Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 15 Julio 2019 05:49

El rey blanco

Las experiencias de la infancia acompañan al hombre a lo largo de su vida. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando un niño da el brinco de la niñez a la adolescencia en una sociedad regida por un sistema que vigila todo el tiempo?

En 2005, el escritor húngaro György Dragomán (Târgu Mure, Transilvania, 1973) publicó El rey blanco (RBA, 2010; traducción de José Miguel González Trevejo), una novela que aborda la temática y que fue bien acogida por la crítica internacional.

El protagonista-narrador, Djata, es un niño de 11 años que cuenta episodios de su vida: experiencias con amigos, con su madre, con su abuelo, entre otros. Todo lo anterior, en la Hungría que aún era gobernada por el comunismo, aunque está por derrumbarse y la paranoia oficial mira en cada ciudadano a un potencial agente sospechoso y desleal al Estado.

Al principio de la historia el lector se entera de que el padre del infante fue arrestado por la policía secreta, un domingo. Por ello, el niño procura estar en casa cada domingo, pues tiene la esperanza de que el hombre regrese un día como ése de lo que él llamaba «una misión importante». Mientras eso ocurre, Djata intenta vivir su vida como la de otros niños de su tierra.

La novela está dividida en dieciocho partes. En cada una hay experiencias que de alguna manera marcaron la vida del pequeño y asimismo describe algunas formas de operar el sistema político en un país perteneciente al Telón de Acero.

De las experiencias recuerda bromas que le jugaban respecto del estado de su padre: algunos decían que estaba muerto; otros le mencionaban que no había ido a ninguna misión, sino que estaba preso y condenado a trabajos forzados en el canal del Danubio.

Todo ello se lo guardaba para sí mismo, ante la desesperación de su madre, de quien contemplaba sus silencios y la tristeza, esa angustia de no saber en dónde está su marido. Encima de ello, debía lidiar con los señalamientos de los abuelos paternos del niño, quienes acusaban a la mujer de la suerte de su hijo.

El abuelo de protagonista es un viejo secretario que sirvió al Estado. El anciano veía a su nieto dos veces al año: el día de su santo –se llamaban igual– y en su cumpleaños. Sin embargo, tenía prohibido recibir obsequios de los abuelos, dada la complejidad de la relación con su madre.

También cuenta experiencias escolares, el ambiente ensombrecido que regía en las instituciones que, de alguna forma, pretendían uniformar el pensamiento. Narra humillaciones de las que fue objeto por parte de personal docente.

En otros episodios recuerda cuando él y otros amigos buscaban oro en una mina abandonada. O la guerra que sostuvo su bando con un grupo de enemigos del barrio que derivó en un fuerte incendio en un campo de trigo.

En medio de aquel ambiente que por momentos se torna asfixiante, Djata se va formando. En una ocasión, junto con un amigo, llega a la trastienda de un cine, donde descubren una película pornográfica. En ese episodio hay un alto grado de tensión que concentra la atmósfera enrarecida del país.

Poco a poco, el lector se familiariza con los amigos de Djata, con su familia. Hacia el final hay dos capítulos muy conmovedores que centran la reflexión en cómo un niño puede sobrevivir en una sociedad que fragmenta la vida.

El rey blanco muestra una parte de la soledad a la que son sometidos los individuos bajo un régimen autoritario –llámese como se llame–, desde la mirada acaso ingenua de un niño que sólo aguarda el regreso de su padre.

El título hace alusión a un episodio, cuando Djata y su madre visitan a un embajador en busca de información que los lleve a localizar al hombre. En la casa del funcionario, el niño recorre salones; en uno encuentra una mesa y un tablero de ajedrez, ante la mirada de un autómata, con quien disputa una partida.

En resumidas cuentas: El rey blanco es una novela para disfrutarse a sorbos o beberse de un solo trago, en espera del golpe de embriaguez.

 

 

 

 

Lunes, 08 Julio 2019 09:43

LA TINTA INSONME

Bajo el techo que se desmorona.

Cuando se piensa en los Balcanes, es muy probable que lo primero que llegue a la mente sean las guerras que a lo largo de los siglos han tenido lugar en esa región de Europa del Este, puntualmente la de principios de la década de los noventa del siglo XX que derivó en la desintegración de Yugoslavia.

A la fecha, los serbios cargan con el peso de ser tachados –por el fanatismo occidental– como los «malos» de esa guerra fratricida que dejó miles de muertos y vidas destrozadas, como si en una guerra hubiera buenos y malos.

De los Balcanes también podría pensarse en la música, en sus sonidos que hacen vibrar aun a aquellos ajenos a esa cultura; o el cine, con el humor no tan ajeno a nuestras costumbres.

Por citar dos ejemplos muy a la mano están los casos de Goran Bregović y su Orquesta para Bodas y Funerales, en lo referente a la música, y en cine brinca la figura de Emir Kusturica.

En literatura hay un autor actual, Goran Petrović (Kraljevo, Serbia, 1961), cuya obra goza de buena crítica en México y posee un grupo nutrido de seguidores, gracias a Sexto Piso, que ha editado las novelas La Mano de la Buena Fortuna (2006), Atlas descrito por el cielo (2008), El cerco de la iglesia de la Santa Salvación (2012) y Bajo el techo que se desmorona (2014), así como el libro de relatos Diferencias (2008), todas, traducidas al español por Dubravka Sužnjević.

En esta ocasión me voy a referir a la más reciente obra, Bajo el techo que se desmorona, que cuenta una historia que tiene lugar en una pequeña aldea serbia, en la que hay un cine llamado Uranija, cuyo techo está cubierto por un papel tapiz en el que se aprecia un cielo estrellado.

El cine antes fue el Gran Hotel Yugoslavija. Una tarde de mayo de 1980, unos treinta personajes y habitantes de la aldea se reúnen en ese espacio para ver una película. Pero ésta se ve interrumpida por un anuncio que, literalmente, en aquella fecha paralizó a Yugoslavia.

En Bajo el techo… Goran Petrović recurre a la historia, al humor, a la crítica del comunismo, de la educación y de la sociedad en general representada por esos personajes reunidos en la sala.

Es también una especie de reconocimiento al cine como espacio: hay un dejo de nostalgia por aquellos sitios en los que alguna vez nos reunimos de forma grata y que a la postre, simplemente desaparecieron.

Entre los asistentes al cine Uranija se cuentan, por ejemplo, dos gitanos. Uno es analfabeto y el otro se encarga de leer los subtítulos de las películas, no siempre fiel al diálogo real, sino a lo que el propio personaje cree que debería decir. Esta actitud irrita a un profesor, quien todo el tiempo suele reclamarle por la forma en la que el otro engaña a su compañero.

Hay también un hombre que desea ser un artista reconocido y acude en compañía de su esposa, fiel a la costumbre de llenarlo de halagos; o esa mujer que suele dormirse gran parte de la proyección y despierta para ver la cinta en turno.

¿Qué decir del comunista, acostumbrado a levantar el brazo para aprobar todo lo que le dicen? Incluso asiste un delincuente juvenil, que ocupa una fila de butacas para él solo y gusta de hacerle la vida imposible a un espectador más: cada vez que éste intenta ocupar un asiento, el joven se lo impide argumentando que está ocupado.

Personajes como éstos desfilan a través de la historia. La novela echa mano de recursos cinematográficos, incluso posee un subtítulo al respecto: Cine-relato. Hay humor y nostalgia, crítica e ironía. Se trata de un texto que además de contar con un marco histórico del siglo XX europeo, posee un aliento poético que lo convierte en un título indispensable para entender ciertos rasgos del enfrentamiento entre la sociedad que creció con el comunismo y la posterior apertura al Occidente, con todos los radicales cambios que ello conlleva.

Podría decirse que Goran Petrović es heredero directo de Milorad Pavić (1929-2009), otro serbio entrañable que hizo de la literatura un sitio habitable y del que no se quiere salir nunca.

Con Petrović acudimos a un encuentro impredecible, mágico: el autor se ha declarado admirador del realismo mágico y en su obra queda de manifiesta esa influencia.

Es, pues, un escritor prudente, altamente recomendable para aquellos lectores que, además de una lectura placentera, buscan salir de las páginas de un libro con una sonrisa y el convencimiento de que acaba de leer no una novela más, sino una a la que se volverá con cierta frecuencia.

 

 

 

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Charles Bukowski

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