Bajo el Volcán

La casa de los recuerdos (In Memoria)

“Y la vida, que todo lo da, me concedió aquella petición: he ido olvidando, primero mis momentos más próximos, poco a poco, mi vida entera.”

El Mago
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 Hace unos días me trajeron aquí. Ésta no es mi casa. Luché tanto por quedarme en la mía, pero ya ven cómo son las cosas: llega el momento en que uno no puede valerse por sí mismo y es una carga difícil de llevar.

Entonces, quizá con todo el dolor de su corazón, mis hijos me trajeron aquí, a este lugar desde donde les hablo y desde donde saldré, algún día, cuando me vaya a otros confines.

El sitio, aunque pequeño, es bonito: tiene una gran vista que le regala la propia topografía del terreno, la cual va subiendo desde el nivel de calle, donde se encuentra el acceso al lugar, hasta la plaza donde me ubico ahora, rodeada ésta por los edificios que la ciñen (donde están los dormitorios y servicios) y en cuyo centro se levanta, majestuoso, un inmenso laurel de la India que nos regala una amplia y fresca sombra a los que de momento estamos bajo él.

Hace ya algunos años, víctima de la soledad más grande, después de la partida de mi esposa, le pedí a la vida alejara de mí tantos recuerdos que me atormentaban, y la vida, que todo lo da, me concedió aquella petición: he ido olvidando, primero mis momentos más próximos, poco a poco, mi vida entera.

Alrededor mío hay muchos compañeros y compañeras. Los primeros días de mi estancia aquí, me asustaban sus miradas, sus gritos, sus movimientos extraños, pero he entendido que igual que yo, ellos también tienen problemas relacionados con la tristeza y con la soledad, y entonces los entiendo.

Ahora casi pasan desapercibidos para mí porque me voy acostumbrando a su cercanía, porque se me olvidan prontamente sus desfiguros.

Algo que me gusta es que me visiten mis parientes y amigos. Yo sé que aunque a veces no los reconozco, ellos saben de mi problemática. Estar con ellos me hace sentir tan bien, porque sé que estarán conmigo cuando mi mente, dejando mi cuerpo aquí, se vaya para no volver.   

El tiempo es largo y corto en este lugar. Largo, porque no hay nada que hacer más que los juegos que, amablemente, nos ponen a jugar las personas encargadas de nuestros cuidados. Cortos, porque mi mente se pierde en el infinito espacio frente a mi vista.

A propósito de mente: hoy por la mañana escuché a un médico comentar a los parientes de un enfermito como yo:

– En realidad lo tenemos lo más cómodo posible. El proceso de su enfermedad es una serie de estados que se irán dando directamente relacionados con su salud corporal, digámoslo así, con relación a su resistencia física. Pero el tiempo lo va a ir minando al punto de que olvide hasta sus actos más vitales como hablar, dejar de deglutir e incluso respirar. Se consumirá poco a poco hasta que casi desaparezca; entonces acaecerá lo inevitable.  

Oír aquello me lastimó profundamente de momento, pero afrontando aquella realidad me di cuenta de mi responsabilidad en todo lo que me sucede: yo lo decidí de esa manera hacía ya un tiempo.

Entonces, sin remedio, mis últimos recuerdos se quedarán en esta casa que, desde hace unos días, comienza a ser mi nuevo hogar

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