Cultura de la Paz para el buen vivir

Infancia y cultura de la paz


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“Más que hacer que los niños se

adecuen a la escuela, necesitamos

escuelas que se adecuen a los niños.”

Carlina Rinaldi.

El niño es un ciudadano activo en la ciudad, un ciudadano de hoy pero que también va a vivir el futuro, un ciudadano con derechos, pero también un constructor de cultura que contribuye activamente a la vida de la ciudad, capaz de aportar interrogantes, reflexiones y creatividad a esa vida. Así lo dicen Carlina Rinaldi y Peter Moss en la introducción de “caminando por hilos de seda, escuelas municipales de Reggio Emilia”, y que hoy, la primera escuela de este tipo, está cumpliendo 57 años de existencia.

Nuestros niños y niñas son fundamentales en nuestra sociedad. Sin embargo, considero, como lo dice el epígrafe, que necesitamos escuelas diferentes que se adecuen -también se puede decir “adecúe”- a ellos.

Todos los días, a cada momento, pienso en nuestra infancia. Todos, hombres y mujeres fuimos niños, el problema está en, como decía el autor de “El Principito, Antoine de Saint-Exupéry: “Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan.” Y es por esta misma razón, que debemos recordar todo lo que pasamos para incentivar lo bueno y deshacernos de todo lo malo que nos sucedió, y sigue sucediendo en las escuelas.

El sistema educativo tiene que tener mecanismos dinámicos y democráticos para el buen desarrollo de nuestros niños y niñas. No puede ser un instrumento lineal en el que los adultos determinen y decidan qué y cómo se les va a enseñar a nuestra infancia.

Si recordamos nuestra infancia, solamente teníamos que seguir las reglas que nos imponían nuestros padres y maestros. Si teníamos ganas de hacer algo o no hacerlo, teníamos que enfrentarnos al enojo de nuestros mayores. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que lo que vivimos fue malo. En absoluto, pero en muchos casos, el mío incluido, tuvo cosas que no hubiera querido haber vivido.

Es natural que no todos los padres estén preparados para criar y educar a los hijos. Sin embargo, sigo pensando que las personas que se dedican a la educación, eligieron esa carrera por vocación, pero, no obstante, hay muchas personas que deberían de haber escogido otra profesión para ganarse la vida.

Entiendo también que los enseñantes tienen que seguir reglas. Pero ese es precisamente el problema. Porque nos hemos convertido en robots que, en el caso de nuestros niños y niñas, que son recipientes vacíos y puros, y que empiezan a llenarlo con sus propias vivencias y experiencias, los vamos llenando de todo lo que los adultos hacemos y queremos que hagan. No importa si es bueno o es malo. Si les gusta a ellos o no.

Bien lo menciona Serrat en su canción “esos locos bajitos”: cargan con nuestros dioses y nuestro idioma. Nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma, y que les bastan nuestros cuentos para dormir. Nos empeñamos en dirigir sus vidas. Sin saber el oficio, y sin vocación. Les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción. Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…”

Francesco Tonucci, autor del libro “Cuando los niños dicen: ¡Basta!”, hace propuestas para una escuela diferente, entre ellas: Dejar tiempo a los niños por las tardes para que hagan cosas diferentes y luego tengan temas de conversación para hablar en clase. Esto requiere no mandar demasiados deberes, ya que pasan suficiente tiempo en el aula. Darles más poder y libertad a los niños; que éstos sean el centro de formación contando sus experiencias. Sostiene que los niños no son recipientes vacíos que hay que llenar de conocimientos; éstos tienen sus propias vivencias y formas de pensar. Hay que escucharlos y crear entre todos el conocimiento. También son capaces de mantener su concentración durante un buen rato en un juego, pero esto no interesa a la escuela; porque no ayuda a elaborar lógicamente los datos. Tonucci explica que en la escuela se debe tener más en cuenta el divertimento. Afirma que, si nos centramos en lo que se sabe hacer, más que en lo que no somos capaces de llevar a cabo, tendremos niños más motivados y menos frustrados que ayudarán a un futuro a crear personas más seguras de sí mismas.

También menciona que la escuela debe apoyar el trabajo en grupo e incluir a la familia.

¿Se imaginan que a partir de ahora pudiéramos ver en todos los medios la participación de nuestros niños expresando su sentir por lo que viven en su día a día, y así aprender de ellos para lograr un mundo mejor? Para ellos es más fácil hablar de su entorno, su comunidad, sus necesidades y sus deseos, entre otras cosas. Sería maravilloso implicarlos en situaciones en las que todos tienen algo que decir y no solamente ser los mejores en la escuela.

Si así fuera, estoy seguro que nos darían una lección, en principio, a todas las personas adultas de cómo llevarnos mejor y vivir en paz.

Te invito a regresar a la niñez, porque como decía Pablo Neruda: el niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él, y que le hará mucha falta.

 

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