Luka Modrić durante sus inicios como futbolista. Luka Modrić durante sus inicios como futbolista. Fotógraf@: TOMADA DE LA WEB
Publicado en Deportes Jueves, 12 Julio 2018 05:50

El niño que jugaba al futbol mientras caían las bombas

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Un niño rubio tiembla en el fondo de una habitación oscura. De tan frágil que parece, da pena mirarlo, no sea que en un desliz lo desbarate la vista. Es mejor que esté oculto entre las sombras.

Tiene miedo. O frío. Se mantiene alerta porque no tardará en llegar el rugido que parece nacer del cielo. Es un rugido que asusta, que provoca el sobresalto de su madre, de su padre y de los desconocidos que también viven allí.

Quisiera preguntarle a mamá cuándo volverán a casa, si al caer la mañana podrán regresar a su aldea. Pero calla; sabe que el silencio es la única manera de que la mujer no llore. Piensa que pronto ella y papá estarán de vuelta en la fábrica de textiles donde laboraban hasta antes de haber abandonado su casa.

Luego amanece. Sin embargo, el nuevo día no pinta para que se logre la vuelta al hogar. El niño no comprende, no disfruta su estancia en el hotel Kolovare. Preferiría estar al lado del abuelo, en su vivienda.

Provenientes de Obrovacki, llegaron a Zadar después de que el abuelo fuera asesinado por hombres llamados «rebeldes». Aquel día, el viejo salió de casa y llevó su ganado a la colina. Cuentan que varios hombres se lo llevaron y lo fusilaron, junto con otros civiles. Cuentan que el pastor se hacía cargo del niño rubio mientras los padres de este trabajaban en la fábrica.

Huyeron de las minas y de las amenazas precipitadamente. Después hallaron refugio en un hotel, en una ciudad de la costa, donde los días se alargaban sin que el horizonte no se tiñera de sangre cada atardecer; donde otros, como ellos, buscaban salvar la vida.

En el fondo de la habitación, el niño sueña que el abuelo llegará en cualquier momento. Abre sus ojos claros en espera de que se llenen de la figura del viejo y le diga que lo ha estado esperando. Pero no hay tal, no se escucha la voz por ningún lado.

Entonces vuelve a soñar. «Si yo pudiera hacer magia», piensa, «aparecería un balón de futbol que me durara toda la vida.» El niño quiere jugar aun cuando la guerra cabalga por las colinas.

Qué estancia más rara la de su familia en el hotel. Si es costa, ¿por qué no hay mar frente a sus ojos? ¿Por qué no se sumergen en las aguas de ese mar? En todo caso, son las vacaciones más aburridas de la historia.

Un balón rueda en el hotel. Los ojos del niño se encienden. «Si yo jugara al futbol, podría ser bueno», se convence, aun cuando es pequeño y delgado y cualquier contacto en la cancha terminaría por derribarlo.

Un hombre llamado Tomislav mira al niño. «¿Cómo es posible que ese pequeñín lo haga tan bien?», lanza la pregunta dentro de su cabeza. «Él podría ser muy bueno.»

Llegado el momento, el hombre que lo miró jugar lo llama. No sabe que en el interior del infante miles de aficionados ya lo ovacionan desde hace tiempo, que es el campeón y que sus jugadas vuelven locos a los seguidores de su equipo. No sabe que dentro de él se acabó la guerra y los únicos disparos que existen son los de su pie derecho. Ignora las ventanas rotas tras balonazos en tardes interminables.

Pero lo que sí sabe es que el niño ama jugar al futbol. Por eso se lo lleva a entrenar a las ligas menores. Sin embargo, no ha terminado la guerra: en los campos de entrenamiento caen granadas que son lanzadas desde las montañas.

Los niños corren en busca de evadir las explosiones y, con ello, salvar la vida. En el corazón del miedo y de los estallidos, la memoria lo muerde. Los recuerdos disponen de él y no hay explosión que lo aparte de aquellos días.

Un niño rubio tiembla en el fondo de una habitación oscura. Sueña con jugar al futbol, pero hay una guerra que ha roto a los hombres y a las mujeres, a los niños. «La guerra es afuera; en mi mente soy el mejor futbolista.» Si acabara el conflicto, sería bueno ser seleccionado de su país, murmura. Alguien lo escucha. «¿Cuál país? No hay país. Hay fragmentos del país…»

Yugoslavia se ha desmoronado. Vuelan los aviones, las granadas, las balas… Vuelan los sueños en los Balcanes, mientras el niño rubio llamado Luka piensa en el pastor que no volverá a ver nunca más, mientras acaso jura: «Abuelo, algún día seré el mejor. Si terminara la guerra, podría prometerte que jugaré la final de una Copa del Mundo». Vuela el miedo, en tanto que el niño espera la paz para conquistar Europa.

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Jorge Arturo Hernández

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