Bajo el Volcán

El enano que no sabía leer

“Al enano no le costó trabajo ir conociendo poco a poco los signos escritos en los libros que se le presentaban. Primero deletreando y después más de corrido, Lemor tomó gusto por la lectura, sin embargo, muchas veces se preguntó cómo aquello que comenzaba a descifrar le haría crecer.”

El Mago
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Él era el hazme reír del pueblo. Taciturno y sigiloso, escondía a la vista de sus congéneres su grotesco cuerpo bajo su holgado ropaje. No obstante, todos en aquel lugar lo conocían y se mofaban de él en cuanto se lo topaban: en realidad, por más que se ocultara, hasta los muros que rodeaban el poblado hablaban de su poca envidiable existencia.

Habría que aclarar que su madre biológica fue una dama importante dentro de aquella sociedad, pero la naturaleza tiene sus designios, y Lemor parecía haber capturado todos los insanos. A los pocos días de su nacimiento fue abandonado a las afueras de su terruño para ser víctima de los depredadores nocturnos, pero la vida, que es la naturaleza misma, ya lo hablamos, tiene sus designios.

Una campesina lo encontró aquella misma noche y lo adoptó para terminar con su propia soledad. Lemor tuvo toda la dulzura y comprensión de aquella que se apiadara de su situación.

Sin embargo, las intenciones del arcano eran otras para aquel despojo de la natura. Aun pequeño, Lemor se volvió a ver dejado de la mano del buen destino: la compasiva mujer que fue su madre durante aquel lapso, murió en brazos del hijo adoptivo una noche de invierno.

El enano se hizo un ser alejado de la sociedad. Sólo por las tardes acudía al pueblo para, con la complicidad de la oscuridad, robar algún mendrugo de pan o una gallina; luego, salía a hurtadillas del lugar, sin dejar rastro alguno. 

Los años pasaron. Lemor fue creciendo en edad, pero nunca más en tamaño. Se volvió un ser salvaje entre aquel mundo plagado de hostilidad.

Reader, pintura Honoré Daumier. Imagen tomada de Wikipedia.

***

Cierta noche, mientras merodeaba la presa que escogió para su diario sustento, fue atrapado por las manos de un hombre alto y fornido.

¡Tú eres quien roba mis gallinas! –dijo el captor al contrahecho hombrecito, entre molesto y compresivo.

Lemor trató de correr, pero no hubo manera de poner los pies sobre tierra firme. 

¡No te irás! Serás mi sirviente por lo que te resta de vida, enjuto zángano.

Después de amarrarlo a un árbol, el fortachón preparó el nuevo hogar de Lemor: hizo una gran jaula de rozos aún verdes, la colgó de la rama de un gran árbol y, después de desatarlo, metió ahí al sufrido enano, mientras le decía:

Querido amigo, por mucho tiempo he necesitado de quien me ayude; si quieres alimento y un hogar, tendrás que trabajar para mí. 

Como toda respuesta, el hombrecito gritó hasta desgañitarse y luchó, sin lograrlo, por salir de su cárcel, cayendo posteriormente en un profundo sueño. Al despertar encontró junto a él un plato con un oloroso potaje y la voz de su flamante amo:

Come, mañana será un día de arduo trabajo.

El recluso acercó a su boca el apetitoso guiso, mientras miraba al hombre que, sentado contra el rústico respaldo de una silla, veía sosegadamente unos papeles. El silencio que de aquella escena venía, sólo era roto por los sorbos groseros del enano y el chisporrotear de la madera en la hoguera.

El enano era todo lo contrahecho que podamos imaginar, no obstante, aquel hombrecito tras de las rejas pudo sentir el placer con que su captor llevaba a cabo su actividad.

¿Qué es eso que llevas en tus manos y que te absorbe al extremo? –preguntó Lemor.

¿No los conoces? –respondió su interlocutor–. Es un libro, mi amigo, con él puedes crecer inmensamente. ¿Te interesa eso?

¡Imagínate! –contestó exaltado el enano.

Pues yo te puedo enseñar a usarlos. Yo tengo muchos y de muy variados temas. Pero, ya sabes, aquí hay que trabajar para poder vivir.

No sé todavía si estoy haciendo bien, –contestó Lemor–, pero no eres el tipo de hombres que conozco. Bájame de aquí y te prometo que no me iré. Voy hacer un pacto contigo: tú me enseñas a crecer y yo seré tu fiel ayudante, ¿te parece?

Eres enano, pero no de pequeño cerebro –contestó el hombre mientras sonreía y cerraba el libro, satisfecho.

Luego, dejando el volumen a un lado, dio un gran saltó desde su silla y se aproximó al árbol de donde pendían la jaula y su presa. Con un tajo de su filosa espada cortó la cuerda que unía a estos al tronco que los soportaba, desplomándose ambos hacia el piso. Entonces de un segundo golpe del acero, su portador hizo una incisión al entramado ramaje del habitáculo, espacio por donde, tomándose la cabeza, salió el hombrecito.

¡Vamos, hermano! –exclamó el anfitrión–, no te golpeaste tan fuerte.

Para saber, hay que recibir –dijo entre dientes el recién aterrizado.

¿Cómo te llamas, enano?

Lemor –contestó aún adolorido el hombrecito.

¿Y tú?

Piagmón –dijo sonriente el hombre blandiendo en su mano derecha la acerada hoja.

Pues, Piagmón, ¿dónde me permitirás pasar la noche? Pretendo pensar que si te gusta el trabajo, éste comenzará a temprana hora.

Acertaste, mi amigo. Seguramente será aún de noche cuando comencemos a laborar; por lo pronto, existe un tejaban cerca de aquel granero. Ese será tu hogar. Nos vemos mañana.

Con los restos del agua que quedaban en un balde, Piagmón apagó el fuego de la hoguera y se metió en su casa. Mientras tanto, Lemor encontró el tejaban donde pernoctaría aquella primera noche. El sueño acudió de inmediato a él.  

***

Todavía no cantaban lo gallos cuando Lemor escuchó los pasos de Piagmón que se acercaba, mientras hablaba amenazador:

Se acabó la noche, enano. Si quieres comer hay que trabajar.

El hombrecito pareció ser expulsado por algún artefacto exprofeso. De pie esperó la llegada próxima de su nuevo amo.   

¿Qué es lo que voy hacer? –preguntó sumiso.

Sígueme –ordenó Piagmón. 

El trabajo de campo siempre ha sido pesado y Lemor esperó lo peor. Sin embargo, grata fue su sorpresa al constatar que Piagmón trabajaba a la par que él. El enano redobló esfuerzos.

Cerca de la media mañana, Piagmón gruñó:

¿No te cansas, enano? Hace tiempo debimos de comer algo. ¿Qué tal eres para la cocina? –preguntó  Piagmón.

No muy bueno: como lo que llega a mí sin darle un tratamiento anterior.

¿Comes la carne cruda, entonces?

Cuando hay necesidad y oportunidad –contestó el enano.

Piagmón no lo creía. El peor castigo recibido alguna vez en su vida, no se comparaba en nada a la vida de ese hombrecito que hoy lo acompañaba.

El sol abrazador los recibió después del almuerzo y desde entonces los dos hombres no pararon la faena hasta casi el anochecer.

La voz de Piagmón volvió a refunfuñar:

¿Verdaderamente no te cansas, Lemor? Vamos a comer algo y a descansar.

Las siluetas de aquellos hombre y medio caminaron con rumbo al ocaso, hasta llegar a la vivienda de Piagmón. Cenaron lo que pudieron y se sentaron ante la recién inaugurada fogata. Poco después Piagmón se levantó de su silla y entró en la casa. Luego regresó y se volvió a instalar en su silla con un libro en su mano.

Es momento de tu primera lección, Lemor.

Los ojos del enano crecieron enormemente por la expectación.

Mira –le dijo Piagmón a su compañero-, esto es un libro.

Un sólo vistazo hizo retroceder a Lemor.

¿Qué diantres? –se preguntó-, ¿qué eran todos aquellos símbolos?

Piagmón, adivinando el pensamiento del hombrecito, lo tranquilizó:

Hablé de que esta noche sería tu primera lección, no que hoy aprenderías a crecer, ¿verdad Lemor?

El enano sonrió a su amo.

Lo sé, pero eso que me enseñas puede ser que nunca ayude a mi propósito.

Más de lo que tú piensas, Lemor, los libros te dan la posibilidad de tocar el cielo, el sol, las estrellas y más allá.

¿De verdad, Piagmón?

Lo constatarás tú mismo en unos días. Te hablo con la verdad.

***

Al enano no le costó trabajo ir conociendo poco a poco los signos escritos en los libros que se le presentaban. Primero deletreando y después más de corrido, Lemor tomó gusto por la lectura, sin embargo, muchas veces se preguntó cómo aquello que comenzaba a descifrar le haría crecer. Mientras tanto Piagmón, por otro lado, conocía exactamente lo que su asilado quería: Lemor no buscaba, como primera instancia, su crecimiento intelectual sino el físico. No obstante, bien lo sabía él mismo, su nuevo amigo llegaría a las conclusiones que verdaderamente lo harían crecer: entendería que el desarrollo real de un ser pensante, no es el incremento de su físico (aunque nunca se desdeña), sino el perfeccionamiento de la mente.

Piagmón, muchas veces, a lo lejos, observó como Lemor se acercaba a un árbol y, habiendo ahí marcado su altura con anterioridad, comparaba la marca consigo mismo. Aunque se notaba su disgusto, el hombrecito nunca mermó en su actitud. Cada noche tomaba con interés la lectura hasta altas horas de la noche.

Un día, el enano comenzó a hacer comentarios a Piagmón sobre lo estudiado. Su mente intentó hurgar en la existencia, en la naturaleza, en el universo. Hizo muchas preguntas a su amo, empezó a tener dudas de muchos de sus conocimientos anteriores, pero también refutó muchas de las citas de los libros que él pensó erróneas.

Estando ante la hoguera, cierta noche, Lemor comentó a su amo, muy triste, que no sentía que la lectura estuviera ayudándole a crecer.

Me he medido, –se dolió–, y después de todo este tiempo de estar contigo, sigo teniendo el mismo tamaño.

Cuán equivocado estás, Lemor, –dijo Piagmón, molesto–. ¿No has notado cuánto has elevado tu estatura? Ahora hablas de los planetas, de tipos de plantas, de las diferencias entre mamíferos y aves. Me dices que no has crecido y te haces preguntas sobre la existencia. Has tocado los cielos, los astros y más allá, has ido al fondo de las cavidades marinas, has soslayado el mundo microscópico, ¿y no has crecido? ¿De qué sirve ser un gigante cuando se tiene una cabeza obtusa? ¡Claro que has crecido, Lemor! ¿Qué no lo sientes?

Lemor sonrió agradecido. Verdaderamente ahora era inmenso, pero no tanto por lo que sabía, que en realidad era nada, sino por tener un amigo como Piagmón. Él le dio la libertad y la posibilidad de ser un nuevo hombre. ¡Claro que había crecido! Tanto como hasta ahora se daba cuenta. 

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