Lunes, 12 Noviembre 2018 05:03

La rebelión

Hace tiempo hojeaba un libro de Ricardo Garibay: Feria de letras (Nueva Imagen, 1998), un conjunto de diez textos en los que comparte sus reflexiones acerca de temas diversos como lo cotidiano y el amor, así como sus pasiones literarias.

En el texto «Tres» trata sobre Daniel Toscan du Plantier, Herman Melville, Fátima Mernissi, Josefina Estrada, Joseph Roth y Shusaku Endo. El mexicano da pistas para seguir la huella de estos autores con su peculiar estilo: unas veces soberbio, otras arrogante, pero siempre directo.

Cuando leí los párrafos dedicados a Joseph Roth (1894-1939) me brincó una afirmación del hidalguense: «Ya ni quien se acuerde de Joseph Roth […] Se le señala, junto a Broch y Musil, entre los mayores escritores centroeuropeos de este siglo [el XX]; sorprendentemente, sus obras se reeditan todavía y ya no le interesan a nadie».

Es curioso, pero el mismo año que murió Garibay (1999) nació Acantilado, una editorial catalana que, hoy en día, podría desmentir al «samurái de la literatura» –como lo llamaban algunos– respecto de esa afirmación: ha publicado al menos veinte obras del escritor austríaco, más la correspondencia que sostuvo con otro par suyo, Stefan Zweig (1881-1942), con éxito.

Hay que resaltar que Acantilado no sólo se ha dedicado a reeditar la obra de Roth, sino que despertó el interés de los lectores para con el autor de La leyenda del santo bebedor.

Pues bien, esta semana mi recomendación está relacionada con este escritor. La lectura que propongo es La rebelión (Acantilado, 2008), una novela de 148 páginas que fue publicada originalmente en 1924.

La obra cuenta la historia de Andreas Pum, un excombatiente de guerra que se mantiene fiel al gobierno y a sus políticas. Por ser lo que es, se cree merecedor de un reconocimiento oficial. El gobierno lo condecora y le otorga una licencia para tocar el organillo, al salir del hospital militar.

Hay que decir que Andreas Pum sufrió la pérdida de una pierna durante la guerra. Así va por el mundo, orgulloso de su licencia y feliz de poder llevar música por las calles de Viena. Se trata de un hombre más bien honrado, acaso ingenuo, que acata sus creencias religiosas y el «orden» que rige al mundo.

Sin embargo, cierto día se enfrenta a un incidente en el tranvía, al tener un desencuentro con un hombre industrial y con mayor rango social que él. Ese incidente lo lleva a la cárcel, donde surge, precisamente, la rebelión a la que alude el título.

Resulta que, en prisión, Andreas se ve sumergido en pensamientos e ideas que antes nunca tuvo. Es acechado por alucinaciones y pesadillas que lo hunden en una especie de locura; reniega de lo que antes estaba convencido y obedecía con sumisión. En pocas palabras: cambia radicalmente su visión del mundo.

Joseph Roth retrata la crueldad de la burocracia y cómo los gobiernos suelen dar trato de delincuente a las personas que carecen de recursos. Porque Andreas es un hombre pobre, perdió una pierna en la guerra, se enamoró de una mujer, recorrió las calles de Viena con su organillo para «ganarse la vida» y terminó en prisión solo porque en su vida se cruzó un individuo con cierto poder que lo envió a la cárcel. Es una crítica a la crueldad, la corrupción y el horror de la sociedad con un estilo realista.

Se trata de una novela que revela la necesidad del cambio en la sociedad, pero que al mismo tiempo deja entrever la cantidad de obstáculos a los que habrá de enfrentarse para consumarse la rebelión. Es, sin duda, una obra que merece un lugar en las bibliotecas personales.

De Joseph Roth hay mucha información en la red que crece día con día debido al interés que aún despiertan su obra y su vida misma. En el texto de Garibay aludido en un principio, el mexicano recuerda: «Judío, entre pobrezas y alcohol vivió en París desde 1933, y allí murió borracho. La caída del imperio austrohúngaro y el ascenso del nazismo lo llenaron de desesperanza».

Volvamos, pues, a Joseph Roth.

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Lunes, 05 Noviembre 2018 07:05

La bendición de la tierra

La concesión del Nobel de Literatura casi nunca está exenta de polémica. Cada vez que la Academia sueca otorga el nuevo premio, los medios se vuelcan para ofrecer semblanzas o intentar familiarizar a los lectores con el flamante galardonado, que muchas veces es desconocido para la inmensa mayoría de lectores.

Este año no se concedió el galardón debido a escándalos que han ensombrecido a la Academia y a la polémica que ha levantado con las concesiones de los años más recientes, puntualmente con la del cantautor Bob Dylan.

Sin embargo, cada año se despierta un interés especial en conocer al nuevo premiado. Es difícil dar gusto a todos los lectores, críticos, editoriales, etc., pues nombres ha habido que –a consideración de muchos– eran dignos de ser reconocidos con el galardón, pero por alguna u otra razón no se les otorgó.

A propósito de la polémica en los Nobel de Literatura, existe un nombre que genera aversión en algunos lectores y cualquier cantidad de halagos entre muchos escritores y que es mi recomendación de esta semana. Me refiero al noruego Knut Hamsun (1859-1952).

A él le fue otorgado el máximo reconocimiento mundial de las letras en el año de 1920, a raíz de la publicación de La bendición de la tierra (1917), una de sus obras maestras y que en fue recuperada en 2007 por la editorial Bruguera, con traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Lo polémico de Hamsun radica en las ideas que lo colocaron en el ojo del huracán y que incluso se llegó a pedir que le retiraran la condecoración. A saber, el escritor manifestó su apoyo a la invasión nazi de su país y respaldaba sus acciones. Eso le valió el desprecio y el odio de sus connacionales y que, a la fecha, aún permanece: ninguna plaza, ninguna calle en esa nación nórdica tienen su nombre.

Pese a sus ideas, la obra de Hamsun no ha sido desechada; por el contrario, ha encontrado un nuevo público que ha sabido valorar el arte de uno de los escritores más influyentes del siglo XX.

Para hacer una idea de la importancia del autor noruego, escritores de la talla de Thomas Mann y Maksim Gorki lo consideraron un maestro; Henry Miller, Paul Auster, John Fante, Juan Rulfo y Ernest Hemingway –entre otros– manifestaron haber sido influidos por la obra de Hamsun y también se percibe su influencia en Franz Kafka o Stefan Zweig: de ese tamaño es el también autor de Hambre.

La bendición de la tierra pudiera considerarse como una versión de la historia del hombre. El protagonista, Isak, es un individuo sin pasado, imponente físicamente, que llega a los páramos noruegos. Es el único habitante de esa soledad.

A partir de entonces inicia una lucha entre el hombre y la hostilidad de la tierra, hasta que consigue construir un sitio para vivir y cultivar aquello que le permitirá sobrevivir.

Cuando ha levantado una casa y cultivado la tierra, busca una esposa en el pueblo cercano. De esta forma, el lector conoce a Inger, una mujer construida con maestría por el autor y que posee una fuerza admirable.

La novela retrata el costumbrismo de la época, describe los paisajes y la narración está enriquecida con diálogos de enorme belleza. Conocemos la historia de la pareja, su soledad en los páramos; luego llegan los hijos y éstos crecen con nuevas ideas, chocantes para Isak.

Uno de los temas torales de la novela es precisamente la relación del hombre con la tierra, la necesidad de llevar una vida tranquila en concordancia con la naturaleza. Hamsun hace prácticamente una invitación al reencuentro con el campo, con la tierra, a través de páginas y páginas con su inigualable maestría.

Aparecen personajes divertidos, siniestros, variados… Después, un asunto en el que repara de forma constante también es uno de los temas que destaca el escritor: el progreso, la modernidad, traen desgracias para el hombre.

Lo ejemplifica con diversas situaciones: el sitio al que llegó, muchos años atrás, ya es habitado por más gente, llega la industrialización, uno de sus hijos aspira a vivir en la ciudad… Todo ello genera desestabilización emocional que deviene en conflictos. Lo reitera una y otra vez y parece un anuncio anticipado para el siglo XXI: el hombre está perdido ante sus aspiraciones de «cambio y progreso».

Knut Hamsun es, sin duda, una de las cumbres de la literatura no sólo del siglo XX, sino de todos los tiempos. Entre sus obras destacan Hambre (1890), Pan (1894), Trilogía del vagabundo, entre muchas otras.

Acerca de La bendición de la tierra, existe una adaptación cinematográfica que data del año 1921. La cinta se creía perdida, pero fue recuperada en 1971. Fue dirigida por Gunnar Sommerfeldt. Dura 107 minutos y algunos la consideran una obra maestra del cine mudo.

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Lunes, 29 Octubre 2018 05:22

Palomar

Durante millones de siglos los rayos del sol se posaronen

el agua antes de que existieran ojos capaces de recogerlos.

 


Calvino, en Palomar

 


La literatura italiana es una de las más sólidas en todo el mundo. Nombres como los de Dante y Virgilio se erigen como cimas en las letras universales. Pero no nada más en literatura: Italia ha legado a la humanidad creadores inmortales de música, escultura y pintura, por ejemplo.

Antonio Tabucchi, Grazia Deledda, Alessandro Baricco, Antonio Moravia, Luigi Pirandello, Salvatore Quasimodo, Cesare Pavese e Italo Calvino son algunos ejemplos de la grandeza de la literatura italiana del siglo más reciente. Y es justamente una obra del último la que me permito recomendar esta semana.

Hay que mencionar que Italo Calvino nació en Santiago de las Vegas, Cuba, en 1923. Allí trabajaba su padre, un italiano agrónomo que regresó a su país en 1925, junto con su familia.

Calvino cultivó los géneros de cuento, novela y ensayo, principalmente. Todos con mucho éxito, dado que además de ser un enorme escritor, fue un importante intelectual que puso en el centro de la atención temas como la educación, los clásicos o el aborto (leer carta de Calvino a Claudio Magris acerca de este último tema).

Mucha de la ficción del autor se centra en la cotidianidad. Por ejemplo, me referiré a Palomar (2001, Siruela; traducción de Aurora Bernárdez), una novela cuyo protagonista es un hombre entrañable.

El señor Palomar es un individuo que gusta de partir de un elemento externo para hacer de éste un microcosmos internalizado que lo lleva a reflexionar durante lapsos prolongados. Así, durante sus vacaciones en la playa siente la necesidad de observar el nacimiento de una ola, pero no ver la forma del agua y la espuma nada más. «En una palabra, no se puede observar una ola sin tener en cuenta los aspectos complejos que concurren a formarla y los otros igualmente complejos que provoca» (p.20).

Palomar es primordialmente un observador (en la nota preliminar, Calvino señala que el nombre lo tomó de Mount Palomar, el observatorio astronómico de California); el más mínimo detalle es para él motivo para interiorizar.

Durante un recorrido por la playa, el señor Palomar se encuentra a una mujer tendida en la arena, con los senos descubiertos. Al pasar a su lado, mira los pechos, pero pronto considera que la joven pudo haberse sentido ofendida. Ante ello, trata de integrar los senos en un todo, en el paisaje mismo para no violentar la intimidad de la bañista. Luego vuelve a pasar con el fin de conseguir la integración del paisaje.

Sin embargo, no queda satisfecho con ese segundo intento y decide volver al sitio donde está la muchacha. Entre reflexiones acerca de los senos, Palomar observa que la muchacha se levanta de golpe al notar que la rondaba. Se va molesta. «El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar» (p.25) al resignarse a la partida de la chica.

La novela está dividida en varias partes. El lector se entera de las vacaciones de Palomar, sus impresiones de cada detalle. Luego asiste al jardín del protagonista, donde se entera de que el césped es un universo muy complejo del que se puede admirar hasta la punta de cada planta. Somos testigos del amor de dos tortugas que se entregan ante la mirada esquiva del señor Palomar.

Con el hombre miramos los planetas y reparamos en la materia de la que están formados; somos invitados de primera fila al espectáculo de las estrellas; toleramos la invasión de los estorninos; acudimos de compras al supermercado e incluso lo acompañamos a Tula, Hidalgo, a contemplar las esculturas prehispánicas y a admirar la cultura del México antiguo.

Palomar es un libro entrañable. La trama pasa a segundo término: importan los universos y el lenguaje. Porque en esta obra, Calvino da muestra de su capacidad poética para contar historias y crear un personaje inolvidable como lo es el señor Palomar.

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Lunes, 22 Octubre 2018 07:06

¿Acaso no matan a los caballos?

Me matarán. Se perfectamente lo que dirá el juez.

En su mirada adivino que estará satisfecho en decirlo…

 


H. M.

 


La industria del entretenimiento ha sabido lucrar con las necesidades y los sueños de las personas, convirtiéndolos en concursos-espectáculos cuyo juez, en la mayoría de los casos, es el público, que paga para mantener a su candidato favorito en competencia.

A través de los reality shows, la televisión ha encontrado la fórmula para mantener a los espectadores pegados a las pantallas durante dos horas o más, en el caso de los concursos. En este sentido, los participantes directos se ven sometidos a una selección que desde el principio denigra a quienes aspiran a obtener cierto beneficio económico o para que se cristalice su deseo o necesidad.

En el proceso de selección se designa un número a cada persona: es decir, el sueño del aspirante se reduce a una cifra. De ahí se realiza el filtro y se elige a quienes, durante algunos meses, mantendrán los niveles de audiencia en un parámetro que permita a la televisora hacerse de anunciantes y patrocinadores cuyas ganancias son exorbitantes en comparación con el premio a entregar.

Esta semana mi recomendación se trata de una novela que ejemplifica lo denigrante que suelen ser algunos concursos: ¿Acaso no matan a los caballos? (Universidad Autónoma de Puebla, 1988), del estadounidense Horace McCoy (Tenesse, 1897-Beberly Hills, 1955).

Publicada originalmente en 1935, la novela relata la historia de Gloria y Víctor, dos jóvenes que se conocen en Hollywood a comienzos de la década de los años treinta, cuando la Gran Depresión golpeaba de lleno a la sociedad norteamericana en diversos aspectos.

Ante la crisis, miles de jóvenes se vieron obligados a cambiar de ciudad en busca de una mejor vida. Tal es el caso de los protagonistas de esta novela. Ambos llegaron a la meca del cine con la intención de introducirse en dicha industria para mejorar su situación de vida.

No obstante, ni Gloria ni Víctor tienen suerte; ella pretende formar parte del mundo de la actuación, mientras que él tiene el deseode convertirse en un director. No cualquiera, sino el mejor director.

Las dificultades para hacerse de un empleo orillan a la pareja a participar de un concurso de resistencia de baile que se celebrará en un salón ubicado junto a la playa. El premio es de mil dólares, pero lo que lo hace atractivo para los competidores es que mientras se mantengan en competencia, los organizadores les ofrecerán comida y alojamiento gratis, además de breves descansos cada día.

Conforme avanza el certamen se narran episodios de la vida de Gloria y de Víctor, aparecen diversos personajes, todo enfrascado en un entorno violento que retrata la vida de los estadounidenses en el interior del edificio.

Sin embargo, las parejas se vuelven un espectáculo, el concurso en sí está diseñado para llamar la atención del público y, poco a poco, se dan cita actores y actrices de la época, directores de cine y otras personalidades cuya presencia atrae a más curiosos y vuelve la competencia algo más rentable.

Para hacer que más famosos y más consumidores vuelvan los ojos a dicha competición, los organizadores buscan hacerla más atractiva. Ante ello deciden montar carreras en las que deben participar las parejas. De esta forma, la narración toma aires asfixiantes, líneas y descripciones que el lector sufre y siente la presión, la humillación a la que son expuestos los competidores. Hay cuerpos sudorosos que se desplazan por toda la pista, casi sin fuerza; algunos caen, otros se agotan.

Una de las reglas de estas carreras consiste en que si un integrante de las parejas requiere atención médica, su compañero debe dar una vuelta extra a la pista para compensar la ausencia del otro. Terminan deshechos. En cada carrera, el último lugar queda descalificado del concurso.

Casi novecientas horas de baile. Durante todo este tiempo ha habido cualquier cantidad de carreras, incluso una boda. Sí, el enlace matrimonial se convierte en un gancho de los organizadores, que se acercan a las parejas para preguntar quién está dispuesto a casarse.

La atmósfera es irrespirable. Todo el ambiente emana violencia. Entre los participantes hay criminales buscados por la policía. Pobres entreteniendo a ricos. Someterse a pruebas grotescas, denigrantes, sólo porque no hay otras oportunidades…

Esto es ¿Acaso no matan a los caballos?, de la que se realizó una versión cinematográfica titulada Danzad, danzad, malditos (1969), dirigida por Sydney Pollack y protagonizada por Jane Fonda y Michael Sarrazin.

Esta cinta fue nominada en nueve categorías al Oscar, pero sólo obtuvo la de Mejor Actor de Reparto (Gig Young).

¿Acaso no matan a los caballos? es una novela breve (126 páginas en la citada edición), con una prosa ágil que se deja leer de forma fluida, aunque hay escenas que de pronto cortan el aliento. Se trata de una historia que nace de la esperanza y desemboca en una tragedia que no deja indiferente al lector.

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Lunes, 15 Octubre 2018 05:17

Manhattan Transfer

Chicas y chicos se empujan magreándose

[…]

hasta que las ráfagas de un domingo

muerto les soplan polvo a la cara,

el polvo de un crepúsculo borracho.

 


La Generación perdida es un grupo de escritores nacidos en Estados Unidos hacia finales del siglo XIX y principios del XX, con cierta influencia europea. Se la denomina así porque les tocó vivir fases creativas «perdidos» en el periodo de entreguerras y participaron de conflictos bélicos.

Los nombres más destacados de este grupo son los narradores William Faulkner (1897-1962), Ernest Hemingway (1899-1961), John Steinbeck (1902-1968), Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) y John Dos Passos (1896-1970), así como el poeta Ezra Pound (1885-1972).

Si hay que agregar algo respecto de su importancia es que los tres primeros fueron Premios Nobel en los años 1949, 1954 y 1962, respectivamente, además de que figuran entre los escritores más importantes del siglo XX en lengua inglesa.

Algunas características de la Generación perdida son –principalmente– el pesimismo y una fuerte crítica a la guerra y su inutilidad, a la voracidad del capitalismo, así como a lo que los políticos de la actualidad llaman «desarrollo» y «progreso».

La recomendación de esta semana es una novela que gira en torno a estos conceptos: Manhattan Transfer (Bruguera, 1980), de John Dos Passos.

Esta novela fue publicada en 1925, es decir, cuatro años antes del inicio de la Gran Depresión estadounidense. Con maestría, el autor anticipa las catástrofes económica y social que devinieron tras el crack financiero del 29.

La estación Manhattan Transfer sirve a Dos Passos como metáfora para desarrollar la que es considerada –quizás– su mejor novela, pues en aquélla, como en todo paradero del transporte público, confluyen personajes que se cruzan de forma constante o que nunca más se vuelven a ver.

El escenario es la ciudad de Nueva York de los años veinte. No sirve nada más como telón de fondo, sino que el escritor hace de ella un personaje, acaso brutal: devora seres y sus sueños un día sí y el otro también; luego los regresa al mundo como almas grises, despojadas de toda esperanza: hombres y mujeres completamente desolados.

La historia de la novela no está centrada en un personaje en sí, sino más bien en la masa en su conjunto: Dos Passos entrega un collage en el que nos da cuenta de los sueños y las aspiraciones de un montón de personas que creen que en Nueva York hallarán –y lo llevarán a sus vidas– el ideal de bienestar.

Con base en estas motivaciones es que cada ser fluye a través de párrafos y párrafos; sin embargo, Dos Passos no permite profundizar en la vida de los personajes, pues en cuanto el lector comienza a saber algo más, llega el cambio repentino, los espacios en blanco en las hojas como símbolo del vacío.

En la obra hay jóvenes que anhelan hacer dinero, mujeres que buscan alcanzar la felicidad, suicidas, obreros, políticos, sindicalistas; seres atormentados que beben alcohol, pese a la prohibición… Éste es un elemento de la crítica de Dos Passos hacia la sociedad norteamericana de su tiempo; sabe que, pese a la falsa transparencia en la política de ese país, la corrupción es uno de los tantos defectos sobre los que está cimentada la democracia estadounidense.
La novela no es corta (472 páginas en la citada edición), pero se lee a buen ritmo; está escrita con una técnica de alguna forma innovadora del autor en cuanto al collage que ofrece al lector a través de cientos de páginas.

El ritmo se mantiene, pese a que no existen momentos de tensión ni hay una trama que exija la atención del lector, aun cuando sólo algunos de los personajes vuelven a aparecer, años después, ya en desgracia. Muchos son presentados y pronto desaparecen, sin saber nada más de ellos. De otros nos enteramos de sus fracasos. Porque, en el fondo, es una novela de fracasos, de la soledad como único recurso para encarar la derrota frente a una sociedad que exige materializar los sueños para comprobar el éxito.

En esta obra encontramos a un John Dos Passos pesimista, pero a la vez desengañado de las falsas ventajas del progreso y demás mentiras. Sin embargo, como todo gran pesimista, deja un resquicio para que se cuele la esperanza.

Otras obras destacadas de este autor son: Tres soldados (1921), novela de corte antimilitar; la trilogía U.S.A., conformada por las novelas El paralelo 42 (1930), 1919 (1932) y El gran dinero (1936), entre otras.

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Lunes, 08 Octubre 2018 05:33

Por un bistec

–¡Con qué buenas ganas me comería un bistec!

–murmuró en voz alta, cerrando los enormes

puños y escupiendo entre dientes un juramento.


J. L.


El boxeo es, junto con el futbol, acaso el deporte más popular del mundo. O por lo menos en México lo es. Es una actividad añeja, de siglos. Hay personas que opinan que el boxeo es salvaje y violento. Sin duda, hoy en día se trata de un negocio que está por encima del deporte. Todo lo que lo rodea –excesos, corrupción, engaño– ha hecho de este antiguo deporte un espectáculo más que hoy en día atraviesa por una crisis no únicamente de credibilidad, sino de talentos.

Pero algo hay en el box que apasiona a millones. En el cine existen diversos ejemplos para ilustrar el gusto por esta actividad. El más conocido es Rocky y sus numerosas secuelas, aun cuando Silvester Stallone aprovechó el cine para realizar propaganda proyanqui y antirrusa en torno a su personaje en la cuarta cinta.

También está Toro salvaje, protagonizada por Robert de Niro, quien encarna al boxeador Jake La Motta y cuya actuación le valió un Oscar como Mejor Actor.

Hay más ejemplos en el cine. Sin embargo, en literatura existen, a mi parecer, los mejores exponentes que describen este deporte. Escritores como Hemingway, Bukowski, Ricardo Garibay, Cortázar –entre muchos otros– se han visto seducidos por el pugilismo. Acaso el primitivismo nos lleva a admirar el intercambio de golpes, el llamado a la violencia. No sé. El caso es que una buena pelea altera el ritmo cardiaco, la sangre fluye y todos nos volvemos expertos en la materia.

Esta semana mi recomendación gira precisamente en torno a ese deporte. Me refiero a «Por un bistec» (Alianza Cien/Conaculta, 1994), del estadounidense Jack London (1876-1916), quien fue un notable aficionado del deporte de los puños.

«Por un bistec» es un cuento que se centra en la figura de Tom King, un boxeador veterano hundido en la miseria, prácticamente retirado. Aunado a ello, tiene una esposa y una hija a las que debe alimentar.

Cierto día le ofrecen combatir contra un joven que aspira a ser figura mundial. Tom King ni se lo piensa mucho y acepta la propuesta: de ganar, obtendrá una suma de dinero que le permitirá alimentar a su familia y paliar un poco la miseria de la que es objeto.

Con maestría, Jack London relata los momentos previos al combate, lo que piensa el hombre que sólo ve en esa oportunidad una manera de fugarse un poco de la condición tan adversa en la que está sumido. Diríase que uno escucha el rugido estomacal de Tom, se conmueve con los deseos de ese hombre que sólo busca alimentar a los suyos.

El relato no es una apología de la juventud ni un reclamo a la vejez. Por el contrario, se trata de un golpe maestro de la voluntad de vivir. La narración de London de esa pelea es de lo mejor que se ha escrito en torno al deporte que mueve masas.

Acudimos al drama de Tom King en carne y hueso: se respira su pasión, se suda su miedo, su vitalidad, su energía que se escapa. Incluso uno recibe los golpes que le dan. Es el encuentro del boxeador que fue contra el boxeador que pretende ser. Sí hay una lucha entre el ser joven y el ser viejo, pero entre lo más destacable del relato están la atmósfera, el ambiente que se vive, el drama, la situación de Tom y de su familia: esa ilusión del hombre y de su esposa de que él gane y pueda llevar comida a casa. Todo en el texto es encomiable. Me parece que difícilmente alguna película podría superar lo que Jack London consiguió en «Por un bistec».

Este escritor nacido en San Francisco, California, no debe su fama a esta obra, sino a novelas como Colmillo Blanco y La llamada de la selva, por citar acaso las más conocidas.

London padeció una fuerte adicción al alcohol; su obra es relativamente extensa, pero su vida –quizás– fue corta: se suicidó a los 40 años.

Mucha de su obra puede encontrarse fácilmente en internet, incluido el cuento que me he permitido recomendar.

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Lunes, 01 Octubre 2018 05:09

La sección

Hace unos meses escribí acerca de El distrito de Sinistra (Acantilado, 2003), una magistral novela del húngaro nacido en tierras rumanas Ádám Bodor (1936). En esa ocasión mencionaba la capacidad del autor para recrear atmósferas asfixiantes dotadas de un lirismo deslumbrante y personajes que parecen soportarlo todo.

Pues bien, en esta ocasión vuelvo a ese escritor. Pero ahora con una pieza breve, un relato llamado La sección (Acantilado, 2007) que podría funcionar como puerta de acceso a la obra de Bodor.

Pese a que el libro apenas tiene 59 páginas y que el lector termina la lectura con un dejo de decepción en el sentido de que se desea leer más, el relato encierra los puntos clave de la obra del húngaro: la soledad inducida a ambientes extremos y la capacidad del ser humano para adaptarse a las situaciones más adversas.

La sección está protagonizada por Gizella Weisz, una mujer de la que apenas si se sabe algo. Y es que ésa parece ser una obsesión de Bodor: los personajes sin pasado y con un futuro sombrío (El distrito de Sinistra, La visita del arzobispo). Así ocurre con esta mujer, la que debe ser trasladada a «la sección», un sitio del que nadie sabe nada o no quiere decir nada.

Hay que aclarar que el trasfondo de este relato gira en torno a los totalitarismos y a esa necedad de anular al individuo, sea cual sea el régimen que termina por aplastar al que se opone a su ideología.

El caso es que Gizella parece no rechazar la decisión de su traslado a «la sección». Con el paso de las páginas, el lector descubre que se trata de un sitio lejano al que se accede en carro, luego en una vagoneta y finalmente a pie.

Entre nieve, lodo y seres con botas cubiertas de barro, la mujer recibe una dotación consistente en embutidos, botas de goma, manoplas, una pieza de jabón, licores, etc.,y le asignan un sitio donde hay un hombre, el único que la aguarda y que se llama Öcsi o Petya (el propio narrador lo desconoce).

Aunado a esta presencia, hay comadrejas, «auténticas propietarias del espacio». El hombre se niega a probar lo que le ofrece Gizella, a prender el fuego, pese al frío que hay en el ambiente. Y más frío resulta por el trato con Öcsi o Petya, quien sólo pretende sobrevivir y sostiene diálogos cortantes con Gizella, en medio de una pieza oscura que el hombre se niega a iluminar («Aquí no hay nada que iluminar»).

Parece un individuo decidido a no morir y sí a reflexionar acerca de las causas que lo condujeron a «la sección», a olvidar algo que siempre oculta.

El aire del relato parece irrespirable. Se desconoce quién ordenó que Gizella fuera destinada a ese lugar. Pero debe sobrevivir entre oscuridad, frío y la compañía de un hombre del que podría sospecharse cualquier cosa.

La obra es otra muestra de que Ádám Bodor es uno de los grandes escritores europeos de esta época, pero relegado por escribir en una lengua que posee pocos hablantes. No obstante, gracias a Acantilado y la traducción de Adan Kovacsics, es posible acceder a un libro que guarda una historia que resulta inquietante desde la primera frase.

En la contracubierta de la obra se menciona: «En la sección hay frascos cubiertos de barro con las etiquetas rasgadas, y salamis mohosos y resquebrajados. Nada (ni prenda ni producto) puede tener etiqueta propia, y todos llevan las botas cubiertas de barro. Sus internos deberán poner estacas, y mantener muy baja la temperatura de las casas para complacer a las comadrejas […]. Al contrario que en Kafka, en el que solamente uno es el escogido, en este breve e intensísimo relato de Bodor es toda una sociedad quien sufre las consecuencias».

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Lunes, 03 Septiembre 2018 05:09

El pequeño verano

El pasado 15 de agosto se cumplieron cinco años del fallecimiento del escritor, dramaturgo, periodista y dibujante polaco Sławomir Mrożek (Borzęcin, 1930-Niza, 2013), una de las figuras más representativas de la literatura europea de los últimos años y quien durante algún tiempo radicó en México.

Coincido con quienes consideran que la mejor forma de recordar a un escritor es acercarse a su obra. Por ello, en esta ocasión me permito aludir a la figura de Mrożek, precisamente, recordándolo a través de una de sus novelas.

Ya en otro momento escribí algo sobre el autor en este espacio, al recomendar su volumen de relatos breves El árbol (Acantilado, 2003), el cual contiene 42 textos llenos de humor surrealista, ironía y talento que colocan al nacido en Borzęcin como uno de los maestros del género.

Si bien Mrożek es más conocido en su faceta de cuentista y dramaturgo, también dedicó su arte a la novela; una de éstas es El pequeño verano (Acantilado, 2004).

Esta historia está ambientada en la Polonia de postguerra, cuando el régimen soviético se instala en ese país.

En su mayor parte transcurre en el pueblo imaginario llamado Monte Abejorros, que es habitado por diversos personajes, entre los que destacan el padre Embudo, el sacristán Abejorro, el comerciante Timoteo Abejita (también conocido como Veleta), Fisga, entre otros.

En Monte Abejorros hay una iglesia cuya campana lleva mucho tiempo sin haber sido tocada; la última vez que repicó cayó sobre el anterior sacerdote, el padre Gallina, y lo mató.

Monte Abejorros, de alguna forma, está enemistado con el pueblo vecino de La Malapuntá, del que la iglesia es encabezada por el padre Cardizal, quien no es de las simpatías de Embudo.

La diversión de ambos pueblos radica en las fiestas patronales o en eventos que planean los grupos organizados. En una de estas celebraciones, una broma en La Malapuntá desencadena un escándalo: nueve mujeres corrieron desnudas después de que alguien gritara «¡fuego!» cuando cambiaban sus ropas.

Esta noticia llega a Monte Abejorros, a oídos del padre Embudo, en quien se despierta una especie de envidia por su homólogo, ya que le parece sorprendente haber visto a nueve «comadres» desnudas de una sola vez.

Ésta es una de las primeras anécdotas de la novela, la cual contiene una riqueza de personajes memorables que el autor presenta poco a poco, a lo largo de cinco capítulos.

Uno de ellos es el sacristán Abejorro, acaso el que más aparece en la obra. Este hombre tiene doce hijos que a veces están a su cuidado, a veces al de su esposa o al de ambos a un tiempo. La fuerza de este personaje radica en su inocencia, en la ingenuidad y las situaciones tan divertidas a las que es expuesto por el padre Embudo, que, a su vez, también es uno de los protagonistas entrañables.

Una de las anécdotas más divertidas de la obra es la inauguración del Hogar Espiritual en Monte Abejorros, para el cual se prepara el montaje de una obra de teatro cuya representación resulta muy cómica, no sólo por lo absurdo del argumento, sino por los personajes que son invitados al acto y la atmósfera que rodea esos momentos.

La novela corre de forma fluida; no por divertida se sacrifica la calidad literaria ni la trama, que es muy rica. No en vano Mrożek es uno de los escritores más originales que ha habido en los últimos años en el panorama mundial de la literatura.

Además de anécdotas divertidas, hay pasajes históricos de Polonia, una crítica hacia los totalitarismos; también ridiculiza la propaganda yanqui y sus formas rancias antisoviéticas… Es, sin duda, una novela que puede leerse cuantas veces sean sin perder frescura ni vigencia, repleta de personajes divertidísimos.

Publicado en La Tinta Insomne
Lunes, 13 Agosto 2018 05:02

Una soledad demasiado ruidosa

…soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé

qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí,

y cuáles he adquirido leyendo.


B. H.


Hay autores a los que uno siempre quiere volver, ora porque escribieron un libro que marcó la vida del lector, ora porque simplemente crearon una obra fascinante por donde se la aborde.

La recomendación de esta semana tiene que ver precisamente con uno de esos escritores a los que siempre se desea regresar y conseguir cuanto libro haya escrito. Me refiero al checo Bohumil Hrabal (Brno, 1914-Praga, 1997), uno de los autores más destacados de la literatura centroeuropea del siglo XX.

Ya en otra ocasión recomendé Yo que he servido al rey de Inglaterra, una novela del mismo autor en la que se aborda la historia de un aprendiz de camarero. Ahora toca el turno a Una soledad demasiado ruidosa (1976; Galaxia Gutenberg, 2017. Traducción de Monika Zgustova), una de las novelas cumbre del checo y que fue escrita cuando su obra estaba prohibida en su país.

Haňťa, el personaje principal y narrador, trabaja en un almacén de reciclaje de papel. Desde hace 35 años se dedica a prensar libros en un sótano de la empresa, desde donde se le abre el mundo.

Entre libros, réplicas de obras maestras de la pintura y ratones, Haňťa se encarga de crear balas para su posterior distribución. Sin embargo, el hombre también se ha dedicado a leer, a llevarse libros a su departamento, donde asegura que tiene dos toneladas de ejemplares.

Desde el subsuelo reflexiona acerca de todo el conocimiento que ha acumulado la humanidad a través de la literatura. En cada bala que forma busca incluir una obra maestra de ese arte y también pictórica.

Entre toques surrealistas, bocanadas de humor y de ternura, Haňťa recorre los barrios de Praga, casi siempre empapado en cerveza, de la que bebe jarras y jarras. Pero ello a veces le genera desencuentros con el jefe del almacén, quien lo reprende en algunas ocasiones.

El hombre, que nos recuerda que «soy culto a pesar de mí mismo», espera jubilarse con su prensa para no extrañar su oficio una vez que se haya retirado. Piensa que en cinco años más podrá aspirar a esa jubilación y comprar la prensa para tenerla consigo. Mientras tanto, se emborracha y dedica su vida a prensar libros, pinturas y ratones.

Entre sus reflexiones menciona a figuras históricas como Jesús, Lao-Tse, Goethe, Schiller, Hölderlin, Nietzsche, Kant, Hegel, Erasmo, Pollock, Gauguin, Richard Wagner, entre muchos otros, a quienes de alguna forma agradece sus aportaciones a la historia de la humanidad y con quienes ha convivido durante décadas.

A través de la historia el lector se topa con personajes tan entrañables como el propio Haňťa, tal como su tío, un ferrocarrilero jubilado con ciertas manías y quien le sugirió que se hiciera de la prensa cuando se retirara de la vida laboral.

Cada personaje aporta un grano de surrealismo, de humor y de ternura. La obra divierte y conmueve: he ahí una habilidad de Hrabal, capaz de hacer reír y llorar al lector en un plumazo.

Una soledad demasiado ruidosa también advierte de los cambios generacionales, de cómo el hombre es sustituido por la máquina a velocidad insospechada. El personaje central es el representante de la última generación que de alguna forma imprimía cierto romanticismo en lo que hacía para dar paso al automatismo.

Por donde se la mire, es una novela profunda, pese a su brevedad (102 páginas en la citada edición). Se trata, pues, de una de esas obras a las que se volverá una y otra vez.

Publicado en La Tinta Insomne
Lunes, 06 Agosto 2018 05:10

El cero y el infinito

A él, a Nicolás Salmanovith Rubachof, no le habían llevado

a la cima de una montaña, y, doquiera pusiese su mirada,

no veía más que el desierto y las tinieblas de la noche.

 

En El cero y el infinito

 

Los sistemas totalitarios que fueron impuestos en el siglo XX provocaron dolorosas heridas para la humanidad: costaron millones de vidas y es la fecha en la que no han sido superados.

Uno de esos sistemas que derivó en totalitarismo tiene que ver con el comunismo. Pero no fueron los ideales en sí, sino las personas que se encargaron de administrar el estado de las cosas, las que deformaron una ideología cuyo fin no era el que actualmente es difundido y reproducido a través de propaganda anticomunista.

La recomendación de esta semana es a propósito de esa ideología y los encargados de imponer mecanismos de control y destrucción moral: El cero y el infinito (1941; DeBolsillo, 2012), una novela monumental del autor húngaro Arthur Koestler (1905-1983).

Si bien se trata de una crítica a las prácticas que realizaban los administradores del sistema comunista, hay que decir que no es una crítica simplona, sin fundamento, sino que está asentada en un razonamiento profundo y tejida con inteligencia.

El cero y el infinito cuenta la historia de Nicolás Salmanovitch Rubachof, antiguo agente del Partido que un día es apresado y trasladado a una celda, de la que –estaba convencido– no saldrá con vida.

Recluido en un espacio oscuro, nada acogedor, Rubachof repasa la vida en espera de ser juzgado por el Partido. El narrador, omnisciente, lleva al lector a episodios del pasado reciente que pudieran resultar clave para la captura del hombre y las posteriores acusaciones que pesan en su contra.

A veces mira a través de la ventana que hay en su celda: el patio, la tarde o la mañana y sus cielos teñidos de rojo o lilas. Por momentos, a la sensación de vacío se suma un insoportable dolor de muelas que le impide encontrar un poco de calma.

En cierto momento entabla una conversación con su vecino de celda, a través de golpes en clave que se traducen en palabras. De esta forma, el lector obtiene algo de información que de a poco va entretejiendo la crítica del autor hacia las prácticas de quienes se adueñaron del comunismo.

Rubachof sabe que deberá enfrentarse a interrogatorios, acompañados de métodos de tortura –física y psicológica– que derivarán en la aceptación de todos los cargos de los que son acusados los detenidos y un posterior juicio.

Una vez que inician los interrogatorios, el personaje se asombra de que la persona encargada de cuestionarlo es Ivanof, antiguo camarada y compañero del Partido con quien Rubachof compartió años de juventud e ideología.

La celda se convierte en escenario de diálogos que se prolongan por horas, durante las madrugadas, entre los hombres. Se trata de uno de los recursos magistrales de Koestler que somete al lector a sofocos, a un cansancio tal cual lo experimenta el personaje central.

Así, los encuentros entre Rubachof e Ivanof representan el choque entre la ideología inicial del comunismo y en lo que derivó. Sin embargo, hay en ambos hombres puntos que aún les impiden llegar a odiarse.

Ante ello, la historia da un vuelco: Ivanof desaparece de escena y su lugar es tomado por Gletkin, que representa a la nueva generación que se apropió del comunismo con todas sus prácticas de aniquilación. Es un hombre-máquina incapaz de preguntarse si la ideología sigue su curso inicial o se desvió hacia el precipicio del que no podrá volver.

El cero y el infinito es una obra inteligente, dotada de un profundo humanismo que antepone al individuo antes que a las organizaciones o ideologías que terminan por aplastar al ser humano. Aunado a los magistrales diálogos, hay en la novela un grado de tensión que sumerge al lector en un mundo de tinieblas donde se escuchan los latidos del corazón y cuyo silencio, que zumba los oídos, a veces es interrumpido por un disparo en medio de la noche.

Hacia el final de la historia, Koestler entrega al lector párrafos y párrafos conmovedores que no dejan indiferente, reflexiones de un hombre que se pregunta en qué momento un sistema en apariencia beneficioso para la sociedad puede convertirse en un régimen aniquilador.

En la novela hay personajes que remueven las fibras y que por momentos obligan a cerrar el libro antes de romper en llanto. Es, pues, una obra que se sufre, pero se disfruta y agradece por la valentía del autor a no caer en la fácil propaganda anticomunista.

Publicado en La Tinta Insomne
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