Una semana después del terremoto de magnitud 7.7 que sacudió Myanmar, los equipos de rescate continúan buscando sobrevivientes entre los escombros, aunque las esperanzas son mínimas.
El sismo, ocurrido el viernes pasado a las 12:50 hora local, afectó principalmente la región de Sagaing, en el centro-norte del país, y tuvo una profundidad de 10 kilómetros. Apenas diez minutos después, un segundo sismo de magnitud 6.7 sacudió la misma zona.
Hasta el momento, las autoridades han confirmado la muerte de 3,145 personas y más de 4,500 heridos. Además, se registran 221 personas desaparecidas.
La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU estima que 17 millones de personas han sido afectadas por el desastre, con 9 millones de ellas gravemente impactadas, especialmente en las 57 municipalidades cercanas al epicentro.
La magnitud de los daños es enorme. Aproximadamente 21,000 viviendas han sido destruidas o dañadas, junto con miles de edificios religiosos, hospitales, escuelas y cultivos.
En Mandalay, una de las ciudades más afectadas, unas 9,000 personas se han refugiado en albergues improvisados. Sagaing, por su parte, ha quedado devastada en un 70%.
Las autoridades locales declararon estado de emergencia en seis regiones, mientras que el riesgo de brotes de cólera es una grave preocupación de la Organización Mundial de la Salud debido a la falta de acceso a agua potable y sistemas de saneamiento.
El desastre ha provocado también un impacto fuera de Myanmar. En países vecinos como Tailandia, China e India, los efectos se han dejado sentir, y en Bangkok, a unos mil kilómetros del epicentro, murieron 22 personas, 15 de ellas en el colapso de un edificio en construcción.
A nivel internacional, más de 1,400 rescatistas de 15 países están trabajando en las zonas afectadas. Las organizaciones humanitarias han solicitado más de 160 millones de dólares para brindar asistencia a los sobrevivientes, mientras que la Cruz Roja Internacional lidera los esfuerzos con una petición de 113 millones de dólares.
La situación sigue siendo crítica, con miles de personas sin hogar y un sinfín de necesidades urgentes por cubrir.