Lunear La Palabra

Fusilar el aire


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Antes de que despuntara el sol, el ajetreo de los revolucionarios rompió el silencio que en las últimas horas abrigó a la vieja casona convertida en cuartel zapatista. El aire fresco se movió entre las rajaduras de los muros añejos; despertó al amate prieto en el patio y al guayacán amarillo que en la calle flanqueaba el portón de madera de la entrada, a los pájaros que desperezaban sus alas en los árboles e iniciaban su canto; se fue presuroso por el corredor hasta el cuarto que hacía de cárcel y se coló por los tablones de la puerta para besar las mejillas de Gabino, quien ya esperaba sentado en el camastro, con una tristeza de piedra esculpida en el rostro, pero erguido y altivo para enfrentar su suerte. El mismo aire, argüendero, fue despertando a la gente del pueblo, que salía a la calle con los ojos asombrados para ver caminar hacia el paredón a un hombre valiente; no todos los días daba Dios esa licencia.

Los escuchó venir por él. Cruzó el gabán en su hombro y se puso el sombrero.

―Tenemos que llevarte, Gabino, ya es hora ―dijo uno de ellos.

―Ya se habían tardado. Apúrenle, que quiero morir temprano.

―Sabes que te tenemos harta ley, pero… el general Saavedra no perdona que un zapatista mate a otro, y menos si eran compadres.

―Ya párale, Remigio, que no viniste a palabrear.

― ¿Hay algo que quieras decir antes de irnos? Luego no se va a poder.

―Que, ya que me toca morir en el pueblo, pasemos por mi casa. Párense un rato ahí; quiero despedirme de mi familia.

Apenas se pintaba el alba cuando lo sacaron con las manos atadas. Los tlecuiles se quedaron solos y fríos, porque las mujeres, enrebozadas, salieron para verlo pasar. Los maizales y cacahuatales no veían llegar a los hombres, pues casi todos bebieron mezcal alguna vez con Gabino, montador de toros de los buenos; se quedaron en el pueblo para despedirlo. Los murmullos salmodiaban la mañana.

― ¡Carajo! El mismo Pablo Saavedra los convenció de irse juntos a la bola; y ora él mismo lo ajusticia.

―Yo los vi beber hartas veces de la misma botella de aguardiente; parecían hermanos, además de compadres.

―Dicen que competían para ver quién mataba más “pelones”.

―Y que se echaron a muchos en la toma de Cuautla. Por allá los encandiló la misma mujer pizpireta. Le dio entrada al Gabino, pero luego se enredó con Hilario, quien le plantó un hijo. 

Algunas mujeres lo bendecían al verlo pasar; otras lloraban. Los hombres se quitaban el sombrero en señal de reconocimiento a su valor. Los ojos húmedos de Gabino fueron regando por las calles un discurso sin palabras, pero tan poderoso que todos oían su aflicción. Hombres que eran sus amigos lo conducían con la mirada baja y el fusil apuntando al cielo. Se detuvieron frente al tecorral de su casa, por el que se asomaron su mujer y sus tres hijas, reblandeciendo las piedras con tantas lágrimas. Le soltaron las manos. Callado, apretando la mandíbula para no llorar, acarició la trenza gruesa de su esposa, quien gritó sin que nadie la escuchara, porque el bramido de dolor se fue hacia dentro y casi le reventó las venas, la piel y los ojos inundados. Después besó a las niñas. Sabina, la menor, se aferró a su cuello hasta que intervinieron los de la escolta para separarla. Un perro saltó desde las piedras y arañó la cintura de Gabino con sus patas, moviendo la cola.

―A’i me las cuidas, Capulín ―nada más pudo decir.

Continuaron, seguidos de hombres y mujeres que esperaban que un milagro no lo llevara al paredón. Llegaron hasta el puente que cruza el río, donde otros hombres con fusil ya no dejaron pasar a nadie más que al pelotón y al condenado. Ningún prodigio acontecía. El sol, que había subido media cuarta, se ocultó tras las nubes rojizas, cansado de atestiguar infinidad de muertes como esa.

En casa de Gabino, su mujer casi desmayaba de dolor y a Sabina la ataron a un árbol para evitar que fuera en busca de su padre. 

― ¿Alguien tiene un trago que me convide? ―pidió como última voluntad.

Dio dos sorbos a un pequeño bule con mezcal que le ofrecieron.

― ¡Échenle, cabrones!, que no les tiemble el pulso.

Se escucharon los gritos de un paisano que, jadeando, llegó hasta el capitán zapatista encargado de la ejecución.

― ¡Capitán! ¡Capitán! Aquí le llegó un papel.

El mensaje trajo una noticia inesperada: el general Saavedra estaba muerto; había sido asesinado en una reyerta con los federales. Informó a su gente; los hombres se miraron sorprendidos. Después de un tiempo, el Capitán reaccionó.

―Pero la orden se cumple, por el honor del General Saavedra.

―Capitán ―intervino emocionado alguien del pelotón―, si el general Saavedra murió, a lo mejor Miliano le perdona la vida a…

― ¡La orden se cumple! Ustedes sabrán pa’ donde disparan, y que cada quien apechugue después cuando nos pidan cuentas. ¡Preparen!... ¡Apunten!... ¡Fuego!

Gabino cayó de rodillas, viendo al sol, que en ese momento lo saludó festivo, huyendo de las nubes que habían pintado de rojo el paisaje.

 


 

 

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Arturo Núñez Alday

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