Lunear La Palabra

El cuento de las narices


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El cuento de las narices


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El cuento de las narices
Fotógraf@/ TOMADA DE LA WEB
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Cualquier tarde era buena para dejar de ser niño y lanzarse a la aventura de los mayores. Luis eligió la de un día caluroso de marzo para intentarlo, entre mugidos de vacas y ese olor a estiércol que se llevaría para alimentar los recuerdos cuando lo invadiera la nostalgia. Atrás dejaba el fuete con el que su padre pretendía moldear en él un carácter de hombre fuerte y recio para el que no había nacido; atrás la mirada azul de mamá Tere, quien lo sufrió como si un pedazo fuera arrancado de su cuerpo, presa de remordimientos hacia su primogénito; atrás sus bellas hermanitas menores y el pequeño de nueve años que se quedó a suplir ante su padre, de modo fallido, la imagen de fuerza que él no le ofrecía. Se fue con un ligero hato de ilusiones guardadas en su cuerpo flaco, al escaparse con el circo de medio pelo que pernoctó en su pueblo por una semana. Sabía que echaría de menos a su familia, especialmente a sus tres madres: Cata y Severiana, las de crianza; y a su madre Teresa, quien lo entregó a las primas de su esposo al cumplir dos años, temerosa de perderlo por enfermizo como a sus dos primeras hijas, María Elena y María Luisa, con el argumento supersticioso de que el estiércol de las vacas era el causante de las desgracias. Sin embargo, lo que más extrañaría era su colección de cómics que llenaba más de dos cajas tomateras de madera. Ahí estaban guardados los héroes de su devoción: Kalimán, el hombre increíble, el Payo, Chanoc y el viejo Tzecub. Y qué decir de su envidiable recopilación de los Supersabios y Grandes Novelas; por su afición a estas últimas vivía convencido de que su sensibilidad era otra, de artista y hombre de mundo, a pesar de que a duras penas terminó la escuela primaria y ya no pudo después con las matemáticas.

El día de su partida envió una carta a Cata y Seve, quienes después de leerla recorrieron en un tris las cinco cuadras que las separaban de la casa de Teresa y Francisco, los padres biológicos de Luis, con quienes el chico tenía viviendo apenas dos años después de haber crecido con sus madres adoptivas, solteronas que lo llenaron de mimos, trajes de marinerito, juguetes y todo lo que su capricho les pidiera. La primera reacción de don Pancho fue salir a buscarlo con el fuete en mano, hecho un energúmeno, pero para ese entonces los carromatos y campers que transportaban a artistas, trabajadores y animales del circo ya daban tumbos por caminos muy alejados del pueblo. ¡Que se largue y no regrese!, espetó, payasos de circo no recibiré en mi casa. Si de algo convenció Luis a su padre con su partida, fue de su inutilidad para la ordeña de vacas y las demás encomiendas del rancho. Me salió fino el cabroncito, dijo, y responsabilizó a su mujer y sus primas al educarlo para ser un inútil. Las solteronas, después de escucharlo, abandonaron la casa llorando a lágrima viva, acusando a su primo de propiciar la huida de Luisito, por cruel e insensible.

Con la emoción desparramándose en su piel, libre de la sobreprotección de Cata y Seve, del imperioso carácter de su padre y la angustia bondadosa de mamá Tere, quien no tuvo tiempo para él por atender a sus tres hermanas y al pequeño, Luis aspiraba el aire nuevo que lo conducía hacia lugares inciertos pero seductores como lo que es desconocido. En sus ojos grandes se dibujaba la adolescencia asombrada de sus dieciséis años. Su larga nariz judaica, herencia segura de algún ancestro que cruzó el Atlántico mucho tiempo atrás, oteaba con descaro los nuevos parajes y ambientes. Al anochecer arribaron a un poblado pintoresco en las faldas de una colina. Distribuyeron los carromatos en círculo sobre un llano a la orilla de un arroyo que en este tiempo de estío era apenas una culebra de agua. ¡A descansar se ha dicho!, pensó Luis. Qué equivocado estaba; su trabajo daría inicio esa misma noche.

El jefe operativo del circo daba gritos ordenando el acomodo de jaulas, la instalación de carpas, cocina y bodega para resguardo de alimentos y enseres. Preguntó por el muchacho flaco con mirada de asombro que levantaron en el pueblo anterior:

―A la orden, mi jefe.

― ¿Cómo te llamas, chamaco?

―Luis Rafael José Guadalupe Suárez de Valladares y Gómez, para lo que guste y mande.

― ¡Ah, carajo! ¿No tendrás otro nombrecito que te sobre para que me lo prestes? Ja, ja, ja. Yo me llamo Juan Cruz y punto. ¿De dónde sacas tú ese nombre tan largo y para qué te sirve?

―Pues le diré, mi señor, que mi nombre tiene alcurnia aunque le cueste creerlo: Luis, por mi abuelo, que fue un gran comerciante caído en desgracia por culpa de los zapatistas; Rafael, por el arcángel, del cual es devoto mi madre; José, en honor del esposo de la Virgen, que mucho habrá sufrido al ver a su mujer preñada por una semilla divina que no era la suya; y Guadalupe, por la morenita del Tepeyac, que, a decir de mis madres Cata y Severiana, me salvó de morir de fiebre escarlatina cuando yo tenía siete años. Y el Suárez de Valladares, según presume mi padre, es por ser descendiente en línea directa de un virrey de la Nueva España. El Gómez no le debe sonar muy elegante, pero sepa usted que mi madre es de abuelo francés y de familia muy respetada en Orizaba.

― ¡Mira nada más este narizón! Si te sobra pico para hacerla de payaso. Pues si no es pura cábula lo que dices de nada te van a servir tus apellidos ilustres cuando limpies la mierda de las elefantas. Por ahora vete con Fabián, este hombre largo que ves aquí. ¡A darle!, que te espera una buena joda.

Las siguientes horas las pasó acarreando fierros, tensando cuerdas, empotrando tablas en los asientos de galería, acomodando y limpiando las sillas de luneta. Alrededor de las dos de la madrugada pudo dormir al fin habiendo probado apenas algún bocado. Su lecho fue de tablas cubiertas por una frazada vieja. Antes de caer en el sueño profundo resbaló una lágrima por su mejilla, recordando la capirotada con leche que solía consumir antes de ir a la cama, elaborada por las manos insustituibles de mamá Seve. 

Cuando apenas un murmullo de luz asomaba por las montañas de oriente, Fabián lo azuzó para levantarse. 

― ¡Ese del nombre largo como trompa de elefante! ¡Arriba, que aquí no es hotel! Vete con las cocineras a cargar la compra en la plaza. Y ponte abusado, flaquito, que con esa estampa que te veo no nos sirves. 

Medio dormido y humillado por las palabras de Fabián fue tras las encargadas de las compras. ¡Nombre de trompa de elefante! Nadie le había faltado al respeto de ese modo. En ese momento casi odió las proclamas encendidas de su padre en medio de su locuacidad alcohólica, presumiendo el origen de su apellido. Luis se sintió vulnerado en su orgullo como nunca. Al volver con dos sendos bultos de verduras y hortalizas sobre sus hombros fue destinado a la limpieza y alimentación de las dos elefantas, el camello, los tres caballos y el pony. Fue ahí que sufrió el flechazo que marcaría su destino inmediato.

Cleopatra le pareció realmente hermosa. Comparó la dulzura de sus ojos con los de mamá Cata. Acariciar sus enormes orejas condujo su emoción a esas noches antes de dormir, cuando acariciaba los apéndices de Cata como ritual imposible de evitar a fin de conciliar el sueño. La conexión fue instantánea, de modo que en las siguientes semanas se apresuraba a concluir la alimentación de los animales y la limpieza de los lugares destinados a ellos, dejando para el último a Gea y Cleopatra, las dos elefantas. Con la primera no hizo clic, pues su mirada no tenía la suavidad de Cleo, como la llamó cariñosamente. Pasaba con ella el mayor tiempo posible y estableció un código de comunicación tan efectivo con la obesa hembra que varios juraban que Luisito hablaba con los animales. Los momentos más intensos de la jornada los vivía al verla realizar cada noche sus proezas ante el domador, al retirarle los accesorios de tela brillantes que le colocaba antes de su participación y conducirla enseguida hasta su lugar de reposo, donde permanecía con ella mientras lo permitieran sus obligaciones durante la función.

Luis se volvió imprescindible para la administración del circo, pues además de cumplir con eficiencia sus tareas durante el día y en el desarrollo de las funciones, poseía una curiosidad innata que lo llevaba a resolver imprevistos de todo tipo: destapar una cañería en las cocinetas de los campers rodantes, arreglar una falla eléctrica sencilla, abrir una chapa con ganzúas, coser urgentemente un botón o cremallera en el vestuario de los artistas, reparar la aguja del fonógrafo e incluso dar masajes terapéuticos ante problemas musculares o de estreñimiento que afectaban a los trapecistas, entre los cuales figuraba una damita de la que estaba secretamente enamorado, tanto como de Cleo, consciente de la inutilidad de su emoción, pues la mujer era bella y novia del apuesto domador de leones. Sabía de todo y lo que no lo inventaba. Tenía facultades para el dibujo y comenzó a colaborar en el diseño de los volantes promocionales y de algunos elementos del vestuario. Incluso sustituía algunas veces a uno de los payasos, alcohólico consumado que, sin embargo, era uno de los dueños del circo. Aprendió sus rutinas y se desenvolvía con fluidez en el escenario, en ocasiones sin ensayo previo. De no ser por los celos que despertó en el payaso borrachín pronto se hubiera vuelto comediante del circo.

Después de meses fue descubriendo con pena la manera en que eran entrenados los animales. Aunque no fue testigo del proceso de adiestramiento de Gea y su querida Cleopatra, ambas en edad madura y con su espíritu salvaje completamente quebrantado, sufría por verlas encadenadas la mayor parte del tiempo, siendo su naturaleza correr, bañarse en los ríos y conseguir su alimento directamente de los árboles. Supo leer detrás de la mirada dulce de Cleo el gran sufrimiento que llevaba dentro. Aun con su gran fuerza, la bestia había perdido sus bríos salvajes y en vez de intentar huir se consolaba con los balanceos interminables de su cuerpo y los bramidos que ahora Luis sabía eran de tristeza. Gea parecía más adaptada a su situación. Trataba de consolar a Cleo prolongando la limpieza de su cuerpo, pues disfrutaba el agua y jabón más que otra cosa. El cepillo sobre su piel era el único placer verdadero de su vida en cautiverio, junto a las caricias de Luis y sus palabras cariñosas a las que correspondía con ligeros bramidos y gruñidos apenas perceptibles, pero que tenían un significado preciso para su enamorado. Entre los dos se fue tejiendo un plan del que nadie sabría hasta que fuera puesto en marcha. Luis temblaba de solo pensarlo, pero con los días hombre y elefanta arribaron a la plena convicción, él con la insensatez natural de sus pensamientos, ella con los restos de su instinto dormido.

El payaso borrachín, Calambrito, cansado de pronto del escenario y sin inquietudes económicas que lo obligaran a seguir en la profesión de la risa, con suficientes ahorros para una retirada digna de su oficio de bufón, anunció a Luis que pronto lo sustituiría, lo que no fue sorpresa agradable para él.

―Creo que te ganaste la oportunidad, muchacho. Ya no limpiarás excrementos ni darás comida a las bestias. ¿Qué me dices? ¿Aceptas?

―Mi respetado Calambrito, yo… nunca lograré ser tan payaso como usted, dicho con todo respeto y sin burla. Eso de ser el hazmerreír de tanta gente como que no me emociona demasiado. De por sí se han reído mucho de mí en la escuela, en la calle y en mi casa. Incluso lo hacía el curita de mi pueblo cuando le servía de acólito y me contaba que no había visto un monaguillo más chistoso que yo. Entonces se figurará usted que no me ilusiona ponerme una nariz de payaso si yo ya tengo la mía, tan buena para hacer reír como ninguna.

―Ja, ja, ja… Pero te das cuenta, ¡zopenco! Si ya lo traes en la sangre. Qué digo en la sangre, en ese pico de loro que Dios te dio.

―Pues este pico lo único que quiere es encontrar otro que se deje besar y no andar pintarrajeado para ser la burla de tantos niños cagones.

― ¡Vamos! No se diga más. Estás hecho para esto y lo sabes muy bien. Este será mi último mes y luego te quedarás en mi lugar. Hay buen tiempo para enseñarte todas las rutinas y que tú inventes las tuyas. Seguro idearás otras mejores.

―Pero… ¿podré seguir cuidando al menos a las elefantas?

―Nada de eso, los artistas somos artistas y no nos rebajamos a limpiar otra mierda además de la propia. Nos ayudarás con otros asuntos más dignos de tu inventiva, ya lo hablé con mis socios. Además, ganarás al menos el doble. No veo cómo no pueda interesarte eso, sobre todo si andas en busca de otro pico para besar. Ja, ja, ja… ¡Anda, muchacho!, aprovecha este mes para despedirte de tus elefantitas.

Las cosas se precipitaban. Era necesario tomar medidas no previstas, acelerar el proyecto. Al otro día pidió permiso para ausentarse media jornada, arguyendo que no era día de función y tenía urgencia de acudir a las oficinas de correo del pueblo costero en que se hallaban, cortarse el pelo, visitar un médico por supuestos dolores en los testículos y hacer llamadas telefónicas para saber si había muerto una tía a la que le surgió un tumor maligno al encontrar a una de sus hijas restregándose con su prima en su cuarto. Ni hablar, cuando se trataba de urdir asuntos trágicos no había quien le ganara.

Dedicó las horas a internarse en el bosque montañoso en busca de una ruta viable para su nueva fuga, ahora con una dama gorda de unos tres mil quinientos kilos a la que debía sacar de ese estado de sumisión aprendido. No tenía mucho tiempo para recorrer esos lugares casi vírgenes hasta encontrar un refugio seguro para su enamorada, pero confió en que lo hallarían durante la huida.

Al otro día lo dialogaron, con ese lenguaje que inventaron para ellos. Por la noche, después de la función, realizó pequeños ensayos quitándole las cadenas de sus patas y conduciéndola con una cuerda hacia una dirección distinta a la que acostumbraba cada día al dirigirse hacia la carpa y el escenario. Gea ni se interesó por ellos. Buscó que nadie los viera y ella supo callar a pesar de su ansiedad. Repitió lo mismo durante tres días a eso de las dos de la madrugada. En el tercer ensayo la condujo hacia atrás del último camper, justo por donde escaparían. Ahí ella se detuvo y estuvo a punto de soltar un bramido. Luis metió su cabeza debajo de su oreja izquierda para hablarle con ternura, logrando tranquilizarla. Al volver los sorprendió uno de los dos malabaristas del circo, quien salía precisamente del camper de aquel payaso beodo que a esa hora debía dormir la mona sin que un terremoto pudiera despertarlo. Había escuchado rumores sobre el amorío entre la madura y guapa esposa del payaso y el joven malabarista, pero nunca quiso entrometerse en asuntos ajenos teniendo los propios tan importantes de atender. Se miraron por largos segundos, tanteándose, hasta que él habló:

―El veterinario ordenó pasear a Cleopatra en la madrugada para quitarle esas congojas que tiene en su estómago descompuesto, pues ya ves que en las últimas funciones se echa unas ventosidades que rocían a todo el público, con el riesgo de que la gente deje de venir y nos quedemos sin circo ―el malabarista lo miraba sorprendido y relajado ante la perorata de Luis, a quien no bajaba de un bufón sin escenario―. Y dijo también que le irían bien los paseos a la luz de la luna y, como ves, mi amigo, hoy está muy grande la canija allá en el cielo.

―Anda, pues, Luisito, pasea con tu novia. Yo… vine a… traer un medicamento para el marido de la señora. Ya ves que le gusta la copa. La pobre mujer está con una angustia por los vómitos de su señor.

Se quedaron viendo con la complicidad espontánea surgida entre ambos. Estaba claro: callo, callas, callamos.

―Es buena la compasión, amigo. Ojalá le hayas quitado la angustia a esa noble señora. Yo me llevo a dormir a Cleopatra.

―Ve, pues. Que se mejore de esa pedorrera.

Y se esfumaron rápido cada uno a su lugar.

El siguiente lunes era el día indicado, pues después de las funciones tempraneras del domingo la mayoría bebía y festejaba el fin de otra semana de trabajo. Lunes y martes no había espectáculo, se realizaban tareas de limpieza, mantenimiento y suministro; o bien eran los días destinados para trasladarse a otro pueblo o ciudad. En esa ocasión seguirían ahí una semana más. Salir a eso de las tres de la madrugada, cuando todos durmieran cansados y dispuestos a levantarse tarde, le pareció la mejor decisión. El sábado pasó la mañana practicando sus rutinas cómicas. Ese día sería el último para aquel que le dejaba el puesto y el domingo debutaría oficialmente con bombos y platillos. Reconoció cuánto le hubiera gustado quedarse como payaso, pues se entendía de maravilla con su pareja y descubría con cierta pena que pudo ser el oficio de su vida. Pero no podía traicionar a Cleopatra y su promesa de sacarla de ahí. Mañana sería el debut y despedida del payaso más narizón del mundo, tal vez del más estúpido bufón enamorado que había pisado un circo. No había marcha atrás. Por amor muchos grandes habían hecho locuras mayores a la suya. Estaba convencido de que algún día su aventura sería contada en los teatros o escrita por un narrador famoso que lo convertiría en un gran personaje. Imaginó títulos para su propia historia: “El cuento de las narices”, o “Amor de tres toneladas y media”, o bien “El payaso que no fue”.

El domingo se proveyó de lo necesario para la partida: tres mudas de ropa, un par de botas extra, una frazada, alimento mínimo para tres días, lámpara y pilas suficientes, cuchillo, medicamentos que compró en la botica y tres fotos que Cata y Cheve le enviaron por correo. En una estaban los tres, él en medio con traje, corbata y un algodón de azúcar en las manos. En otra posaba con sus cuatro hermanos: Fina, bello ángel de pelo rubio; Máxima, de belleza adusta y morena; Natividad, con los ojos más grandes y bellos que conocía, y Raymundo, el Negrito, apodado así por su tez cetrina como ninguno la tenía en la familia. Otra era de mamá Tere y su mirada celeste y profunda. Una lágrima las bendijo y las guardó en medio del único libro que poseía: “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas, que compró en la plaza de algún lugar y había leído antes en versión de historieta.

Cleopatra lo sabía, quien sabe cómo. Ofertó al público una actuación impecable que puso de buen ánimo a su orgulloso domador. Así se despedía, concluyendo un ciclo de más de doce años a su lado, odiándolo y amándolo como lo permitía su inteligencia animal. Por su parte, Luis provocó muchas risas y aplausos con sus gracejadas. Cayó en tal estado de éxtasis que dudó por un momento de su decisión. El administrador del circo festejó su debut rociándolo con sidra. Esa noche había nacido y muerto un payaso.

A las tres en punto dos sombras se deslizaban por entre los carromatos, una enorme y otra pequeña; pareja más desigual no se vio antes. La suerte quiso otra vez que el malabarista se topara con ellos al terminar su rutina de amante furtivo. Bajo la luz tenue de la luna en menguante intercambiaron miradas cómplices y se desearon suerte en silencio. Cleo dudó unos segundos antes de abandonar el llano, sin embargo, algo había despertado muy adentro y creyó merecer el mundo que se abría para ella. Nada se interpuso, ni los perros, la mala suerte o una lluvia imprevista. Tres horas después se encontraban a más de diez kilómetros, caminando por senderos selváticos. Cleopatra no sabía expresar la alegría que la llenaba toda.

Alrededor de las siete treinta descubrieron su ausencia. Para entonces la distancia era mucho mayor y habían encontrado refugio en lo hondo de una cañada, donde el agua sobraba y el follaje en los árboles también. La elefanta se alimentó con placer desconocido. La comida seca del circo la tenía fastidiada. Era un paraíso y quiso soltar bramidos de contento, pero Luis supo hacerla entender que su silencio era la libertad, por ahora. Al mediodía, con Cleo harta de follaje verde, Luis decidió guarecerse en un espacio delimitado por unas rocas enormes y la pared de la cañada, cubierto por las ramas de árboles gigantes. Un refugio ideal para dos enamorados que tenían la desgracia de pertenecer a especies diferentes. Sabía que los buscarían. Sería mejor continuar al anochecer.

Al día siguiente el robo de la elefanta era noticia nacional por la radio. Se ofreció una recompensa a quien los encontrara y la descripción de Luis, el ladrón de elefantes, como de inmediato se le bautizó. Pocos se animaron a buscarlos por esos espacios impolutos. Los pobladores de la montaña temían que la elefanta pasara en algún momento por algunos de los pueblos y causara destrozos. Algunos habían visto en las primeras televisiones en blanco y negro que llegaron a la zona la película de Tarzán de los monos. Se despertó la imaginación con historias insólitas: que alguien vio pasar a la elefanta corriendo con un hombre sobre su lomo, de nariz enorme y fuerte como un toro; que en tal lugar arrancó un árbol y mató de un pisotón a un cuino; que una mujer fue violada por el narizón y después la elefanta la alzó con su trompa arrojándola a la poza de un río.

Después de tres días que para Cleo fueron los más felices de su vida y habiendo caminado muchísimos kilómetros esquivando pueblos y rancherías, Luis empezó a tener plena conciencia de su audacia. En medio del hambre y la incertidumbre, ante Ráfagas de miedo y arrepentimiento que lo cruzaban por instantes, vino a su mente una de las frases que había memorizado de “Los tres mosqueteros” después de leerlo y releerlo en sus largas soledades: “Los locos y los héroes, dos clases de imbéciles que se parecen bastante.” Creyó que para ese entonces tendría estatura de ídolo, y él y Cleopatra serían buscados por altos gobernantes o por una institución altruista para librarlos de la persecución y asegurarles una vida juntos allá en el rancho de su progenitor, quien perdonaría sus flaquezas y chifladuras al convertirse en el padre de un héroe que renunció a ser payaso. Cleo se dio cuenta de la pesadumbre que lo invadió poco a poco. Lo amaba tanto como amó a la cría que le arrebataron desde pequeña para llevarla a otro circo.

El destino suele encargarse de resolver los dilemas que enfrentan los héroes y los locos; esta no fue la excepción. Cleo no pudo desarrollar toda su sabiduría natural al estar en cautiverio. Sabía de pastura seca y rara vez le dieron hierba fresca en su confinamiento. No sabía de raíces y frutos insanos. O tal vez era tan feliz que no le importó atragantarse unas cuantas veces de todo lo que la vida le había negado. Al final del cuarto día se tendió en un claro; sus resoplidos sorprendieron a Luis. El sufrimiento de su querida Cleo duró pocas horas y unos cuantos bramidos; el del chico desgraciadamente sería largo y correrían muchas lágrimas para gastarlo. La hermosa gordinflona perdió el conocimiento con la cara larga de Luis pintada en sus pupilas; la acariciaba entre sollozos y palabras de ternura. Después partió, tal vez a encontrarse con los fantasmas de sus ancestros en un bosque tropical de la India, Bangladesh o Sumatra; o tal vez a balancearse en una paz que ahora sería permanente, sin cadenas ni hombres que la torturaran.

Pasó la noche sobre el cuerpo inmóvil de su amada, seco por el llanto, el hambre y la soledad. Los encontraron al otro día antes de que el sol calentara. Tuvieron que arrancarlo de Cleopatra entre sollozos que conmovieron a más de uno. No pudieron hacer nada para proteger el cuerpo de la bella. El mejor tributo que pudieron darle, quizá sin pretenderlo, fue dejarla en el sitio fresco y lleno de hojarasca que eligió para dormir.

Fue encerrado en la cárcel de un pequeño pueblo caluroso como infierno, a medio comer y medio vivir. Los policías de cada turno lo oían entablar conversaciones con la pared y después callarse por horas con su mirada perforando los muros. Los sorprendió que ese muchacho enclenque, barbudo y sin la pinta que habían inventado los argüenderos, profiriera frases incomprensibles para ellos por su hondura, extraídas de algunos de los personajes de su libro de cabecera. Se le oía decir, por ejemplo, a ritmo lento y cortado: “En general, no se piden consejos mas que para no seguirlos; o, si se siguen, es para tener a alguien a quien se puede reprochar el haberlos dado.” Enseguida un gran silencio, de pronto el nombre de Cleopatra seguido por el llanto, después otra frase.

            Aquel Calambrito que un día le cedió su lugar en la pista, llegó al tercer día del encierro. A Luis le costó trabajo reconocerlo y después entender qué hacía ahí. Los dueños del circo, instalado ahora en otro sitio, le otorgaban el perdón a cambio de su regreso. Claro, pagaría su atrevimiento con trabajo sin pago durante un tiempo, como escarmiento para hacerlo entrar en cordura. En el fondo tenían claro que, por su edad, Cleopatra no serviría mucho rato más para el espectáculo y hubieran tenido que venderla a bajo precio a un zoológico. Además, este hombre le tenía genuino afecto, más que evidente al convencer a los demás de venir a buscarlo.

            Luis no se resistió demasiado. Volver al ambiente donde nació su extraño amor le auguraba algún consuelo. Por la noche de ese mismo día se alojó en el circo y sintió gran pena por ver a Gea tan solitaria. Prometió no enamorarse ahora de ella. Ya vendría una elefanta joven que la acompañara. Su destino era el maquillaje, el traje de colores y la risa diaria aunque vivir doliera. Escribió una carta escueta a su padre que terminaba con una condición explícita para él: “Volveré algún día, papá, cuando al fin aceptes que tu hijo es un bufón de circo”.

            Una semana después, con la tristeza aún fresca guarecida en el pecho, reaparecía ante la concurrencia el payaso Nariguín. Terminó la rutina del día con una más de las frases aprendidas en su libro; tal vez pocos comprendieron su profundidad:

            ― “La vida es un rosario de pequeñas miserias que el filósofo desgrana riendo.” Yo no soy un filósofo, pero soy un payaso… ¡y río!… ¡río!… ¡río! Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja…

            Al salir del escenario se perdió detrás de la noche.

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Arturo Núñez Alday

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