Lunes, 28 Mayo 2018 05:16

Sara y Serafina

Escrito por

Sarajevo, con su jodido túnel,

está unido al mundo

como un recién nacido

a su madre por el cordón umbilical.

 

Dževad Karahasan

 

Entre abril de 1992 y febrero de 1996, la ciudad bosnia de Sarajevo vivió un asedio que provocó un éxodo: más del 30 por ciento de la población abandonó sus hogares en busca de sobrevivir. En otros casos, la muerte les impidió marcharse. Principalmente a los musulmanes.

Poco a poco, la ciudad sitiada se quedó sin suministro de víveres, de agua y de energía eléctrica; entre penumbras, los habitantes se movían ora para salvar sus vidas, ora para que incluso los alcanzara una bala o en busca de agua y alimentos.

Se dice que en el cruce de las calles Tršćanska y Kranjčevićeva hubo muchas muertes provocadas por francotiradores que hacían blanco en los habitantes locales para generar miedo y terror. Pero ese lugar también se convirtió en una forma de cortar con el sufrimiento y el dolor de una sola vez: personas hubo que se paseaban por allí de forma intencional para que los francotiradores les dispararan.

Lo anterior forma parte de un tema recurrente en este espacio: la Guerra de los Balcanes. Los testimonios de ese conflicto son innumerables y en cada uno hay historias desgarradoras que conmueven hasta el llanto. Hay películas que abordan el tema y sobresalen muchos libros.

Esta semana me permito recomendar Sara y Serafina (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2006), una novela del bosnio Dževad Karahasan (Duvno, 1953).

La historia es narrada por el dueño de una cocina económica instalada en Sarajevo al que le toca vivir la guerra en carne propia, desde las calles sarajevitas. Escucha el tableteo de las armas largas, los estallidos de bombas y granadas. Pero también el silencio que sobreviene a las desgracias.

El hombre –del que no sabemos cómo se llama– relata la historia de Sara (nacida Serafina pero que decidió llamarse Sara, a secas), una mujer entrada en años que vive con su hija Antonija.

Sara y su hija tienen la posibilidad de abandonar Sarajevo en busca de salvar sus vidas, a través de un contacto que les facilitará dejar la ciudad, siempre y cuando comprueben que tienen el bautismo. La madre lo tiene, pero su hija no, aunque será fácil comprobar que es cristiana.

Sin embargo, Antonija acepta siempre y cuando vaya consigo Kenan, su novio, un musulmán al que también están dispuestos a sacar del sitio.

Sara se resiste a dejar la ciudad. Se trata de una mujer inteligente, pero que lucha todo el tiempo contra su otro yo, Serafina, desde hace décadas. La necedad la impide dejar su casa para que la pongan a salvo. La necedad y las razones que ella manifiesta mediante monólogos que llegan a conmover al lector.

La trama de la novela ocurre en veinte minutos. Entre el inicio y el final hay apenas veinte minutos de diferencia. Comienza cuando Dervo, un jefe de comisaría, visita al narrador para decirle que su amiga Sara se pasea por el cruce de Tršćanska y Kranjčevićeva.

A partir de ese momento, el narrador rememora cómo conoció a Sara, las historias que de ella sabe, cómo creció el cariño hacia la mujer… Todo ello con un tono pausado, cadencioso, en retrospectiva.

Una de las virtudes de Karahasan es la paciencia. Porque ante una historia de este talante no es difícil desbocarse y reventar el texto a principios de la novela. Más cuando se trata de una historia de veinte minutos.

En el libro, el autor destaca el valor de la amistad; pero, sobre todo, la importancia de la solidaridad y tender una mano hacia aquellos que la necesitan, aun cuando se trate de desconocidos. También alude a los dilemas morales, a la culpa y al permanente miedo que sufren los habitantes de una ciudad sitiada.

Ignoro si la obra está basada en una historia real. No obstante, el realismo que retrata es crudo, demoledor, aunque también regala imágenes como remansos donde el lector reposa, casi con una sonrisa tibia en el rostro.

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