Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 20 Enero 2020 05:02

Tres cuentos

El cuento es uno de los géneros más cultivados entre los escritores mexicanos. Hay una tradición bien arraigada que parte desde la oralidad, ya sea a través de leyendas que los viejos contaban a los niños o por historias aparentemente comunes que resultan ser joyas de la cuentística.

La lista de cuentistas mexicanos destacados es larga; sin embargo, a botepronto se pueden soltar algunos nombres de grandes exponentes del género: Juan Rulfo, José Revueltas, Juan de la Cabada, Juan Vicente Melo, Beatriz Espejo, Amparo Dávila, Inés Arredondo, por citar algunos de los más representativos del siglo XX.

La recomendación de esta semana es justamente un libro breve, pero sustancioso, escrito por uno de los escritores mexicanos más reconocidos del pasado siglo: Tres cuentos (Joaquín Mortiz, 1964), del jalisciense Agustín Yáñez (1904-1980).

Quizás las novelas Al filo del agua y Las tierras flacas son los trabajos narrativos más destacados del autor; sin embargo, Tres cuentos no es una obra menor, pues se trata de tres piezas de la mejor cuentística mexicana.

Las historias que reúne este volumen están unidas por el lenguaje coloquial, que seduce al lector desde las primeras frases.

El primer cuento, «La niña Esperanza o El monumento derrumbado», es narrado por un niño que descubre el primer acercamiento a la muerte. Esperanza es una mujer acaso enigmática del pueblo que despierta lo mismo amor que odio de parte de los vecinos.

Desde la angustia, el narrador cuenta las horas en las que el ambiente se llena de rumores acerca de la salud de Esperanza, a quien jóvenes y hombres consideran «un monumento», pero que también tiene sus detractores y son precisamente éstos los que despiertan enojo en el niño que cuenta su admiración/amor por la mujer, desde su ingenuidad.

La segunda historia, «Las avispas o La mañana de ceniza», narra cómo en un día, un hombre –director de una escuela desde hace varios años– pierde todo su reconocimiento de conducta estricta y severa.

A saber, huraño por convicción, cierto día, después del trabajo, acude al lugar de siempre para tomar su merienda. Sin embargo, es abordado por tres individuos de quienes acepta su compañía únicamente porque les debe favores y lo ensalzaron al grado de que se sintió cómodo con su presencia.

Después, ciertos actos del individuo echarán por la borda todo ese pasado ejemplar por el que tenía el respeto de los alumnos y profesores de la escuela que dirige.

Por último se encuentra «Gota serena o Las glorias del campo», otra historia narrada por un niño en la que cuenta la visita que su familia realiza a familiares del campo.

Además de la riqueza del lenguaje, destaca el flujo de creencias que había –acaso hay– entre ciertos sectores de la sociedad: «–No vean tanto la luna: les cae gota serena». Así inicia el cuento, que llevará al lector a recorrer los caminos que la familia del narrador transita desde la ciudad para llegar al pueblo donde ya es esperada, siempre rodeados de un halo de superstición.

El niño conoce el mal y la crueldad durante su viaje, pero también tiene un acercamiento a la naturaleza que lo embelesa.

A demás de ser una obra breve y accesible para todo tipo de lector, Tres cuentos es una joyita del género en nuestro país.

 

 

 

Lunes, 06 Enero 2020 06:46

Los bosnios

En este espacio me he referido más de una vez a la Guerra de los Balcanes de la década de los noventa del siglo XX. Ya en otras ocasiones he intentado reseñar obras de autores de esa región que abordan, de forma directa o indirecta, aquel conflicto que marcó a millones de personas, ante la indiferencia del mundo.

Lunes, 30 Diciembre 2019 05:02

Hijo de hombre

Cuando se escucha o se lee algo acerca dela literatura latinoamericana, invariablemente suelen brincar los mismos nombres de siempre: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, etc.

Se trata de esas figuras que se engrandecieron con el llamado boom latinoamericano, que permitió exportar obras de esta parte de América hacia Europa y su posterior difusión en buena parte del mundo.

Sin embargo, hay otros nombres cuyas obras e importancia parecieran no tener el alcance de los ya citados, pero que tienen tanta –o más, si me apuran– calidad que aquéllos. Me refiero a Roberto Arlt, Antonio Di Benedetto, Macedonio Fernández, Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti, por citar algunos.

Y hay un nombre más: Augusto Roa Bastos (1917-2005), un escritor paraguayo que en 1989 fue galardonado con el Premio Cervantes.

La de Roa Bastos es una obra medianamente desconocida, pero no por ello menor. Cuentista sin par, ya en sus relatos dejaba entrever a un narrador fascinante, de altos vuelos, y que a raíz de la publicación de su primera novela ganó adeptos allende las tierras paraguayas.

Hijo de hombre (Promexa/Alfaguara, 1979) fue publicada en 1960, aunque el autor realizó modificaciones, en la década de los ochenta, y narra los inicios del siglo XX en Paraguay, hasta la Guerra del Chaco (1932-1935), un conflicto entre ese país y Bolivia, en el que el propio escritor participó.

Hay que destacar que buena parte de la sociedad paraguaya es bilingüe (el guaraní es su lengua oficial), ello implica que tenga una especie de pensamiento dual.

Con base en lo anterior, no es extraño que en Hijo de hombre el lector encuentre referencias de ese tipo. Pero no se trata de una novela histórica académica: la voz de Roa Bastos es potente, dotada de un lirismo que la convierten en una de las plumas cumbres de nuestro continente.

En Hijo de hombre hay varias historias, saltos temporales y de lugar. Es una historia compleja en la que el autor hace un recuento particular de Paraguay que desemboca en la región latinoamericana vista como la universalidad y su inducción forzosa al «orden mundial», al mundo del «progreso», con toda la dolorosa transición que ello implica.

La estructura de la novela no es lineal, ni sencilla, pero sí resulta una lectura agradable: el lector se percata, ya desde la primera frase, que se está ante un narrador espléndido: «Hueso y piel, doblado hacia la tierra, solía vagar por el pueblo en el sopor de las siestas calcinadas por el viento norte».

La riqueza de personajes es otra de las virtudes del autor, la forma de entrelazar sus historias, la belleza empleada en el lenguaje, muy a pesar de lo declarado por el propio Roa Bastos, en el sentido de que con esta obra antepuso la sinceridad a la belleza.

La del paraguayo no era –no es– una obra para figurar en los medios, para dictar las ideas del bien y del mal. No. La del escritor es, en sus propias palabras, una «literatura militante de la realidad humana». Ante todo, se trata de un autor regido por la congruencia de ideas.

Hay que destacar también que Hijo de hombre es la novela que abre una trilogía «sobre el monoteísmo del poder», que la siguen Yo el Supremo (1974) y El fiscal (1993).

La obra en cuestión –Hijo de hombre– es una síntesis del proceso al que fueron sometidos los pueblos originarios, al sufrimiento de esas sociedades que han sido –siguen siendo– aplastadas para despojarlas de sus riquezas, de sus tierras, de sus lenguas, de sus amores, de sus ideas…

Hijo de hombre es una muestra clara de la riqueza de la literatura latinoamericana, del escritor comprometido –de los que escasean, hoy en día– con las causas que de lo particular evocan a un grito universal.

Augusto Roa Bastos se erige como uno de los grandes escritores americanos del siglo XX y la referida novela no deja dudas al respecto.

Aprovecho el espacio para enviarles saludos a los lectores y desearles todo lo mejor para este 2020, que llegará dentro de dos días.

¡Hasta el próximo año!

 

Augusto Roa Bastos huyó de Paraguay en 1947, perseguido por el dictador Alfredo Stroessner. Volvió hasta 1996.

La primera edición de Hijo de hombre apareció en 1960, bajo el sello de Losada.

 

 

Lunes, 16 Diciembre 2019 05:18

El honor perdido de Katharina Blum

Un país vale a menudo lo que vale su prensa

Albert Camus

Cada vez que se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), comunicadores y políticos se reúnen en eventos en los que no faltan los discursos de estos últimos acerca de la importancia de contar con libertad para informar, aun cuando ellos mismos suelen coartar ese derecho y se inclinan hacia la censura para ocultar lo que no quieren que se sepa.

Ahora bien, del otro lado de la moneda, cabe preguntar: ¿qué tan ético es valerse de la «libertad de expresión» para destruir la vida de una persona?

En pleno siglo XXI, el periodismo inquisitivo relacionado con temas de justicia aún se practica y no son pocos los medios de comunicación que cuentan con reporteros y editores que pretenden hacer las labores de ministerio público o de jueces a la hora de «informar» a la sociedad.

Exhibir a personas detenidas o asesinadas a través de medios de comunicación es una práctica común a lo largo y ancho de nuestro país: basta detenerse en cualquier puesto de periódicos y revistas para comprobar que el sensacionalismo forma parte del día a día en las calles.

Este asunto de usar la «libertad de expresión», puntualmente, para dañar la imagen de alguien que es señalado de cometer algún delito pone en desventaja a las personas detenidas frente a los periodistas que gustan de enjuiciar y de ejercer un supuesto poder para influir en la percepción de la sociedad, que a su vez contribuye a degradar la comunicación y la propagación de un periodismo que a estas alturas tiene un tufo rancio y se contrapone a la ética que un comunicador –en el papel– debe tener.

A propósito de dicho tema, la recomendación de esta semana gira en torno a esas formas desfasadas de hacer «periodismo» y que no respetan ningún derecho de los ciudadanos.

En el año de 1974, el escritor alemán Heinrich Böll (1917-1985; Nobel de Literatura, 1972) publicó una novela corta titulada El honor perdido de Katharina Blum (Las 100 joyas del milenio/Noguer y Caralt, 1999; traducción de Helen Katendhal).

Basada en un caso real, aborda la historia de Katharina, una joven alemana que goza de respeto y seguridad moral entre quienes la conocen y cuya vida transcurre en la más absoluta tranquilidad y alejada de la vida social.

Este personaje se dedica a trabajar en casas de matrimonios mayores; debido a que no hace vida en las calles –su madre está enferma, en un hospital–, su ensimismamiento y encierro le permiten acumular algo de dinero, con miras a un futuro sin carencias.

Sin embargo, cierto día es invitada a una fiesta de carnaval por un par de amigas que logran convencerla para asistir. En esa fiesta, Katharina conoce a un hombre que está señalado de haber participado en actos terroristas; siente una atracción hacia él, lo que provoca que ambos pasen la noche juntos en la casa de la mujer.

Este hecho deviene en actos que terminarán por afectar de forma irreparable la vida de Katharina Blum. En primer lugar, la policía se entera de que el hombre buscado durmió con la chica y, a la mañana siguiente de la fiesta, agentes llegan al domicilio de la muchacha. Pero no encuentran al individuo: ella, Katharina, lo ayuda a escapar.

A raíz de este hecho, un periodista que trabaja para un medio sensacionalista se encarga de arruinar la vida de la chica: difunde mentiras acerca de ella, entrevista a personas con las que Katharina trabajó y tergiversa las opiniones para publicarlas; inventa situaciones y pone a la mujer frente a una sociedad que no se toma la molestia de dudar respecto de la información que se publica en ese medio.

La actuación del reportero provoca que la vida de Katharina se destruya. Incluso, el tipo contacta a la madre de la muchacha, la visita en un hospital y, luego de ese encuentro, la señora fallece. Este acto termina por derrumbar a Katharina, quien, sin nada más que perder, se comunica con el reportero para ofrecerle una entrevista exclusiva que culminará con una sorpresa que el lector debe descubrir.

Heinrich Böll no sólo fue uno de los máximos exponentes de la literatura alemana de postguerra, sino también se convirtió en un férreo defensor de los derechos humanos y se atrevió a cuestionar a la Iglesia católica –él era católico– por su papel durante la Segunda Guerra Mundial.

El honor perdido de Katharina Blum es una novela vigente que nos invita a reflexionar respecto del papel de la prensa sensacionalista y su colaboración –indirecta, si se quiere– con la violencia en nuestro país, así como a cuestionar las formas de las que se valen muchos medios y reporteros para el tratamiento de asuntos más allá de sus límites, pues ello los coloca como violadores de derechos humanos.

Böll es un autor para tomarse en serio. Entre sus obras también destacan ¿Dónde estabas, Adán? (1951), Billar a las nueve y media (1960), Opiniones de un payaso (1963) y Retrato de grupo con señora (1971), por citar algunas.

 

 

 

 

Lunes, 09 Diciembre 2019 05:13

El libro vacío

Cuentan que en 1958, una mujer se presentó a la imprenta donde estaban a punto de imprimir su primera novela. Se dice que le solicitó al encargado que detuviera la impresión porque tenía ciertas dudas y debía hacer unas correcciones a la obra.

Otro día, una vez más, la mujer llegó a la imprenta. Como en la ocasión anterior, pidió que se detuvieran para hacer algunas correcciones. El libro le fue devuelto, hizo los cambios y lo entregó a la imprenta.

Cierto día se volvió a presentar. Sin embargo, en esta ocasión, el encargado le negó la obra, al tiempo que le dijo que si seguía corrigiendo la novela terminaría por arruinarla. Entonces, la novela se imprimió; su autora, una tal Josefina Vicens, no tenía idea de lo que acababa de entregar a la literatura mexicana: El libro vacío.

Ésta es una de las novelas más importantes que se han gestado en México. Hoy en día, Josefina Vicens es apenas conocida (aunque hay esfuerzos por colocarla en el lugar que se merece) y su obra se ubica en las cumbres de la literatura mexicana.

Como Rulfo, únicamente publicó dos libros de ficción que le valieron la eternidad en el mundo literario de este país que a veces se niega a reconocer las grandes obras y se empeña en anteponer otras, de amigos para amigos.

El libro vacío (1958; SEP/Lecturas Mexicanas, 1986) es una narración en primera persona de José García, un contador de 56 años que vive atrapado en la rutina de su trabajo y en el encierro de su casa. Un hombre «gris» que se rechaza a sí mismo: «No me gusta mi cuerpo: es débil, blando, insignificante. No, no me gusta» (p. 48).

Cierto día, este hombre decide escribir. Para ello adquiere dos cuadernos; en uno escribirá su rutina, contará su vida, los hechos que lo han marcado; lamentará su mediocridad y su poca capacidad para escribir… En el otro planea transcribir lo que le parezca más valioso para convertirlo en un libro, que sin embargo permanece en blanco.

A través de la historia conocemos pasajes de la vida de José. Por ejemplo, cómo a los catorce años sostuvo una relación con una mujer de cuarenta. O cómo cayó en infidelidad pocos años antes de decidirse a escribir.

Vicens aborda el tema de la imposibilidad de crear, de escribir. Porque José García escribe en su cuaderno, pero no en el libro. Es decir, escribe pero no escribe. Todos sus apuntes los considera eso y nada más, aun cuando su historia va tomando forma. He ahí la grandeza de la novela, su importancia en México: es la primera vez que se aborda dicha temática en las letras nacionales.

El personaje reconoce la necesidad de escribir. Luego, convencido de que no es posible crear, decide no volver a escribir. Pero recae: «He tenido una pequeña victoria. Hoy hace exactamente ocho días que no escribo. Esta recaída es sólo para consignarlo» (p. 53).

José busca desprenderse de la cotidianidad a través de la literatura. Su vida le resulta vacía como para habitarla día a día sin respuesta a esa «nada».

Con El libro vacío, Josefina Vicens entregó una novela redonda cuya importancia radica no sólo en la innovación, sino en el hecho mismo de que estaba convencida de que no se podía escribir nada.

«¡No soy escritor! No lo soy; esto que ves aquí, este cuaderno lleno de palabras y borrones no es más que el nulo resultado de una desesperante tiranía que viene no sé de dónde» (p. 44), dice José García, seudónimo que, precisamente, alguna vez utilizó Josefina, la gran escritora Josefina Vicens, aun cuando hoy su nombre no es mencionado entre las «estrellas» de nuestra literatura, pese a la importancia de su brevísima obra.

A propósito de ello, a pesar de la buena crítica que recibió El libro vacío, Vicens no se animó a publicar otra obra sino veinticuatro años después, cuando en 1982 apareció Los años falsos (Martín Casillas Editores), la segunda y definitiva novela de esa escritora que prevalecerá en las letras mexicanas, pese al olvido al que la han querido destinar algunos.

 

 

 

Lunes, 25 Noviembre 2019 05:15

El enano

Desde Sully Prudhomme, en 1901, hasta Peter Handke, en 2019, ciento dieciséis autores han sido galardonados con el Premio Nobel, no sin casos polémicos ni controversiales. Existen voces que se niegan a reconocer la calidad de todos los escritores galardonados; por el contrario, consideran que son muy pocos los que realmente han sido dignos de obtener ese reconocimiento.

Muchos de estos escritores hoy en día han caído en el olvido, ante el auge de nuevos creadores y la necesidad de las editoriales de ofrecerlos como los próximos clásicos. Sin embargo, un buen escritor difícilmente perderá vigencia.

Esta semana mi recomendación gira en torno al Nobel de 1951: Pär Lagerkvist (Växjö, Småland, 23 de mayo de 1891-Estocolmo, 11 de julio de 1974).

Testigo de la Primera y la Segunda guerras mundiales, Lagerkvist cuestionaba los argumentos bélicos y tachaba de inútiles todas las guerras a través de su obra poética y narrativa.

Derivado de sus reflexiones respecto del bien y del mal, escribió novelas y relatos que contienen pesimismo, pero a la vez son críticas contra los totalitarismos y contra la figura de quienes, endiosados en sí mismos, deciden quién o quiénes deben morir.

El libro que recomiendo se titula El enano (1944), aunque está en un volumen que Orbis lanzó al público en 1982, en conjunto con la novelas Barrabás (1950) y el relato «El verdugo» (1933).

El enano es una historia que está ambientada en la Italia renacentista. El protagonista es el propio narrador, Piccolino, quien mide 65 centímetros y está al servicio de un príncipe.

Por voz de Piccolino, el lector asiste a las confesiones de un hombrecillo que siente fascinación por la maldad y se deja dominar por el desprecio hacia los otros. Ama la sangre y detesta las debilidades del ser humano. Lucha consigo mismo para alcanzar ese ideal suyo respecto de ser un digno representante del mal.

Con el paso de la narración se conocen la vida en palacio, los amoríos extramaritales de la esposa del príncipe, las costumbres de la época; todo, desde la mirada de quien se resiste a ser considerado únicamente el bufón del príncipe y pone todo su empeño en pelear contra la bonachonería.

Piccolino ama la guerra, considera que el amor muere y luego se pudre; desconoce el miedo, la angustia y el remordimiento. No hay nada –confiesa– que pueda impresionarlo.

Página tras página conocemos las reflexiones del personaje, sus posicionamientos respecto de ciertos temas como la religión, el amor, el bien y el mal, tratados de una forma magistral que convierten a El enano en una obra fascinante.

El volumen de Orbis abre con Barrabás, acaso la obra más famosa de Lagerkvist. En 1953 fue adaptada al cine por el director sueco Alf Sjöberg, pero la adaptación de 1962, con Anthony Quinn como protagonista, le dio fama internacional. En abril de 2014, Discovery Channel estrenó una miniserie homónima basada en el texto de Pär Lagerkvist.

La historia escrita por el Nobel comienza con la liberación de Barrabás, con base en la narración bíblica, y la posterior crucifixión de Jesús. A partir de ese momento, Lagerkvist aborda una visión personal respecto de lo que ocurrió con el ladrón luego de haber sido perdonado.

El sueco transporta al lector hacia aquellos años mediante una narración que detalla los sitios, los rostros, con maestría. En la obra se lee la lucha entre el bien y el mal; Barrabás pelea contra sus demonios y se ve obligado a justificarse a sí mismo la redención, mediante diversos actos que se desarrollan a través del texto, con un estilo admirable por parte de Lagerkvist.

Por último, «El verdugo» es el texto más corto de los tres. Se trata de un relato en el que el autor lanza una crítica hacia los regímenes totalitarios, hacia el nazismo en sí. Hay posturas sobre la guerra, el racismo, la tiranía. Una obra también para tener en cuenta.

Con Barrabás y otros relatos descubrimos a un escritor para paladares exigentes, al que se le buscará un buen lugar en las bibliotecas personales.

 

 

 

Lunes, 11 Noviembre 2019 05:10

Zama: la novela de la espera

Hace tiempo, en este mismo espacio, recomendé la lectura de Caballo en el salitral (Bruguera, 1981), una antología que contiene catorce cuentos del argentino Antonio Di Benedetto (Mendoza, 1922-Buenos Aires, 1986). Se trata de uno de esos libros que permanecen en la memoria del lector debido a la alta calidad de los textos.

Pues bien, esta semana me permito recomendar la que es considerada la obra maestra del mendocino: Zama (1956; Casa las Américas, 1990), una de las más importantes novelas de nuestra lengua y que no hace mucho despertó interés en el público debido a la adaptación cinematográfica de la novela que realizó la directora argentina Lucrecia Martel (1966).

En algún sitio leí que Zama ha sido una obra con más prestigio que lectores. Supongo que lo difícil que resultaba encontrar algún ejemplar –por lo menos en México– abonó para convertirlo en un libro de culto muchas veces buscado, pero casi nunca encontrado (sin embargo, Adriana Hidalgo e incluso el otrora Conaculta reeditaron la novela).

La historia está ambientada en la última década del siglo XVIII. Diego de Zama, un criollo letrado, es un funcionario de la Corona española que presta sus servicios en Asunción de Paraguay, donde ve pasar los años en espera de la gran noticia: aguarda a ser trasladado a la ciudad para poder reunirse con su familia.

Mientras espera, intercambia correspondencia con Marta, la lejana esposa a la que transmite acaso lo que va restando de su esperanza.

Así, el corregidor deambula entre originarios del lugar, mestizos y otros funcionarios de la Corona. Sus días transcurren entre uno que otro sobresalto, siempre con la mira puesta en el llamamiento al cambio de residencia.

Zama mira el mar, aguarda a que llegue el bote con el mensaje que cambie el transcurso de su vida. Pero no hay tal notificación; ésta se aplaza, una y otra vez. Llegan mensajes, sí, pero acerca de sus tareas, del sueldo… Ello va desgastando la esperanza de Diego, lo agota física y moralmente: es un fantasma que recorre la playa en busca de la noticia largamente esperada.

Llamada «la novela de la espera», Zama atrapa al lector apenas comenzar la historia, que es narrada por el propio protagonista con un lenguaje y un ritmo pausados, con la maestría de Di Benedetto para contar sucesos.

Anclado en el pueblo, Zama trata de sacudirse la mediocridad que lo acecha y embiste; de la amargura que lo va cubriendo como el óxido al metal conforme se suceden los días.

Entonces es un enamorado, se lanza en busca de los favores amorosos de una española –rechaza a las indias, aunque procrea hijo con una de ellas– que radica en el pueblo. Diríase que el amor se convierte en el motor que lo saca a flote de esa espera que le carcome el deseo de vivir.

El estilo de Di Benedetto es depurado. Muy pronto, el lector se ve atrapado en una trama de aparente lentitud, como en una balsa que se desliza casi imperceptiblemente en las mansas aguas de un río de agua clara y en lapsos turbia.

Se respira el olor de la hierba, los sudores; se siente la piel pegajosa que antes estuvo expuesta al sol tropical. Zama es, como se ha dicho ya, una obra maestra de la lengua española.

Si bien se trata de un libro no visto muchas veces, hay que destacar que el sello argentino Adriana Hidalgo se ha encargado de editar las obras de Antonio Di Benedetto. Es así que en alguna que otra librería de México se puede encontrar.

Otros sellos que la han publicado son Alfaguara, Casa de las Américas, El Alpeh (en un volumen conjunto con El silenciero y Los suicidas, con las que conforma la Trilogía de la espera), Círculo de Lectores, Alianza, Planeta, entre otras editoriales sudamericanas.

Queda, pues, la recomendación de esta semana para añadir al paisaje otoñal un trazo más de nostalgia.

 

TOMADA DE LA WEB

La obra de Di Benedetto ha sido elogiada por escritores como Borges, Cortázar y el Nobel J. M. Coetzee. El autor vivió en carne propia los horrores de la dictadura de Videla.

 

TOMADA DE LA WEB

Daniel Giménez Cacho encarnó a Diego de Zama en la adaptación cinematográfica dirigida por Lucrecia Martel.

 

Lunes, 04 Noviembre 2019 05:11

La bestia del corazón

El 25 de diciembre de 1989, el matrimonio conformado por Elena y Nicolae Ceaușescu fue ejecutado en el patio de una base militar situada en la ciudad de Timișoara, en la República Socialista de Rumanía, tres días después de su detención. En plena Navidad. Ese acto significó el fin del llamado régimen comunista de los Ceaușescu (1974-1989), y con ello, en el papel, las cosas irían mejor en ese país del Este europeo. Pero… no hubo tal.

Horas antes de la doble ejecución, Elena y Nicolae fueron sometidos a un «tribunal del pueblo» conformado por llamados golpistas: se cree que únicamente se trató de una simulación de juicio, pues la decisión de asesinarlos ya estaba tomada de acuerdo con la «nueva ley».

Este hecho estuvo antecedido por lo que ciertos articulistas occidentales llaman una «revolución» para justificar el cambio en el poder. Lo cierto es que la confusión en torno a esos hechos prevalece hoy en día. Como ejemplo, hay que decir que entre los «revolucionarios» que tomaron las calles había obreros que se manifestaron en contra de la privatización de las fábricas ante la inminente apertura del país al neoliberalismo, pero la televisión y diversos medios los hicieron pasar como parte de los opositores a los Ceaușescu, puesto que fue una «revolución» televisada.

20 años después de aquellos acontecimientos, la Academia sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura a Herta Müller (Nitzkydorf, 1953), una mujer nacida en tierra rumana, pero que es descendiente de alemanes emigrados a ese país.

Müller creció bajo el yugo de los Ceaușescu. Ello marcó su vida profundamente y sus futuras obras, que a la postre le permitirían obtener el galardón más prestigioso del mundo de las letras.

Para tratar de entender la vida bajo los lineamientos de aquel periodo, la recomendación de esta semana es un libro de la Nobel titulado La bestia del corazón (Siruela, 2009), una novela inquietante y a su vez placentera: inquietante por la atmósfera en la que se desarrolla la historia; placentera por el lenguaje de Müller, tan llegado a la poesía.

La novela gira en torno a cinco estudiantes: Lola, Kurt, Edgar, Georg y la narradora, de quien no se sabe el nombre, pero que bien podría tomarse como un trasunto de la propia Müller.

El suicidio de la primera lleva a pensar a los otros cuatro en dejar Rumanía, pero las dificultades para ello son inmensas, pues quienes tratan de huir del país son ejecutados.

La protagonista narra su vida a través de vueltas al pasado que intercala con su presente. De esta forma el lector se entera de la demencia que padece su abuela, de los achaques de su madre y de las penas de sus amigos, así como un malestar conjunto que no parece tener fin sino que se incrementa y conduce a todos a un vacío irreversible.

Aunado a ello, el ambiente es irrespirable, pesado hasta la nulidad del ser. Sin embargo, la novela narra las peripecias de los cuatro amigos para resistir y no resignarse a ser anulados por el sistema, aun cuando ello implica el riesgo de perder la vida o ser sometidos a torturas.

En la historia hay un personaje siniestro: Pjele, un vigilante del gobierno sin escrúpulos que parece disfrutar del acecho, de los interrogatorios y de humillar a los otros.

Pjele es un ejemplo de los miles de informantes con los que –se dice– contaba la República Socialista de Rumanía mientras Elena y Nicolae estuvieron al frente del poder y que fueron parte fundamental del aparato represor.

La protagonista de La bestia del corazón se refiere a Nicolae como «el dictador» y su figura ronda las páginas como la sombra que antecede a la noche.

El comunismo ha recibido señalamientos en el sentido de que no hay libertad ni democracia bajo ese sistema. Pero hay que cuestionarse si la democracia consta en permitirle a la gente elegir a los gobernantes que entregarán las riquezas de una nación a fuerzas extranjeras, a costa de los derechos de los individuos.

La anulación del individuo para dar cauce a la masificación de pensamiento uniforme, la falta de libertad de expresión, el totalitarismo disfrazado de democracia, la imposibilidad de exigir derechos no son características del comunismo: lo vemos hoy en día en países como Estados Unidos, España, México, Chile y otros que han entregado a sus millones de ciudadanos.

En el veredicto del simulacro de juicio, Elena y Nicolae Ceaușescu fueron acusados de genocidio, por socavar el poder del Estado y destruir la economía nacional (la deuda externa del país era nula cuando ejecutaron al presidente).Además los señalaron de haber vivido en la mayor de las opulencias, rodeados que lujos mientras el pueblo padecía pobreza y sufría hambre.

No es característico de los comunistas o socialistas como los Ceaușescu darse vida de reyes, mientras la sociedad sufre. En México hay casos de sobra. Muchos.

La de Herta Müller es una novela dolorosa, sin duda; no obstante, su estilo mitiga ese dolor con ungüentos de poesía y frases cortas que hacen olvidar, por momentos, el agobio al que la ciudadanía es expuesta.

En resumidas cuentas, La bestia del corazón es un testimonio de cómo el totalitarismo –llámese como se llame– ciega a los poderosos y mutila los sentimientos y el pensamiento del ciudadano común.

 

TOMADA DE LA WEB

La obra de Herta Müller aborda las condiciones de vida en Rumanía durante el régimen de Ceaușescu.

TOMADA DE LA WEB

Elena y Nicolae Ceaușescu gustaban del culto a la personalidad y lujos excesivos.

Lunes, 28 Octubre 2019 05:43

El señor Presidente

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define al tirano como la persona «Que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad». En otra acepción refiere: «Que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, y también simplemente del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario».

Al escuchar estas definiciones brinca más de un nombre en nuestra mente. Si bien en México no ha habido una dictadura como las que arrasaron con Latinoamérica durante el siglo pasado, los mexicanos sí hemos experimentado gobiernos cuyas acciones encajan en el concepto de una dictadura en diversas características: libertad de prensa limitada, periodistas silenciados a fuego y plomo, desapariciones forzadas, encubrimiento en las altas esferas del poder, por citar algunos ejemplos.

En días recientes han sido noticia las multitudinarias protestas que se han suscitado en Ecuador y en Chile por parte de cientos de miles de ciudadanos que exigen, nada más, mejores condiciones de vida. Ante la protesta, en ambos casos, el Estado echó a andar su maquinaria de violencia –el ejército y la policía–, con saldo de varios muertos, heridos e incluso desaparecidos. Así pues, Lenin Moreno y Sebastián Piñera han adoptado la piel del tirano en el sentido más fiel de la definición.

La experiencia latinoamericana en ese infortunado campo es amplia. Dos de los casos más conocidos –que no los únicos– son los regímenes militares de Chile (1973-1990), con Augusto Pinochet, y de Argentina (1976-1983), con Jorge Rafael Videla.

El horror que desatan estos asaltos a la democracia –auspiciados por Washington– ha provocado que aquellos que se atreven a criticar las imposiciones y denunciar los abusos se vean obligados al exilio para proteger su vida.

De estas voces han surgido las de poetas, narradores, periodistas, músicos, cineastas, etc. En literatura existe el subgénero denominado «novela del dictador», que es precisamente en el que se denuncian los hechos más atroces y se describe la personalidad de esos que encabezan las dictaduras: tiranos, asesinos, sociópatas...

En este tenor, la recomendación de esta semana gira en torno a una de estas novelas, El señor Presidente (1946), del guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), el único autor centroamericano que hasta ahora ha recibido el Nobel (1967).

Aunque no menciona el nombre en la novela, la historia está basada en la dictadura de Manuel Estrada Cabrera y fue escrita en París, donde el autor estuvo exiliado.

Al inicio de la obra ocurre la muerte del coronel Parrales Sonriente. Este deceso permite al «señor presidente» poner en marcha un plan macabro: involucrar a dos hombres para deshacerse de ellos.

El «líder supremo» tiene la última –única– palabra. Pero el poder de un dictador no se ejerce sin la complicidad de subalternos, también engolosinados con el poder. En la novela, el personaje Cara de ángel funge como consejero del tirano y a él le es encargada la tarea de eliminar a los dos hombres «incómodos» por mandato del dictador.

Sin embargo, uno de los hombres a los que debe implicar es el general Canales, padre de Camila, la joven de la que está enamorado Cara de ángel. Aunque la pugna entre el amor por la muchacha y el perdón para Canales abruma al consejero, las delicias del poder son más fuertes para hombres como él.

La novela da cuenta de la barbarie que es capaz de cometer un individuo enfermo de poder, que hace de sus caprichos una orden que debe ser cumplida sin cuestionamientos. Las imposiciones son una constante y quien se atreva a cuestionarlas, deberá resignarse a recibir todo el peso del aparato represor del tirano.

Aunque Asturias aborda en la novela la historia particular de Guatemala e implícitamente la dictadura de Estrada Cabrera, bien podría funcionar en cualquier sitio donde la sombra del poder se asoma y cubre las cabezas de los ciudadanos comunes, esos que terminan aplastados por las imposiciones, decretos y órdenes de quienes carecen de autocrítica y se rigen bajo esa frase de «si no estás conmigo, estás contra mí».

 

 

 

 

Lunes, 21 Octubre 2019 05:11

Zumbidos en la cabeza

A lo largo de los siglos se han escrito obras acerca de las prisiones. Ya sea que el autor recuerda sus experiencias como recluso o relata acontecimientos de presidarios, hay una especie de fascinación por sacar a la luz el mundo oscuro que se esconde detrás de las rejas.

El preso es un ser castigado. Ahora bien, la función de la cárcel en la sociedad es –según el Estado– la de hacer cumplir penas a aquellos que han infringido la ley. Hay totalitarismo en ello, una selección de hombres y mujeres señalados de haber cometido algún delito. Sin embargo, tal parece que todo preso es un preso político.

La cárcel suele producir aversión, terror, miedo o repulsión. Decir que alguien que estuvo preso conlleva un señalamiento y una carga difíciles de desprender. Porque ha estado preso «el delincuente», aun cuando no lo sea.

A propósito de este tema, la recomendación de esta semana gira en torno al mundo de los presidiarios. Particularmente, al de un grupo de presos. Me refiero a Zumbidos en la cabeza (1998; Sexto Piso, 2015), del esloveno Drago Jančar (Maribor, 1948).

El personaje central es Keber, un antiguo marino que era temido por todos los presidiarios. Se dice de él que había dormido junto a cientos de cadáveres en Vietnam; que generales latinoamericanos temblaban ante su presencia; incluso que hubo mujeres en Rusia que intentaron quitarse la vida por él…

Cayó en la prisión de Livada después de que un batallón sitió su barrio. La violencia y la fuerza brutal eran parte de sus rasgos más temidos. Ello surgía a raíz del contacto entre dos metales: el sonido que producía generaba zumbidos en la cabeza de Keber; luego había que ver lo que ello acarreaba.

Más allá de las condiciones en las que viven los convictos, la novela cuenta los sucesos que devinieron al motín que cierto día se inició en la prisión. Mientras miraban un juego de basquetbol entre Yugoslavia y Estados Unidos, un guardia fastidiaba a los presos.

Dicha actitud enfadó a Keber, quien, la paciencia colmada, destrozó el televisor e inició la revuelta en la cárcel.

Con vigilantes como rehenes, inicia lo que tendría que ser negociado. Sin embargo, preocupados por las consecuencias que habrá, los convictos se reúnen para abordar los pasos a seguir. El principal (que además marcará el curso de la historia) es el de acudir al consejo del bibliotecario.

El hombre, que aparentemente era el más tranquilo, pronto habrá de demostrar cuán peligroso es depositar el poder en manos de una sola persona.

Así, de la noche a la mañana, queda conformado un consejo de gobierno que negociará con las autoridades oficiales, un aparato policiaco integrado por internos cuya violencia contenida es capaz de estallar en cualquier momento…

La prisión se convierte en un microcosmos, un experimento de minisociedad en la que las más oscuras ambiciones de unos cuantos pueden desembocar en el terror de la mayoría. Por ello se convierte en una historia contra el poder que alude a la rebelión como única forma de retirarse las cadenas.

Toda la violencia contada en la historia es alternada con pasajes de Keber junto a Leonca, acaso la única mujer capaz de anidarse en su memoria para entregarle un poco de paz. El tono de esos recuerdos contrasta con la violencia y el ruido de la prisión.

Leonca es el consuelo del hombre que sucumbe ante la violencia, el motivo para asirse a la vida, el refugio donde la bestia halla rastros de paz…

Zumbidos en la cabeza se suma a las novelas del presidio y lo hace de forma convincente, con un estilo que atrapa desde los primeros pasajes, entre la violencia de los convictos y la anestesia de la memoria, dotada de un lirismo que cumple con la premisa de que la lectura debe ser placentera.

 

 

 

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