Gilberto Chen, Isadora Escobedo, Saraí Ojeda y Reynel Ortiz, durante su participación en la mesa redonda. Gilberto Chen, Isadora Escobedo, Saraí Ojeda y Reynel Ortiz, durante su participación en la mesa redonda. Fotógraf@: José Antonio Gaspar
Publicado en Bajo el Volcán Domingo, 14 Agosto 2016 05:33

La violencia, incertidumbre y frustración por no poder vivir muchas cosas, se refleja en la obra de los jóvenes

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Junto con Saraí Ojeda y Reynel Ortiz participó en una mesa de diálogo acerca de la fotografía contemporánea

Un hecho cada vez más recurrente, empujado por el entorno en el que se vive, es el que el maestro Gilberto Chen ha podido observar en las últimas generaciones a las que les ha impartido clases: “Cada vez encuentro más alumnos que andan buscando no afuera, sino adentro, muy adentro, y no sólo sentimientos placenteros, sino dolor, coraje, enojo, miedo”.

La causa de ello es que “lo que los jóvenes viven hoy es muy diferente a lo que antes se vivía”, añadió el fotógrafo y señaló: “existe un grado de violencia, de incertidumbre, de frustración por no poder vivir muchas cosas y de alguna manera esto se refleja en la obra de los jóvenes”.

Esta situación la ejemplificó así: en los años que lleva impartiendo clases, sostuvo, “he tenido muy pocos paisajistas”, y cuando toman esa temática, dijo, “ven la parte terrible, la soledad, las construcciones abandonadas en el campo, cielos oscuros, dramáticos, poco color, y algunos con cuerpos”, enunció.

“Los asesinatos en el campo ya los tienen incorporado a su obra”, destacó.

De esa manera reflexionó Gilberto Chen durante su participación en la primera mesa de diálogo del Encuentro “El estado de Morelos. Pasado y presente en la fotografía”, a la que se tituló “Panorama de la producción fotográfica contemporánea en Morelos”.

La actividad se llevó a cabo el pasado miércoles 10 de agosto, en el museo Cuauhnáhuac, en donde participaron además Saraí Ojeda y Reynel Ortiz, también docentes de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), moderados por la secretaria de Extensión de la institución, la Doctora Isadora Escobedo.

*RETOS IMPORTANTES PARA LA ACTUALIDAD

Durante su intervención Saraí Ojeda afirmó que un creador de imágenes, a diferencia de un mero operador de una cámara, “plantea un tema, toma una postura ante el tema, lo pone en juego sobre la mesa, lo problematiza, lo experimenta o lo vive y desde esta postura plantea, cuestiona, modifica la realidad, la construye, la destruye, la ironiza, la sataniza, la fantasea, la desea o la ficcionaliza”.

Sin embargo, subrayó, un problema todavía mayor al que se enfrenta el creador de imágenes, “es cuando después de haber pasado por este largo y laborioso proceso, no encuentra canales de distribución, ni de exhibición, de retribución y mucho menos de adquisición de obra”.

Por ello, afirmó que “generar una cultura visual en la sociedad”, es un reto conjunto: para el creador, el espectador, el docente, el museo, las instituciones que enseñan fotografía, el archivo, el galerista y el curador.

Indicó que retos importantes para plantearse en la actualidad son el generar un grupo de coleccionistas, un público consumidor y generar espacios para el análisis y la reflexión sobre la fotografía.

La razón de ello, agregó, es que cada año hay una gran cantidad de estudiantes de fotografía que egresa de diferentes instituciones, sean diplomados o licenciaturas, por lo que es necesario, advirtió, “plantearnos hacia dónde vamos a llevar a esta generación”. 

*TRABAJO CREATIVO PARA TRANSMUTAR Y EXORCIZAR EL DOLOR

Cabe destacar que los tres ponentes de la mesa redonda, acompañaron sus intervenciones con una selección de imágenes de algunos de los trabajos que les han presentado sus alumnos universitarios.

En el caso del maestro Chen, leyó algunos fragmentos de los proyectos realizados por sus alumnos, mientras eran exhibidas algunas de las imágenes de esos autores.

Las fotografías retrataban el tratamiento médico que se da a sí misma una mujer con diabetes; el acercamiento a la madre después de la pérdida del padre; la situación vivida después de la pérdida de dos bebés gemelas; la reconstrucción del accidente en que murió el padre antes de que el autor naciera; la violencia física y emocional vivida durante un noviazgo; el vacío que puede vivir una persona y hasta el “complejo de Cenicienta”, obra que, incluso, fue expuesta en los urinarios para hombres y baños de mujeres del Cine Morelos.

Por eso, Gilberto Chen adelantó, al inicio de su presentación, que en su intervención se enfocaría al dolor, “y no como el fotoperiodista que recorre guerras, notas rojas o zonas de desastres, donde el dolor se presenta principalmente afuera, en la vida de los otros, los que sufren son los demás y sólo están los fotógrafos para informar”, aclaró.

El dolor que hoy se fotografía, puntualizó, “viene de cerca, de los que nos rodean o peor aún, de nuestro interior”.

Abundó que el primero, “es el que está muy cerca, alrededor, es una persona muy cercana que padece alguna enfermedad grave, padre o madre, hermanos, hasta llegar a que alguno haya sufrido la muerte”.

El segundo tipo de dolor, añadió, “es el ocasionado en las entrañas, adentro, muy adentro, como rupturas amorosas, enfermedades, depresiones, etcétera”.  

Por eso, afirmó que las imágenes de los autores muestran “cómo se confrontan contra esa realidad, cuál es el sufrimiento propio y, en algunos casos, de la familia que queda atrás y que tienen el mismo dolor, aunque cada quien lo resuelva a su forma”.

Del mismo modo, destacó, ese trabajo creativo de los realizadores, logra mostrar del dolor, “su necesidad de transmutarlo, de exorcizarlo, de externarlo y de alguna manera desprenderse de él. Hacerlo de lado, hacer que sane y que deje de doler”, concluyó.

*PARA QUE NO SE QUEDE EN EL DISCO DURO

Al dar inicio a su participación, Saraí Ojeda enfatizó en que “tan importante es aprender a utilizar una cámara como entender la manera en que ejercemos la mirada, cuestionarnos, ¿por qué seleccionamos un tema en específico y dejamos de ver otros?”.

Mencionó que el alumno, se enfrenta no sólo al uso y manejo de “una máquina comprensora de memorias o un aparato que fragmenta espacios y tiempos”, sino sobre todo, “se enfrenta a sí mismo, a la exploración y aprendizaje de un lenguaje nuevo y diferente, el lenguaje visual que, por supuesto, posee otro tipo de sensibilidad”.

Al mirar una imagen, prosiguió, se detonan recuerdos que plantean otros recuerdos, sensaciones, emociones, imaginarios, deseos ocultos, miedos, horrores, “cosas que muchas veces no queremos ver o nos negamos a ver, cosas que incluso el lenguaje verbal no se atreve a expresar, porque lo visual precede a lo verbal”, indicó.

El productor de imágenes, continuó, “nos muestra sensaciones que logramos percibir pero que en el lenguaje oral son difíciles tanto de expresar como de explicar”, por lo que apuntó que el lenguaje fotográfico es entonces “un detonador de emociones, de recuerdos, de recortes que conforman nuestra memoria”.   

Por último, dijo que ese creador de imágenes debe preguntarse cómo hacer para que, un proyecto que proviene de una veta tan importante, no se quede en el archivo de su disco duro, “sino que sea recibido por un público en específico y que pueda pertenecer a un espacio de exhibición y distribución”.

El boom mundial que existe ahora por el fotolibro, concluyó, “es una respuesta y una muestra exacta y perfecta de la necesidad que el creador de imágenes tenía por hallar un espacio de autogestión y difusión de ahora”.

Además, planteó que en los programas educativos, se deberían generar espacios para la enseñanza de la autopublicación y difusión de obra, “así como crear espacios de consumo y de interacción con el espectador”, es decir, finalizó, “hacer que la imagen sea para todos, porque la imagen es el patrimonio actual de nuestra memoria e identidad colectiva”. 

Finalmente, Reynel Ortiz presentó trabajos en torno a las fotografías de archivo, en donde lo mismo hubo imágenes intervenidas de la infancia; borrado de imágenes con ayuda de gotas de cloro; fotografías del álbum de la abuela o documentación del caso de una niña peruana de cinco años, que a  esa edad dio a luz su primer hijo. 

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