Lunes, 06 Noviembre 2017 05:32

Diario de un aspirante a santo

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Quien comienza hoy este diario es, en opinión de todos,

 un hombre ya gastado. ¿Es posible, sin embargo, que un hombre

gastado sea capaz de una resolución como la que acabo de tomar?

En Diario de un aspirante a santo

 

¿Puede alguien despertar un día y decir: «Quiero ser santo»? ¿Cómo se comporta un hombre que decide aspirar a alcanzar la santidad, en un mundo de constantes cambios? He aquí el argumento de la recomendación de este semana: Diario de un aspirante a santo (1927; Ediciones Del Equilibrista, 1993), del francés Georges Duhamel (1884-1966).

Ya desde el título el libro invita a adentrarse en sus páginas. Al principio, el lector se topa con un brevísimo prólogo del cubano Eliseo Diego, quien se encarga de sembrar la curiosidad en quien tiene la novela en sus manos.

Cuenta el cubano que cuando leyó esta novela «me conmovió –y me conmueve aún– su visión compasiva, delicadamente irónica, de las debilidades humanas, y lo coloqué en la misma capilla donde veneraba a don Miguel de Cervantes».

Una vez adentrado en la historia, el lector se encuentra con el personaje-narrador, Luis Salavin, quien no es más que un oficinista gris que ve transcurrir la rutina de sus días en una ciudad de París nada atractiva y, ante ello, un 7 de enero decide que será santo, justo el día de su cumpleaños número cuarenta.

Para conseguir su empresa se pone un plazo de quince años e inicia la escritura de un diario en el que guardará sus experiencias. Sin embargo, ante el temor de que la libreta sea encontrada por su esposa y con ello sea descubierta su campaña, opta por suplir la palabra santo.

Oficinista de una empresa lechera, Salavin va por la vida con su carácter algo desconfiado. Es un observador que se detiene a contemplar a los otros, el entorno en el que está inmerso y del que anota sus reflexiones en el diario.

A través de esos apuntes descubrimos a otros personajes que forman parte de su cotidianeidad, tales como el director del personal, el señor Mayer, un hombre aproximadamente cincuenta años, de rasgos finos y cansados, y el empleado Jibé, uno de los personajes más llamativos de la obra.

Por momentos encontramos a un Salavin atormentado por no saber cómo él, ese oficinista, puede alcanzar la santidad. Y más: cómo conseguirlo en una ciudad como en la que vive.

Con el paso de los días, el comportamiento del protagonista sufre cambios que poco a poco modifican su vida diaria. Uno de ellos se da cuando decide abandonar su casa y mudarse a un sitio de alquiler, lejos de alcanzar las comodidades que acaso tenía en su hogar.

Aquel espacio le permite una mejor contemplación del exterior y de sí mismo. El diario deja ver sus preocupaciones más hondas; reflexiona acerca de diversos órdenes, desde lo moral y lo ético, hasta el repaso de vidas de santos de los que busca una guía para conseguir su meta.

Luis Salavin es un hombre afligido por las circunstancias, por su tiempo. Como apunta Eliseo Diego, se trata de una lectura profundamente conmovedora, pero no en el sentido de la autocompasión, sino por la visión acaso ingenua que el hombre tiene del mundo.

Aunado a lo anterior, Jibé adereza la historia con su peculiar comportamiento. Además, es un reto del hombre para el hombre con el fin de medir hasta dónde se es capaz de sentir empatía por el otro.

Pero no se crea que sólo encontraremos compasión y dolor en la novela. También hay pasajes divertidos que la convierten en una lectura por demás amena y altamente recomendable para estos días.

El final de la historia queda ahí para ser descubierto por el lector que se anime a buscar esta obra, la cual –sin duda– le dejará un grato sabor.

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