Publicado en Estrategias Viernes, 26 Octubre 2012 07:23

Las penurias del comandante Juan

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La historia de “El frío”.

Aclaración: El “comandante Juan” que da título a la presente columna no existe con ese nombre. Le pusimos Juan como pudimos ponerle Pedro, Jorge, o cualquiera de los 30 ó 40 policías que tienen bajo su mando a elementos de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado de Morelos.

El comandante Juan tiene casi 20 años en la corporación y en tres sexenios ha visto pasar infinidad de secretarios de Seguridad Pública, subsecretarios operativos y directores. Inició como elemento raso, pero a base de perseverancia hoy tiene un rango de comandante de grupo con un sueldo mensual de 11 mil pesos.

El no votó por Graco Ramírez, pero tampoco por Amado ni por Adrián. El dos de julio trabajó todo el día cuidando las casillas y no tuvo tiempo de ir hasta su municipio a emitir su sufragio.

El dos de octubre se encontró con que el estado de Morelos había amanecido bajo una “nueva visión”. Amaneció con un nuevo jefe, más bien dicho, una jefa. Por primera vez en su vida Juan está bajo el mando de una mujer. “Se ve entrona y honesta -se dice entre la tropa-, pero de seguridad no sabe nada”. Y no tiene la obligación de ser experta en tácticas policiacas porque sus funciones no son operativas.

Para eso está el subsecretario operativo, el general de estado mayor retirado Leopoldo Martínez González, que es quien debe encargarse directamente de las estrategias para detener a los delincuentes.

Pero el subsecretario operativo no conoce el estado y tampoco tiene la condición física para andar en esos trotes, así que en la práctica lo que se haga o deje de hacer es responsabilidad de los siete directores regionales que tiene la SSP.

Y esos siete directores regionales no son nuevos, están ahí desde los tiempos de Luis Ángel Cabeza de Vaca (sí, el que está preso por presunta protección al narcotráfico), así que es una nueva visión de la seguridad pública pero con la misma gente, con los mismos vehículos, con las mismas armas.

La diferencia está en que a partir de ese día, las detenciones que haga Juan o sus compañeros aparecerán como logros de un gobierno con un logotipo nuevo.

Por ejemplo, el pasado 21 de octubre la SSP dio a conocer la detención de 22 personas por los delitos de secuestro, robo, narcomenudeo y posesión ilegal de armas de fuego, 15 armas de distinto calibre, 4 vehículos; 80 gramos de vegetal verde, al parecer mariguana, 38 envoltorios y dosis de polvo blanco, al parecer cocaína, 5 pastillas psicotrópicas y 20 gramos de hongos.

Pero, repetimos, son “detenciones de rutina” que los policías hacen diariamente como parte de su trabajo. La diferencia está en que ahora fueron presentadas en una conferencia de prensa en domingo, exhibidas como parte de los primeros 13 días de un nuevo gobierno, y que la difusión se hizo en los medios de comunicación que el nuevo gobierno determinó.

En la referida conferencia también estuvo presente el procurador Mario Enrique Vázquez Rojas (designado todavía por la anterior legislatura) para dar cuenta de las puestas a disposición de los primeros 13 días, pero fueron detenciones rutinarias, no producto de las nuevas estrategias de prevención o persecución del delito.

En resumen, sobre las espaldas del comandante Juan recae todo el peso del gobierno de Graco Ramírez y la permanencia de la secretaria de Seguridad Pública. Es él quien decide dónde implementar los retenes, qué vehículos revisar, cuáles calles patrullar, etc., aunque no aparezca en los comunicados de prensa.

El comandante Juan hoy tiene más problemas que antes. En la recta final del sexenio de Marco Adame Castillo la situación era difícil pero el gobierno sabía de los problemas y se hacía “de la vista gorda”, nada más esperando el día de dejarlo.

Pero hoy a los policías preventivos viven “azorrillados” con tanta presión. Y es que al gobernador Graco Ramírez le interesa mucho que se vea que se está combatiendo al crimen antes de los 18 meses que prometió, y por eso presiona a su secretaria de Seguridad Pública, ésta a su subsecretario operativo y éste, a su vez, a los comandantes regionales, quienes con tal de conservar la chamba, les exigen resultados a sus elementos.

Pero todo con el mismo sueldo que hace tres años y con los mismos vehículos.

“Ya estamos acostumbrados”, dice Juan. “Si agarramos a un delincuente importante el mérito es de los jefes; pero si la regamos, cada quien es responsable de sus hechos y paga las consecuencias”, agrega.

 

LA HISTORIA DE “EL FRÍO”

 

Conocí a Erasmo Israel Sotelo Hernández en enero del 2004, al mismo tiempo que a Raúl Díaz Román, cuando fui invitado por Víctor Hugo Valdez a trabajar como coordinador de comunicación social de la entonces Policía Metropolitana.

Díaz Román era comandante del Grupo de Reacción y Operaciones Tácticas (GROT), el grupo de élite de la corporación. Uno de sus elementos destacados era Manuel Alejandro Briones Rodríguez alias "El Chaparrito" o "El Chundo".

El GROT había sido creado por Cesáreo Carvajal, y aunque estaba capacitado para operaciones de alto riesgo era más utilizado como grupo antimotines, así que Víctor Hugo Valdez creó su propio grupo, el “Alfa”, poniendo al frente al comandante Tamayo, un ex agente de la Policía Ministerial. Para integrarlo reclutaron a muchos ex agentes ministeriales que seguían a Valdez Ortíz, pero también buscaron a elementos que ya estuvieran en la Policía Metropolitana y que tuvieran deseos de integrarse a un grupo especializado.

Entre esos que se integraron al grupo “Alfa” llegó un muchacho muy inquieto, con demasiada iniciativa. Se llamaba Erasmo Israel Sotelo Hernández, quien en su adolescencia había vivido en los barrios bajos de Los Angeles, California, entre las pandillas de aquella región, de ahí que algunos compañeros lo conocieran como “El cholo”.

Su disposición por estar siempre en los lugares de peligro hizo que lo aceptaran de inmediato en el nuevo grupo de élite. Una noche, durante un patrullaje por la zona oriente de Cuernavaca, reportaron un supuesto cadáver en la colonia Milpillas. Al lugar arribaron tanto policías metropolitanos como estatales, con quienes siempre ha existido rivalidad, pero nunca encontraron el cadáver.

Estando en ese inhóspito lugar se escucharon ruidos al interior de una casa en obra negra. Fiel a su costumbre Israel fue el primero que saltó la barda y en cuestión de segundos ya estaba dentro del predio y se dirigía a inspeccionar la construcción. Para no quedarse atrás, otro elemento de la Policía Estatal también saltó la barda y abrió la puerta que daba a la calle. El comandante de los estatales, Ignacio Castañeda, se dirigió con su arma larga a buscar el origen de los sospechosos ruidos.

Las ironías de la vida. Las ganas de sobresalir tanto del comandante Castañeda como del joven policía hicieron que ambos se encontraran en la oscuridad. “Al sentir el cañón del arma larga cerquita de mi cuerpo instintivamente disparé”, declararía más tarde Israel.

El comandante Castañeda salió todavía caminando con una mano en el pecho, atrás salió el metropolitano con las manos en alto. Se arrodilló y puso las manos sobre la nuca mientras repetía “fue un accidente, fue un accidente”.

La Procuraduría de Justicia lo consignó por homicidio simple y entró al Penal de Atlacholoaya. Lo visité en una ocasión y platiqué con él en los locutorios. Publiqué algunas notas apoyando su versión de que había sido un accidente. Una reforma legal lo benefició y tras varios años obtuvo su libertad bajo fianza.

Pero cuando salió de la cárcel Erasmo Israel ya no era el mismo. Sus relatos me sirvieron para hacer un amplio reportaje sobre el Penal de Atlacholoaya y la corrupción que prevalece al interior. “Ayúdeme a regresar a la Policía Metropolitana, usted sabe que soy buen elemento y que lo del comandante fue un accidente”.

Era poco lo que podía hacer. El gobierno municipal de Jesús Giles Sánchez ignoró sus peticiones y Erasmo Israel tuvo que buscar otras formas de subsistir.

Más tarde me enteré que había caído nuevamente en la cárcel, ahora por usurpación de funciones e intento de extorsión. Salió pronto, pero sólo para volver a caer.

No lo volví a ver. Supe por terceras personas que encabezaba un grupo de autogobierno primero en Atlacholoaya y luego en la cárcel de Jojutla.

Ahí recordé lo que me dijo aquella ocasión cuando lo entrevisté para el reportaje sobre la cárcel. “En el Penal todos tienen que pagar una cuota”.

Y tú cuánto pagaste- le pregunté.

Hay otra opción: te das un tiro con el que te pongan y si ganas quedas contratado como escolta de los jefes del penal. Así me pasó a mí.

Ahí supe que Erasmo Israel había conocido una nueva forma de ganarse la vida.

Esporádicamente, a través de los medios de comunicación, me enteré de lo que había pasado con aquellos tres policías que mencioné al principio.

Manuel Alejandro Briones se convirtió en jefe de seguridad de Arturo Beltrán Leyva y hoy está preso.

Raúl Díaz Román y Erasmo Israel Sotelo Hernández siguieron un camino similar, y su destino se resume en el boletín que envió la Secretaría de la Defensa Nacional el pasado martes:

“Durante la aprehensión de Sotelo Hernández, quien contaba con una orden de localización y presentación girada por la Procuraduría General de la República (PGR) por estar relacionado con al menos 30 homicidios, también fueron detenidos Víctor Manuel Martínez Hinojosa y Marisol Hernández Castañeda.

Además, Cristian Emmanuel Vega Bahena, Jeny Anatzel González Vera, Fabián Tapia Ayala, Héctor Miguel Olascoaga Bustos, Alfredo Valladares Ayala y una menor de edad.

Precisó que se les aseguraron siete armas largas, seis cortas, 12 mil 384 cartuchos de diversos calibres, 125 dosis de cocaína en piedra, 96 dosis de cocaína en polvo, 19 dosis de mariguana, 250 gramos de mariguana en greña y equipos de comunicación.

A Sotelo Hernández se le vinculó en un principio con la organización delictiva de los Beltrán Leyva, bajo el mando de Raúl Díaz Román (a) “el Comandante Hierro”, quien fue detenido por personal militar el 7 de junio de 2012, en el municipio de Tecámac, Estado de México.

Después, “el Frío” se refugió en la organización Guerrero Unidos buscando imponer su liderazgo a través de ejecuciones violentas.

Por esas acciones, Mario Casarrubias Salgado, “el Sapo Guapo”, líder de Guerrero Unidos lo designó como jefe de plaza en Cuernavaca para esa organización delictiva.

Además, le dio la encomienda de obtener el control de las actividades de narcotráfico en ese estado, por lo que tendría planeado iniciar una confrontación por el control del municipio de Temixco y plazas circundantes.

Sotelo Hernández ya había sido detenido por personal militar el 22 de mayo de 2010 con cinco individuos más, los cuales fueron puestos a disposición de las autoridades correspondientes.

En esa ocasión se les aseguraron cuatro armas largas, cargadores y cartuchos útiles, así como placas vehiculares apócrifas.

Los detenidos y lo asegurado fueron puestos a disposición de las autoridades correspondientes”.

HASTA EL PRÓXIMO VIERNES

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