Sociedad
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De cómo Rosy Linares pudo entregar un escrito a AMLO


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Rosa Eugenia Linares Morán esperaba al presidente de México Andrés Manuel López Obrador en la segunda entrada del Pabellón Multimedia Axocoche, en Ayala, adonde acudiría a hacer la declaratoria del 2019 como “Año del Caudillo del Sur Emiliano Zapata Salazar”, conmemoración del 100 aniversario luctuoso del general revolucionario.

Rosy Linares llevaba un fólder rojo y dentro una solicitud y documentos con datos de las enfermedades de su hijo:

“Estaba trabajando para el Instituto Mexicano de la Radio, pero sin más ni más, desde hace quince días ya no tengo trabajo y necesito un empleo para subsistir y mantener a mi hijo, quien tiene parálisis cerebral infantil permanente irreversible y síndrome de Lennox Gastaut. Por eso hice mi anuncio, mira.”

La playera negra de Rosy decía: “Desempleada. Tocada por la 4T AMLO”.

La reportera y fotoperiodista freelance de 48 años que radica en Cuautla y cubre la zona oriente del estado, también me contó QUE el peso de su hijo (Jesús Daniel, seis años y 16 kilogramos) le están ocasionando problemas en la columna y que se le había roto el arnes que carga a la espalda y donde acomoda a su hijo. “Un amigo va a tratar de reforzarlo con unas abrazaderas porque es de aluminio y es complicado soldarlo”, dijo.

En otras ocasiones Rosy ha comentado que no puede dejar a su pequeño en las guarderías porque tiene ataques epilépticos repentinos y hay un gran riesgo para él y para quienes lo pudieran cuidar.

A las 8:36 de la mañana del 12 de enero de 2019, Rosy se atravesó un rebozo y metió dentro a Jesús Daniel. Iba de acá para allá, tomando fotos y entrevistando. A veces el niño la cansaba y se sentaba en la banqueta, bajó el sol bárbaro de la “tierra del jefe”; entonces platicaba con el chico o le daba algo de comer o de beber.

Sabía que el presidente de México ya no viaja con una veintena de militares cuyo trabajo era evitar que le tocaran un pelo al “máximo jefe de las fuerzas armadas mexicanas”, ha visto a Andrés Manuel saludar y recibir de manos de las personas cuanto escrito le dan, y vio, minutos antes, que muchísima gente quería entregar documentos al presidente; por eso se puso frente a la valla donde suponía que iba a entrar al Axocoche.

(“Sr. Precidente Una audiencia con Ud. Asunto: Tratar…”, había puesto un anciano en una hoja de papel con copia de su credencial para votar con fotografía.)

A las 10:09 de la mañana Andrés Manuel bajó de prisa de una camioneta negra. Cientos de personas lo acorralaron. Lo querían tocar, querían saludarlos de mano, querían una foto y muchos querían entregarle escritos.

Al menos cien personas cerraron el paso a Rosy y a Daniel: nadie los vio, los aplastaron y casi se los llevan arrastrando por el piso. La mujer y el muchacho en el rebozo se abrieron y buscaron otro lugar detrás del enrejado. Andrés Manuel avanzaba despacio, saludando a la gente que le pedía se acercara. Rosy levantó la carpeta roja, ahora arrugada, le gritaba fuerte, pero su grito se apagaba con los otros que lo felicitaban o le pedían fotos. Rosy empujó y se logró agarrar de la rejilla, gritó más fuerte y Andrés Manuel pudo ver el folder casi desecho y le estiró la mano; lo tomó y lo puso con los demás que sostenía en la izquierda, se acercó a Rosy:

–Estoy desempleada y mi hijo tiene discapacidad. Le estoy entregando un fólder con documentos y un CD.

–¿Ya estás en el censo?

–No, no estoy, pero lo que más necesito es un trabajo.

Entonces Andrés Manuel llamó a un asistente y éste le tomó datos a Rosy.

El presidente se fue entre vivas, recibiendo lo que la multitud le daba: un saludo, besos, bendiciones, peticiones, escritos… hasta que pudo entrar al escenario donde se haría la declaratoria.

Rosy se quedó atrás, cargando a Jesús Daniel, sudados y apachurrados. Una vez repuestos se dirigieron al lugar que los organizadores tenían asignado para la prensa; desde allí realizó algunas grabaciones y varios videos y escribió algunos apuntes para las notas.

El acto oficial acabó pasadas las doce del día. Un río de gente pobre caminaba por la carretera de Ayala; ahí junto con el vendedor de los churros y varios perros callejeros que nunca faltan en las desgracias o en las celebraciones populares, iba Rosy Linares, cargando a su hijo Jesús Daniel: había conseguido entregar su petición al presidente de México Andrés Manuel López Obrador.

 

 

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