M. en D. Primo Blass

M. en D. Primo Blass

Lunes, 20 Mayo 2019 07:23

Percepción, realidad y buen vivir

“La percepción del cliente es tu realidad.”

-Kate Zabriskie-

 

Estamos llenos de sofismas y eufemismos en la vida. Y nosotros, la sociedad en general, caminamos por caminos de contento y/o confusión depende de cómo nos vaya. Cuando era pequeño y me quejaba de algo, mi madre me decía que todo el mundo hablaba de la feria depende de cómo se divertía en ella.

Hay quienes dicen que lo que vivimos actualmente nunca había sucedido. Escucho comentarios de mis amigos y conocidos. Algunos viven desesperanzados, otros ya emigraron a otros estados u otro país, otros lo están pensando y algunos más hemos decidido seguir aquí en nuestra tierra, esta tierra que nos vio nacer y en la que tenemos nuestras raíces.

Algo tenemos que hacer para lograr la paz y la concordia. Esperamos volver a los tiempos en que podíamos caminar por nuestras calles tranquilamente y saludar a nuestros vecinos y vecinas como lo hacíamos antes. Cuando todos nos conocíamos. Cuando todos nos saludábamos…

Los hechos que se suceden a diario nos desalientan, nos dan temor. Los y las que tenemos hijos estamos preocupados todo el día. Y a nuestro corazón regresa la calma y el sosiego cuando nos avisan que ya están en casa. La violencia en las calles no nos deja vivir. Y mucho menos las malas noticias tanto en los medios de comunicación como lo que se publica en las redes sociales. Estamos inundados de malas noticias.

El jefe de la Oficina de la Gubernatura, José Manuel Sanz Rivera, dijo hace algunos días que han sucedido eventos mediáticos que hacen aparecer a Morelos como un estado en crisis de inseguridad, al tiempo de aseverar que ésta "ha ido a niveles más bajos con referencia a otros estados".

Cuando se habla de eventos mediáticos, obvio es que se refiere, de manera principal, a las redes sociales, que son las que se enteran y difunden más rápido que los medios tradicionales. Pero ya no podemos dar un paso atrás. Este es el mundo que nos ha tocado vivir. Todo es tan rápido que no nos damos el tiempo de reflexionar. Nos vamos llenando de miedo ante lo que sucede y nos llenamos de paranoia. La percepción de lo que sucede puede ser más elevado de lo que es la realidad. Y ante la percepción, la gente puede tomar decisiones sin sustento. Sin embargo, la percepción también es importante porque es la que nos da la sensación de bienestar o malestar.

Y es justo por estas razones que el estado debe de ir un paso adelante. Es como lo que menciono en el epígrafe que encabeza esta columna. La percepción del cliente es tu realidad. Si yo vendo un producto que es increíblemente bueno, pero mi cliente tiene dudas o no lo convence, entonces tengo que convencerlo de que lo que está comprando es lo mejor que ha hecho y que tendrá una satisfacción del 100%.

Y esto es exactamente lo que tiene que hacer el estado. Que se hable bien de él. Que la población sienta que se entrega completamente a su trabajo en beneficio de ella. Que la gente sienta que todos los integrantes de la clase política están ahí para llevarlos por buen camino. No permitamos que el miedo llene el alma de la gente. El miedo es lo peor que puede tener una persona. En algún lugar escuché que la persona más peligrosa es la que está llena de miedo; esa es a la que hay que temerle mucho más. Es mi opinión muy personalísima, por supuesto.

Vivimos en un mundo muy complejo en el que hay que adaptarse a las nuevas reglas del juego. Nunca vamos a satisfacer a todos. Con alguien vamos a quedar mal. Pero en el caso del juego social. Hay que trabajar al cien y darlo a conocer.

Estoy seguro que nadie quiere el mal para el vecino. Pero no es lo que sentimos los miembros de la sociedad al escuchar, ver y sentir lo que sucede en las calles. Sentimos que la inseguridad y la violencia es la que reina. Señores del gobierno, hagan que mi percepción de lo que sucede en mi entorno cambie para que me sienta mejor. Hay quien defiende tanto a la realidad y menosprecia a la percepción… y hay quien dice que el mundo no existe. Existe lo que los sentidos nos dicen sobre el mundo. Estudiemos la realidad, comprendamos la percepción porque los dos conceptos nos permiten un buen vivir. 

 

 

 

  

“Aquella no era una cárcel, era una universidad del crimen.

Entré con un bachillerato en mariguana

y salí con un doctorado en cocaína.”

-Johnny Depp-

(George Jung. Película “Blow”)

 

 

 

Hace unos días, el ocho de mayo para ser exactos, vivimos lo que nunca se había vivido en el centro de nuestra ciudad. Un ataque directo en el que hubo dos personas fallecidas y dos heridas. Quien lo perpetró fue un chico de veintidós años llamado Maximiliano González, y que, según dicen, lo hizo por la cantidad de cinco mil pesos. Este joven ya había ido a la cárcel en el 2015 cuando tenía dieciocho años y más tarde en 2016.

Su historial tanto familiar como delictivo era lamentable. Su padre fue asesinado, y vivían en situación precaria. Su madre dijo que Max hacía un mes que no vivía con ella, precisamente por su mala conducta.

Además de los sentimientos encontrados, he visto muchos comentarios en las redes como es el de la pena de muerte, que le impongan todo el peso de la ley, que lo maten y demás etcéteras. Pero la pregunta fundamental para mí, tal vez no para todos y todas, es ¿Tenemos alguna responsabilidad como sociedad? Obviamente va incluido el gobierno. Yo digo que sí.

Dice el “Informe mundial sobre la violencia y la salud” (2002) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que: “Aunque todas las clases sociales padecen la violencia, las investigaciones demuestran que las personas de nivel socioeconómico más bajo son las que corren mayor riesgo. Si se desea prevenir la violencia, se debe poner fin al abandono que sufren las necesidades de los pobres, que en la mayoría de las sociedades son quienes suelen recibir menos atención de los diversos servicios estatales de protección y asistencia”.

Dice la misma Organización Mundial de la Salud que “gran parte de la violencia guarda relación con las desigualdades sociales” por lo que, para luchar contra la violencia, “los gobiernos deberían esforzarse al máximo por mantener los servicios de protección social”.

El senador Bobby Kennedy alguna vez dijo que “cada sociedad tiene el tipo de criminal que merece”. Y si ponemos atención a lo que sucede a nuestro alrededor, vemos que son los más necesitados, los que viven en situación de pobreza, los más propensos al crimen…

Es urgente activar todas las instituciones policíacas para atender y detener a los criminales. Pero también es fundamental dedicarse a lo importante: Realizar acciones de prevención del delito, atender a los más necesitados, visitar sus comunidades y enterarse de sus carencias y atenderlas. Es importante el equilibrio.

Alguna vez lo mencioné. También es importante devolverle la credibilidad al gobierno. Sigue la corrupción, la impunidad y ahí no se menciona nada. El pueblo dice que no importa lo que se diga o haga, los del gobierno siempre serán corruptos. Ahí están las estadísticas de opinión.

El poeta peruano Carlos Pimentel dice que: “Todas las personas exigen respeto, pero casi nadie exige que el sistema respete el derecho que tenemos de vivir una vida digna, en paz, sin hambrientos, sin guerras, sin analfabetos, sin mentiras, sin modelo neoliberal y sin esclavos.”

Debemos atender lo urgente, es verdad, pero no hay que olvidar atender lo importante, lo esencial. No es tan difícil. Los que podamos, atendamos las zonas marginadas, apoyemos a nuestras instituciones gubernamentales. Si no podemos toda la semana por nuestro trabajo, apoyemos un par de horas los fines de semana. Que el gobierno promueva estas acciones. Nosotros los ciudadanos, hombres y mujeres preocupados y ocupados en tener una mejor sociedad los apoyamos. Pero con directrices y objetivos reales. Comencemos a trabajar juntos para construir una mejor comunidad. Mientras, que las instituciones de autoridad sigan trabajando en lo urgente.

Educación, cultura, arte, necesidades básicas aseguradas, empleo, atención médica de calidad, vivienda digna, son factores importantes para vivir en paz. Y en el caso de las instituciones carcelarias, éstas deben trabajar para asegurar la reinserción social, y no, como dice el epígrafe, que sigan siendo universidades del crimen.

Sólo así lograremos una cultura de la paz para el buen vivir.

Lunes, 06 Mayo 2019 06:56

Agenda 2030 y buen vivir

"Puede que seas capaz de engañar

a los votantes, pero no a la atmósfera.”

-Donella Meadows- 

 


Tengo deseos de escribir sobre muchas cosas porque creo que están conectadas con lo que nos sucede. Hoy en la mañana desperté recordando una película que vi en los 90’s llamada “Historias del Kronen”, basada en la novela homónima de José Ángel Mañas, y con la que por cierto llegó a ser finalista del Premio Nadal en enero de 1994.

El autor tenía 23 años cuando la escribió y, se tardó, según el autor, quince días en hacerlo. Trata sobre la juventud española de ese entonces y la vacuidad en la que vivían. (Yo digo que ya se veía el futuro).

Hay una escena que me llamó mucho la atención en la que Carlos, el protagonista, tiene un diálogo con su abuelo. Éste le dice, si mal no recuerdo, que le da miedo lo que ve, señala la televisión, dice que la gente no tiene principios. Lo peor es que nadie sabe contra qué lucha, antes sabías contra qué luchabas. Tenías tu lucha. Ahora se lucha contra nada. Todo esto en referencia a lo que había conseguido la sociedad española.

Y hace unos días vi un documental sobre esta joven política americana que de la nada ganó las elecciones al congreso estadunidense, Alexandria Ocasio-Cortez. Cuando digo ganó de la nada, es porque siendo ella una mesera, viniendo de la clase, y enfrentándose a un dinosaurio de la política americana, como los muchos que hay en nuestro país.

Mientras ella iba de casa en casa y haciendo reuniones comunitarias, su oponente mandaba su propaganda como inserto en los catálogos de compras de compañías que eran enviadas por correo. Con veintiocho años, es la congresista más joven en Estados Unidos. Es progresista y miembro de la organización Socialistas Democráticos de América. Defensora de la salud universal y del programa de trabajo “Jobs Guarantee” – “Garantía Laboral”-, aboga por acabar con la privatización de las cárceles y por el acceso a una universidad pública y gratuita.

Mi mente está disparada en estos momentos. Aparentemente los dos temas expuestos no tienen nada en común. Y menos tienen que ver, aparentemente, insisto, con la agenda 2030. Pero en realidad tienen mucho que ver. Están conectadísimos, porque todo son ciclos. Tal vez mucha gente piense que ya no hay nada por qué luchar. Pero hay otros, sobre todo, los que vienen de la clase trabajadora, se dan cuenta que, si no participan activamente en los problemas sociales, todo va a empeorar.

Ocasio-Cortez, por las necesidades que tuvo que pasar, aprendió a tomar las riendas de su destino y no conformarse. Vean dónde está ahora. Ella defiende sus ideales a pesar de todos los detractores que tiene. Pero ella busca verdaderas soluciones sociales y no como los otros, que buscan su propio beneficio.

En la lucha social siempre vamos a encontrar divergencias ante los “ismos”: capitalismo, socialismo, comunismo, anarquismo, fascismo… y todas esas historias que nos han vendido desde siempre.

Si sólo nos pusiéramos en los zapatos de los otros, tal vez entenderíamos sus necesidades. Pero en el caso de la madre tierra no hay “ismos”. Aquí vivimos todos, hombres, mujeres, niñas y niños, jóvenes y viejos.

Hemos estado destruyendo nuestro entorno de manera que estamos llegando al punto de no retorno. Al callejón sin salida. Aunque en realidad han sido los grandes empresarios, los que detentan el poder y, obvio, el dinero que ostentan, los que nos han traído hasta aquí, nosotros podemos poner nuestro granito de arena. 

La Agenda 2030 es un plan de acción de la ONU cuyo objetivo principal es velar por la protección de las personas, el planeta y la prosperidad. Dicha agenda desea asegurar, en base a sus objetivos, el progreso social y económico sostenible y fortalecer la paz en cada uno de los rincones del mundo.

Son diecisiete los objetivos de desarrollo sostenible: Fin a la pobreza; hambre cero; salud y bienestar; educación de calidad; igualdad de género; agua limpia y saneamiento; energía asequible y no contaminante; trabajo decente y crecimiento económico; industria, innovación e infraestructura; reducción de las desigualdades; ciudades y comunidades sostenibles; producción y consumo responsables; acción por el clima; vida submarina; vida de ecosistemas terrestres; paz, justicia e instituciones sólidas; y, alianzas para lograr los objetivos.

Parece difícil, pero, otra vez, todo está conectado. Hagamos lo que nos corresponde. Las pequeñas obras traen grandes resultados. Trabaja desde tu trinchera. Es obvio que antes de que el medio ambiente se acabe, primero desapareceremos nosotros. Si envenenamos al medio ambiente también nosotros nos envenenamos. Hay un dicho muy viejo que dice: Envenena al río, y el río te envenenará a ti.

No lo permitamos. Sembremos lo mejor para los que vienen detrás de nosotros. Y en el caso de la clase política, es hora de trabajar verdaderamente por una mejor sociedad en equilibrio.

Lunes, 29 Abril 2019 06:39

Tolerancia cero y buen vivir II

"La línea entre el bien y el mal es permeable, y

casi cualquiera puede ser impulsado a cruzarla

cuando es presionado por la fuerza de la situación.”

-Philip Zimbardo-

Psicólogo Social

 


El problema de la criminalidad es añejo, la preocupación es que va “in crescendo” en las comunidades y países. Es decir, cada vez se hace más complejo y más grande en proporción. En el año de 1981, en mis tiempos de estudiante en China, vivía muy tranquilo. No veía pordioseros en las calles, la gente era muy amable y recuerdo, especialmente las telenovelas. Tenían una temática en la que siempre había un héroe que ante las situaciones caóticas o de peligro, salvaba a toda una comunidad a costa de su propia vida. Es decir, se ensalzaban los valores de la comunidad antes que los personales. Era un motivo de orgullo tener estas características heroicas. Sin embargo, la primera vez que salí del continente, viajé en tren hasta la península de Kowloon para después tomar el ferry que me llevaría a Hong Kong.

Justo al llegar a la estación de trenes, Lo primero que llamó mi atención fueron los anuncios que decían: “Cuidado, carteristas”. Se respiraba un ambiente de preocupación y miedo. La gente veía para todos lados desconfiada de los demás. A mi llegada a Hong Kong noté que las casas y las tiendas tenían rejas de seguridad para protegerse de los ladrones. Qué terrible, decía para mis adentros. Esto no existe en México y espero que nunca suceda…

A mi regreso a México, unos años más tarde, algunas casas, pero, sobre todo, las tiendas tenían, rejas para protegerse de la inseguridad. La violencia se había apoderado de mi comunidad. No era eso lo que yo había dejado al salir de México. Vivir o tener tu negocio “enrejado” es lo más común hoy en día. Ya se notaba que estos tiempos llegarían.

Sigo insistiendo en que un día dejó de respetarse todo y los encargados de mantener la paz y la tranquilidad, los gobernantes, nos echaron la bolita a los ciudadanos. Trataré de explicar.

Hace muchos años, creo que ya lo escribí en esta columna. Me parece un déjà vu: mi madre, mi padre o alguno de nosotros salíamos a barrer el frente de nuestra casa. Saludábamos a nuestros vecinos que hacían lo mismo. Los vecinos tenían respeto con sus vecinos. Había respeto. Y eso, entre otras muchas cosas, un día se perdió.

Comenzaron a darse conflictos entre nosotros los ciudadanos y las autoridades nos abandonaron. Actualmente escucho muchas quejas y broncas de vecinos, como el escándalo por el sonido de la música que ponen, y los escandalosos argumentan que es su casa y que ahí pueden hacer lo que quieran. He recorrido comunidades en las que argumentan que, en ciertas calles se reúnen algunos vecinos a tomar y que hacen sus necesidades en la calle o que molestan a las jovencitas mientras la autoridad no hace nada. Presencié el escándalo de unas señoras porque el perro de una de ellas había defecado frente a la casa de la otra.

En otra comunidad me comentó a una señora que su vecino no había construido su contra barda y que había plantado un árbol que estaba destruyendo la suya con las raíces que había echado, y además, debido a las ramas que invadían su propiedad, caía una cantidad industrial de hojas causando la molestia y el trabajo de levantar la hojarasca frecuentemente. Y todo esto con la complicidad de las autoridades debido a que no hacían nada. Su argumento era que ellos no podían hacer nada.

Como les digo en mis talleres y pláticas comunitarias: Por supuesto que se puede hacer algo. Sólo revisen el bando de policía y buen gobierno de su municipio. Ahí encontrarán las respuestas a estos ejemplos y a muchos más problemas que puedan estar teniendo en sus comunidades. Dicho bando es la normatividad, son las reglas de convivencia para vivir armónicamente en sus municipios. Ahí se habla de sus derechos y obligaciones como miembro de una comunidad.

Por ejemplo, el art. 119 del Bando de Policía y Buen Gobierno del municipio de Jiutepec dice: Son faltas administrativas y motivo de sanción, cometidas contra el bienestar colectivo y la seguridad pública, las siguientes: Frac. IV Producir todo tipo de ruidos o sonidos estridentes aún dentro de su domicilio.

Lo que tenemos que hacer como ciudadanos es obligar a las autoridades a trabajar. No debemos pelearnos entre ciudadanos. Hagan reuniones comunitarias y estudien, analicen y apliquen lo que está escrito ahí. Tenemos un poder muy grande, pero, también tenemos que tener bases sólidas.

Se han perdido muchos valores. Es hora de rescatarlos. Comencemos por convertirnos en verdaderos ciudadanos de nuestras comunidades, no seamos solamente habitantes. Trabajemos en armonía para lograr una cultura de la paz para el buen vivir.

Lunes, 22 Abril 2019 08:12

Tolerancia cero y buen vivir

"La línea entre el bien y el mal es permeable, y

casi cualquiera puede ser impulsado a cruzarla

cuando es presionado por la fuerza de la situación.”

-Philip Zimbardo-

Psicólogo Social

 

 

 

En el 2001 Andrés Roemer publicó un libro llamado “economía del crimen”; me llamó mucho el enfoque que presentaba porque emplea una variedad de modelos para estudiar y examinar la motivación de la conducta criminal e implementar o motivar la implementación de políticas públicas para enfrentar la criminalidad.

Menciona que la criminalidad provoca un sentimiento de inseguridad que se refleja en el cambio de comportamiento de la gente, que busca disminuir la probabilidad de convertirse en víctima.

Dice que cuando una persona se siente insegura busca un distanciamiento de las autoridades y desconfía de la capacidad de éstas, se siente engañada por sus líderes e instituciones, y a veces, trata de buscar justicia por su propia mano, y esto genera la desaparición de la cohesión social y de los sentimientos de pertenencia a un grupo o comunidad.

La ONU declaró en 1992 que el problema del crimen, mediante su impacto en la sociedad, impide el desarrollo integral de las naciones, mina el bienestar espiritual y material de las personas, compromete la dignidad humana y crea un clima de miedo y de violencia que pone en peligro la seguridad personal y erosiona la calidad de vida.

Fue en este libro que escuché por primera vez sobre la teoría de las ventanas rotas. En 1969, en la Universidad de Stanford, Estados Unidos, el profesor Philip Zimbardo realizó un experimento. Dejó dos autos abandonados en la calle, dos autos idénticos, la misma marca, modelo y hasta color. Uno lo dejó en una zona pobre y conflictiva de Nueva York y el otro en una zona rica y tranquila de California. Dos autos idénticos abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente en cada sitio.

Resultó que el auto abandonado en el Bronx comenzó a ser vandalizado en pocas horas. Perdió las llantas, el motor, los espejos, el radio, etc.

Todo lo aprovechable se lo llevaron y lo que no, lo destruyeron. En cambio, el auto abandonado en la zona rica se mantuvo intacto. No hubo mucha reacción ante esto, pues era obvio que en una zona pobre se manifestara dicha situación.

Sin embargo, el experimento no finalizó ahí, cuando el auto abandonado en el Bronx, la zona pobre, ya estaba deshecho y el de Palo Alto (la zona rica) llevaba una semana impecable, los investigadores decidieron romper un vidrio del automóvil de Palo Alto.

El resultado fue que se desató el mismo proceso que en el Bronx de Nueva York y el robo, la violencia y el vandalismo redujeron el vehículo al mismo estado que el del barrio pobre.

Un vidrio roto en un auto abandonado da una idea de deterioro, de desinterés, de despreocupación que rompe códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de reglas, como que todo vale nada.

Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada de actos, cada vez peores, se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional.

Esto significa que si una comunidad exhibe signos de deterioro y esto es algo que parece no importarle a nadie, entonces allí se generará el delito.

Si se cometen “esas pequeñas faltas”, como estacionarse en lugar prohibido, exceder el límite de velocidad o pasarse una luz roja y estas pequeñas faltas no son sancionadas, esto va a causar que comiencen a desarrollarse faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.

Si los parques y otros espacios públicos se deterioran progresivamente y nadie toma acciones al respecto, estos lugares serán abandonados por la mayoría de la gente por temor a las pandillas, y esos mismos espacios abandonados por la gente serán progresivamente ocupados por los delincuentes.

Los estudiosos afirman que ante el descuido y el desorden crecen muchos males sociales y se degenera el entorno.

Pongamos el ejemplo de una casa: Si un padre de familia deja que su casa tenga algunos desperfectos, como paredes en mal estado, malos hábitos de limpieza, malos hábitos alimenticios, malas palabras, falta de respeto entre los miembros del núcleo familiar, entre otros, poco a poco se caerá en un descuido de las relaciones interpersonales de los familiares y comenzarán a crear malas relaciones con la sociedad en general y quizá algún día llegarán a caer en prisión.

Nuestra sociedad ha dejado de hacer lo que tiene que hacer, las autoridades peor.

Las redes sociales nos muestran persecuciones de policías contra ladrones, en las que caen los policías por no contar con la capacitación suficiente ni con el armamento adecuado.

Por esta razón, es de fundamental importancia que se aplique la tolerancia cero. Esta estrategia consiste en crear comunidades limpias y ordenadas, no permitiendo transgresiones a la ley y a las normas de convivencia urbana.

La tolerancia cero no aplica a la persona que comete el delito, sino frente al delito mismo. Se trata de crear comunidades limpias, ordenadas, respetuosas de la ley y de los códigos básicos de la convivencia social humana. Esto lo explicaré con más detalle en la próxima columna.

Lunes, 15 Abril 2019 07:29

Autoridad, conciencia y buen vivir II

"El exceso de severidad produce odio,

como el exceso de indulgencia debilita la autoridad.”

-Saadi-

Poeta iraní

 

El tema de los experimentos de Asch y, de manera especial, los de Stanley Milgram, causaron muchos comentarios, los cuales agradezco, y de manera especial a Paty Ortega, quien desde Suiza se tomó la molestia de leer dichos artículos y enviar sus opiniones.

De verdad que es impresionante ver cómo las personas van actuando en la sociedad sin saber ni siquiera cómo empezó la historia. Muchos escritores y poetas han escrito sobre el tema y les recomiendo, si lo desean, leer un cuento de Gabriel García Márquez llamado “algo muy malo va a suceder en este pueblo”.  Vivimos llenos de rumores y de historias que hacen que nuestro comportamiento sea el que es. La conformidad grupal, en un momento dado es necesario, porque nos ayuda a desarrollar la cultura. Si todos estuviéramos en desacuerdo no habría armonía ni avance social. Pero también es importante la individualidad porque hace que nos cuestionemos todo lo que sucede a nuestro alrededor. Y sobre todo, cambiar lo que está mal.

Hace unos días leía la noticia de los chicos de una escuela en el norte del país que se rebelaron porque las autoridades escolares los querían obligar, a dos días de salir de vacaciones, a cortarse el pelo, de hecho, tenían personal externo que les haría el corte militar por la módica suma de diez pesos. Eran doscientos jóvenes. No era el hecho de que les cortaran el pelo a los chicos sino, alguien preguntó que por qué les tenían que cortar el pelo como militares. Una madre dijo que si eso querían las autoridades escolares, que ellos tenían que dar el ejemplo y que los maestros deberían hacerse el corte militar también. A lo que el director contestó que para ellos no aplicaba.

Ya se dieron varias respuestas a este tema. Hay quienes dicen que va en contra de los derechos de los niños, que es una forma de discriminación, que atenta contra la libertad y más cosas. Algunos chicos preguntaban que si nada más con el pelo corto podrían aprender. Mi pregunta es ¿Por qué se cuestionan esto hasta ahora? ¿Qué los padres no se habían dado cuenta que siempre había sido así? ¿Será que los chicos de ahora están más conscientes de que es un ataque a su individualidad?

Las autoridades escolares dicen que los padres de familia firman una carta compromiso en la que se establecen las reglas para que los y las estudiantes entren a clase. Pero ¿quién estableció esas reglas? ¿En qué se basó para hacerlo?

Siempre he estado en contra de esas reglas en las escuelas que son bastante rígidas y por demás absurdas. Y tuve que luchar en contra de esas tonterías cuando mis hijos fueron a la escuela.

Mi hijo entró a la Secundaria, pública por supuesto. En las particulares son más indulgentes. Claro, porque saben que los papás van a quejarse. Decía, cuando mi hijo entró a la “secu”, un día me llamó muy preocupado diciéndome que no lo dejaban entrar a clase porque tenía el cabello largo. Me apersoné inmediatamente y le dije al maestro que ya lo llevaba muy corto. Su respuesta fue “sí, señor, pero el cabello se le para”.

-“Pues sí -dije yo- su cabello es lacio y es obvio que le quede así”.

-“Pues tiene que ponerse gel para aplastar el cabello”. De verdad que me estaba colmando la paciencia. Me aguanté y le dije que era absurdo lo que pedía, que el niño se iba a ver ridículo con el cabello todo aplastado y que sus acciones iban en contra de la autoestima de mi hijo y de cualquier niño. El ignorante este reviró diciendo que a esa edad los niños no tenían autoestima…

Ya no les cuento qué sucedió después, porque fui directamente a la dirección. El punto es que el sistema educativo de nuestro país con esas reglas establecidas por quién sabe quién, son un absurdo total.

Las autoridades escolares dicen que es por higiene, mi respuesta es que, si es así, entonces también debería aplicarse a las niñas. Y, por cierto, les comento que en todas las escuelas de mis hijos siempre fui el presidente del comité de la sociedad de padres para apoyar en todo lo que se pudiera, pero con orden, templanza y armonía.

Y desgraciadamente, en muchas escuelas públicas, tal vez en todas, hay situaciones verdaderamente terribles. En la secundaria de mi hija, el prefecto formaba filas de niños a la hora de entrada y él decidía quién entraba y quién no.

Un día llegó un muchachito que a leguas se veía su modestia y sus carencias. El prefecto le dijo que no entraría porque llevaba su camisa sin planchar y un hoyo en el pantalón.

Obviamente intervine. El problema es que, como lo escribí en mi libro “El ojo mágico”, la escuela es, debería ser, un oasis para los chicos. Los maestros no saben cómo es su entorno familiar. No saben si hay armonía o violencia. El maestro o maestra tiene un poder más grande que los padres de familia para construir o destruir la personalidad de un niño. Lo sé porque a mí me pasó. Los padres de familia no estudiaron para hacer ese papel. Nos toca lo que nos toca, pero el maestro sí estudió para ser docente. Por eso tiene un poder enorme.

¿De verdad cortarse el pelo es parte de la disciplina y formación de un estudiante? Y si es así, ¿Se lo tiene que cortar como militar? ¿El qué inventó dicho reglamento era militar? ¿Quién lo escribió?

En fin, este es sólo un ejemplo, entre muchos, de los estereotipos que seguimos obedeciendo sin saber por qué.

Lunes, 08 Abril 2019 05:39

Autoridad, conciencia y buen vivir

"Puede ser que seamos títeres controlados

por los hilos de la sociedad. Pero al menos somos

títeres con percepción, con conciencia.

Y tal vez nuestra conciencia sea el

primer paso para nuestra liberación.”

-Stanley Milgram-

 


¿De verdad estamos preparados para actuar con libertad y conciencia? Ésta siempre ha sido una pregunta que ronda frecuentemente por mi mente. Hay muchas razones por las que el ser humano actúa como actúa. Si un ser humano tiene hambre, y no tiene dinero, seguramente hará lo que sea, hasta robar, para conseguir comida. Este es un hecho cierto. Y parece que nos confirma cómo puede actuar una persona en un caso extremo. Pero en el caso de personas comunes y corrientes, personas que están bien, ¿actúan con libertad?

En 1961, después del juicio en el que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi, Stanley Milgram propuso este experimento para responder a la pregunta: ¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto solo estuvieran siguiendo órdenes? ¿Podríamos llamarlos a todos cómplices? Y yo me pregunto: ¿Hasta dónde una persona pierde su libertad y su ética para seguir las órdenes que le impone una autoridad?

En resumen, en este experimento se trató de demostrar hasta donde una persona normal, estando bajo las órdenes de una autoridad, podía infligir dolor a otra persona. El experimento contaba con tres personajes: el investigador (que portaba una bata blanca y fungía como autoridad) el maestro y el alumno. A los voluntarios siempre se les asignaba mediante un falso sorteo el papel de maestro, mientras que el alumno siempre sería asignado a un cómplice de Milgram, obviamente con desconocimiento del “maestro”. Tanto maestro como alumno serían asignados en habitaciones diferentes pero conjuntas, el maestro observaba siempre como el alumno (el cómplice del investigador) era atado a una silla para “evitar movimientos involuntarios” y se le colocaban electrodos, mientras el maestro era asignado en la otra habitación frente a un generador de descarga eléctrica con treinta interruptores que regulaban la intensidad de la descarga en incrementos de 15 voltios hasta llegar a 450 voltios y que, según el investigador, proporcionaría la descarga indicada al alumno. Milgram también se aseguró de colocar etiquetas que indicaran la intensidad de la descarga (moderado, fuerte, peligro: descarga grave y XXX). La realidad era que dicho generador era falso, pues no proporcionaba ninguna descarga al alumno y sólo producía sonido al pulsar los interruptores. El sujeto reclutado o maestro fue instruido para enseñar pares de palabras al aprendiz y de que, en caso de que cometiera algún error, el alumno debía ser castigado aplicándole una descarga eléctrica, que sería 15 voltios más potente tras cada error. Obviamente el “alumno” no recibía descarga alguna, pero el “maestro no lo sabía. Este se limitaba a pulsar los botones de descarga cada vez que el alumno cometía un error.

Para dotar de realismo la situación de cara al participante, tras pulsar el interruptor, se activaba un audio grabado anteriormente con lamentos y gritos que, con cada interruptor, incrementaba y se hacían más desesperados. Si el “maestro” se negaba o llamaba al investigador (que se hallaba cerca de él en la misma habitación) éste respondía con una respuesta predefinida y un tanto persuasiva: “continúe por favor”, “siga por favor”, “el experimento necesita que usted siga”, “es absolutamente esencial que continúe”, “usted no tiene otra opción, debe continuar”. Y en caso de que el sujeto preguntara quién era responsable si algo le pasaba al alumno, el experimentador se limitaba a contestar que él era el responsable.

Los resultados fueron terribles. La gran mayoría “infligió dolor hasta el grado de que el “alumno” resultó seriamente dañado o muerto. ¿Qué indica esto? Cuando el sujeto obedece los dictados de la autoridad, su conciencia deja de funcionar y se produce una abdicación de la responsabilidad, los sujetos son más obedientes cuanto menos han contactado con la víctima y cuanto más lejos se hallan físicamente de ésta, los sujetos con personalidad autoritaria son más obedientes que los no autoritarios, a mayor proximidad con la autoridad, mayor obediencia, a mayor formación académica, menor intimidación produce la autoridad, por lo que hay disminución de la obediencia, personas que han recibido instrucción de tipo militar o con severa disciplina son más propensos a obedecer, hombres y mujeres jóvenes obedecen por igual y el sujeto siempre tiende a justificarse a sus actos inexplicables.

El experimento como tal, lo puedes encontrar en este link: https://www.youtube.com/watch?v=vGMdq_l-H-s

Esto es horrible, porque significa que las personas, sin considerar su ética y amor a los demás, se van a justificar de cualquier acto de barbarie, diciendo que sólo cumplían órdenes. El principio de obediencia a la autoridad ha sido defendido en nuestras civilizaciones como uno de los pilares en los que se sostiene la sociedad. En un plano general, es la obediencia a la autoridad la que permite la protección del sujeto, sin embargo, la exacerbada obediencia puede resultar un arma de doble filo cuando el socorrido discurso de “solo obedecía órdenes” exime de responsabilidades y disfraza de deber los impulsos sádicos.

Termino diciendo que es importante, de hecho, es esencial, la obediencia a la autoridad, pero al mismo tiempo, tenemos que ser conscientes de hasta dónde debemos hacerlo porque de lo contrario, se seguirá cumpliendo lo que decía George Bernard Shaw: La libertad significa responsabilidad. Por eso la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo.

Lunes, 01 Abril 2019 05:42

Percepción, realidad y buen vivir

"La observación y la percepción son

dos cosas separadas; el ojo que observa

es más fuerte, el ojo que percibe es más débil.”

“El Libro de los cinco anillos”

-Miyamoto Musashi-

 


Cuando comencé a interesarme en temas como el por qué pensamos cómo pensamos y el poder de los pensamientos en nuestra realidad, investigué varias y diferentes vías. La más sencilla y más simple fue el experimento de Asch o el poder de conformidad de los grupos. En un experimento de visión participaron varias personas. Pero en realidad, todos eran cómplices menos uno. El experimento consistía realmente en ver cómo el estudiante restante reaccionaba frente al comportamiento de los cómplices. El objetivo explícito de la investigación era estudiar las condiciones que inducen a los individuos a permanecer independientes o a someterse a las presiones de grupo cuando estas son contrarias a la realidad. Bueno, pues resulta sorprendente observar que, aun cuando los participantes cómplices están equivocados, se equivocan a propósito, el sujeto inocente se siente presionado y también da por ciertas las respuestas incorrectas. Este experimento ha tenido modificaciones desde sus inicios.

Se ha hecho en un elevador...

...en el que todos los participantes son cómplices menos uno, y en el que actúan de diversas maneras. El sujeto inocente al final acaba repitiendo la misma actitud que todos los demás. Hay otro experimento que se da en una clínica en donde todos están esperando pasar a su cita, y, mientras esperan, de repente suena un timbre y todos se ponen de pie. Obviamente, todos son cómplices, excepto una chica que se resiste a ponerse de pie, pero al final, acaba repitiendo lo que todos hacen.

dejo los enlaces para que puedas sentir lo experimentado por los sujetos inocentes.

El gran maestro Eduardo Galeano, en “el libro de los abrazos”, cuenta esta historia maravillosa: En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se había hecho, por algo sería.

Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre pintura

fresca.

Todo esto viene a cuento por lo que somos. Por cómo somos como somos. Todos nosotros, hombres y mujeres pensamos, nos comportamos y actuamos por lo que nos han enseñado. Primero nuestros padres y luego el grupo social del que somos parte.

Y hoy se hizo más evidente el tema en el desayuno del domingo en casa de Nadia Zubenko, gran amiga rusa que conocí en China en los ochenta y con quien, cada que nos reunimos llegan las reflexiones en medio de la plática. Tenemos que ser audaces. Tenemos que ser quienes realmente somos. Seres irrepetibles que tienen una gran misión. Vivir.

Y esto me lleva a las críticas vertidas por la famosa carta en la que nuestro presidente López Obrador solicita que el rey de España pida disculpas por los crímenes de la conquista en el marco de la conmemoración de los quinientos años de la conquista de México.

Los que están en contra no se han puesto a pensar que este es otro tipo de gobierno. No es el gobierno tradicional o neoliberal que teníamos. La forma de pensar es diferente con una forma de ver lo que sucede completamente diferente. Y, por tanto, al tener un paradigma diverso, los que no coinciden, tienen que buscar una forma diferente de ver las cosas. Y pongo un ejemplo claro. En el sistema neoliberal todo es comercio, todo es explotación. Y a pesar de las políticas, por ejemplo, para cuidar el medio ambiente, no hay acciones concretas porque hay que seguir con el negocio. Para este nuevo gobierno, el objetivo es acabar con esa explotación a la naturaleza y regresar al respeto de los ancestros a nuestra madre tierra. La tierra no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a la madre tierra. No entendemos que los grandes empresarios están acabando con ella, y también nosotros por seguir la corriente. Tenemos que entender que si se acaba la Tierra, como dicen, estoy seguro que primero caeremos nosotros, los seres humanos, porque la Tierra seguirá existiendo a pesar de nosotros. Parecen pensamientos contrarios, pero no lo son. Todo nos lleva a lo mismo. Antes de criticar de manera radical, pongámonos en los zapatos del otro. Y si no se puede, entonces pensemos en estos experimentos que nos hacen que todos nos uniformemos y pensemos igual que todos los demás. Tal vez si me atrevo a ver las cosas desde otra perspectiva, veré la otra cara de la moneda. El lado oscuro de la Luna.  

Lunes, 25 Marzo 2019 03:25

Verdad, tolerancia y buen vivir

"El lenguaje político está diseñado para

que las mentiras parezcan verdades,

el asesinato una acción respetable y

para dar al viento apariencia de solidez”

-George Orwell-

 

Todo comenzó hace unos días con la celebración del día de la mujer, el tema del feminismo y, más tarde, el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Mucha información en las redes y, hace un par de días, con la serie que se está transmitiendo por televisión sobre el último. Mucho bombardeo informativo. En esos momentos recordé a Noam Chomsky, gran lingüista y pensador contemporáneo que cuestiona: ¿Cómo es que tenemos tanta información, pero sabemos tan poco?

El día de la mujer vi hombres regalando flores a las mujeres, mujeres que publicaban en las redes que no era un día de fiesta, decían que era un evento en el que se recordaba la lucha de la mujer para lograr la equidad de género y que no aceptarían regalos. Mujeres que en su marcha no aceptaban bien a bien la participación de los hombres. Y con lo de Colosio, se abrió la herida dolorosa de las muertes que oscurecen el desarrollo de nuestro país. Y aunado a esto, lo que sucede todos los días en nuestras calles. Violencia y muerte.

Tenemos mucha información, pero, de todo lo que nos dicen, ¿qué es verdad? ¿Qué es mentira? Alguna vez lo dije. Estos tiempos son para investigar y demostrar la verdad. Tenemos acceso a mucha información, y tenemos que ser muy sabios para no dejarnos llevar por sofismas

Han pasado veinticinco años, y todavía no sabemos la verdad sobre la muerte de Colosio. Podemos conjeturar que fue un crimen de Estado. Y, sin embargo, no podemos decir, a ciencia cierta lo que sucedió. ¿Fueron dos disparos de diferente calibre? ¿Es verdad lo del asesino solitario? ¿Sembraron las pruebas para culpar a Mario Aburto?

Nadie confía en la política. Nadie confía en los políticos. La política es el arte de engañar, afirmó Maquiavelo. Jean Rostand decía que, en política, la mentira de ayer es atacada sólo para halagar a la de hoy. La sociedad se siente lastimada por todo lo que ha sucedido en la historia de México. Y, sin embargo, yo sigo creyendo en lo que decía Gandhi: Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio.

Hablo con mucha gente. En las calles, con las amigas y amigos, con los vecinos, y, en sus rostros se nota el desasosiego, la incertidumbre, el hastío. Algunos ya emigraron a otros estados o a otros países porque perdieron la fe en nuestras instituciones. Yo me cuestiono muchas cosas. Principalmente en qué les dejaremos a nuestros hijos e hijas para construir el futuro. Tengo miedo, me angustio. Y, sin embargo, también saco la casta y me convenzo de que tengo que seguir luchando para tener un mundo mejor, me convenzo de que tengo que aguantar y ser tolerante para poder encontrar el secreto que me permita poner remedio a tanta injusticia y desigualdad. Siempre trato de tener confianza. Sí se puede. Al final, la verdad tiene que salir a flote.

El hecho de encontrarnos frente a un nuevo paradigma político me da confianza. Sé que habrá errores, nadie es perfecto. También sé que entre lo que se dice y lo que se hace hay una diferencia abismal. Y también sé que, en muchos casos, el enemigo está en casa. Pero también creo, y siempre lo he creído, que la participación ciudadana es fundamental. En este sexenio se tiene que consolidar la verdadera participación ciudadana para que tengamos otros resultados. Para que nuestra sociedad mejore en todos los sentidos. Y esa participación ciudadana tiene que ser incluyente. Los problemas son de todos y de todas. Los problemas de las feministas son de toda la sociedad, los problemas de las madres y padres solteros son de todos, y así es con todos los problemas sociales. Todas y todos vivimos aquí, por lo tanto, tenemos que actuar en conjunto. Tenemos que hablar y actuar con humildad y, sobre todo, tenemos que actuar con verdad para vivir en armonía. Muchos creerán que esto nunca se va a dar. Que viviremos siempre en un mundo de mentiras porque así ha sido. Que todo es una contradicción. Qué todo es un absurdo. Pero, como dijo Merlí: Qué la vida sea absurda no implica que debamos caer en una profunda apatía. La sociedad tiene que actuar. Y pronto.

"Somos los niños del mundo. Somos los niños de la calle.

Somos los niños de la guerra. Las víctimas y los huérfanos del sida.

Somos los niños cuyas voces no son escuchadas.

Ha llegado el momento de que nos escuchen”

-Gabriela Azurduy Arrieta-

 

Parece que este tema del juego y el entretenimiento lúdico causó impacto en los lectores de mi columna. Recibí mensajes y llamadas telefónicas en relación al mismo. Pero antes que otra cosa, quiero mencionar que el epígrafe pertenece a una pequeña de trece años. Esta chica menciono esas líneas en la inauguración de la sesión especial de la ONU para la infancia, reunida en Nueva York el nueve de mayo de 2002.

Dicen que para los niños, los débiles y los pobres sólo existe el presente y que se sienten perdidos si se les quita. Los niños viven el día a día siempre de manera subordinada. Ya sea a sus padres, familiares, maestros y adultos en general. No escuchamos lo que desean lo que necesitan. Este es todo un tema que trataré de desglosar lo mejor que pueda en relación a las preguntas que me hicieron llegar.

Las hijas de Mago se quejan de que siempre les dejan mucha tarea y que no les dan tiempo suficiente para jugar. Y peor aún, son los papás los que acaban haciendo la tarea de las niñas. Y, obvio, hay enojos, regaños y lágrimas. Es decir que no les permiten a los niños y niñas disfrutar la infancia.

Para que los pequeños y las pequeñas puedan expresarse, y sobre todo, sientan las ganas de hacerlo, hace falta que los adultos sepamos escuchar, esto no significa quedarse callados y hacer como que escuchamos. Debemos intentar comprender el valor de las palabras, de las verdaderas intenciones de los pequeños. Todos los pequeños hablan, pero no siempre es posible para nosotros, los adultos, comprender el mensaje. Escuchar significa ponerse de su lado, estar dispuestos a defender sus posiciones y sus requerimientos.

Lo importante es necesitar a los niños. Francesco Tonucci dice que esta es la primera y verdadera condición para que se pueda dar la palabra a los niños: reconocerlos capaces de darnos opiniones, ideas y propuestas útiles para nosotros, los adultos; capaces de ayudarnos a resolver nuestros problemas. Si esto llega a darse, la relación con ellos será correcta, entre ciudadanos adultos y ciudadanos niños. De lo contrario, les podremos dar regalos, pasar con ellos momentos simpáticos y divertidos, pero seguirán siendo excluidos de sus derechos, porque seguirán siendo “futuros ciudadanos”, o si lo prefieren, “menores”.

Si de verdad quieren tomar en cuenta a los niños, hay que escuchar y respetar sus propuestas. Pedir a los niños que propongan y no considerarlos produce una decepción terrible en ellos y hace perder valor a lo que les pidieron. Si se consideran sus propuestas como serias, los niños sentirán orgullo su condición de ciudadanos y tendrán muchas ganas de hacerse adultos para seguir defendiendo y mejorando su ciudad.

Como mencioné en mi artículo anterior, el juego está reconocido en el artículo 31 de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño. Tonucci asegura, y estoy completamente de acuerdo, que los adultos deberían reconocer este derecho porque “los niños que no juegan, o que no juegan bien ni lo suficiente, no serán buenas mujeres, ni buenos hombres adultos, ni buenos padres, ni buenos maestros, ni buenos trabajadores, ni buenos administradores. El juego es fundamental en la vida de un niño para el aprendizaje y el desarrollo integral porque ellos aprenden a conocer la vida jugando.

El juego ayuda en la infancia a desarrollar diferentes capacidades, como las físicas, sensoriales y mentales, afectivas, desarrolla la creatividad y la imaginación, forma hábitos de cooperación, aprenden a conocer su cuerpo y su entorno.

A través del juego, el niño aprende a desenvolverse en el ambiente mental, usa su pensamiento para ir más allá del mundo real, externo, y lo motiva a desarrollar estrategias para solucionar esos problemas.  

Es importante mencionar que no hay que confundir este tema con aceptar los caprichos de los niños ni con el comportamiento de los padres de defender a ultranza a los hijos, sabiendo que están equivocados. He visto situaciones extremas en el que el mal comportamiento de los hijos no sólo es tolerado por los padres, sino también defendido en la comunidad escolar.

Seamos padres comprometidos sabiendo escuchar a tiempo las necesidades de nuestros hijos. Respetemos su palabra. Convirtámoslos en ciudadanos desde pequeños, pero respetando también su derecho al juego.

Y en el caso de los adultos, si es necesario, regresemos al mundo de la imaginación y los juegos. Seguramente, además de divertirnos, seguramente encontraremos otro sentido al mundo.

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