia en el hotel. Si es costa, ¿por qué no hay mar frente a sus ojos? ¿Por qué no se sumergen en las aguas de ese mar? En todo caso, son las vacaciones más aburridas de la historia.

Un balón rueda en el hotel. Los ojos del niño se encienden. «Si yo jugara al futbol, podría ser bueno», se convence, aun cuando es pequeño y delgado y cualquier contacto en la cancha terminaría por derribarlo.

Un hombre llamado Tomislav mira al niño. «¿Cómo es posible que ese pequeñín lo haga tan bien?», lanza la pregunta dentro de su cabeza. «Él podría ser muy bueno.»

Llegado el momento, el hombre que lo miró jugar lo llama. No sabe que en el interior del infante miles de aficionados ya lo ovacionan desde hace tiempo, que es el campeón y que sus jugadas vuelven locos a los seguidores de su equipo. No sabe que dentro de él se acabó la guerra y los únicos disparos que existen son los de su pie derecho. Ignora las ventanas rotas tras balonazos en tardes interminables.

Pero lo que sí sabe es que el niño ama jugar al futbol. Por eso se lo lleva a entrenar a las ligas menores. Sin embargo, no ha terminado la guerra: en los campos de entrenamiento caen granadas que son lanzadas desde las montañas.

Los niños corren en busca de evadir las explosiones y, con ello, salvar la vida. En el corazón del miedo y de los estallidos, la memoria lo muerde. Los recuerdos disponen de él y no hay explosión que lo aparte de aquellos días.

Un niño rubio tiembla en el fondo de una habitación oscura. Sueña con jugar al futbol, pero hay una guerra que ha roto a los hombres y a las mujeres, a los niños. «La guerra es afuera; en mi mente soy el mejor futbolista.» Si acabara el conflicto, sería bueno ser seleccionado de su país, murmura. Alguien lo escucha. «¿Cuál país? No hay país. Hay fragmentos del país…»

Yugoslavia se ha desmoronado. Vuelan los aviones, las granadas, las balas… Vuelan los sueños en los Balcanes, mientras el niño rubio llamado Luka piensa en el pastor que no volverá a ver nunca más, mientras acaso jura: «Abuelo, algún día seré el mejor. Si terminara la guerra, podría prometerte que jugaré la final de una Copa del Mundo». Vuela el miedo, en tanto que el niño espera la paz para conquistar Europa.

Lunes, 09 Julio 2018 05:26

Lord

¡Ah!, el espejo, siempre queda el espejo

que no me deja mentir: tengo la cara de una fiera,

lo que me queda de cabello, desgreñado,

el ceño cargado, un Beethoven iracundo sin sordera ni música.


J.G.N.


Hay en Sudamérica una riqueza literaria de la que se puede sacar un buen puñado de grandes autores que aparecen en una y otra antologías. Pero hay nombres que se repiten una y otra vez y de pronto dan la sensación de preguntarse si es que no hay más escritores.

En este sentido cae uno en la cuenta de que la brasileña es una literatura acaso poco explorada y de la que nos llega información a cuentagotas.

A propósito de este asunto, esta semana me permito recomendar una novela salida del gigante sudamericano: Lord (2004; Adriana Hidalgo editora, 2006), de João Gilberto Noll (1946-2017).

La historia inicia cuando un hombre brasileño es llamado a Inglaterra por un militar británico. Se sabe que es autor de algunos libros, pero no quién es en sí. No hay un hilo que lleve al lector al pasado de esa persona. ¿Para qué ha sido llamado a Inglaterra? Ni el narrador –que es el propio protagonista– lo tiene claro.

De buenas a primeras, el hombre llega a Londres. Para ello, el británico le envía los pasajes y le otorga una casa a la que debe llegar, pues será su hogar en la capital inglesa.

Sin embargo, el motivo del llamado lo desconoce; el protagonista únicamente menciona que es para una especie de misión, pero ignora más detalles.

Una vez instalado en Londres inicia el viaje del cuerpo que es el narrador. La ciudad, fría y no del todo de su agrado, sirve de pretexto para comenzar a «ser varios», luego de comprobar –espejo de por medio– que no ha sido suplantado por otro.

Las horas se extienden. El recién llegado comienza a recorrer lugares, a desplazarse de un punto a otro en busca de un motivo. Así, la novela va cobrando tintes existenciales mediante las reflexiones del personaje.

El hombre se desenvuelve en la urbe. Se desinhibe. De pronto es consciente de que allí es un desconocido, de que se encuentra en un mundo nuevo. Esta autoafirmación lo conduce a adoptar comportamientos que acaso en Brasil no hubieran tenido lugar, tales como cometer robos o meterse en la cama con desconocidos.

En ese zambullirse en las horas llega incluso la pérdida de la consciencia. Alguna noche se pregunta qué fue de él en todo el día, en dónde estuvo. Diríase que al comienzo del nuevo día se suplanta a sí mismo para convertirse en uno más que puede ser.

De alguna forma, en la novela hay una especie de derrota del individuo: resulta acaso imposible situarse en un lugar nuevo sin ningún motivo que lo mueva a justificarse en sí, a llenar las horas. Porque la libertad se torna en una bestia con la que difícilmente puede lidiar el hombre.

El personaje va de una ciudad a otra. Se mueve en tren, observa a los otros, se toma el tiempo de imaginar situaciones con algunos de los desconocidos que se topa.

Lord es un grito de libertad, pero también una manifestación del miedo a la misma. El narrador cae inconsciente, ve mermada su salud; el contacto con los otros es una posibilidad de ser alguien más: se diluye en sí mismo hasta convertirse en un ente en busca de explorar límites que antes ni figuraban en su imaginario.

Domingo, 08 Julio 2018 05:00

El alma de los rusos

«Nunca subestimes la voluntad de los rusos.» Lo leí en algún lugar, o lo escuché o quizá lo imaginé… Ayer, en Sochi, quedó claro al ver a once individuos dejándose el alma en un campo de futbol.

Jueves, 28 Junio 2018 06:18

El día que todos fuimos coreanos

Cuando el mexicano aficionado al futbol comenzaba a imaginarse zar, cuando se veía conquistando Rusia y ya se saboreaba la miel de nueve puntos, de pronto la tragedia se asomó a la puerta azteca… pero pasó de largo…

Lunes, 25 Junio 2018 05:17

Amor y obstáculos

Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) es un escritor bosníaco que escribe en inglés y actualmente es una de las voces más importantes de su país. Su historia es peculiar.

En 1992, cuando inició el asedio en la capital de la hoy independiente Bosnia-Herzegovina, Hemon se encontraba en Chicago. Lejos de su familia, allí lo sorprendió la guerra de los Balcanes y no tuvo otra opción que seguir los detalles a la distancia.

Imposibilitado para escribir en su lengua, el autor decidió hacerlo en inglés. Pronto, sus primeros relatos fueron publicados en The New Yorker, Esquire y The Paris Review con buena crítica.

Esta semana la propuesta de lectura que me permito hacer es Amor y obstáculos (Duomo, 2011), una novela contada a través de ocho relatos por un personaje que vive entre los recuerdos previos a la guerra y las posteriores experiencias. Es considerada una obra con fuerte carga autobiográfica.

En el primer texto, «Escalera al cielo», el narrador es un adolescente que vive en Zaire; entre lecturas de Rimbaud, canciones de Led Zeppelin e invocaciones de Conrad, busca escribir en el diario que le prometió a su mejor amiga, la cual se quedó en Sarajevo. Ya desde ese primer encuentro el lector descubre un tono a veces pesimista, a veces nostálgico, pero siempre con el deseo intacto de compartir sus vivencias.

En «Todo» se cuenta la historia de un chico que viaja solo por primera vez. Debe ir en busca de un frigorífico a Eslovenia. Aborda un tren en el que conoce a un serbio y a un bosníaco. De pronto, el encuentro raya en lo absurdo y el ambiente parece opaco, cenizo, pero dotado de una prosa fluida.

En otro relato el narrador es un escritor confundido con un director de orquesta por Muhamed D., el mayor poeta bosníaco de esa época. El autor describe el momento cuando conoció al poeta, tiempo atrás; sus años de escritor en ciernes entre calles y sitios sarajevitas, no sin un dejo de nostalgia: ahora vive en Estados Unidos.

Cuando el poeta es invitado a ese país norteamericano, el autor echa mano de su experiencia y describe una estancia de Muhamed D. para el olvido en esa nación (a menudo hay una fuerte crítica a la sociedad estadounidense). Él y el poeta terminan con una borrachera monumental.

«Las abejas, primera parte» deja ver el carácter del padre del narrador. Confiesa que nunca le gustaron los libros de ficción, los escritores en general. Sin embargo, el hombre termina por retractarse y él mismo comienza a escribir una novela en la que habla de su infancia en los días de Yugoslavia, de su familia, de los colmenares que fueron el sustento de los suyos, pero todo terminó con la llegada de la Segunda Guerra Mundial.

En «Comando americano» encontramos uno de los textos más conmovedores del libro (en realidad, todos lo son). El narrador es un bosníaco refugiado en Estados Unidos. Cierto día lo contacta una estudiante que trabaja en una especie de documental relacionado con la guerra de los Balcanes como proyecto para titularse.

La chica graba el relato del joven, quien, frente a la cámara, habla de sus recuerdos en la Sarajevo de su infancia. Tenía algunos amigos con los que solía jugar en un viejo edificio, pero que un día les es «arrebatado» por los Obreros, nombre que le dan al grupo de los «enemigos» que los han despojado de su sitio.

Los trabajadores ignoran la existencia de esos chicos; éstos, sin embargo, deciden comenzar una «guerra» en contra de ellos. En un principio dejan escritos con insultos dirigidos a los obreros en los que les mencionan a sus madres y a sus hijas. Luego tratan de hacerlos abandonar las labores con «ataques» de los que ni se enteran los otros. Así comienza un conflicto que se inventan los niños con tal de derrotar a sus enemigos.

El narrador cuenta cómo buscaba intimidar a los demás con frases pronunciadas con un inglés chicloso que considera intimidatorias para todo aquel que se le pusiera enfrente.

El estilo de Aleksandar Hemon es fluido y limpio. Se trata de un escritor que goza al contar historias, aun cuando éstas tienen un trasfondo oscuro.

Viernes, 22 Junio 2018 05:45

Orquesta balcánica silencia un mal tango

Croacia derrotó 3-0 a Argentina, en juego del Grupo D; los europeos aseguraron su calificación a la ronda de Octavos de Final, mientras que los albicelestes quedaron al borde la eliminación.

Lunes, 18 Junio 2018 05:21

La travesía de la noche

Desde el fondo del abismo, yo también

llamo a Dios como tantos otros lo hicieron.

En La travesía de la noche

Quizá el mayor trauma del mundo en el siglo XX fue la Segunda Guerra Mundial. Ese conflicto, que se cobró la vida de millones de personas, dejó ver el lado más deplorable del ser humano, por un lado, y por otro, su capacidad para aferrarse a la vida, aun cuando todo es adverso.

Se han escrito muchos libros, rodado decenas y decenas de películas, dictado conferencias, etc., acerca de esos años terribles, de los más oscuros en la historia de la humanidad. Sin embargo, ante el asombro y la incredulidad, uno no termina por asimilar lo que ocurrió en ese periodo.

La visión simplista de Hollywood y su industria sólo se refieren a la persecución de judíos por parte del nazismo. No obstante, hay que recordar que el régimen también aniquiló comunistas, romaníes, personas con discapacidad y homosexuales, por ejemplo.

En este sentido, existe una vasta literatura con testimonios, investigaciones e historias de las víctimas que sufrieron en carne propia los horrores de los campos de concentración, de caer en manos del ejército alemán. Me vienen a la mente –sólo por mencionar algunos– Si esto es un hombre, de Primo Levi, y Sin destino, de Imre Kertész.

Hace tiempo cayó en mis manos un libro brevísimo (55 páginas) del que no tenía noticia. Se trata de La travesía de la noche (Arena Libros, 2006), un relato de la francesa Geneviève de Gaulle Anthonioz (1920-2002) en el que da cuenta de su experiencia en prisión y su posterior traslado a un campo de concentración nazi.

Sobrina del general Charles de Gaulle (1890-1970; presidente de Francia de 1958 a 1969), Geneviève combatió en la Resistencia desde 1940. Hacia 1943 fue apresada e internada en la cárcel de Fresnes, en París, de donde la trasladaron al campo de concentración de Ravensbrück, en Alemania, un sitio destinado principalmente a mujeres.

Lo vivido en ese periodo sirve a De Gaulle Anthonioz para escribir La travesía de la noche. Pero hay que destacar que no lo escribió sino más de cincuenta años después de dichos sucesos. En este sentido, es de destacar que muchos sobrevivientes del horror guardaron silencio o no pudieron decir el miedo, el pánico, todo lo que vieron, sintieron y experimentaron en esos espacios de la ignominia. Así sucedió con la autora.

Destacan la sobriedad y la lucidez para decir las cosas. Es el resultado de décadas de reflexión; pese a su brevedad, estamos ante un relato que abarca temáticas que van desde la injusticia hasta Dios. Porque –confiesa– nunca perdió la fe; en la noche más oscura de su vida, allí recurría a sus creencias: «Intento rezar, el Padre nuestro, el Dios te salve María, fragmentos de salmos» (p.12), desde la soledad aludía a su Dios y estaba convencida de que habría luz al final de esa oscuridad.

La travesía de la noche es un testimonio desgarrador que conmueve y nos recuerda que intentar destruir la humanidad es el mayor crimen que hay en el hombre.

La estancia de la autora en una celda, sola, en medio de la noche, no la reduce a sí misma: Geneviève piensa en la situación de las otras mujeres, en su futuro: «Pero ¿qué será de ellas? ¿Quedarán supervivientes de entre nosotras?» (p.12).

Sobrevivir al horror marcó el espíritu de la autora. En 1956 asumió la presidencia de la Asociación nacional de las antiguas deportadas e internadas de la Resistencia. Su solidaridad la llevó a formar parte de diversos grupos a favor de las víctimas y de los derechos humanos, siempre como una voz autorizada.

 

 

Sábado, 16 Junio 2018 05:42

¡Vibrante batalla ibérica!

De la mano de Cristiano Ronaldo, Portugal y España igualaron 3-3 en un duelo espectacular del Grupo B; el astro portugués marcó los tres tantos de su equipo y Diego Costa se apuntó un doblete para su escuadra.

En el primer juego del Mundial, Rusia aplastó 5-0 a Arabia Saudí, con doblete de Denís Cheryshev y triple asistencia de Aleksandr Golovin; la ceremonia inaugural fue engalanada por la soprano Aida Garifullina y el británico Robbie Williams.

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