Sociedad

La importancia de las cosas que no tienen importancia


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La importancia de las cosas que no tienen importancia


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Hay cosas que no sabemos para qué existen, sin embargo, andan por allí en el mundo creándonos inquietudes, pero no demasiado grandes como para hacernos investigar, sólo lo suficiente como para incomodarnos cada vez que las vemos. Por ejemplo, los pompones de los gorros de lana, los remaches de metal de los jeans o los bolsillos diminutos que están dentro de las bolsas de los mismos jeans. En fin, en mi caso lo fueron por mucho tiempo las camas con dosel. ¿Para qué demonios ponerles palos a las cuatro esquinas de una cama, por más decorados que sean, en forma de columnas que no sostienen nada o, en el mejor de los casos, enmarcan el lecho como si de un cubo se tratara? La verdad es que ni siquiera hubiera sabido cómo buscar sobre ellos porque no sabía su nombre en el momento que por primera vez me lo pregunté, y después valieron tan poco para mi curiosidad que se quedaron en el olvido. ¿De qué manera nos impactan esas cosas que pensamos que no tienen importancia, pero luego descubrimos que sí?

Según la historiadora Anatxu Zabalbeascoa en su libro Todo sobre la casa, en el siglo XVI la cama era el bien más preciado y acostumbraban tener doseles, los cuales permitían cubrir la cama con telas que fungían como aislante. Además de ser abrigador, creaba la idea de intimidad. Este tipo de camas eran como casas dentro de las casas. Resulta que los doseles son un vestigio de épocas en donde conservar el calor humano era cuestión de vida o muerte.

Por más pobre que fuera la vivienda siempre había un lecho. La cama es la abreviación del confort y recogimiento. “La intimidad necesita un nido”, nos dice el filósofo Gastón Bachelard. El primer nido que ocupamos es el vientre de nuestra madre, después sus brazos, que luego nos depositan en la cuna que en algún momento se convertirá en una cama. Es el lugar en donde nos sentimos seguros y nos acurrucamos. Hechos ovillo entre sus sábanas y cobijas, la volvemos uno de nuestros rincones predilectos para refugiarnos. La cama nos lleva directo a la naturaleza de la dulce animalidad, que precisa conservar el calor de nuestro propio cuerpo y así recordar subconscientemente de épocas pasadas el calor de la madre.

La cama es el primer lugar en donde sentimos esa extensión del amor, la primera asociación que tenemos con el espacio (o conjunto de ellos) llamado hogar. Dice el arquitecto Juhani Pallasmaa: “El hogar es donde escondemos nuestros secretos y expresamos nuestro yo privado. El hogar es nuestro lugar seguro para poder descansar y soñar”. Pero esta sensación de bienestar no tiene que ver con la cama en sí, sino con las acciones que realizamos en este sitio. Los verbos son lo más importante para formar un hogar. El verbo significa más que el objeto en el caso de la espacialidad emocional. En las cunas-nido fuimos acariciados, cobijados, atendidos: amados.

La historia que vivimos con nuestra cama infantil seguramente es algo que pocos nos hemos planteado ¿Qué tan atrás podemos ir en nuestros recuerdos para enunciar esas sensaciones, ya sea en los brazos paternales o en la cuna? ¿Cómo percibimos cada uno de nosotros nuestro nido? ¿Qué aventuras sucedieron allí?

Tengo clara en mi memoria una imagen, es de mi libro de texto de primaria. Un niño sentado en la cama jugando con sus soldaditos de plomo entre las cobijas. Esa imagen ilustra un poema de Robert Louis Stevenson Gigante entre sábanas. Algo así me sucedía a mí también, pero en lugar de soldados y barcos yo usaba canicas. Pasaba extraordinarios momentos deslizándolas por las pendientes de las montañas que se formaban con las cobijas, mientras mi papá, al lado de mí, veía la televisión y compartía conmigo el desayuno. Ese es uno de los recuerdos que conservo en relación a mi cama infantil, afortunadamente tengo muchos más.

¿Alguna vez te has preguntado qué cosa hacía de tu cama un nido, el inicio de tu hogar? ¿De qué manera te reconfortabas en ella cuando eras pequeñito?

Este sitio específicamente, la cama nido, es de especial relevancia para tomar como punto de partida en la travesía espacial de nuestros recuerdos. Recuerdos que se convertirán en espacios que llevarán parte de nosotros en su esencia, esencia que podemos bien conservar y transmitir a nuestros lugares presentes y cotidianos. Identificar la personalidad que nos distingue y enunciar qué es lo que queremos y añoramos de un espacio. Sin embargo, existe una pregunta implícita ¿Cómo transformar la poética del espacio en geometría? ¿Cómo hacer de los recuerdos arquitectura? ¿Qué mago tiene la habilidad de hacer de los sentimientos un habitáculo que permee esas sensaciones que tanto añoramos?

Regularmente vuelvo a mis recuerdos, pero nunca lo había hecho con tal intencionalidad. Me alegra saber que de esta manera puedo interconectar mi vida y emociones con algo que disfruto tanto como la arquitectura.  Este es el inicio de otra aventura literaria que es encausada por diversos factores.

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Arquitecta, escritora, diseñadora, amante de los animales, la naturaleza y la aventura.

Dayan Casaña

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Ant. ¿Qué somos si no es naturaleza?
Sig. Amates, aves, libélulas y sol que baña de calor…

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