Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 20 Mayo 2019 07:24

Los peces no cierran los ojos

El encuentro con el sueño, donde lloro sin lágrimas.

Mi luto por él es una poza de agua marina evaporada.

 

Erri De Luca

Un joven mató a balazos al dirigente estatal de la CTM y a uno de sus colaboradores en la calle Gutenberg; un camarógrafo, entre los heridos.

Lunes, 06 Mayo 2019 06:57

Kornél Esti. Un héroe de su tiempo

La literatura europea es bien conocida en prácticamente todo el mundo; en las librerías no faltan autores clásicos anteriores al siglo XX y de muchos que han recibido el Premio Nobel. Sin embargo, los más editados y traducidos recaen –al menos en el caso de México– en apenas un puñado de países: Francia, Alemania, Italia, España o la Gran Bretaña.

Lunes, 29 Abril 2019 07:00

La senda del perdedor

No tenía amigos en la escuela, tampoco los quería.

Me sentía mejor yendo solo. Me sentaba en un banco

y observaba a los otros mientras jugaban,

al tiempo que ellos me miraban con burla.

 


Charles Bukowski

Pensar en sociedades cuyos habitantes coexisten sin tecnología ni medios de comunicación resulta inaudito e incluso inverosímil hacia finales de esta segunda década del siglo XXI, cuando los supuestos avances tecnológicos «facilitan» la vida.

Lunes, 08 Abril 2019 05:40

La reclusión solitaria

Soy una cosa molesta, una cosa ciega,

sin amor, soy una piedra que se expulsa

hacia las puertas de la noche.


Tahar Ben Jelloun


El racismo y la discriminación son temas que aparentemente se combaten desde diversos frentes de la sociedad de nuestro siglo, con el supuesto impulso de diversos medios de comunicación. Sin embargo, más allá de erradicarlos, parecen males que van en aumento.

Un ejemplo a la vista de todos es Estados Unidos, donde la xenofobia cobró fuerza tras el ascenso de Donald Trump al poder y las posteriores manifestaciones de odio de parte de sus seguidores contra grupos latinoamericanos o musulmanes. Aunado a ello, hay que sumarle el racismo que parece enraizado en diversos sectores de dicho país y que ejercen muchos de sus policías prácticamente sin recibir castigo.

Los mismos medios que hoy en día por las mañanas dicen abogar por igualdad entre los seres humanos, durante las noches descubren su verdadero rostro y lanzan mensajes mediante los que estereotipan lo «bueno», con su dosis de discriminación y de racismo.

A propósito de todo ello, esta semana recomiendo La reclusión solitaria (Conaculta/Mondadori, 1992; traducción de Malika Embarek), una lectura que aborda los citados temas desde una mirada profundamente poética de Tahar Ben Jelloun (Tez, Marruecos, 1944).

Publicada en francés originalmente, en 1976, La reclusión solitaria es una novela breve (105 páginas) que cuenta la historia de un exiliado magrebí que vive en París, en la década de los setenta.

Con veintiséis años, una hija, un hijo y su esposa en su país natal, el joven trabaja en una fábrica y de cuando en cuando escribe cartas a su familia.

El personaje-narrador se mueve de un rincón a otro, en una ciudad que no lo acepta por su origen y lo señala y vigila constantemente: «–Queda usted detenido: se le declara culpable de locura, culpable por vivir en un baúl, culpable por haber delirado, culpable de alta subversión, culpable por hablar algarabía, se le acusa de no ser como los demás…» (p. 17).

El muchacho se imagina a una amante con la que dialoga a lo largo de toda la novela. Los que son como él erran por una París acaso inhóspita, lejos de esa supuesta cortesía que las películas muestran de la llamada «ciudad luz».

Por la obra deambulan personajes que, sin darse cuenta, están estacionados en una decadencia que conmueve, que se siente. Cada olor se instala en la nariz del lector, cada palabra retumba como un coro polifónico de seres que gritan su desdicha y de la que parece no haber una salida. Van por la vida, carne de lamento, desgastando lo que les queda propio: el deseo, la soledad, el dolor, el silencio…

El lenguaje es acaso el personaje principal; el tono de la narración va de la nostalgia al desencanto, pero nunca pierde vitalidad. El lirismo envuelve los sentidos y hace paladear cada párrafo como un dulce que jamás empalaga.

Pese a su brevedad, La reclusión solitaria es una obra que cava a fondo y deja entrever la miseria humana, la hipocresía y la falta de empatía que –como se ve en nuestros días– complica la relación entre los iguales y construye individuos que poco a poco se alejan de las comunidades con el fin de asegurarse un futuro que, oh paradoja, no tiene futuro.

Pese a que quedan ganas de leer más, la novela se disfruta de principio a fin; sus páginas están talladas en poesía: Ben Jelloun es un poeta con la capacidad de hipnotizar al lector, atraparlo en una imagen. Su novela es como una prenda bordada con hilos de seda, detallada hasta el más remoto rincón.

De La reclusión solitaria, el Nobel de Literatura (2008) J.M.G. Le Clézio ha dicho: «Pocos libros nos dejan impresión tan perdurable de vida y de dolor, de verdad y de escarnio; pocos tan cercanos a la raíz de la creación».

Queda, pues, la recomendación de esta semana para disfrutar de una lectura que –quizás– dejará una agradable huella en el lector.

Lunes, 01 Abril 2019 05:39

El maestro de Petersburgo

Fiódor Dostoyevski (1821-1881) es uno de los pilares de la literatura universal. Su vasta obra ha sido digna de elogios, estudios e incluso congresos en los que se reúnen analistas y estudiosos de diversos países para abordar la obra del moscovita.

Lunes, 11 Marzo 2019 05:47

El sabor de un hombre

Nos sumergíamos cada día más el uno en el otro.

¿De qué otro modo reconoceríamos nuestros deseos,

si no fuera escuchándolos desde dentro?

 

S.D.

Lunes, 04 Marzo 2019 05:02

El ejército iluminado

¿Adónde va?, preguntaría el oficial de migración.

Aquí nomás, señor, a invadir El Álamo.

 

En El ejército iluminado

Lunes, 18 Febrero 2019 05:13

Un puente sobre el Drina

A partir del momento en que un gobierno experimenta

la necesidad de prometer a sus súbditos, por medio

de anuncios, la paz y la prosperidad, hay que mantenerse

alerta y esperar que suceda todo lo contrario.


Ivo Andrić


Cuando Ivo Andrić (1892-1975) fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, en 1961, el autor yugoslavo de origen bosniaco solicitó al comité organizador, en plena ceremonia de premiación, que le permitiera hacer sonar una pieza musical que hoy en día es una especie de segundo himno para los serbios: Mars na Drinu (Marcha en el Drina), compuesta por el músico Stanislav Binicki, a principios de la Primera Guerra Mundial.

La obra musical fue creada en honor a la primera victoria del Ejército serbio liderado por Milivoj Stojanović, en 1913, durante la guerra balcánica que abrió el siglo XX. Desde entonces, las notas de la marcha suenan allí donde los serbios pretenden enaltecer su orgullo e infundir valor y valentía a los suyos.

Que Andrić realizara tan peculiar solicitud se entiende si se toma en cuenta que su obra más reconocida tiene que ver precisamente con el tema: Un puente sobre el Drina (1945), una novela fascinante que lleva al lector a recorrer cuatro siglos de historia de una zona donde los conflictos bélicos parecen ser el «destino» y la cotidianidad de los hombres y las mujeres que habitan esa región del planeta, tan castigada desde hace tiempo.

La novela transcurre en la ciudad de Višegrad, cuando la región era dominada por el Imperio otomano. En la segunda década del siglo XVI, por órdenes del Gran Visir Mehmed Paša Sokolović, inicia la construcción de un puente sobre el río Drina, el mismo caudal donde Mehmed niño le fue arrebatado a su madre; luego, de cuna cristiana, fue convertido al islam.

La construcción –de piedra, majestuosa– tardó alrededor de cinco años, tras lo que se convirtió en una fortaleza, en zona frecuente de contingentes de soldados, en punto de encuentros y desencuentros sociales…

El autor relata anécdotas de una multitud de personajes que han pasado por ese sitio durante décadas y décadas, que han dejado parte de su vida sobre el puente.

Es una obra coral que plasma las formas del pensamiento de una u otra religión mediante costumbres y otros elementos que dejan entrever sesgos de la intolerancia que impide la convivencia entre musulmanes, cristianos ortodoxos, judíos y católicos…

El puente fue el paisaje que el niño Ivo contemplaba; a través de los once arcos de la obra legendaria, observó el ir y venir de los hombres, de las mujeres; aprendió que la vida no se termina con la llegada de la muerte, sino cuando la convivencia se torna en guerra y no hay sitio para la paz.

Todo ello, años más tarde, en plena Segunda Guerra Mundial, lo inspiró para escribir una de las grandes novelas del siglo XX, rica en personajes y descripciones de distintas épocas. Personajes que conmueven y divierten, transportan a los sitios de esa forma en la que solo la literatura es capaz.

Lo que más impresiona de Un puente sobre el Drina, además de la erudición del autor, es su capacidad para relatar encuentros y desencuentros, diferencias étnicas y religiosas; guerras que parecen absurdas –siempre lo son– sin tomar partido en uno u otro bandos: Andrić, magistralmente, relata los hechos como un testigo al que le duelen todos y cada uno de los conflictos que ocurren en la tierra que ama. (Hay que recordar que el Nobel era partidario de la unidad de la República Federal Socialista de Yugoslavia.)

Ivo Andrić supo leer la sociedad de su tiempo. En Un puente sobre el Drina hay una advertencia respecto de que la intolerancia religiosa no solo puede desencadenar guerras en los Balcanes, sino en todo el mundo.

No es una novela para leerse en una tarde. Se trata de una obra que supone reflexión, visitas a los mapas, revisión de citas, etc. Es uno de esos libros que ilustran más que cualquier cantidad de clases de historia en algún aula. Andrić se convierte en un guía y se mantiene fiel a los testimonios de la historia de su tierra, sin caer en el propagandismo ni en la manipulación de los hechos.

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