Sociedad
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¿Y SI NOS TENEMOS PACIENCIA?

TXT FRANCISCO MORENO
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Son pocas las llamadas que recibo por el teléfono fijo, los mensajes han suplantado esa cálida manera de acercarnos. No hace mucho tiempo el timbrazo de ese aparato generaba piruetas emocionales: calmaba la espera de escuchar al ser amado; saber que un amigo estaba bien. Su sonido irrumpía el barullo del hogar y competíamos para ver quién alcanzaba a contestar; una llamada podía ser una sorpresa, a veces no reconocíamos la voz al otro lado, no por anónima, sino por ausente, y entonces nos alegrábamos oírla.

Timbrazos inesperados aparecían a toda hora, algunos eran amorosas llamadas, otras familiares; hubo días que éstas detonaban miedo pues sonaban a altas horas de la noche, presagiaba una posible mala noticia.

Ayer sonó el que tengo en casa, levanté el auricular y la voz que escuché era dulce, su acento tenía la dicción de Gardel, única pues usa la segunda persona del plural, delicioso resabio del español antiguo.

Si escuchas con atención la sonoridad del otro, descubres no solo el estado anímico del que habla, también su presencia. La mujer que llamó tiene una tesitura aromática, es miel de castaño color rojo amarronado, especial y llamativa. Habló lento, escuché en silencio e imaginé los gestos de su rostro, miré su melancolía y en un diálogo acompasado de frases recogimos gardenias y crisantemos, las llevamos a la mesa e hicimos un florero de palabras.

Ella vive sola, y a pesar de que ha tenido desmedidos inviernos y otoños tristes, también acumula muchas primaveras y veranos hermosos. Las paredes de su casa no son de ladrillo, son de libros, obras de arte, fotografías y recuerdos. La melosidad de su charla me embelesó, no sé, pero me gustó lo que sentí al escucharla, algo poco común en mí: gocé la paciencia. Pero no esa que fortalece la virtud del que espera, o del que aguanta y no se rebela; sino la paciencia que abraza la ansiedad y la calma, la que ensancha el cariño, la que se mete silenciosa en lo que dice el otro; paciente escucha que solo interrumpe para preguntar ¿y cómo te sientes?, es una paciencia que está olvidada, la hemos arrinconado con la prisa, con ruidos inservibles y la celeridad sin motivo. La paciencia crece en árboles que dan flores de atención, desprenden un olor que te enamora, genera empatía y afinidad.

Me contó que extraña a su hija, esa mujer cuya sangre de su sangre paró su torrente por voluntad propia. Escucharla empapó mi piel con sus añejas vivencias, los minutos fueron tan largos como un segundo, el tiempo se detuvo, entré amorosamente en su voz y nos hicimos compañía, así de fácil, así de hermoso. ¿Pueden creer que nunca nos hemos visto?, nuestra amistad se ha construido con frases y conversaciones telefónicas, puentes de comprensión cual pasillos que unen salas de exhibición de un museo; concatenamos el amor al arte y a la palabra. Lo maravilloso de este hallazgo es que sin proponérmelo sonríe, ha llegado a soltar más de una carcajada, y eso, en estos tiempos es un regalo sin par.

Quedamos de vernos pronto, le dije que quiero hacer una novela que hable de ella, que tendrá por título un nombre propio como la de D.H. Lawrence, o la de Navokob, esta se llamará “Lelia”.♦

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