Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 07 Octubre 2019 05:13

Kappa

La literatura oriental es considerada, en su conjunto, una de las mejores del mundo. Lo mismo por su capacidad creativa que por su calidad imaginativa, los autores de esas tierras sorprenden al lector occidental, que se ha volcado en torno a los creadores de aquellas tierras en años recientes.

Lo anterior, gracias a editoriales especializadas en la difusión de autores de esa región del planeta, tal como Satori, que se ha encargado de ofrecer al lector de lengua española un amplio catálogo de literatura japonesa.

Así pues, una de las principales virtudes de los narradores es el estilo. En sus trabajos hay formas sutilespropias del corte de las katanas: la delicadeza de las frases, de las imágenes, raya en la perfección; son precisas al grado que uno no puede dejar de sorprenderse.

Aunado a lo anterior, una constante que define a los autores orientales, particularmente a los japoneses, es la tristeza profunda que muchas veces termina por mermar tanto su condición de vivir, que optan por el suicidio.

Esta semana me permito recomendar una obra llegada de tierras niponas: Kappa (Nemont Ediciones, 1977), una novela breve escrita por Ryūnosuke Akutagawa (1892-1927).

Publicada en 1927, esta obra fascinante aborda un viaje fantástico a un mundo habitado por los «kappas» («niño de río»), unas criaturas de la mitología oriental que tienen la altura de un niño, cabeza de tortuga, aspecto de reptil bípedo y piel escamosa, verde.

Hay que mencionar que Akutagawa fue una de las mayores promesas de la literatura japonesa. Tan sólo con 35 años, el autor decidió quitarse la vida. Su carácter, profundamente intimista y de desolación, lo llevaba a aislarse.

Acaso por este motivo se decidió a escribir una obra como Kappa, un relato narrado por el «paciente número 23» de un centro psiquiátrico a través del que cuenta su historia entre esos seres mitológicos.

Tal como Alicia, el personaje llega a ese mundo fantástico al caer por un agujero cuando perseguía a un «kappa».

La vida entre esas criaturas se acerca al ideal del hombre en el sentido de la coexistencia y la libertad. Incluso los «kappa» pueden decidir nacer o no: en el momento del parto, el padre pregunta si desea salir a la vida. De ser negativa la respuesta, se realiza el aborto en el momento mismo.

El tono con el que está escrita la obra tiene un dejo de desesperanza. Akutagawa es un claro exponente de la fascinante literatura japonesa, pese a la brevedad de su obra.

En Kappa el lector encontrará a un autor original que, pese a su juventud, legó al mundo una obra lo suficientemente vasta como para adentrarse en un hombre que encontró en el mito una forma de subsistencia para estirar al máximo su estancia en este mundo.

Además de ello, esa obra le permitió lanzar una profunda crítica a la condición humana.

A través de Kappa, el autor muestra cuán desamparado puede sentirse el hombre en este mundo: he ahí un rasgo del propio Akutagawa, cuyo desasosiego terminó por llevarlo a tomar la decisión de quitarse la vida, como tantos otros autores nipones.

Ahí queda la recomendación de esta semana para acercarse a uno de los grandes escritores japoneses.

 

 

 

Lunes, 30 Septiembre 2019 05:56

La lluvia amarilla

La soledad es uno de los temas más recurrentes en la literatura. Ya sea por autoimposición, a fuerza de no lidiar con los otros, o porque los otros no alcanzan a ser compañía o porque uno no es compañía, llega un momento en el que el ser humano debe sostener su primer careo con la soledad.

Así pues, la ficción es un amplio campo para echar a sembrar las semillas en busca de que broten como personajes a los que les está destinado ese encuentro con la soledad. Un encuentro acaso permanente que lo perseguirá como una sombra. Pero en el tratamiento del tema estará la clave para que sobresalga por entre los otros.

Ejemplos de obras que abordan la temática hay muchos. Esta semana me permito recomendar una: La lluvia amarilla (1988, Seix Barral; 1993, RBA), una novela del español Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955).

El personaje-narrador de la novela es Andrés, un pastor que se convierte en el último habitante de Ainielle, pueblo que se ubica en las montañas del Pirineo de Huesca.

Si bien el lugar existe, el autor advierte en una nota inicial: «En el año 1970, quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriéndose en silencio, en medio del olvido y de la nieve, en las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto».

El último habitante evoca a los personajes que alguna vez formaron parte del pueblo. Recuerda a sus vecinos, a su esposa misma y a su perra. Pero no lo hace desde la nostalgia, sino que mira al pasado a través de un resquicio poético que se abre en la memoria.

Extraviado en la soledad, desde su monólogo da cuenta de aquellos habitantes que murieron o que decidieron marcharse cuando comenzaron a ver el abandono en el que quedaba Ainielle.

En medio del éxodo, el narrador optó por quedarse. Sin embargo, la muerte de su esposa marcó definitivamente su vida: «Desde entonces, he vivido de espaldas a mí mismo» (p. 44). Se dedica a divagar, a caminar por el pueblo como un perro solitario que no tiene certeza del sitio al que debe ir; visita casas abandonadas en busca de víveres, pues todo se agota y debe hacerle frente a la vida que se le presenta en situaciones extremas.

El hombre recuerda, aunque desconfía: «¿Y qué es, acaso, la memoria sino una gran mentira?» (p. 41). Pese a ello, los recuerdos se convierten en el alimento que lo mantiene vivo entre las montañas y sus condiciones climáticas cambiantes: nevadas que cubren hasta las ganas de vivir, viento helado que paraliza incluso los recuerdos.

Pero luego se encuentra con el otoño, esa posibilidad de sentir algo de calor, aunque con la advertencia de vientos fríos que constantemente están anunciando la llegada próxima del invierno.

Justo ahora que ha comenzado el otoño, esta novela removerá las fibras del lector en cada párrafo: la lluvia amarilla a la que alude el título no es sino el caer de las hojas de los árboles que se desnudan en esta época del año para formar caminos y campos en los que el ser humano deposita su mirada para perderse, por un momento, de la realidad y echar a andar la maquinaria de pensamientos, reflexiones y deseos o nostalgias.

Es ese caer de las hojas con lentitud, como una lluvia de remembranzas que son balanceadas por el viento hasta formar un montón de recuerdos en el suelo y que habrá que esperar a que los levante la brisa y los aleje o definitivamente prenderles fuego.

Estoy cierto que La lluvia amarilla se convertirá en una de esas lecturas entrañables a la que se desea volver de vez en vez, sobre todo cuando la soledad muerde con sus afilados dientes y el grito se pierde en algún bosque que nos habita.

 

Julio Llamazares nació en un pueblo que actualmente ya no existe.

TOMADA DE LA WEB

Aspectos de Ainielle.

TOMADA DE www.despobladosenhuesca.com

Lunes, 23 Septiembre 2019 05:35

Opiniones de un payaso

Soy un payaso y colecciono momentos…

Heinrich Böll

Heinrich Böll (1917-1985) es considerado –junto con Günter Grass (1927-2015) y Siegfried Lenz (1926-2014)– el escritor alemán más importante de posguerra. Su obra está conformada por numerosas novelas y relatos, entre las que manifiesta una fuerte crítica a la sociedad de su época, a la hipocresía de la misma, así como un conflicto hacia la región católica –él era un ferviente católico– y sus formas de adquirir poder político.

Una de las novelas más famosas de Böll es Opiniones de un payaso (1963), que es protagonizada y narrada por Hans Schnier, un comediante de 27 años que se ha hecho de un nombre en el mundo artístico alemán.

La historia transcurre en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Por entonces, Hans vuelve a su natal Bonn, al departamento en el que, tiempo atrás, vivió junto a Marie, la mujer a la que amaba y que lo abandonó, dadas las presiones religiosas que implicaba vivir junto a un hombre con el que no estaba unida en matrimonio y del que sus amistades tenían una crítica no muy halagadora.

Hans Schnier volvió a Bonn luego de años de giras por Alemania que le valieron el reconocimiento general y su nombre ya era conocido. Sin embargo, a raíz de la separación de Marie, Hans inicia un declive del que no podrá superarse.

El hombre ya no siente la motivación suficiente como para salir a los escenarios si no es borracho. Así, en una función comete el que considera el peor error que puede cometer un payaso: reírse de sus propias ocurrencias. Ya no está Marie tras bambalinas, esperándolo, y esa vuelta a la soledad sólo le resulta tolerable en estado de embriaguez.

Su carrera se vino abajo cuando, en una presentación, ebrio como solía estar, se cayó en el escenario y sufrió una fractura que lo imposibilitó para seguir presentándose en otras funciones. Por ello decide retirarse de la vida artística y volver a su pasado, en busca de respuestas que desvelen el porqué de su presente.

En la soledad del apartamento, Hans comienza a vivir su decadencia, a lidiar con sus miedos y odios, a través de un discurso demoledor y reflexiones que van de la ironía a la más férrea crítica hacia su familia, la Iglesia católica, la sociedad alemana y su doble moral e incluso hacia el arte.

Hans considera que los católicos le arrebataron a Marie al afirmar que «los católicos me ponen nervioso». Luego, asegura: «Y hay un ser católico al que necesito con urgencia: Marie y precisamente ustedes me la han quitado». Además, la mujer se casa con un antiguo conocido de ambos y para el tiempo en el que Hans se ensimisma en el apartamento, la pareja se encuentra de luna de miel en Roma. Eso le provoca brotes de dolor y de sarcasmos.

Por eso, el personaje constantemente critica a los creyentes con los que habla: cuestiona sus dogmas, sus formas de hacerse del poder… A través de llamadas telefónicas desde el apartamento, el hombre busca una mano solidaria y espera obtener respuestas a las interrogantes que tiene para con sus conocidos. Elabora una lista de éstos y sus números telefónicos, realiza llamadas que están acompañadas de diálogos memorables muy elaborados por Böll.

Entre llamadas y episodios de inmovilidad en el apartamento, el hombre-payaso recuerda su infancia en busca de saber su presente. Rememora a su familia, acaudalada y con recursos, pero sus padres eran codiciosos: su madre comía a escondidas y él la descubrió y nunca entendió esa actitud. O el padre del que nunca quiso depender. No perdona que hayan apoyado a los nazis ni su posterior hipocresía. Recuerda a su hermana, que murió en la guerra.

La novela es conmovedora, tiene toques de humor al estilo de Heinrich Böll. El futuro de Hans parece no tener salida y lo describe de una forma magistral. Es una novela imprescindible para conocer la obra de este autor y el comportamiento humano después de una guerra.

Esta obra sitúa a Heinrich Böll como uno de los grandes escritores no sólo de la Alemania del siglo XX, sino del mundo entero. Opiniones de un payaso es considerado uno de los mayores éxitos del autor y un clásico en Alemania. Es una novela que merece ser leída y releída.

 

 

Lunes, 09 Septiembre 2019 05:31

Memorias de la casa muerta

Somos gente deshecha –decían–. Estamos muertos por dentro, y por eso gritamos por las noches.  En Memorias de la casa muerta

Se cuenta que Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881) estuvo a punto de ser fusilado por realizar actividades en contra del gobierno. Tenía 28 años cuando, junto con 25 condenados más, iba a recibir la descarga de pólvora que acabaría con su vida, el 22 de diciembre de 1849.

Sin embargo, una amnistía decretada por parte del zar Alejandro II permitió que aquellos hombres no murieran, instantes antes de que los encargados de las armas jalaran los gatillos.

Lo anterior parece increíble, una historia nacida de la monumental imaginación rusa. De cualquier forma, este hecho ha engrandecido aún más la de por sí gigante figura de uno de los escritores más importantes de la literatura universal.

Se dice también que luego de la amnistía, el entonces joven Fiódor fue condenado a trabajos forzados en una zona de la indomable e inhóspita Siberia, donde pasó los siguientes cinco años. Después de ese tiempo se le concedió la libertad y volvió a San Petersburgo.

En el momento en el que iba a ser fusilado, Dostoyevski apenas si había escrito unas cuatro novelas y algunos cuentos; es decir, aún se estaba gestando en aquellas tierras la figura de quien se convertiría en uno de los escritores más importantes de todos los tiempos.

Esa experiencia en Siberia le permitió a Fiódor conocer a criminales de alta peligrosidad, entre los que gozó de respeto y cierta consideración, dado el carácter del escritor y su actitud para con ellos.

Alrededor de doce años después de abandonar la prisión, Dostoyevski publicó Memorias de la casa muerta (Aguilar, 1991, Tomo I de las Obras Completas). La primera entrega apareció en abril de 1861, en la revista Vremia.

La historia es protagonizada por Aleksandr Petróvich, un hombre al que encarcelan por haber asesinado a su esposa y que va a parar a ese sitio de trabajos forzados. Si bien el personaje que presenta Dostoyevski es ficticio, no es difícil adivinar que hay en la obra buena parte de autobiografía.

En Memorias de la casa muerta encontramos a ese autor que, más de un siglo después, continúa en el sitio más alto de la literatura universal.

La obra en mención aborda las experiencias de Aleksandr Petróvich en la cárcel, ciertas tradiciones rusas. Una de las dotes del genio de Dostoyevski radica en cómo hace de un inframundo, un sitio habitable; cómo de los peores criminales obtiene su esencia y los convierte en seres profundamente humanos: en cada capítulo hay reflexiones de los presos acerca de la Navidad, se cuentan los intentos de fuga, entre otros temas que hacen de Memorias de la casa muerta una obra que permite acercarnos al pensamiento de Dostoyevski.

En la obra también encontramos momentos de buen humor, hay lugar para la ternura, para conocer un fragmento de la historia de uno de los periodos más importantes en la historia de la literatura.

Hay un hombre afable en Dostoyevski, que supo encontrar en aquel infierno, momentos de paz y de tranquilidad; que aprovechó cada experiencia para explorar el comportamiento humano –Nietzsche lo consideraba «el único psicólogo del que se podía aprender algo»– con el fin de entenderse y entender al otro.

Es verdad que se ha escrito mucho acerca de este autor y que difícilmente podría aportarse algo nuevo. Sin embargo, la experiencia de cada lector al abrir un libro del viejo Fiódor es única y, como en el caso del que esto escribe, sólo queda espacio para las impresiones que provoca un escritor de esa talla.

Existen quienes consideran que Dostoyevski es extremista en cuanto al planteamiento de las tragedias y de los dramas. No obstante, en ese sentido, el ruso hace ruborizar a quien «sufre mucho» en la actualidad.

Hay que recordar las palabras del austríaco Stefan Zweig (1881-1942), quien consideraba que Dostoyevski «es el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos». Es el padre de la novela psicológica –Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov– y uno de los precursores del existencialismo –Memorias del subsuelo–, además de que influyó en pilares del siglo XX como Thomas Mann, William Faulkner, Jean-Paul Sartre, Franz Kafka, Albert Camus, Yukio Mishima, André Gide, Ernest Hemingway, Virginia Wolf, Emil Michel Cioran, por citar algunos.

En 2011 apareció una miniserie de televisión en Rusia llamada Dostoyevski, en la que se aborda –en ocho capítulos– la vida del autor. Es un trabajo monumental para conocer la apasionante historia del gran escritor ruso.

 

 

 

Lunes, 02 Septiembre 2019 05:14

El día antes de la felicidad

Muchacho, el tiempo no es un montón, si acaso es un bosque.

Si has conocido la hoja, reconoces después el árbol.

Si la has mirado a los ojos, volverás a encontrarla.

En El día antes de la felicidad

Muchas personas adquieren un libro atraídas por la portada o por el título, independientemente de si conocen o no al autor. Sí, hay títulos que atrapan. Y si además el título está en una portada atractiva, aunado a que el autor le es familiar al lector y, encima de ello, la editorial que lo publica goza de cierto prestigio, hay muchas probabilidades de que el resultado sea una lectura placentera.

Esta semana me permito recomendar uno de esos libros que atraen por diversos factores y, además, porque se trata de una obra que no exige más allá que disfrutarla, palparla, paladear sus frases y gozar de buenos ratos en brazos de la literatura.

Me refiero a El día antes de la felicidad (Sexto Piso/Universidad del Claustro de Sor Juana, 2010; traducción de Carlos Gumpert), del entrañable italiano Erri De Luca (Nápoles, 1950).

Se trata de una novela de aprendizaje corta (112 páginas en la citada edición), ambientada en la ciudad de Nápoles, en la década de los cincuenta, es decir, aún con la memoria puesta en la guerra.

La historia es protagonizada por un joven de dieciocho años sin nombre, sin familia, que cree ser un trozo suelto en la vida, desarraigado, y nunca se ha sentido parte de una familia, de una comunidad, pero que está a punto de dar el salto de la adolescencia a la madurez.

Este muchacho vive en un edificio de departamentos cuyo portero, Don Gaetano, es lo más próximo a un familiar que tiene, su mentor, así como el librero Don Raimondo, quien le presta libros que devora y luego cuenta sus dudas e impresiones al portero.

Don Gaetano lleva mucho tiempo en ese trabajo, ha visto a mucha gente pasar por el sitio, todos los días; ello le ha permitido adquirir un poder: sabe leer y escuchar los pensamientos de las personas con apenas mirar sus rostros. Eso le dice al chico, quien aprende del hombre en prácticamente todos los campos de la vida.

Aún hay resabios de la Segunda Guerra Mundial y permanece fresco el valor del pueblo napolitano para liberarse del yugo alemán.

Don Gaetano le cuenta historias del conflicto bélico –de amor y supervivencia– que dotan de sentimientos e inteligencia al aprendiz de hombre. Porque en eso se convierte: en un aprendiz de hombre, de ser humano.

La vida del joven transcurre entre café caliente, libros, ir y venir por la ciudad golpeada, mirar a la gente, escuchar a Gaetano, quien lo instruye día a día con la intención de formarlo para que el chico enfrente la vida por sí mismo.

Ambos se sientan en el patio y miran a lo lejos, comparten silencios, el horizonte los une y distancia a la vez: cada uno viaja a sus recuerdos, unos más distantes que otros. Pero se reencuentran y sienten un cariño mutuo.

Días hay en los que el muchacho juega futbol. Tiene la habilidad de trepar paredes para buscar los balones. Es portero. Guardameta: el jugador más solitario de la cancha, el que se ve acechado por sus pensamientos cuando el balón está lejos de su portería. Mira hacia todas partes y a la vez hacia ninguna, se sorprende a sí mismo con esa soledad compartida, repartida.

Sin embargo, cierto día descubre, detrás de una ventana, en un departamento del tercer piso de un edificio, la mirada de una muchachita que lo observa. He ahí cuando el guardameta se divide en jugador y en el chico que aprende el amor. Porque hay amor por la portería y nace el amor por aquellos ojos que lo siguen, que no lo dejan tranquilo.

Luego aprende que acaso el sufrimiento es también virtud. Va por ahí, dolor encarnado, precisamente en busca de la felicidad. Don Gaetano lo sabe, le da consejos, le cuenta otras y otras historias para que el joven comprenda.

Lo que sigue después corresponde descubrirlo al lector. No obstante, el joven espera que el día que vive sea el último de la soledad, es decir, «el día antes de la felicidad».

La novela es sencilla, con personajes entrañables; una historia contada con el estilo poético de Erri De Luca, fluido y a veces a tropezones –no hay capítulos, sino saltos de tiempo y espacio– que han convertido a este autor en uno de los escritores vivos más importantes de Italia.

El libro no decepciona. Por el contrario, se le toma cariño y dan ganas de releerlo. De eso se trata, a veces, cuando uno se sumerge en las páginas de un libro: hallar remansos entre las palabras. Erri De Luca lo sabe hacer con creces.

Lunes, 26 Agosto 2019 07:37

El barón rampante

El convulso siglo XX legó a la humanidad un puñado de escritores, artistas e intelectuales que hoy en día continúan siendo objeto de estudios y admiración.

Lunes, 19 Agosto 2019 05:48

Ándjela

¿No pasé años caminando las calles de Belgrado y preguntándome en qué medida formaba parte de la muchedumbre que imperaba en ellas? 

Vladimir Arsenijević, en Ándjela

 

Estoy convencido de que la literatura es la expresión más humana para transmitir el dolor que produce un conflicto bélico, para describir los efectos y las secuelas que padece la sociedad que lo vive. Porque es a través de la palabra como se dice el sufrimiento, como se nombra la soledad.

Hace tiempo escribí acerca de A todos nos falta algo (Cal y Arena, 2014), una antología que reúne doce cuentos de escritores croatas. Mencioné que varios de los textos hacen alusión a la guerra de los Balcanes que despidió cruelmente el siglo XX y de la que los autores que forman parte del libro fueron testigos.

Pues bien, esta semana propongo una lectura relacionada con ese conflicto y la huella que dejó en una sociedad que terminó rota o fragmentada. Me refiero a Ándjela (Alfaguara, 2001), del escritor serbio de origen croata Vladimir Arsenijević (Pula, 1965).

Ésta es la segunda novela del autor y forma parte de una tetralogía. Hay que decir que Vladimir vivió un tiempo en nuestro país, en la Casa Refugio Citlaltépetl, A.C. de la Ciudad de México, gracias a un convenio.

Abandonó Belgrado con dificultad, cuando la capital serbia comenzaba a ser bombardeada por la OTAN, en 1999. Tras una serie de complicaciones, cruces fronterizos peligrosos, unos días en Sarajevo, una visita a su familia en Eslovenia, abordó un avión que lo llevó a Frankfurt y de allí voló a la capital mexicana, adonde llegó en el último mayo del siglo XX.

En Ándjela no hay pretensiones de autocompasión ni lecciones moralistas. Por el contrario, Arsenijević retrata esa parte de la sociedad que casi nunca es tomada en cuenta por los medios –ni los políticos– en una guerra: el ciudadano común, el de a pie.

Así pues, la historia es narrada por el esposo de Ándjela, un hombre lleno de dudas, sin expectativas, cargado de conflictos existenciales: «A pesar de todos mis esfuerzos, jamás he logrado encontrar en la Existencia algo que, por lo menos parcialmente, la justificara».

La pareja es sobreviviente de la guerra y vive en una Belgrado herida y devastada cuyos habitantes son fantasmas que recorren los escombros del conflicto, en medio de la decadencia. Porque aquellos que no piden la guerra están condenados a abandonar su tierra o a vivir entre muertos.

Ándjela es una mujer complicada, acaso enigmática, con un hermano fallecido en el frente de batalla. Ella y su esposo son desempleados y adictos a la heroína. No hay en ellos un dejo de esperanza en el porvenir, protagonizan peleas constantes: no parece haber motivo alguno para mantenerse juntos. Sin embargo, es acaso esa guerra personal la que justifica su unión y deciden rebelarse contra el absurdo que rodea sus vidas: tienen un hijo.

La narración de Arsenijević es espléndida. La voz desgarradora del personaje –sus traumas, sus miedos– dimensiona la magnitud de un conflicto bélico en una sociedad que hoy en día no ha terminado de recoger sus fragmentos ni han cicatrizado las heridas de ese oscuro episodio para la humanidad.

La guerra de los Balcanes es el telón de fondo de Ándjela. No se trata de una crónica ni de una lección de historia ni de moral. Es el relato de un hombre inmerso en la desesperación, en un constante combatir a sus demonios. Pese a ello, busca a toda costa justificar su existencia.

Ándjela es una novela conmovedora que exige al lector reflexionar acerca de cómo sobrellevar la vida en medio de circunstancias extremas. Aun cuando todo es desesperanza y sufrimiento, los corazones todavía palpitan en medio de la desolación.

 

 

 

 

Lunes, 12 Agosto 2019 05:36

Salir a robar caballos

Algo hay en la literatura de los países escandinavos que enamora: acaso la sutileza y la belleza de sus imágenes, el poder de sus historias. O quizá la lejanía que nos representa esa región del mundo, hallar páginas tan cálidas entre regiones llenas de nieve.

Esta semana mi sugerencia es una obra noruega: Salir a robar caballos (Bruguera, 2007; traducción de Cristina Gómez Baggethun), del noruego Per Petterson (Oslo, 1952).

De entrada, aun cuando se dice que un libro no se debe juzgar por su portada ni por su título, esta novela atrae por ambas partes.

La historia es narrada por Trond Sender, un hombre de 67 años que enviudó poco tiempo antes debido a un accidente. En busca de hacer frente a esa situación, decide instalarse en una cabaña situada en la frontera entre Noruega y Suecia, en medio del bosque, ante la inminente llegada del año 2000 (la historia transcurre en 1999).

Trond decide adecuar ese lugar –lejano, en noviembre, con un manto de nieve de fondo y árboles que saludan al viento– para poder vivir allí. En esa soledad casi absoluta –se hace compañía de su perra, con la que pasea–, el personaje regresa el tiempo hasta su adolescencia, a sus 15 años.

El año es 1948, tres años después de que los alemanes abandonaron Noruega durante la ocupación de la Segunda Guerra Mundial. El padre de Trond fue miembro de la resistencia contra los nazis.

En aquellos días, el entonces adolescente había entablado amistad con Jon, pero éste desaparece de su vida repentinamente; sin saber por qué, el amigo odiaba al padre de Trond.

Éste luego descubre el origen del odio, la razón de esa animadversión de Jon hacia su padre. En ese descubrimiento, en las nuevas experiencias, Trond se convierte en un hombre durante aquel verano de 1948.

La novela se deja leer rápido; hay imágenes memorables, un ambiente en apariencia hostil –nieve, soledad–, pero que el autor aprovecha para hacer de dicha condición una zona cálida, con los recuerdos de Trond y su imposibilidad de recibir el nuevo milenio acompañado de su esposa.

El libro no exige mucho en sí y en cambio permite una lectura agradable; no hay pretensiones más allá de contar una buena historia por parte del autor. Es una novela bastante recomendable para quien gusta de historias nostálgicas con imágenes poéticas.

Como colofón hay que añadir que la edición en español de Salir a robar caballos corrió a cargo del grupo Ediciones B en 2007 (Bruguera y Zeta), con una traducción de Cristina Gómez Baggethun.

Además, esta obra fue galardonada con los dos principales premios de Noruega: el Premio de Literatura de la Crítica Noruega y el Premio de los Libreros al Mejor Libro del Año. Su traducción al inglés, en 2006, le valió el Independent Foreign Fiction Price y en 2007, el IMPAC de Dublín.

Ahí queda la recomendación para este medianamente joven verano.

 

 

 

Lunes, 05 Agosto 2019 05:16

Sin flores ni coronas

Aunque los hornos crematorios están materialmente destruidos, su humo aún oscurece el cielo del mundo

León Moussinac

 

Hay quien opina que se ha escrito demasiado en torno a los horrores del Holocausto. Sin embargo, la mayor información que se nos ha dado al respecto a través de la literatura, el cine, etc., retrata a los judíos como únicas víctimas.

En Hollywood es imposible que se aborde la persecución de comunistas, romaníes y homosexuales por parte del nazismo: pareciera que aquel horror sólo lo vivió la comunidad judía y es la única que debe ser consolada por aquellos hechos.

Ahora bien, después de décadas de silencio, varias víctimas decidieron contar su historia de forma directa, a través de la literatura. Sin la melosidad ni propaganda hollywoodenses, han optado por relatar aquello que sus ojos vieron, lo que experimentaron en carne propia.

En este sentido, Odette Elina (1910-1991), militante del Partido comunista francés, es una de las voces que si bien escribió lo que vivió en dos de los campos más recordados de manera casi inmediata al volver de Auschwitz, el lector en español tardó para ver traducida la obra en nuestra lengua (fue publicada por vez primera, en francés, en 1948). Así, en Sin flores ni coronas Auschwitz-Birkenau, 1944-1945 (Periférica, 2008) nos enfrentamos a los recuerdos que la francesa comparte con el papel.

En las notas preliminares de la obra, Elina expresa: «Cuando volví de Auschwitz, en 1945, sentía con tal intensidad lo que acababa de vivir que me resultaba imposible guardarlo sólo para mí. Lo consigné en las notas y dibujos que constituyen Sin flores ni coronas» (p. 9).

En el libro hay dibujos hechos por la propia Odette Elina –quien era pintora– con los que pretende ilustrar algunas de las escenas que se describen a lo largo de las páginas. Dada su naturaleza de artista plástica, el lector se encuentra con escenas breves, como cuadros dentro de una sala donde el silencio es la única forma de mostrar solidaridad con las personas de las que se nos cuenta: nunca habrá palabras para entender lo que vivieron.

La obra está dividida en varias partes. En alguna recuerda el invierno, la crudeza de dicha estación, con las víctimas expuestas a la nieve. En esas circunstancias, una sola prenda adquiere un valor infinito: un trozo de tela representa la posibilidad de vivir o perecer ante los embates del temporal.

En esa situación, la compañía se vuelve un abrigo: «Tener una amiga ayuda tanto a soportar el sufrimiento…» (p. 72). Luego repasa nombres de algunas mujeres en el apartado «Las compañeras». Las nombra y cuenta algo breve de ellas: Yvonne tenía unos ojos grandes azules. «Cuando nos encontramos por última vez, en diciembre, llevaba la muerte marcada en su pequeño rostro» (p. 69).

Elina nos cuenta de Hella, una polaca de veintitrés años: «No era hermosa. […] Era, simplemente, mi amiga» (p. 70). Terminaba sus estudios de medicina y ello le permitía curar las llagas de Odette. Hella perdió la vista, el tacto y el habla. «Nunca más la volví a ver.// Los alemanes se la llevaron y la quemaron» (p. 75).

Hélène «era una apasionada de Shakespeare y conocía su obra como nadie» (p. 76). Hélène murió en el campo.

En seguida recuerda a Marie, de la que se burlaban porque tenía barba. Pese a su dulzura y a su pasividad, no despertaba simpatía.

Irene esperaba el regreso de Elina al finalizar la jornada. En una ocasión «[l]a hallé medio muerta de hambre, medio muerta de miedo a morir de hambre». Odette compartía el escasísimo alimento con ella.

Después de diez meses en el campo, Elina recuerda que un día llegaron los rusos para liberarlos. «Con ellos, la vida había entrado en el Campo.// Ya no estábamos solos» (p. 102).

Trazos de dolor, esbozos de alegría. El tono del libro no permite la autocompasión: es, simplemente, un testimonio en el que se da cuenta de los hechos. Es una obra breve, pero valiosa, que se lee con una especie de vergüenza.

Acerca de Sin flores ni coronas, Albert Camus dijo: «Cuando hayan cesado hasta los ecos, pues habrán muerto todos los testigos, cuando el olvido se apodere, como suele, de la verdad, será necesario volver a documentos como éste».

 

 

 

Lunes, 29 Julio 2019 05:54

Guerra y guerra

Si solamente quedara una frase, ésta sería, en mi caso, estimada señorita, que nada tiene sentido. László Krasznahorkai

Durante el siglo XX, el bloque comunista en Europa del Este impidió la proyección de un gran puñado de autores cuyas obras cobraron relevancia sólo después de la caída del Muro de Berlín.

Entre los países que se vieron sometidos a ese bloque figura Hungría. En la actualidad, acaso dos nombres de escritores sobresalen por encima de otros: Imre Kertész (1929) y Sándor Márai (1900-1989).

El primero es un autor que adquirió mayor renombre a raíz de que en 2002 le otorgaron el Premio Nobel. Mientras tanto, el segundo, tras vivir algunos años en Estados Unidos, fue tomado en cuenta por la editorial española Salamandra y su obra no ha dejado de editarse.

Sin embargo, hay otros nombres menos conocidos. Ya me he referido a otros húngaros como Péter Hajnóczy (1942-1981), Dezső Kosztolányi (1885-1936), Tibor Déry (1894-1977), Ádám Bodor (1936), Attila Bartis (1968), por mencionar algunos. A estos nombres se pueden sumar los de Agota Kristof (1935-2011), Attila József (1905-1937), Stephen Vizinczey (1933) y Péter Esterházy (1950), por citar cinco ejemplos.

Esta semana mi recomendación es precisamente de un autor húngaro: Guerra y guerra (Acantilado, 2009), novela de László Krasznahorkai (1954).

En Guerra y guerra hay una dosis de locura que convierte a la novela en un delirio portátil. La historia comienza cuando el personaje central, György Korin, un archivero que trabaja a varios kilómetros de Budapest y que está«más loco que una cabra», es rodeado por siete adolescentes que pretenden asaltarlo en un puente del ferrocarril.

Sin embargo, a Korin ya no le importa morir –lo confiesa en la primera frase de la novela– y comienza a relatar el hallazgo que hizo en una sección del archivo donde trabajaba, ante la incredulidad y el aburrimiento de los muchachos. Éstos lo escuchan, se aburren, se desesperan; pero no le hacen nada a Korin y después se lamentan ante el temor de que pueda denunciarlos. No obstante, nada más lejos de esa idea.

El archivista es un hombre separado de su esposa, cuyo sentido de su vida se reduce a dar a conocer lo que encontró en el archivo: un manuscrito que da cuenta de la historia épica de cuatro sobrevivientes de una lejana guerra que se inicia con un naufragio.

Así, Korin descubre la belleza en su hallazgo y está dispuesto a compartirla con el mundo, al precio que sea. Para ello debe hacerlo desde el que él considera que es el centro del mundo: Nueva York. Está decidido a matarse, pero antes debe emprender su misión: ha vendido su casa y todas sus propiedades con la única intención de compartir la historia con la humanidad.

En el aeropuerto de Budapest, el hombre se siente fascinado por la belleza de una azafata a quien le cuenta parte de lo que hay en el manuscrito, su deseo de transmitirlo, aunque la chica en realidad no lo escucha y tampoco está interesada en sus palabras, pero no puede alejarse de él.

Korin es un personaje divertido, lo mismo que desesperante y conmovedor. Habla sin parar, aunque nadie entienda su lengua. Eso le ocurre en Nueva York, en el aeropuerto. El personal se ve en la necesidad de emplear a su intérprete para poder entablar diálogo con György. Y a final de cuentas termina por perjudicar al intérprete, a quien desespera y éste le entrega la tarjeta para tener su estancia legal.

A partir de entonces György deambula, con un abrigo forrado de dólares y el manuscrito escondido. No sabe por dónde moverse y decide hospedarse en un hotel, pero pronto se muda pues no le es posible pagar el hospedaje por mucho tiempo. Al paso de los días, termina en la casa del intérprete, a quien le paga para su alojamiento.

En el departamento viven el intérprete y su novia, una chica que no habla húngaro. Conmueve la relación que se gesta entre Korin y la chica: él le cuenta su historia, todas las mañanas, mientras ella, ante el fuego de la estufa,escucha. Es una escena que se repite una y otra vez.

Korin compra una computadora portátil, aunque no sabe cómo utilizarla. El intérprete le enseña y poco a poco comienza a subir el manuscrito a la web para que todo el mundo lo conozca.

La de Krasznahorkai es una novela cuya estructura pudiera intimidar, con párrafos largos, sin punto y seguido. Pero también tiene capítulos de una o dos frases o de tres o cuatro páginas, sin descanso.

Pero no cansa, no aburre: es una obra de la que su mayor virtud radica en el lenguaje, en la construcción en sí misma, el asombroso talento del escritor húngaro. A ello se suma la traducción de Adan Kovacsics.

El lector se encontrará con una lectura inolvidable, conmovedora. Hacia el final, cumplida su misión, Korin vuela a Suiza, después de sus aventuras por Nueva York. Tiene otra misión, tan conmovedora como su vida en sí.

En la obra no hay desperdicio y uno se topa con imágenes cargadas de poesía y belleza. Es una novela en la que descubriremos lo bello de la locura y de lo absurdo.

 

 

 

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