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De creadores y creaturones


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De creadores y creaturones
Fotógraf@/ MÁXIMO CERDIO
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Amor y horror

En mi nuevo trabajo me encargaría de escribir sobre los diferentes medios de transporte y, después de algunos meses, me harían recibir la correspondencia y reseñar algunas publicaciones que nos mandaban de varias partes del mundo.

Me asignaron un lugar pequeño en una isla de cuatro ocupantes. Éramos ocho, si no mal recuerdo.

Como sucede en todas las oficinas, todos son muy amables con el nuevo y el nuevo lo es con todos; con el tiempo los va uno conociendo y sabe uno quién es quién.

Uno de mis compañeros hombres (éramos cuatro masculinos) era Salo. Tenía una hija como de cuatro años, de nombre Adela. Su esposa se llamaba Isabel, era inglesa, con más de 20 años en México, pero no podía pronunciar muchas palabras en español: decía “toustadous”, por tostadas.

Los compañeros me advirtieron que no me sacara de onda cuando Salo me preguntará si había yo estado presente en el parto de mis hijas.

Pasaron los días y yo esperaba a Salo con esa pregunta. Como al mes, un día que salimos a estirar los pies a la calle, me arrojó la interrogante:

-Max, quiero preguntarte algo.

¿Estuviste presente en el parto de tu esposa en alguna de tus niñas?

-No, ni aunque me hubieran metido a fuerzas.

¿Por qué no?

-Pues no me gusta ver sufrir a la gente que amo, y menos ver tanta sangre. No he podido ni siquiera ver completo el nacimiento de un animal, es muy cabrón.

-¿Conoces a alguien que haya asistido al parto de su esposa y haya tenido una experiencia muy bella?

-Ni madres. No conozco a nadie pero sí conozco a un amigo que se desmayó y lo tuvieron que sacar inconsciente del quirófano. En lo que a mí respecta no entraría ni porque me amenazaran con una pistola o me obligaran a estar presente.

-Te platico. Fui a un grupo de mamás amigas de mi esposa cuando estaba embarazada. Eran puras mujeres. Platicaban sobre lo hermoso que es dar vida a un ser y nos ponían video de paisajes y música y todo eso. A mí desde luego que sí me interesaba porque mi mujer ya es grande de edad y nos arriesgamos a tener a Adela, y sabíamos que iba a ser la única hija. Entonces me convencieron que estuviera presente en el parto. La experiencia sería irrepetible y le daría seguridad a mi esposa. Desde luego, yo sentía miedo, pero no podía decirle eso a mi esposa; con una estrategia para vencer el miedo le decía todo lo contrario, que era una forma más bien de engañarme y de prepararme para el gran acontecimiento.

Fui a todas las sesiones y me compré una cámara buena para grabar; practiqué hasta conocer el aparato a la perfección, no quería perderme un solo segundo del espectáculo más extraordinario de la naturaleza humana.

El día del parto había llegado. Fuimos a una clínica particular y yo acompañé a mi esposa en todo momento; no me despegaba de la cámara de video. Por las circunstancias nos dijeron que mi niña tendría que nacer por cesárea.

Desde un sitio que me indicó el cirujano, que era amigo de mi familia, comencé a grabar. Estaba de frente a las piernas abiertas de mi mujer. Sentí miedo y desesperación que Isabel se doliera tanto y yo no pudiera estar ahí tomándola de la mano, sentí angustia por mi hija, no podría soportar que a una de ellas le pasara algo. Comencé a sudar. La mano que sostenía la cámara me comenzó a temblar, puse el estabilizador y en modo automático.

La sangre se abrió como un brevísimo río o un camino sobre la piel de mi esposa. Yo no era “asqueroso” ni timorato ante la sangre, siempre me pareció un misterio y era más bien curioso como un niño ante la muerte; pero esta vez era distinto y me comencé a descontrolar. Sentí un leve temblor incontrolable en todo mi cuerpo, avanzando desde la punta de los pies hasta la mano.

Cundo comenzaron a extraer a Adela de Isabel no pude más, como si una mano me apretara el cogote y me repegara la espalda con la pared. No podía mover un dedo, la vista se me nubló y el aire comenzó a faltarme, sentí que me desmayaba; así estuve hasta que una de las enfermeras se dio cuenta y me auxilió. No supe entre cuántas personas me sacaron del quirófano, lo que recuerdo es que apretaba la cámara con las últimas fuerzas que me quedaban. Desperté poco después de la hora, en un catre, con la cámara de video en la mano. Me levanté y fui a ver cómo estaba mi cónyuge y mi hija, todo había salido muy bien.

Pensé que me había librado de esa “dantesca” visión y aunque sabía que jamás podría borrarlo de mi memoria, el tiempo atenuaría los efectos de esa visión. Pero no fue así,

Mi familia y la de Isabel insistieron en que pusiera en la videocassetera el momento del parto, además, debía estar yo ahí, al lado de Isabel y de mi hija recién nacida. No pude, inventé un pretexto de trabajo y me fui al estudio a tratar de no recordar aquello que días antes me había traumado. Desde mi encierro escuchaba el sonido del video y tuve que ponerme unos algodones en los oídos para no escuchar porque el sonido activaba mi memoria y volvía yo a revivir el terrible suceso.

Escondí la videocasetera, la cámara y el casete en mi estudio, en la parte más recóndita. En una ocasión que mi familia insistió en volver a ver el parto, les dije que había yo perdido el casete y la reproductora estaba descompuesta.

“No hay problema. Yo tengo una copia y traigo mi videocassetera”, dijo uno de mis hermanos.

Busco desde hace cuatro años a alguien que me diga que estuvo presente en el parto de su esposa y que fue una experiencia que quisiera repetir. Me siento culpable. ¿Cómo es posible que algo que me horroriza me pueda dar tanta alegría y paz? Pero todo se me pasaba cuando tengo en mis brazos a la pequeña Adela. ¿Tú crees que yo sea un mal padre porque siento horror del nacimiento de mi hija?

La creatura

Desde que la mujer queda embarazada el virus comienza a actuar de manera imperceptible, al menos para la próxima madre.

El microorganismo la prepara para que en el momento en que sienta a la creatura por primera vez fuera de su cuerpo, no pueda ver la fealdad, o más todavía, la monstruosidad de su apariencia física.

La mamá experimenta tranquilidad y hasta placer, segundos después que ha pasado por el dolor más fuerte que hombre alguno puede experimentar.

No hay nada de milagroso en ese hecho. Éste, es el primer efecto concreto que el virus causa en la madre, su objetivo es que no exista resentimiento por aquello que creció por varios meses dentro de ella como un parásito y que le provocó un dolor tan intenso que incluso deseó, en su fuero inconsciente, morir.

Conforme el ser humano crece, los efectos del microbio se van atenuando, aunque nunca en la vida del organismo hospedador terminan.

Si bien ha habido contadísimos casos de inmunidad, se han documentado incontables progenitoras víctimas de los efectos magnificados del bicho al punto de la idolatría.

Conforme se desarrolla la creatura, la madre va siendo víctima de un exagerado amor por ella. Ve a la creatura como algo que estuvo adentro de ella y fue suya; ahora le sigue perteneciendo, pero crece afuera.

El padre es inmune al virus.

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Máximo Cerdio

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