Sociedad

Reflexionar el cine

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Reflexionar el cine

TXT Jordan de León
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Desde el siglo pasado la reproducción de la obra de arte modificó el modo en que los receptores comprendíamos el mundo, a unos Otros y a nosotros mismos. Las variaciones imaginativas de productos culturales como la fotografía y el cine no sólo fueron llevadas al mercado masivamente, sino que además empezaron a acompañar la vida cotidiana y a generar cambios en el comportamiento y la percepción de los espectadores. El placer de la mirada y la vivencia entraron en una combinación inmediata.

El cine produce el efecto de experimentar un mundo vívido en el que proyectamos nuestras propias posibilidades, a partir de montajes que simulan el aspecto de la realidad libre respecto de la cámara, aunque detrás de este efecto, el editor tuvo la posibilidad de escoger y corregir secuencias de imágenes.  En este sentido, el valor artístico del cine no surge necesariamente de lo reproducido, sino del montaje de secuencias de imágenes y audios que tienen la capacidad de generar nuevos significados y mundos posibles, en los que se despliega una nueva dimensión de la realidad y se expande el espacio y el tiempo mediante ampliaciones, tomas en cámara lenta y encuadres en distintos planos que se encuentran fuera del espectro normal de las percepciones sensoriales, abriendo la posibilidad de reflexionar sobre lo que entendemos como real y así, modificar comportamientos y creencias.

Según Walter Benjamin, con la invención de la fotografía las obligaciones artísticas en el proceso de producción imágenes recayeron en los ojos, y el proceso de producción y de recepción de imágenes adquirió un valor de exhibición inaudito. Hacia 1900 la reproducción técnica había conquistado un lugar propio entre los procedimientos artísticos y una de sus manifestaciones más emblemáticas fue el arte cinematográfico, el cual transformó la función tradicional del arte a una función política.

De acuerdo con Paul Ricoeur, la realidad es mediada por la interpretación de productos culturales como las películas, que depositan variaciones imaginativas, referentes poéticos, mitos y ficciones en la memoria de la gente, abriendo un espacio posible hacia la realidad. En este marco, nosotros no conocemos el mundo y a nosotros mismo directamente, sino sólo a través de la estructura construida en nuestra memoria e imaginario por la cultura. Al sumergirnos en las variaciones ofrecidas por la fotografía y el cine, regresamos a la realidad como alguien más después de interpretarlas, nos distanciamos de nosotros mismos y comprendemos de otro modo el mundo. A su vez, el mundo del cine se distancia de lo real, de ahí su capacidad de modificar la realidad, lo que nos lleva a una reflexión sobre la manera en que observamos o comprendemos la vida cotidiana.

Aunque en el cine se aclara que lo expuesto no es real, debemos interpretarlo “como si” lo fuera, generando una sobreposición entre nuestro mundo y el mundo de la pantalla, como si hubiera un pacto entre nosotros y el discurso del cine y “como si” todo lo referido en el cine existiera realmente. Wolfang Iser dice que hacemos una distinción entre los dos mundos, pero que los combinamos cuando vemos la película, permitiendo que ambos se mezclen entre sí, causándonos un tipo de “éxtasis”, un estado que produce nuevos significados que afectan tanto nuestra realidad como el mundo de la película. 

El discurso del cine puede ser reproducido muchas veces en diferentes contextos y así, aproximarse a los espectadores para que lo actualicemos en una recepción individual o colectiva. A través del cine nuestra experiencia se amplía uniendo distintas épocas y mundos posibles que modifican cómo comprendemos la vida social. Es decir, el cine genera nuevos modos de relacionarnos con los demás a través de la imaginación. Por ello, es importante liberar a la industria cinematográfica de la explotación económica, que elimina la conciencia social que puede haber en el cine, mediante representaciones ilusorias y especulaciones dudosas que exaltan ciertos discursos de poder.     

A partir de esto, se genera el riesgo de distanciarnos de nosotros mismos como espectadores y perdernos en discursos que promueven los prejuicios y estereotipos que perpetúan la injusticia y la iniquidad que tanto daño han causado.  

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