Sociedad

Los otros migrantes


Lectura 6 - 11 minutos
Bañistas del río Huixtla.
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Los otros migrantes


Bañistas del río Huixtla.
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El sitio de las pozas se llenaba de un sonido de risas y voces de mujeres que rebotaban en las gigantescas piedras y en el brillo de las cristalinas aguas del río.

I

“¿Cuánto tiempo tarda el tren en llegar de Tapachula a Tuxtla Gutiérrez?” era una de las preguntas que ningún extranjero podía responder correctamente al agente de Migración y por la cual no pasaban la primera garita instalada en la carretera internacional Guatemala-México.

“¡Cántame la segunda estrofa del Himno Nacional Mexicano!” Era la otra pregunta obligada cuando el interrogado mostraba una credencial para votar con fotografía del INE (antes IFE).

Todos los estudiantes que íbamos rumbo a Tapachula, en autobús, de regreso a Huixtla o a otras localidades teníamos que pasar estas incomodidades.

El chofer se detenía frente al módulo de inspección  y el agente de Migración, vestido de verde y blanco, empistolado, subía y pasaba su vista sobre los rostros de los pasajeros: “¡La gorra!” “¡Tu identificación!” “¡Despiértala!”

De regreso, el oficial se paraba frente al señalado o señalada y pedía documentos; si la identificación no era suficiente venían las preguntas. Incluso respondiendo todas acertadamente, los pasajeros eran obligados a descender.

Identificar a un mexicano en Estados Unidos es relativamente fácil, en la frontera con Guatemala era difícil, pero los agentes estaban entrenados para descubrir a los extranjeros por las vestimentas, por la actitud, por el acento y tono de la voz.

Escoltados, pasaban a la oficina de Migración, en donde había centroamericanos hacinados.

En unos cubículos, las mujeres eran revisadas por oficiales mujeres y los varones por hombres: el dinero dentro del cinturón, o en los tacones de los zapatos eran detectados y requisados; a las mujeres les hacían quitarse el sostén y las pantaletas. Cadenas, aretes, anillos de oro y demás pertenencias de “valor”, eran “confiscadas” y jamás regresadas.

El interrogatorio seguía frente a un escritorio en donde una mujer u hombre hacían preguntas sobre el lugar de origen y destino, familia, oficio, etcétera.

Si el nombre no “brincaba” en algún registro de personas buscadas por México o Guatemala o Estados Unidos, los detenidos, fueran de cualquier país, eran llevados a un corral en donde una camioneta los regresaría a la franja que divide México y Guatemala.

 

II

Una gran cantidad de centroamericanos se quedaba en Tapachula por unos o dos meses, para descansar o para juntar dinero trabajando de lo que fuera. El siguiente destino era la Ciudad de México, después Ciudad Juárez Chihuahua y el último Estados Unidos.

Había mucho extranjero que de Tapachula pasaban a Huixtla, ya fuera por tren de carga o con algún aventón o caminando por veredas; muchos salían huyendo: los asaltaban y les quitaban lo poco que llevaban, o cometían algún delito y con el botín subsistían algunos días en la Ciudad de la Piedra, para luego seguir su camino.

En Huixtla los indocumentados encontraban trabajo como mecapaleros o jornaleros en los ingenios de azúcar, de café o en las obras como ayudantes de albañil. Una vez que reunían la cantidad que necesitaban se iban tras su sueño.

Los migrantes eran objeto de asaltos, violaciones, explotación laboral y sexual; para la autoridad municipal no valían, no tenían documentos, no se sabía de dónde venían, si tenían familias, si habían cometidos delitos en su país, muchos no llegarían con vida ni a Oaxaca.

 

III

Había muchas mujeres que encontraban empleos temporales haciendo aseo en los negocios o en las cantinas; otras eran reclutadas en los prostíbulos. Una gran cantidad de burdeles de Huixtla empleaba a mujeres centroamericanas, algunas se quedaban a vivir en ese pueblo y formaban su familia.

A principio de los años ochenta, en Huixtla había cerca de 12 casas de cita o burdeles o puteros, uno de los más famosos se localizaba cerca de la colonia El Chamizal, cerca de las márgenes del río Huixtla.

La dueña era una mujer menudita, correosa, siempre andaba vestida con un mandil a cuadros y cojeaba visiblemente.

La casa era grande, de madera, de techo de tejas, con un patio central. Seguramente había pertenecido a algún cafetalero en la época en que Huixtla era un municipio productor de café y caña. Ahora quedaba un edificio viejo, pero funcional con varias habitaciones.

Adentro, desde las seis de la tarde hasta la madrugada, Francisca Santizo o Doña Pancha vendía cerveza y alquilaba las habitaciones con mujeres, que en su gran mayoría llegaban de Centroamérica, estaban unos meses ahí y luego continuaban su camino rumbo a Estados Unidos. Pocas se quedaban a vivir en Huixtla y a trabajar en ese o en algún otro bule de los muchos que abundaban la ciudad.

Los cuartos destartalados de madera tenían veladoras o focos con anemia. Dentro, había algunos cuadros colgados de las paredes que apenas se distinguían en la penumbra. Había, también uno o dos cuartos más amplios, limpios y arreglados, para clientes especiales.

Las chicas se recargaban en el quicio de la puerta o se sentaban en una silla y ofrecían sus servicios. Algunas no usaban ropa interior y atraían a los clientes como flores carnívoras abriendo y cerrando las piernas. Otras bebían cerveza con los parroquianos oyendo en la rockola los éxitos del momento de Juan Gabriel y más tarde se iban con ellos a los cuartos que abría con una llave vieja Doña Pancha.

 

IV

Mi tía tenía una panadería artesanal, trabajaba su esposo, mis dos primas y mi primo. Como todos los negocios, también empleaban a extranjeros que iban de paso.

Martín era el panadero principal y en las épocas de vacaciones yo le ayudaba. Trabajábamos con mucha intensidad para que, en vez de terminar a la 1 de la madrugada, saliéramos a las 11 o 12; de ahí, nadie nos veía el polvo hasta el día siguiente.

Mi trabajo era llevar o traer insumos, ayudar a amasar a mano, subir a los estantes las charolas de pan dispuestas en superficies de metal y esperar a que la levadura actuara.

Lo más divertido era cuando Martín, con una pala de madera enorme y pesada, recibía las charolas de pan que nosotros le llevábamos y las introducía en el horno. Minutos después, con la pala, sacaba las charolas metálicas y nosotros las recibíamos con franelas en las manos y las poníamos en los estantes para que el pan se enfriara.

Al principio las latas iban con mucha velocidad y yo no alcanzaba a cerrar las manos para atraparlas y me quemaba, pero con el tiempo le fui encontrando el modo hasta que me volví muy hábil.

Los vecinos sabían cuándo comenzaba a salir el pan, el olor era penetrante y llegaba a varias cuadras a la redonda.

Las primeras piezas en salir eran las de sal: bolillos y teleras. Por la tarde-noche, hacían filas en la entrada de la panadería para llevarse el pan recién horneado.

El pan dulce y los pedidos especiales (pavos de navidad) llevaban más tiempo y tardaban en salir.

Luego, las mujeres acomodaban el pan en los canastos y los dejaban listos para llevarlos a las seis de la mañana al mercado municipal.

Mi primo siempre reservaba 20 piezas de pan y las entregaba a unas niñas que cogían la bolsa de papel y se iban corriendo; nunca vi que les cobrara.

Dentro del taller, los hombres seguíamos trabajando hasta la noche, y cuando acabábamos teníamos que dejar todo muy limpio.

Luego nos bañábamos y, si había algún baile o fiesta íbamos, de lo contrario nos apersonábamos en la casa de doña Pancha con una bolsa grande de pan de dulce. La panadería Conchita quedaba a dos cuadras del prostíbulo.

La mujer nos recibía como a guerreros que llegan a su patria después de librar una mortal batalla, nos pasaba a un cuarto especial y nos enviaban a dos mujeres y una ronda de cervezas.

En una de esas pláticas con Martín y con las muchachas salió el tema de la poza.

 

V

La poza de los Japones, localizada en las márgenes del río Huixtla, era un lugar donde piedras redondas gigantescas formaron un estanque de agua limpia natural que servía a los bañistas para divertirse y en donde las amas de casa lavaban ropa en grupo.

Casi todo el día el sitio estaba engentado, excepto los lunes por la mañana.

A eso de las 11 del día este sitio se llenaba de absoluto silencio.

Diez o 12 mujeres jóvenes llegaban acompañadas por un hombre como de 50 años, con cara de maldito, que custodiaba el tesoro de doña Pancha y ayudaba a cargar bebidas y alimentos.

El sitio de las pozas se llenaba de un sonido de risas y voces de mujeres que rebotaban en las gigantescas piedras y en el brillo de las cristalinas aguas del río.

Detrás de las piedras los muchachos, adultos y ancianos observaban cada movimiento en silencio.

Ellas se daban cuenta que las observaban y los mirones lo sabían. La visión tardaba poco más de una hora.

En la arena gris, bajo alguna enramada natural, tendían petates o toallas y se quitaban la ropa, bebía y fumaban. Los cuerpos morenos quedaban expuestos en pantaletas.

Las risas se volvían carcajadas y gritos dentro de las pozas y jugaban arrojándose agua. Manos, brazos, piernas y senos semejaban peces luchando contra corriente.

Allí permanecían las chicas por más de media hora. Luego regresaban a la playa: el agua transparentaba la ropa interior de las bañistas y develaba los negros misterios; sin duda, esta salida era uno de los momentos más silenciosos pero emotivos para los espectadores.

En la playa el hombre, acostumbrado a tanta desnudez, pasaba las toallas a las mujeres y éstas se secaban. La mayoría se quitaba las pantaletas en ese instante y, de nuevo, la tensión entre los espectadores estiraba el silencio.

Con la ropa seca y algunas con los senos al aire, las jóvenes desayunaban sentadas en la arena.

Quince o 20 minutos después limpiaban y levantaban; con el cuidador enfrente, volvían por la misma vereda por la que habían llegado.

Atrás quedaba la poza de los Japones, sola en su inocencia original.

Nadie, que se sepa, alteró este orden; alguna vez, por descuido, alguien cayó de las piedras hacia el agua arrastrado por la emoción o hizo un comentario imprudente y las bañistas lo sorprendieron, pero el ritual permaneció.

 

VI

Un lunes de un mes cualquiera, tuvimos la fortuna de ser invitados por las bañistas, con el permiso de doña Francisca Santizo y el hombre con cara de mentada de madre.

Llevamos cervezas, refrescos, sándwiches y tortillas con diferentes guisados.  Adelante iba el hombre, las muchachas en medio y Martín y yo atrás.

Estuvimos como los demás espectadores en silencio embelesados. Observando con el sol a todo lo que da sobre esos cuerpos que nosotros conocíamos a la luz de las velas o de los débiles focos, con un placer doble porque nos percatamos que éramos observados por los mirones que asomaban la cabeza por arriba de la comba de las piedras.

 

Calle típica de Huixtla.

Puente y río de Huixtla. Foto antigua.

Puente y río de Huixtla.

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