Bajo el Volcán

José

Lo vi llegar con su ropa sucia y maltrecha; con esos huaraches que invitaban a no traerse puestos pues seguramente lastimaban más sus pies que si los trajera descalzos. Su madre lo tomaba de la mano, e igual que él, se veía cansada y con hambre. Caminaron muchos kilómetros desde el pueblo que los vio nacer, huyendo de la pobreza extrema que los aquejaba y del padre del chamaco que era alcohólico y hombre sin oficio ni beneficio.

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– ¡Una limosna por amor de Dios! –pidió ella.

Los ojos del muchacho se clavaron en mí haciendo, tal vez, un análisis de mi persona.

– ¿Les parece mejor un plato de comida caliente? –pregunté.

José miró a su madre con una súplica. La mujer quiso evadir la propuesta con un no, gracias, señor, pero José no pudo más y, sin pensarlo, me dijo:

– Mi madre y yo no hemos comido desde ayer; mejor el plato de comida –propuso apenado.

– Pasen –les invité-, en un momento lo tendrán; siéntense en esas sillas, por favor.

Me dirigí a la cocina pensando en la triste situación de los recién llegados. No tardé mucho en calentar un poco de sopa y guisado que sobró ese día de la comida. Luego regresé al garage donde se quedaron mis huéspedes. Los vi sentados en el suelo, con la cabeza agachada como si se encontraran orando. José, al darse cuenta de mi presencia, adelantó sus manos para recibir uno de los platos que contenía sopa, mientras Gertrudis, la cocinera, me ayudaba con otro de ellos para la mamá del muchacho.

– Coman, no tengan pena. Aquí hay tortillas y una salsa que está deliciosa, ¿verdad, Gertrudis?

– Sí, señor, como que la preparé yo misma.

Aquel primer encuentro con José, que por aquel tiempo tendría aproximadamente doce años, me hizo el hombre más feliz del mundo.

¿Saben?, soy viudo y sin hijos, y él vino a llenar ese espacio que dejó mi esposa cuando se fue. La mamá de José se quedó en casa como trabajadora doméstica y me aboque para que José, dentro de otras cosas, aprendiera a leer, empresa que no me costó trabajo ya que él lo anhelaba desde mucho antes de nuestro encuentro aquella tarde.

Recuerdo muy bien el día que entró en mi estudio, lugar donde trabajo y paso la mayor parte de mi tiempo entre semana. Se quedó quieto, silencioso, con la boca abierta y los brazos pegados a los costados de su cuerpo, mientras sus vivarachos ojos observaban de un lado a otro de la estancia.

– ¡Cuántos libros! ¿Los ha leído todos?

– Sí, le contesté.

– Pues ha de ser usted un sabio –afirmó.

– No tanto José, no tanto. ¿Sabes leer?

– No, mi padre nunca me dejó ir a la escuela. Decía que ese lugar era sólo para los catrines o para los hombres de la ciudad. Yo debía de ser como él: un pobre e ignorante campesino; que ese era realmente nuestro destino.

– ¿Te gustaría aprender?

– ¡Claro que sí, siempre lo quise hacer! –contestó mientras me regalaba una de esas sonrisas suyas que me expresaban la inocencia de su alma. Luego me preguntó, como volviendo a la realidad: – ¿No será tarde ya?

– Nunca pienses que es tarde, lo importante es comenzar hoy mismo.

– Pues me gustaría que me enseñara usted, que lo sabe hacer.

Ese amor que empezaba a nacer por él y su gran deseo de aprender fueron las sustancias que se combinaron para presenciar el milagro.

Pocas semanas después, José comenzó a leer sus primeras frases, y días más tarde lo encontré, una mañana, en el interior de mi estudio leyendo uno de mis libros. Caminé sigilosamente para no romper con la escena y me senté en una silla frente a él. No se percató de mi presencia. Estaba absorto con la lectura que oí porque, aunque con dificultad, deletreaba en voz alta las difíciles frases ahí escritas.

No sé cuánto tiempo estuve sentado en aquel sitio admirando su tenacidad y esa fuerza de voluntad que lo hacían avanzar a pasos agigantados. De pronto, levantó la vista del texto y se dio cuenta de mi presencia. Soltó el libro de entre sus manos y, con una expresión de miedo y sobresalto, me dijo:

– ¡Perdóneme! Me dio mucha tentación entrar en su estudio, pero le juro, por la virgencita, que jamás lo volveré a hacer sin su permiso.

Abrí los brazos y le pedí que se acercara a mí.

– Querido José –le expliqué con cariño-, tú puedes entrar en este lugar cuantas veces quieras; él estaba esperando a alguien como tú. De ninguna manera me molesta que entres aquí sin mi consentimiento; es tuyo de hoy en adelante. Tú y nadie más que tú será la persona que mejor lo use. Comienzo a quererte como a un hijo, Dios sabe que es verdad, y si no tuviera mucho más que dejarte, me conformaría con heredarte este lugar que sé bien sabrás usar de la mejor manera.

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