Bajo el Volcán

Lo que de la memoria queda

“Se te sienten los ojos cuajados por las ganas de recorrer paisajes borrándose, olvidados ya para nosotros. Quieres todavía cabalgarlos, pero tu caballo ‘ora es una raíz del larguísimo suspiro que se parece a la memoria.”

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Miliano, tu cansancio bien cabe en el hueco de ese árbol quemado. Se ve cómodo, ¿verdá? Se antoja meterse en esas quijadas negras, roídas por la tristeza. Y acurrucarse ai’ hasta quedar en la nublazón de la ausencia. Pero tú ya desterraste al sueño y siempre andas con la vista bien agazapada, desde ella nos desmenuzas. Mides el polvo arremolinado en nuestros pasos, pesas cada rincón de las palabras, cada pliegue del aliento. Nos tasajeas el silencio con las almas que se arrastran en tus ojos. Sombras  manoseando un surco pa’ recoger  recuerdos carcomiéndose solitos.

Te bordamos tu sombra con la ceniza de los agravios. No podíamos ofrecerte más, sólo la amargura sembrada en siglos. (Imágenes tomadas de Wikipedia). 

Todo te sabe agrio, dices, a tierra despertada por un cuajarón de sangre. La sorpresa es agria y apergaminada, mero al final tiene un gusto como a lamento, y al llegar nos tiembla adentro, hacia abajo. La sorpresa te tiene agriado el sabor, porque así sabe la traición.

Pero somos voces viejas, Miliano, ya idas. Pa’ qué tanto desconfiar ya.

Te bordamos tu sombra con la ceniza de los agravios. No podíamos ofrecerte más, sólo la amargura sembrada en siglos. Por eso se veía tan pesada, llena de tantos nombres encallecidos por la humillación. Tu sombra te la hicimos amarga, y desparramando una sed bien rasposa. La misma del surco, pero no sed de agua. De manos. Esa ternura fuerte que se queda en el puño al agarrar semillas. Ternura haciendo retoñar el muñón  donde nacieron las verdades.

Y otra vez el sol gris y tieso, un tajo hecho de un agua marchita. Ya no quema. Duele adentro. Duele agrio.

Ya pa´que tanto ‘tarle desconfiando. Qué caso tiene.

Miliano, ai’tá l’árbol como una entraña vacía, tiene la forma del acurrucamiento. ¿Apoco, a lo macho, tú no quieres dormir? Emiliano Zapata en un cuadro del maestro Jorge Cázares Campos. Creo que fue sueño y ai’ vi tu caballo alazán, ese que decían se hacía blanco, igual que el olor de un ángel. No traiba cascos, eran garras, y se aferraba bien a los abrojos, en el coraje de las brechas.

Miliano, ai’tá l’árbol como una entraña vacía, tiene la forma del acurrucamiento. ¿Apoco, a lo macho, tú no quieres dormir?

Se te sienten los ojos cuajados por las ganas de recorrer paisajes borrándose, olvidados ya para nosotros. Quieres todavía cabalgarlos, pero tu caballo ‘ora es una raíz del larguísimo suspiro que se parece a la memoria. O a lo que de ella queda.

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