Publicado en Estrategias Lunes, 10 Junio 2019 07:11

El perro de la reina del Pacífico

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Con el pretexto del día de la Libertad de Expresión, el pasado sábado un grupo de periodistas fuimos convocados por Paco Guerrero Garro para una comida en su casa. “Tundemáquinas” de diferentes generaciones compartimos el pan y la sal, pero sobre todo, las anécdotas más increíbles de los últimos 50 años.

Imagínense cuántas historias guardan quienes comenzaron a reportear en la década de los setentas, muchas de ellas que nunca fueron publicadas por el riesgo que significaba sacarlas a la luz pública en aquellos momentos en que los protagonistas detentaban el poder casi absoluto, pero que ese sábado pudimos conocer en boca de los periodistas de la vieja guardia.

Paco Guerrero, además de accionista de La Jornada y alguna vez director de la Jornada Morelos, tiene otras muchas y variadas facetas que nos hablan de su bondad como ser humano. Una de ellas, hasta hace poco desconocida para quien esto escribe, es su afición por rescatar perros de la calle, pagar sus curaciones y, algunos, quedárselos para compartir su casa.

Por eso es que su casa más bien parece un asilo de canes, y cada uno de ellos tiene su historia. Sobresale un perro chato al que llama “el mocho”, porque le fue amputada la pata delantera derecha, pero que esa operación que seguramente salió carísima, significó la diferencia entre la vida y la muerte.

“Paco, cuéntanos la anécdota del perro de la reina del Pacífico”, sugerí en la mesa.

Y Paco Guerrero comenzó a narrar aquella historia real ocurrida a finales de 2007 y que comienza con un rechinido de llanta, un ladrido de dolor y luego el sonido de un vehículo que se aleja. El jardinero de Paco sale y ve un perro raza Doberman, todavía cachorro, que había sido atropellado frente a su casa.

Como lo ha venido haciendo durante años, el periodista toma el perro, lo sube a su coche y se dirige a una clínica veterinaria que está en la avenida San Diego. Ahí lo revisan y concluyen que no está en peligro su vida, pero que debe permanecer en reposo.

Ya estaba Paco en su casa cuando recibe una llamada telefónica del médico veterinario. “Vienen unas personas que dicen ser los dueños del Doberman, pero como usted me lo trajo necesito que usted autorice la entrega”, le dijo el doctor de perros.

En cuestión de minutos llegó a la lujosa clínica de mascotas, donde notó que enfrente se encontraba estacionada una camioneta negra Lincoln con dos hombres “como de dos metros de altura”. 

Tal como le había dicho el veterinario, los escoltas decían trabajar para la dueña del perro y pretendían llevárselo, obviamente pagando la cuenta de la clínica y una compensación para quien rescató al can y lo llevó a curar.

“Yo no lo hago por dinero –aclaró Paco Guerrero- pero ¿cómo sé que esa señora es realmente la dueña del perro?”, cuestionó.

En ese momento se abrió la puerta trasera de la lujosa camioneta y de ella descendió una señora extremadamente atractiva. Pronunció un nombre y de inmediato el perro reaccionó. Se lo soltaron y corrió hasta la camioneta donde estaba la que evidentemente era su dueña.

Paco no quiso ningún pago por su acción salvadora, sólo que liquidaran la cuenta de la clínica veterinaria, por lo que la mujer quedó muy agradecida. Pagaron, se subieron a la camioneta y se fueron.

Dice Paco Guerrero que la volvió a ver a los pocos días en el Superama de Río Mayo. Apenas se le iba acercando cuando ya sus guaruras lo estaban viendo feo. “Soy el del perro, ¿se acuerda de mi?”, dijo tímidamente Paco. La bella mujer le sonrió y fue la señal para que los escoltas le permitieran acercarse.

Aunque su instinto reporteril le sugería hacerle muchas preguntas a la mujer, un presentimiento y la cara de los guaruras le indicaron que sólo debía preguntar sobre la salud del perro. Le dijo que ya estaba totalmente recuperado y nuevamente le dio las gracias. El encuentro fue breve pero suficiente para que Paco no olvidara esas finas facciones en ese rostro por el que se veía que habían pasado las manos de los mejores cirujanos plásticos de este país.

Pasaron los días y el 29 de septiembre de 2007 Paco Guerrero quedó impactado con una noticia que se publicó de ocho columnas en prácticamente todos los diarios nacionales, y que decía:

“Agentes federales detuvieron este viernes en la ciudad de México a Juan Diego Espinosa Ramírez, El tigre, segundo hombre en importancia en el cártel Valle del Norte de Colombia, y a Sandra Ávila Beltrán, La reina del Pacífico, una de las más importantes operadoras del cártel de Sinaloa y encargada de las “relaciones públicas” de la organización que dirige Joaquín el Chapo Guzmán Loera.

“Patricio Patiño Arias, subsecretario de Estrategia e Inteligencia Policial de la Secretaría de Seguridad Pública federal (SSP), refirió que Espinosa, amante de Sandra Ávila, al enterarse de la detención de su compañera, trató de huir, pero fue atrapado cerca de la panadería La Gran Vía.

“La detención de La reina del Pacífico, constituye la captura de uno de los más importantes líderes del narcotráfico en México. Informó que El tigre, además de ser buscado por Estados Unidos, era el segundo en importancia en el cártel Valle del Norte, que dirigía Diego Montoya, Don Diego, detenido el pasado 10 de septiembre”, decía la nota.

Las portadas de los periódicos traían la foto de la “reina del Pacífico”. Y sí, era la misma que semanas antes había ido a recuperar a su perro a la clínica veterinaria de la avenida San Diego.

Así lo confirmaron las empleadas del Superama de Río Mayo, a donde la mujer iba regularmente a comprar comida, como una vecina más de la ciudad de Cuernavaca.

HASTA MAÑANA.

 

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