M. en D. Primo Blass

M. en D. Primo Blass

Lunes, 14 Octubre 2019 05:36

Armonía social y cultura de la paz

“Estamos en este mundo para convivir en armonía. Quienes lo saben  no luchan entre sí”.

-Buda, Sidarta Gautama-

La armonía social no es difícil. Se requiere de la buena voluntad del gobierno para llevar a cabo las medidas que correspondan para obtenerla. Pueden estar en contra de mi opinión, pero siempre he pensado que el gobierno es como los padres de familia. Ellos deben saber lo que se necesita para que esta gran familia que se llama “sociedad”, viva en paz y en armonía.

El hombre es un ser un ser gregario. No puede vivir en soledad. Y a través de la historia, cada sociedad se fue organizando para vivir en “armonía”. Se fueron creando leyes y formas de gobierno. Aunque debemos reconocer que quienes siempre se impusieron, fueron los más fuertes sobre los más débiles. Es decir, que estas formas de “organización social” no beneficiaban a todos. A algunos les iba mejor que a otros. De hecho, vivimos así actualmente, sigue siendo la misma historia de siempre. Existen normas y leyes que pueden decantar la balanza de la justicia hacia la posición de algunas personas, privilegiadas de manera arbitraria, que utilizan su poder para imponer su voluntad a los demás. Por lo tanto, observamos que no existe forma de gobierno alguna que sea mejor que otra.

Hasta este momento, y observando la historia, se evidencia que no existe sistema político alguno que pueda crear condiciones de verdadera democracia.

Creo firmemente que lo que debemos hacer como sociedad es entablar un diálogo entre sociedad y gobierno. Llegar a puntos de acuerdo para hacer lo que más nos convenga como sociedad y no dejar que solamente unos digan lo que se tiene que hacer. Tenemos que trabajar para que nuestras comunidades vivan en paz y de manera armónica. ¿Lo podremos llevar a cabo algún día?

Así como van las cosas, me atrevo a pensar que será difícil. Sólo mirar lo que sucede en estos momentos en Ecuador, da miedo. Y si vemos nuestra realidad social en Morelos, da pánico.

Lo que sí puedo probar desde este ángulo en el que estoy, es que ninguna de las dos formas de gobierno tradicionales, capitalismo y comunismo, sirvieron para lograr la paz y la armonía social. Por eso es importante dejar las etiquetas y dejar de pelearnos entre nosotros. Lo que debemos hacer es tomar lo que ha servido de esos sistemas para llevarlo a la arena política y social e implementar lo que sí ha servido.

Es lamentable, volviendo al punto, que Ecuador esté pasando este trago amargo por las malas, y arbitrarias decisiones, de su presidente Lenin Moreno.

¿De verdad no se han dado cuenta de lo que significa el FMI y lo que significa que intervengan en la economía de un país?

Ahí está el caso de la guerra del agua en Cochabamba, Bolivia, para ver un ejemplo claro. Invito a los lectores que busquen en youtube este caso emblemático de cómo quisieron privatizar el agua en este país, entre otras cosas, y la guerra interna que se desató entre el gobierno y sus habitantes.

La historia se repite ahora en Ecuador. La historia de los intereses de unos cuantos privilegiados se quiere imponer sobre las necesidades del pueblo. Es la historia de siempre. La historia de los abusos de los que están en el poder.

Lo peor es que los medios tradicionales no mencionan el asunto. Pareciera que nada está sucediendo. Y si se menciona algo, es para minimizar la verdadera situación. Afortunadamente ahora están ahí las redes sociales, que nos dan a conocer lo que está sucediendo realmente.

Estamos en pleno siglo XXI y seguimos viviendo como a principios del siglo pasado. ¿Alcanzará el ser humano a llegar a vivir en armonía para llegar a la cultura de la paz?

Tengo fe. Pero como dice un refrán árabe “Ten fe en Dios, pero amarra tu camello”.

 

Lunes, 07 Octubre 2019 05:11

Dignidad y cultura de la paz II

“Las cosas tienen un precio y estas  pueden estar a la venta, pero la gente tiene dignidad, la cual es invaluable y vale mucho más que las cosas.”

-Papa Francisco-

Para iniciar, quiero agradecer a todas las personas, hombres y mujeres que me enviaron comentarios sobre el tema de la semana pasada. Hoy continuaré con la segunda parte. No porque me lo hayan solicitado, sino porque ya estaba planeado. Y más con los acontecimientos que siempre surgen, eso nutre más el tema de la dignidad. Por otra parte, con esta edición, se cumplen dos años de publicación de esta columna, lo cual, para este servidor, es un logro edificante para el espíritu, y, si hay lectoras y lectores que obtengan algún provecho de estos escritos, es más significativo todavía.

Afortunadamente está establecido que la dignidad no es sólo una característica del ser humano, de manera individual, ética o filosófica. Cuando hablamos de derechos humanos, también hablamos del reconocimiento de la dignidad, por tanto, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, es un tratado sobre la dignidad del ser humano. Se dice que los derechos humanos son “el reconocimiento de la dignidad inalienable de los seres humanos”. Libre de discriminación, desigualdad o distinciones de cualquier índole, la dignidad humana es universal, igual e inalienable. Todos somos libres en igualdades y en derechos. Nadie me puede dar un trato diferente. Nadie me puede dar un trato indigno. La dignidad humana es el derecho que tiene cada uno de ser valorado como sujeto individual y social, en igualdad de circunstancias, con sus características y condiciones particulares, por el solo hecho de ser persona.

Sin embargo, a través de la historia de la humanidad nos hemos enfrentado a diversas doctrinas y creencias por las que han existido guerras en las que unos se creen superiores a otros. Se busca la supremacía y la dominación. Y ese sigue siendo el pan nuestro de cada día. Lo peor, es que no sabemos cómo empezó esta historia de odio y violencia en nuestras pequeñas comunidades. Pero todo se veía tan lejos hace tiempo, y ahora la padecemos aquí muy cerca de nosotros.

Si antes había un “contrato social”, había un respeto, llegó un momento en que todo se perdió. Los políticos ya no tienen respeto por los ciudadanos, se han enriquecido ilícitamente, y han dejado a la sociedad abandonada.

Los criminales llegaron a un punto en que desafiaron a los políticos y las leyes y se llegó al enfrentamiento para demostrar quién puede más.

Y desafortunadamente, ahora reina el terror, el miedo, la incertidumbre, la violencia. La muerte. Y lo peor, nos estamos acostumbrando a ello.

Es hora de recomponer nuestra sociedad. Este es el momento de recuperarnos todos nosotros para el bien de nuestras comunidades y el bienestar de nuestras futuras generaciones. Es hora de recobrar la dignidad.

Pero todo esto nos lleva a preguntarnos si la dignidad existe en las personas que se dedican a engañar a otros, a delinquir, a robar, a matar, a la violencia, a cometer crímenes espeluznantes sin importarles el dolor ajeno ni el temor de Dios.

En su libro “la lucha por la dignidad, Teoría de la felicidad política”, José Antonio Mari y María de la Válgoma hacen cuestionamientos muy duros. En su introito nos dicen que “resulta incomprensible que no sigamos enarbolando el equilibrado principio del talión, culminación de la justicia conmutativa, que tengamos consideración con quien no la tuvo previamente, que nos empeñemos en librar de la pena capital a quien ha violado y matado a una niña, o en rehabilitar a quien sin razón y sin excusa nos ha destrozado la vida. ¿De dónde hemos sacado una idea tan extraña? ¿Por qué la aceptamos hasta el punto de que está recogida en muchas Constituciones modernas? ¿No va contra el sentido común, contra los sentimientos comunes, contra la sana indignación ante el salvajismo, contra el equilibrio de la justicia?

Habría que replantearse la pena de muerte. ¿Se puede “rehabilitar” a una persona que, con conocimiento de causa, ha cometido acciones que van en contra de la dignidad humana?

Lo peor que puedo ver desde mi perspectiva, es que la gente se siga recreando en las películas que vemos: Rambo luchando contra narcotraficantes del norte de México, haciendo uso de sus mismas técnicas para matar o el Guasón que lucha por ganar un lugar en una sociedad que no respeta la dignidad de los grupos vulnerables y los deja abandonados segregándolos en un ciudad enferma llena de “grafiti” y violencia, con muchas diferencias de clase y personas que ya están preparadas para sacar su frustración o para atacar si es necesario.

Es necesario pensar, analizar, cuestionar y repensar la situación caótica que estamos viviendo y plantear alternativas para recuperar la dignidad, tan necesaria para una cultura de la paz y el buen vivir.

Lunes, 30 Septiembre 2019 05:22

Dignidad y cultura de la paz

“Cualquier hombre o institución que  trate de despojarme de mi dignidad, fracasará”

-Nelson Mandela-

Dice una conseja antigua que saber cuándo retirarse es sabiduría. Ser capaz de hacer las cosas es valentía. Alejarse con tu cabeza en alto es dignidad. La dignidad es uno de los valores más importantes del ser humano. Realza su calidad de persona libre. No es un esclavo de los demás.

Se habla de dignidad si las personas en su manera de comportarse, lo hacen con gravedad, decencia, caballerosidad, nobleza, decoro, lealtad, generosidad, hidalguía y pundonor. Por ejemplo, a la hora de cumplir con los compromisos, la dignidad se refiere a la formalidad, a la honestidad y a la honra de las personas.

Desde niño comprendí muchas cosas. Una de ellas es que mucha gente vende su dignidad para poder obtener algo. Entre otras cosas, para mantener un trabajo, a pesar de las condiciones precarias en que trabaja y a pesar de los malos tratos que le dan. Pude observar también, cómo las relaciones personales, sobre todo en una pareja, eran demostraciones de supremacía y de odio por parte, principalmente del hombre. Y, sin embargo, la mujer lo aceptaba. Ya sea por miedo a quedarse “sin nada” o por miedo a que nadie la amara otra vez. O tal vez por cuestiones de prejuicios sociales.

Tendría yo alrededor de ocho o diez años. Caminaba por el centro de la ciudad, exactamente por el cine Alameda, cuando de repente, y de la nada, se empezaron a escuchar gritos entre un hombre y una mujer. Volví la mirada, esa mirada de un niño que quiere entender lo que sucede y con miedo de intervenir, y vi como aquel hombre golpeaba, enfrente de toda la gente alrededor, implacablemente a esa mujer. Otro hombre que pasaba por el lugar, inmediatamente intervino. Se le fue a golpes al agresor para defenderla… y, sin pensarlo, de manera inmediata, la mujer se interpuso entre los dos gritando que no se metiera, que no era su problema. Dijo que el agresor era su pareja y que la podía tratar y golpear tanto y cómo él quisiera.

Toda la gente presente, yo incluido, nos quedamos sorprendidos. El defensor se retiró inmediatamente, no sin antes lanzar blasfemias en contra de los dos. Les gritó, entre otras cosas: “¡Enfermos!”.

Una persona protege su dignidad cuando se valora a sí misma por quién es, antes de por lo que hace, por lo que tiene o por quién es su compañía. Es una cuestión de respeto a sí misma. Y no le permite a nadie, si está en su mano, que apague esa luz interior.

La dignidad se puede definir como “la excelencia que merece respeto o estima”. Ejemplo de lo anterior es el caso de una persona que ocupa un alto rango o un puesto elevado y posee una dignidad, lo que exige a los demás una respuesta particular, pero esto no le hace acreedor a una mayor dignidad que el resto, ya que ésta, es igual para todos los seres humanos, sin importar su condición o puesto que desempeñe. De ahí que deba existir una relación entre dignidad humana y los derechos del hombre.

No hay dignidad donde no hay honestidad, decía Cicerón. Y la historia se repite día a día, en nuestro diario vivir, en el trabajo y en nuestras relaciones personales. Y si este tema lo trasladamos a la vida pública, a la vida política, esto es mucho peor. Siguen existiendo la deshonestidad, la corrupción, el engaño, los conflictos de intereses, las prebendas, la preponderancia en los intereses particulares. El engaño en su máxima expresión y gente abusiva y gente que abusa de los demás. Y estos demás que se quedan callados mirando cómo se nos cae nuestra dignidad social mientras aquellos nos roban todo y nos dejan en la miseria humana.

Decía el escritor José Saramago que la dignidad no tiene precio. Enfatizaba diciendo que cuando alguien comienza a dar pequeñas concesiones, al final, la vida pierde su sentido. Y es, justo en este punto en el que quiero hacer énfasis. En el espectro social también debe existir la dignidad colectiva. Como sociedad debemos transitar, aspirar, por lo menos, a ser una sociedad digna, una sociedad que sepa su verdadero valor, que exija lo que por derecho le corresponde.

¿Somos dignos cómo personas? ¿Somos dignos como sociedad? La dignidad significa, como dijera Maya Angelou, que me merezco el mejor tratamiento que pueda recibir. 

Conozco acerca de la pérdida de dignidad, decía James Frey. Sé que cuando le quitas a un hombre su dignidad creas un agujero, un profundo agujero negro lleno de desolación, humillación, odio, vacío, pena, desgracia y pérdida, que se convierte en el peor infierno.

Prefiero vivir con dignidad porque cuando algo tiene que ser mío, no tengo que rogar por ello renunciando a lo que soy. Tengo que luchar para obtenerlo sin dar concesiones absurdas.

Los morelenses merecemos vivir dignamente para cultivar una mejor sociedad y lograr una cultura de la paz para el buen vivir.

Lunes, 23 Septiembre 2019 05:38

Resiliencia y cultura de la paz

“Las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios”

-C. S. Lewis-

Este sábado pasado asistí a un evento de resiliencia en la CDMX. La verdad estuvo muy bueno. Las conferencias muy puntuales y certeras. Obviamente, hay cosas en las que concuerdo y otras con las que no, pero la esencia es que me dejó un buen sabor de boca.

La resiliencia es un tema fundamental para mí porque surge de lo que yo viví. De mis condiciones de vida. Y, además, conforme fui conociendo el tema, me puse a investigar autores e investigadores que hablaran sobre el tema.

Lo más importante para mí era conocer, estudiar cómo hay personas que a pesar de las situaciones adversas y difíciles en las que vivieron, lograron salir adelante y convertir las situaciones negativas en alicientes para salir del hoyo donde estaban.

El término resiliencia tiene varios conceptos. Por ejemplo, para Boris Cyrulnik, mi autor favorito, es la capacidad de los seres humanos sometidos a los efectos de una adversidad, de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación.

Para Stefan Vanistendael, la resiliencia no es un rebote, una cura total ni un regreso a un estado anterior sin heridas. Es la apertura hacia un nuevo crecimiento, una nueva etapa de la vida en la cual la cicatriz de la herida no desaparece, pero sí se integra a esta nueva vida en otro nivel de profundidad.

Edith Grotberg (1995) define la resiliencia como la capacidad humana universal para hacer frente a las adversidades de la vida, superándolas o incluso ser transformado por ellas. Es parte del proceso evolutivo y debe ser promovida desde la niñez.

Nuestra sociedad ha ido cambiando mucho, para bien, espero, puesto que las formas de “educar” de los padres y maestros ya no son como antes, aunque todavía tenemos rezagos en ciertos grupos sociales. Siguen existiendo situaciones traumáticas en la vida para mucha gente. Es más, podemos asegurar que no hay ser humano que no padezca pérdidas o duelos. Hay momentos de crisis durante toda la vida. Ser víctima es parte de la vida misma, pero ser víctima no es una forma de vida.

La resiliencia es transformar y trascender. Salí del hoyo y vivo mejor ahora. No quiero ni debo regresar a lo que viví. Dicen que el entorno modifica a la persona, pero también puede ser al revés. Y esto es lo que hay que perseguir. Lo que hay que buscar.

Pero desafortunadamente, nuestro entorno social ha cambiado tanto.  El ambiente social es de soledad, falta de valores, de desconfianza y de miedo. Hemos cambiado nuestras costumbres por el temor de que nos pueda pasar algo malo.

La resiliencia es poder, conciencia. Pero también es responsabilidad. Tenemos que sanarnos. Yo no quiero vivir con miedo. No quiero que mis hijos vivan con miedo. Estoy dispuesto a afrontar este reto y cambiar para mejorar.

La resiliencia sirve para trascender, romper limitaciones y barreras del aquí y del ahora. Tenemos que aprender a ver la luz dentro de nosotros mismos.

Pero, para empezar, necesito hacerlo conmigo mismo. Sanar mis heridas. Cuando yo esté bien, puedo comenzar el trabajo con la gente cercana a mí. Con mis vecinos. Con mi comunidad. Tenemos que cambiar nuestro vocabulario. Cambiar del “no puedo” al “no he podido hasta ahora”. Hay mucho que desaprender para aprender un nuevo paradigma. Un paradigma que, si nos atrevemos a implementar, nos llevará directo a la cultura de la paz. Las nuevas generaciones han nacido en este entorno de miedo, desconfianza y de odio. Pero, sin embargo, como bien dice Boris Cyrulnik, empezar mal en la vida, no determina que tu vida tenga que ser desgraciada.

Hagamos nuestro trabajo en familia y que el gobierno se encargue, con nuestra ayuda, de la implementación de estos conceptos en el hogar, en las escuelas, en las fábricas, en las oficinas y en todas partes donde tenga que llegar.

Trabajemos juntos, codo a codo por una cultura de la paz a través de la resiliencia.

 

Lunes, 09 Septiembre 2019 05:33

Congruencia y cultura de la paz

“La felicidad sucede cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía”

-Mahatma Gandhi-

 

Dicen que si no actúas como piensas vas a terminar pensando como actúas. Esto significa que el ser humano puede hacer lo que desee. Desde su niñez va creando sueños, escoge lo que le gusta hacer y lo hace propio. Se sueña haciendo eso que le gusta: “Bombero, bombero, yo quiero ser bombero”, dice la canción de Facundo Cabral. Sin embargo, por la familia, los amigos, la escuela, los maestros, llega un momento en que dejas de creer. Y empieza a cambiar conforme pasa el tiempo. Se va “amoldando” dirían otros. Por eso es que se pierden los sueños. Cuando dejas de creer en ti, en tus proyectos, en tus ideales, por culpa de los otros… pero principalmente por culpa de uno mismo.

La congruencia es fundamental para tener plenitud. Para vivir una vida llena de satisfacciones. Dicen que cuando una persona es congruente deja una herencia hermosa porque: Se convierte en un ejemplo a seguir, deja caminos posibles para que otros se atrevan, dicen que también es una forma de mejorar la comunidad donde se vive, se siente un orgullo enorme cada vez que una persona logra sus propósitos, y, por último, una persona congruente es inspiración de otras personas.

Ser congruente es un valor que debemos buscar desarrollar. La congruencia no sólo desarrolla a la persona que la practica, también trae como consecuencia la búsqueda de la armonía social.

Y esto me hace pensar en un hombre congruente que se ha marchado recientemente. Hace tres días dejó este plano terrenal el pintor Francisco Toledo. Era un pintor reconocido a nivel mundial, artista plástico y gráfico, activista y luchador social, ambientalista, promotor y difusor cultural, además, fue filántropo.

El Maestro Toledo era oriundo de Juchitán, Oaxaca. Inició sus estudios artísticos a los catorce años. En 1959, a los diecinueve años, ya estaba presentando sus exposiciones de pintura en Texas. En 1960, a la edad de veinte años se fue a estudiar a París, y regresó a México en 1965.  Obviamente, a su regreso, su visión del arte cambió, así como su perspectiva ideológica.

Cuando volvió de París, Octavio Paz lo elogió tanto, diciendo que no era sólo un maestro de la plástica, sino que era un camino estético para México. A pesar de esa grandeza artística, la ciudad de México trató mal a Toledo. Sabina Berman menciona que cuando se veían en un restaurante que frecuentaban, el mesero siempre le preguntaba a ella si pagaría la cuenta. No creía que aquel hombre de camisa y pantalones de mezclilla, con el pelo enmarañado y huaraches, lo haría. De hecho, lo maltrataban. También comenta que un día que vinieron a “Las Estacas”, aquí en nuestro estado, un policía le ordeno que saliera del agua porque “ese lugar no era para prietos”. Toledo salió del agua mansamente. Sin decir una palabra.

El Maestro Toledo regresó a su pueblo, a Juchitán, Oaxaca. Allá comenzó a trabajar no sólo en lo que correspondía a su arte. También apoyó a su comunidad. Su obra se caracteriza por el toque irreverente, provocativo y transgresor que le imprime.

Promovió y difundió la cultura y las artes del estado de Oaxaca, donde residió los últimos años de su vida. Con apoyo de otras instituciones, fundó, en octubre de 1997, el Taller Arte Papel Oaxaca, instalado en la antigua planta hidroeléctrica "La Soledad", en San Agustín Etla. Dentro de este contexto, fundó Ediciones Toledo, que en 1983 publicó su primer libro, y en 1988 fundó el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

A pesar de no gustarle, recibió variados reconocimientos públicos debido a su calidad como artista y a su lucha por las causas perdidas (que seguirán siendo así, hasta que todos hagamos lo que nos corresponde).

Francisco Toledo nunca se dejó marear por la fama o el poder. Hizo mucho por su pueblo. Hizo mucho por Oaxaca. Hizo mucho por nuestro país. Siempre fue un hombre congruente. Por eso hace falta en su comunidad. Por eso nos hace falta en México. Necesitamos hombres y mujeres congruentes para tener una mejor sociedad y lograr una cultura de la paz para el buen vivir que tanta falta nos hace.

Q.E.P.D. el Maestro Francisco Toledo.

 

 

 

Lunes, 02 Septiembre 2019 05:16

Felicidad, cultura de la paz y buen vivir

“Si alguna vez he dado más de lo que tengo.

Me han dado algunas veces más de lo que doy”

-Joaquín Sabina-

 

La felicidad, el éxito, el triunfo en la vida, son conceptos que para cada persona tienen un significado diferente. Sin embargo, después de ver lo frágiles que somos, me cuestiono sobre el tema.

¿La felicidad consiste en hacer todo lo posible por encumbrarse en sociedad? ¿En hacer dinero de todas las maneras posibles y muchas veces pisando a los demás?

Leí una historia que me hizo pensar muchas cosas: Cuentan que, encontrándose al borde de la muerte, Alejandro Magno convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos. El primero consistía en que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los mejores médicos de la época. El segundo fue que los tesoros que había conquistado, plata, oro, piedras preciosas, fueran esparcidos por el camino hasta su tumba, y por último, pidió que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos.

Uno de sus generales, asombrado por esos deseos tan extraños, le preguntó a Alejandro cuáles eran sus razones. Entonces, Alejandro le explicó:

Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos, ante la muerte, no tienen el poder de curar.

Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen. No hay tesoro que podamos llevarnos de la tierra.

Y quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que hemos venido al mundo con las manos vacías. Y con las manos vacías partimos cuando se nos termina el más valioso tesoro que es el tiempo.

Todos buscamos cosas desde que tenemos uso de razón. Queremos sobresalir. Y, además, al ver los modelos que tiene nuestra cultura, quisiéramos tener fama y dinero como esos personajes que vemos en televisión.

Hay quienes dicen que, en este final de siglo, la enfermedad de Occidente es la de la abundancia: tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual.

Actualmente, se dice, estas nuevas generaciones ya no tienen valores. Sin embargo, considero que eso, sigue siendo parte fundamental de la educación en casa. Estas nuevas generaciones vienen de unos padres que fueron los que cambiaron los paradigmas de valores. Y siempre habrá de todo, y en todos los tiempos. Pero tal vez ahora se nota más. Es obvio que también contribuye el Estado y la clase política para el caos que vivimos. En este sentido dicen que no vale la pena intentar cambiar el mundo. Dicen que sólo basta con evitar que el mundo te cambie. Por eso creo que los padres son fundamentales para la edificación con buenos cimientos de los valores.

La felicidad no debe ser sólo personal. En su búsqueda también participa nuestra comunidad. A mí me duele ver las necesidades y la pobreza a mi alrededor. Sé que no puedo cambiar al cien por ciento lo que sucede a mi alrededor, pero sí puedo contribuir a que alguien la pase mejor. Debemos ser más humildes. Como dice Sabina en una de sus canciones: Me enamoro de todo. Me conformo con nada. Un aroma, un abrazo, un pedazo de pan…

Gandhi decía que la felicidad es cuando lo que piensas, dices y haces están en armonía. Y la armonía es holística. Abarca todo. También decía que no debes perder fe en la humanidad. La humanidad es un océano; si algunas gotas son sucias, el océano no se vuelve sucio.

Hay mucha violencia en nuestro entorno, así como antivalores. Pero debemos insistir en la búsqueda de la felicidad. Ser más sencillos. Ser incluyentes.

Para ser feliz debo amar y ser tolerante porque el odio y la intolerancia son los enemigos del correcto entendimiento. Es fácil el entendimiento. Sólo es cuestión de entender a los demás y ponernos de acuerdo.

 

 

“Qué mayor rechazo para aquellos que

quisieran acabar con nuestro mundo que unir

nuestros mejores esfuerzos para salvarlo?”

-Barack Obama-

 

 

Tal vez esté equivocado, pero cuando era niño nunca supe ni escuché de incendios forestales en nuestras tierras. Sin embargo, desde hace algunos años se empezaron a propagar de manera impresionante en nuestro país.

Los incendios forestales traen pérdidas cuantiosas: vidas humanas y animales, contaminan el aire, causan la erosión del suelo, alteran el régimen hidrológico, destruyen la flora. En síntesis, trae consecuencias económicas, sociales y políticas, entre otras.

Pero, ¿cómo se inician? ¿Cuál es su origen? Específicamente en los países en desarrollo, la alta marginación orilla a muchas comunidades a destruir el bosque para cultivar la tierra o para practicar la ganadería, mermando la vegetación, que es la base de los ecosistemas terrestres. Más del 90 por ciento de los incendios forestales se debe a causas humanas.

La siguiente información fue obtenida en:

www.cdi.gob.mx/difusion/incendios/incendios.html

Quemas agrícolas: La pérdida de control y el descuido en quemas agrícolas, como no tomar en cuenta la hora de la quema y dirección del viento, no contar con brechas corta fuego, entre otros, es la principal causa de incendios.

Sequía: Las zonas afectadas por la sequía son las más propensas a incendios forestales, sobre todo si existe abundancia de combustibles naturales: ramas y hojas secas, matorrales, etc.

Vientos: La velocidad, contenido de humedad y dirección del viento es un factor clave que puede disminuir o propagar un incendio.

Clima: Las altas temperaturas son una de las condiciones más propicias para que surjan o se propaguen los incendios.

Descuido del hombre: La imprudencia de excursionistas en bosques al encender fogatas, fumar o quemar basura, sin las debidas precauciones, puede tener como consecuencia incendios de grandes proporciones.

Actividad agropecuaria: Al destruirse la vegetación, el suelo queda expuesto a la erosión por el viento y la lluvia.

Tala inmoderada: Los “talamontes” son de los grupos que más daños ocasionan a los bosques con la destrucción de los árboles y el abandono de ramas y follaje que al secarse constituyen un combustible muy peligroso.

De acuerdo al Observador Global de Incendios Forestales, se recibieron 77 mil 315 alertas en nuestro país durante la primera quincena de mayo de este 2019. De esta manera, México se ha convertido en el segundo lugar mundial en alertas por incendios forestales, sólo después de Rusia.

Parece, de verdad, que hay personas que quieren acabar con la vida en nuestro planeta.

La contaminación que surge por estos eventos reduce la calidad de vida. Respirar el humo provoca un alto riesgo de sufrir un paro cardíaco y una serie de problemas respiratorios.

¿Cómo podemos prevenirlos? Evita arrojar basura, materiales inflamables y objetos encendidos en carreteras y caminos; no tires vidrios, botellas, desperdicios o cualquier tipo de material combustible; no enciendas fogatas; si encuentras restos de fogatas, extínguelos con agua y tierra. Si ves rescoldos, apágalos hasta que dejen de humear; y por último: En terrenos forestales, pastizales y zonas rurales evita el uso de maquinaria y el tránsito de vehículos que emitan chispas.

Pero lo más importante, de acuerdo a los estudiosos de los incendios en la Amazonia, los incendios forestales tienen una relación directa con la deforestación, pues “normalmente, quienes quieren despejar un espacio de bosque, primero le quitan los árboles y, después de unos meses, lo incendian.” También el cambio climático afecta.

Pero al final, es el mismo ser humano el que principal causante del cambio climático, por tanto, el ser humano es el principal culpable de la tragedia en la Madre Tierra.

Comencemos cuidando nuestro territorio morelense, pero sin soslayar nuestro compromiso de cuidar a nuestra Madre Tierra, luchando para lograr una cultura de armonización y una cultura de la paz para el buen vivir.

 

Lunes, 19 Agosto 2019 05:13

Templanza y cultura de la paz

“La templanza es el dominio firme y moderado de la razón sobre las pasiones y sobre los otros movimientos desordenados del alma.”

-San Agustín-

Hoy, en los momentos en que escribo esto, me siento desolado. El silencio es el mismo pero el ambiente es extraño. Me gusta el silencio porque me hace pensar, repensar y volver a hacerlo. Pero hoy, el silencio me duele. Charly era como un hijo para mí. Lobito y él fueron compañeros y amigos desde la primaria. De hecho, eran como hermanos.

Desde pequeños convivían tanto, que Charly se quedaba en casa. Veíamos películas, comíamos y convivíamos juntos en familia. Nuestras conversaciones tenían como tema la educación, el futuro y lo hermosa que sería la vida si es que tomaban el camino correcto.

Charly era una generación en transición. Como yo lo fui. Tenía que echarle muchas ganas para salir adelante. Y nada de eso sería difícil si seguía los pasos adecuados.

Charly terminó la primaria, continuó hasta llegar a la universidad. Estudió arquitectura. Durante su trayectoria como estudiante llegó a ser consejero universitario, se fue un semestre a Barcelona, terminó su carrera con calificaciones excelentes, y así, hasta llegar a ser profesor de la facultad. Se veía un futuro promisorio. Por cierto, a su regreso de Barcelona me obsequió un libro sobre Joan Manuel Serrat con una dedicatoria que me llegó al corazón.

Hace unas semanas le llamé por teléfono para que me asesorara en una construcción que estaba realizando. Nos encontramos con mucho gusto. Como siempre en cada encuentro, me abrazó y me dio un beso fraternal que hacía que el mundo pareciera más amoroso. Igual que mis hijos, aprendió que un abrazo solidario y un beso eran la mejor medicina para sentirnos bien. Eso que yo nunca tuve de niño lo convertí en costumbre con mis hijos.

Un día nos fuimos todos a Zihuatanejo. Yo iba rodeado de niños, mis hijos, mis sobrinas y Charly. La pasamos increíble. En el trayecto íbamos cantando y bromeando. Nos olvidamos del mundo por unos días. Aunque quizá deba decir que era yo el que se olvidaba del mundo y mis problemas. Todos ellos iban disfrutando la hermosa vida.

Hoy Charly ya no está con nosotros. Su partida duele mucho. Duele porque era muy joven. Duele porque creo que tenía toda una vida por delante. Esta mañana, cuando me enteré, primero no lo quise aceptar, más tarde, al confirmar la veracidad de los hechos, lo negué. No lo creía. Después, dejé que mis sentimientos se expresaran. Sí. He llorado, me he enojado conmigo porque hubiera deseado estar cerca de él en esos momentos.

Sin embargo, en estos momentos, pienso varias cosas. La primera, como lo dijo Pablo Neruda: Para morir he nacido. Cada uno de nosotros llega a esta vida con una misión. Todos tenemos una fecha de llegada, pero nadie sabe cuándo tendremos que partir. Por eso, porque no sabemos cuándo nos toca, hay que vivir la vida al máximo. ¡Hay que vivir! Hay que vivir a plenitud. Sé una buena persona. Deja los problemas atrás. Seca las lágrimas. Olvida los enojos, las tristezas, el odio. Viaja y llena tus ojos y tu corazón de espacios hermosos y de vistas maravillosas. Aprende mucho. Porque si te quedas atrás, sólo con lo que tienes, no lograrás entender muchas cosas. Y, sobre todo, ama. ¡Ama hasta que el corazón te duela!

Esta es la herencia que nos ha dejado Charly García Cimadomo. Te has ido temprano. Muy temprano. Pero sé que viviste al máximo. Dueles mucho. Ahora sólo me queda buscar la templanza y la serenidad, como muchos de nosotros para poder seguir viviendo.

Te quiero mucho, eras un hijo para mí, Charly. Buen viaje. Hasta que Dios cruce nuestros caminos nuevamente.

 

 

Lunes, 12 Agosto 2019 05:38

Violencia y cultura de la paz

“Donde hay violencia hay siempre un conflicto no resuelto.”

-Johan Galtung-

 

Se dice que la violencia es el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad, que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte.

Hay muchas clases de violencia ejercidas en nuestra sociedad, sin embargo, cuando hablamos del género y la especie, es en el primero, donde Johan Galtung establece tres tipos o como él lo establece: el triángulo de la violencia que representa la dinámica de la generación de la violencia en los conflictos sociales. Según Galtung, la violencia es como un iceberg, de modo que la violencia visible es solo una pequeña parte del conflicto. Solucionarlo supone actuar en todos los tipos de violencia, que serían tres: La violencia directa, la cual es visible, se concreta con comportamientos y responde a actos de violencia; la violencia estructural, que se centra en el conjunto de estructuras que no permiten la satisfacción de las necesidades y se concreta, precisamente, en la negación de las necesidades y, por último, la violencia cultural, la cual crea un marco legitimador de la violencia y se concreta en actitudes.

Galtung menciona que las causas de la violencia directa están relacionadas con situaciones de violencia estructural o justificadas por la violencia cultural: muchas situaciones son consecuencia de un abuso de poder que recae sobre un grupo oprimido, o de una situación de desigualdad social, económica, sanitaria y racial, entre otras, y reciben el espaldarazo de discursos que justifican estas violencias.

Al hacer una reflexión sobre esto, es obvio que todo empieza en el plano cultural. Se dice que el ser humano nace con el conflicto, pues al tener diversas formas de educación, valores éticos, formas de ver la vida, se dan, por tanto, diversas formas de comportamiento. Y por ende cada uno de nosotros, hombres y mujeres, tiene diferentes perspectivas de la vida. Y eso nos lleva a la conclusión de que la forma de solucionar un problema tiene un origen cultural.

En mi generación, cuando éramos niños, nos enseñaban a no dejarnos de los demás. Nos enseñaron que, si alguien nos agredía o nos pegaba, también nosotros teníamos que pegar, regresar el golpe o pegar dos veces. Es decir, nos enseñaban a responder violencia con violencia.

Nuestros padres, en nuestra cultura, nos enseñaron a hablar, pero no nos enseñaron a comunicarnos.

Los conflictos siempre estarán frente a nosotros y éstos se pueden solucionar de manera positiva o negativa.

Siempre he insistido en que tenemos que dar un giro de 180 grados. Debemos buscar nuevas formas de solucionar los conflictos. Si seguimos como vamos, usando la violencia, lo único que vamos a lograr es acabar con nosotros mismos.

La fuerza es la primera forma de resolver un conflicto. Así es desde la niñez. Me gusta tu pelota, entonces te la quito. Como dice alguna canción mexicana tradiciona,  “y cuando pierde, arrebata”. Esta es la parte cultural. Lo que nos han enseñado.

Hay gente que odia a las figuras representativas de la autoridad. Una gran cantidad. Esto tiene una razón. Se supone que son ellas las que nos deben proteger. Las que deben poner orden. Las primeras en cumplir la ley. Sin embargo, es al revés. Son ellas las que extorsionan, las que hacen difícil el acceso a la justicia. Eso provoca que la gente, además de perder la confianza, tomará la justicia en propia mano, y también, al verse violentados, ejercerán violencia contra las autoridades.

Por estas razones, tenemos que comenzar de cero. Desaprender lo aprendido en el caso de las viejas generaciones, y proyectar un nuevo paradigma en las nuevas. Debemos abordar el conflicto desde otra perspectiva. Tengo que saber con quién estoy sentado para abordar un conflicto.

Debemos implementar una nueva cultura de resolución de conflictos desde la niñez.

Por eso propongo, en el caso de las escuelas, comenzar con un programa de mediación escolar en donde habremos de formar promotores entre estudiantes y maestros para resolver conflictos. En las comunidades debemos implementar programas de mediación comunitaria para comenzar a desarrollar una cultura de la paz, y, por último, hacer promoción de esta nueva forma de solución de conflictos que ya tenemos en el estado de Morelos, que es la mediación en la esfera judicial, la cual nos llevará a desarrollar un nuevo paradigma en la solución de conflictos en nuestra sociedad.

 

 

Lunes, 05 Agosto 2019 05:39

Animales y buen vivir

“La grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que trata a sus animales.”

-Gandhi-

 

Kira llegó a nuestras vidas cuando mis hijos eran pequeñitos. Yo, al tener que salir a trabajar, tenía que dejar a mis hijos solos en casa. ¿Quién los cuidaría? Necesitaba alguien que estuviera con ellos y que además fuera motivo de felicidad, compañía, juego y seguridad. Comencé a leer sobre el tema de los perros y cuál sería el mejor. Aprendí, para mi sorpresa, que los dos mejores perros para niños eran los rottweilers y los bóxers. Nunca había tenido un perro propio. Cuando éramos niños, había perros de la calle que mi padre adoptaba, pero nunca habíamos tenido un perro desde pequeño. Es más, con respeto menciono, no sé que fue de ellos.

Decía, pues, Kira llegó muy pequeñita a casa. Con ese nombre la bautizó mi hija. Conforme fue creciendo, y a pesar del miedo que al principio tenía, por ejemplo, cuando le daba de comer, si me acercaba me gruñía terriblemente, cuidaba increíblemente a mis hijos. Adquirí un libro sobre la raza. La fui conociendo más y la empecé a entrenar y le enseñé a socializar para que los visitantes a casa no tuvieran miedo.

También me llegué a sentir mal porque yo mismo me decía que había gente con necesidades y que con el dinero que gastaba en Kira, podía ayudarles. La culpa llegaba a veces. Sin embargo, llegó un momento en que tuve que “terapearme” para entender que Kira era parte de nuestra familia y que, además, hacía una labor muy noble: Cuidar la casa y a mis hijos.

Para que mis hijos (y yo) aprendieran más, en ese tiempo compraba revistas españolas, era lo que había. Ahí se habla de la legislación sobre los derechos de los perros.  Cada vez que leía una de esas revistas, mi mente hacía conciencia, no sólo de los perros sino de todos los animales de compañía que tenemos los seres humanos. Y leí una frase que se estableció directamente en mi corazón, que dicen que dijo Arthur Schopenhauer: “La conmiseración con los animales está íntimamente ligada con la bondad de carácter, de tal suerte que se puede afirmar seguro que quien es cruel con los animales, no puede ser buena persona. Una compasión por todos los seres vivos es la prueba más firme y segura de la conducta moral”.

Tanto mis hijos como yo, al ver a los perros callejeros o, lo peor, al ver perros maltratados y muertos en las calles, nos dimos cuenta que vivimos en una sociedad injusta para los animales. Nunca hemos podido imaginarnos a nuestros perros perdidos en las calles, pasando hambre, frío o violencia.

Kira era un amor al llegar a casa. Se ponía feliz, aunque yo estuviera triste. Se echaba a mis pies cada vez que me sentaba a leer o cuando escuchaba música. Su compañía me daba tranquilidad. Nunca pensé que algún día la felicidad con Kira se acabaría. Once años de compañía. Pero hace dos semanas cayó enferma. La hospitalizaron. Los honorarios del veterinario y la hospitalización, no fueron cualquier cosa, pero Kira era parte de la familia. No sé cómo plantearlo. No era un tío, o una prima, pero parte de nuestra familia, así que había que hacer algo por ella. El jueves pasé a verla. Cuando le hablé se incorporó. Reconoció inmediatamente mi voz y le dio gusto verme. El viernes muy temprano en la mañana, me llamó por teléfono el veterinario y me dio la mala noticia: Kira había fallecido. Sentí un vacío enorme en mi corazón. Tuve sentimientos encontrados. Una parte de mí decía que no era la gran cosa. Pero otra parte de mí sentía como si alguien de mi familia hubiera fallecido. Me dejé llevar por el segundo sentimiento.

Me dirigí al consultorio para saber el procedimiento a seguir. Llevé su cuerpo al lugar donde habrían de cremarla. Hablaba con ella agradeciéndole todo el amor que nos había dado y el cuidado que tuvo para mis hijos. Agradecí su compañía en mis lecturas. Agradecí la paz que me regalaba mientras mi corazón lloraba.

Regresé con una soledad pesada. Y nuevamente con sentimientos encontrados. Entré a la casa y sentí su ausencia. Me senté en la sala. Y aunque no lo crean, me sentí solo. Ya no se escuchan ni su respiración ni sus ronquidos. Esos ronquidos que también me daban paz.

Me di cuenta también, nuestros animales de compañía son ángeles que nos acompañan. Nos dan alegría y paz. Son parte del buen vivir. Y dicen que el peor pecado que cometemos contra nuestros amigos las animales no es odiarlos, sino es ser indiferentes con ellos. Esa es la esencia de lo inhumano.

Descansa en paz, Kira.

 

 

Página 1 de 10
logo
© 2018 La Unión de Morelos. Todos Los Derechos Reservados.