Uno de los pocos lectores constantes de ésta columna me reclamo por la ausencia (desde hace dos años, mas o menos) de Pingo, aquel perro que odiaba a los políticos y que misteriosamente fue asesinado por un taxista justo en vísperas de las elecciones del 2012.
Les comento que las circunstancias que concurrieron para que Pingo viera la luz -primero tímidamente y luego con exceso de protagonismo) no han sido propicias. Él era un luchador nato contra todo los excesos de los políticos, al grado de llegar a inventar un detector artesanal de hipócritas y de promover protestas contra un montón de demagogos que querían llegar al poder en todas sus variantes, de regidor para arriba. Pingo consideraba a los políticos una clase de seres no humanos, ya que no podían serlo si se dedicaban a chupar la sangre de nuestros congéneres para darse la gran vida. ÉL decía que si fueran humanos, no dañarían a los de su propia especie. Y todo eso surgió porque el Pingo se tomó como apostolado la vieja frase de que el perro es el mejor amigo del hombre. Y vaya que sí nos defendió. Y de qué manera. Todavía hay gente que recuerda esos relatos de sus vivencias, de sus días en que se empeñaba en desenmascarar a todos aquellos capaces de decir cualquier casa, por loca que sonara, con tal de obtener el ansiado voto en las elecciones siguientes. Por eso no me sorprendió -aunque fue doloroso- cuando un taxista le aplastó la cabeza y lo dejó fuera de éste mundo. Cómo hay gente que lo recuerda. Y que me ha dicho que su presencia es ahora más necesaria que nunca, porque cada vez estamos más cerca de otras elecciones. Y bueno, al respecto quiero decir... (Chihuahua, se acabó el espacio. Mañana le seguimos)
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Oscar Davis
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