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La vida sin Rodrigo


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Fotógraf@/ TONY RIVERA
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“La banda me contaba cosas del Monstruo de San Antón, y me decía que tenía mucha fuerza…”

Luis Andrés Morales Aguilar esperó durante más de cuatro horas para hablar con el presidente de México Andrés Manuel López Obrador a la salida de la Zona militar. Sabía que saldría de allí después de encabezar la conferencia “mañanera” y de atender a varios actores políticos locales y federales.

Andrés Manuel López Obrador por Tony Rivera.

Había llegado desde las siete de la mañana. Lo acompañaban un vecino de Chamilpa de nombre Bernardo García, su tío Fernando Morales y su novia Dayana Palacios; llevaban una lona y un sobre con un documento impreso en el que explicaba la falta de avances en la investigación por el homicidio de su padre.

“Señor presidente pido su apoyo para que se haga justicia por el asesinato de mi padre el ambientalista Rodrigo Morales Vázquez”, se podía leer en letras grandes.

En distintos momentos y en diferentes lugares, Luis Andrés había acompañado a Rodrigo, con el objetivo de saludar a Andrés Manuel y tomarle fotografías; votó por él y lo sigue en redes sociales.

“Esta vez, la cuarta, sabía que no estaba mi papá, pero por varios momentos sentí que, como siempre, me estaba acompañando, que me estaba cuidado”, relató en entrevista en el Centro de Acopio de Chamilpa.

A las 11:40 la camioneta negra donde viajaba el presidente salió de la 24ª. Zona militar, ubicada en la avenida Emiliano Zapata, y Luis Andrés, entre una gran cantidad de personas que querían saludar al mandatario o pedirle algo o tomarse una foto del recuerdo, se aproximó al automóvil que avanzaba muy lento. Desde ahí, Andrés Manuel pudo observar las mantas colocadas en la banqueta.

A las 11:41, según se puede observar en los metadatos de la fotografía capturada por el fotoperiodista Tony Rivera, Luis Andrés logró que el presidente de México abriera la ventanilla y lo saludara:

-Esa manta es por mi padre, lo asesinaron y queremos justicia- le dijo, llorando Luis Andrés, mientras apretaba su mano.

-Vamos a hacer todo lo que esté de nuestro parte – le dijo Andrés Manuel al hijo de Rodrigo, y una chica escolta se le acercó para pedirle sus datos.

El sobre con la hoja de petición se había entregado minutos antes al representante de la oficina de la Secretaría de Gobernación en Morelos, Carlos Brito Ocampo, a quien Luis Andrés explicó el caso.

El vehículo siguió su curso y avanzó rápido, mientras decenas de personas se abrían a su paso. 

Un asesinato más

El día del crimen, 2 de septiembre, circularon diferentes notas y comentario en redes sociales que consignaban el homicidio violento de Rodrigo Morales Vázquez: de un carro rojo, un grupo de personas le disparó con armas de fuego para robarlo y escapar con rumbo desconocido. Después se supo que no le habían quitado su cartera, ni sus tarjetas, ni la llave de su moto; sólo el celular había “desaparecido”.

El 6 de septiembre, un día después del entierro del fotógrafo y ambientalista, amigos, conocidos y familiares de éste organizaron una marcha desde la esquina que forman la avenida Universidad y la calle Narciso Mendoza -donde lo mataron a balazos- hasta la sede de la Fiscalía ubicada en Emiliano Zapata número 803, colonia Buenavista. Llevaron mantas y gritaron consignas exigiendo justicia.

Después de la reunión, la Policía de Investigación Criminal sugirió a Luis Andrés y a sus familiares que investigaran qué había sucedido, ya que “los policías intimidan a la gente”.

La segunda reunión

El 22 de septiembre en las oficinas de la Fiscalía en Temixco hubo una segunda reunión privada entre la familia de Rodrigo y Héctor René Barreto Orihuela, coordinador general de la Agencia de Investigación Criminal; éste le dijo a Luis Andrés que no había avances en la investigación porque las cámaras de C-5 no servían y los negocios que tienen cámaras instaladas no les habían querido dar las grabaciones, por lo que se tendrían que solicitar por medio de un juez.

Es decir, a casi un mes del asesinato de Rodrigo Morales Vázquez, la carpeta de investigación permanecía igual que al principio.

La mujer que recogió el celular de Rodrigo

En esa segunda reunión, Luis Andrés relató al personal de la Fiscalía asignado al caso que una persona vio parte del asesinato.

Ésta le contó que el día 2 de septiembre por la noche, Rodrigo llegó solo en su moto Yamaha FZ 180 a la esquina de avenida Universidad y Narciso Mendoza, cerca de Bancomer y Bodega Aurrera; estacionó su motocicleta en la banqueta, rumbo al estadio Centenario. Ahí lo estaba esperando una chica, de estatura media, pelo negro a los hombros, que usaba lentes para ver. Cerca estaba un auto rojo, con una familia, que compró esquites a un vendedor que habitualmente se instala ahí, Rodrigo también compró esquites.

El testigo dijo que se metió a su casa a buscar algo y que desde adentro escuchó varios disparos que provenían de la calle. Se asustó junto con su familia y todos se encerraron, y tardaron unos minutos en salir.

Cuando regresó a la calle vio que Rodrigo estaba tirado sobre la banqueta, bañado en sangre y la chica estaba llorando a un lado de él. Herido, le señalaba su hombro y la chica le subió la playera; luego la muchacha se acercó a su boca, como si quisiera escuchar algo que él le quería decir. Cuando ella vio que Rodrigo no se movía tomó el celular, que había quedado en el piso, y se lo llevó en la mano; luego, la chava, llorando, se acercó a alguna vecina que andaba por ahí de curiosa y sorprendida por el asesinato, y ésta llamó por su nombre a la joven. En eso llegó la patrulla y comenzaron a ver lo que había ocurrido. La chica ya no estaba cuando llegó la Policía.

La persona que relató esto dijo que no había oído motor de auto o de motocicleta previo a los disparos y después de éstos y le pidió que no dijera su nombre porque tenía miedo. 

Las víctimas

Luis Andrés Morales Aguilar platicó que desde el asesinato de su padre, su vida ha cambiado mucho, y su ausencia lo ha afectado sobremanera.

Él trabajaba en el centro de acopio con su papá, era empleado, se encargaba de recoger en la camioneta muebles y toda clase de artículos y metales que la gente quería desechar o que adquirían por medio del Facebook; recibía el material reciclado en el Centro de Acopio de Chamilpa, pagaba a los recolectores, entregaba el material a las recicladoras y recibía el dinero.

Luis Aguilar

También le ayudaba a su papá a vender en el puesto del tianguis de Chamilpa los miércoles y los domingos. Siempre andaban juntos y le enseñó todo lo que sabe sobre la administración del Centro de Acopio.

“Mi papá era el administrador, y trabajábamos para él mi tío Fernando, mi abuelo Salomón Morales, el chofer Santiago Alpízar y yo. Hay cerca de 30 personas que llegan a entregar residuos y mi papá se los compraba. Ahora me encargo yo de todo eso”.

Luis Andrés tiene 24 años, estudió el bachillerato en el Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica (Conalep); tiene dos hermanas menores de edad, una estudia la preparatoria en una escuela privada, la más chica va en segundo de primaria en un colegio. Rodrigo pagaba colegiaturas y alimentos a sus hijas.

El hijo de Rodrigo relató que en la actualidad solicitaron ayuda de la Comisión Ejecutiva de Atención y Reparación a Víctimas del Estado de Morelos y que presentaron documentos y ese pedimento está en trámite. Su hermana más chica y la mamá de ésta ya tienen calidad de víctimas, pero faltan él y su hermana grande.

“Nadie nos ofreció ayuda o nos dijo que teníamos derechos como víctimas. Nuestra familia y amigos activistas de mi papá nos ayudaron, nos asesoraron y en la actualidad nos siguen apoyando para que podamos sobreponernos a esto que nadie esperaba: ir a la fiscalía, reconocer el cuerpo, que nos lo entregaran, solicitar las pertenencias de mi papá, entre ellas la moto; el interminable y tardado papeleo para poder proceder al doloroso entierro; pudimos enfrentar todo esto con ayuda de nuestra propia familia y de particulares que apreciaba a mi papá. Queremos que este crimen no quede impune, exigimos que detengan a los autores materiales e intelectuales de este asesinato, y que se haga justicia, que va más allá de detener a los culpables. No queremos que la muerte de mi padre sea una más que pasa al olvido y en donde las autoridades no cumplen con su responsabilidad”.

La tan dolida ausencia

Desde hace más de un mes que ocurrió el asesinato de Rodrigo, Luis Andrés ha sido arrastrado por un torbellino de emociones, asumiendo responsabilidades de hermano mayor y de padre. Llora con frecuencia y no le da pena. Dice que a él y a sus hermanas les hace mucha falta su papá, no estaba preparado para tomar el lugar de quien ama y a quien respeta, quien le enseñó a trabajar, con quien iba a todos lados como su gran amigo y maestro. Rodrigo nunca le dijo qué hacer si alguna vez faltaba, tenía muchos planes a futuro.

Constantemente le preguntan por él cuando va a recibir cosas recicladas o cuando le llevan material o van a pagar o a cobrar, y como no todos están enterados tiene que explicar una y otra vez cuándo, dónde y cómo asesinaron a su padre.

Luis Andrés dice que no recuerda nada terrible de Rodrigo. Todo lo contrario, cosas muy alentadoras y bonitas; no le perdió el amor ni siquiera cuando le dijo, para hacerlo enojar, que iba a pedir trabajo como policía, o cuando se enfrentaron a golpes, hace más de un año:

“La banda me contaba cosas del Monstruo de San Antón, y me decía que tenía mucha fuerza y que era bien cabrón para los chingadazos. Ahí lo comprobé”, relata.

Todos los días lo recuerda en todos los lugares a donde va.

“El jueves 2 de septiembre habíamos trabajado todo el día en el Centro de Acopio, y como a las seis de la tarde me dijo que yo cerrara la bodega, él iría a cobrar. Siempre se despedía de mí, me decía: ‘te vas con cuidado’ o ¡nos vemos’; ese día me dijo: ‘Ai nos vemos’”.

La última imagen de su padre vivo fue la de ese día, yéndose en su moto.

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Máximo Cerdio

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