Lunear La Palabra

Patas de cabra


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Patas de cabra
Fotógraf@/ TOMADA DE LA WEB
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La noche anterior a la visita de la muerte, Ángel Estrella sintió pena por sus ochenta y nueve años de vida, insuficientes para seguir atesorando riquezas en los baúles raídos de su mente atormentada, y en los de madera oscura, guardados en el sótano de la casa. Las lágrimas que rodaban por los abundantes surcos de sus mejillas eran, la mitad, por miedo a lo que vendría después de cerrar los ojos a la luz; las otras, por la angustia que experimentó ante la imposibilidad de llevarse los arcones repletos de dinero a dónde quiera que fuese al terminar esta vida. Tenía motivos de sobra para creer que había mucho más después de la muerte, aunque al final le hubiera gustado no poseer tal convicción y quedarse con la sentencia definitiva de: consummatum est.

Desde el mediodía llegaron apresurados los nietos y sobrinos, venidos de todas partes al enterarse del grave estado de salud del anciano. La casa se convirtió en cueva de buitres, a decir de Genoveva, la vieja cuidadora del hombre:

       —La casa está más silenciosa que cuando estábamos solos don Ángel y yo —refunfuñaba Genoveva—, porque los buitres no graznan, no les sirve el cogote para eso; nomás malician con sus ojos.

La descendencia directa de Ángel se formaba de siete nietos, cuatro de ellos, hijos de su primogénito, fallecido cuando cayó un rayo sobre él, cerca del mezquite del patio. La descarga carbonizó todo su cuerpo dejando intacta a su esposa, quien, detrás del árbol, se escondía de la violencia alcoholizada del hombre. Los tres nietos restantes eran hijos del segundo vástago, quien partió un día para buscar fortuna después de que su mujer lo abandonó por otro; nunca regresó.

Curiosamente, Ángel no tuvo otros hijos; su esperma no sirvió más, a pesar de haberlo regado en muchos vientres de jovencitas, con quienes se cobraba, casi siempre a la fuerza, deudas que varias familias tenían con él.

—Ya estás pagando tus cuentas con el enemigo, Angelito, y te falta todavía un titipuchal —sentenciaba Nicanor, el Loco, en la entrada del atrio de la iglesia—. Te va a cobrar toditas tus maldades, ¡toditas! Apenas comenzó quitándote a tus hijos, Ángel.

Nicanor no tenía trabas en su mente. En los momentos de extrema lucidez y delirio, vociferaba lo que en otros eran suaves rumores: Ángel Estrella hizo su fortuna a través de malas artes, con engaños, especulando, valiéndose de la debilidad de los demás. A quien no le había arrancado una tierra a cambio de míseras deudas, lo obligó a venderla a precio irrisorio. Hubo quienes le ofrecían su yunta de bueyes por unas cuantas cargas de maíz; quienes le empeñaban una parcela a cambio de un préstamo para que el hijo se fuera al norte.

—Ya me mandó m’ijo un dinero pa’ venir a pagarte, Ángel, con todo y los intereses. Quiero que me devuelvas mi tierrita como quedamos, la voy a sembrar en este temporal —le decía uno de sus tantos deudores.

           —Mira, Cornelio, se me hace que ya no se puede —sentenció Ángel—. La tierra me gustó y te tardaste mucho.

—No seas malo, Ángel, te dije que antes de las lluvias te pagaría, y apenas comenzó mayo.

— ¿Qué no te acuerdas, Cornelio, de la llovizna que cayó ora en abril? —y agregó con cinismo—: para mí, las lluvias comenzaron entonces. Si quieres te la dejo pa’ que las siembres a medias y veas que no soy ventajoso, pero la tierra ya es mía de ley.

Decenas de historias similares se almacenaban en los recovecos de las conciencias sometidas de los lugareños, pero sólo se murmuraban en la plaza del pueblo, en las esquinas y, con sabor muy especial, durante el velorio de algún difunto.

—Cuando el Ángel se muera, nadie va a cargar su caja —decía uno.

—Yo, ni de pendejo, aunque me den cinco botellas del refino que destila don Poli —agregó otro.

—Pues ni siquiera me voy a arrimar al sepelio —decía alguien más, con cara de espanto—, no vaya a ser que le guste yo al diablo cuando venga por él. Porque este viejo sí tiene pacto con el adversario, me lo dijo mi apá mucho antes de morirse y lo dicen todos los viejos del pueblo.

—Pues eso es bien cierto —añadió el primero—, porque hace diez años, cuando murió su mujer después de agonizar eternidades, la casa se llenó de olor a azufre y la piel de la difunta se puso bien negra al poco rato de que estiró la pata.

—Por eso no dejaron verla, porque el diablo le robó su alma y le quitó la blancura.

Ante la inminencia de su muerte, Ángel pensó un instante en la posibilidad del arrepentimiento, pero de inmediato tuvo la certeza de que un simple acto de contrición no lo libraría de los graves compromisos con su conciencia. Aspiraba el aire con dificultad, le aterraba la idea de la asfixia. Si al menos pudiera marcharse sin angustia y dolor, a cambio de sufrir, después de muerto, las condenas por su conducta en la tierra. Se dio cuenta de no ser dueño de su destino inmediato y el pavor se fue apoderando de su cuerpo.

Por las zahúrdas de su mente desquiciada danzaban todos los personajes a quienes había hecho daño. Las miradas de los múltiples fantasmas se clavaban como agujas en las sienes y en los ojos, produciéndole dolores tal vez imaginados, pero sufribles en el delirio agónico. Quiso musitar mil perdones; sin embargo, no sólo no podía hablar, sino que había olvidado para siempre la palabra perdón. No tuvo, al menos, el descanso que se gana al pronunciarla.

En los momentos finales, cuando la angustia del ahogo le hizo desear un disparo en la frente que acabara con sus sufrimientos, tuvo la certeza de la presencia física de sus nietos y sobrinos alrededor del lecho mortuorio. Pudo leer demasiado en esos rostros, como si la proximidad de su muerte lo dotara de una clarividencia sobrenatural. No leyó amor o conmiseración por él; si acaso, lástima. En el clímax del delirio, una voz en coro resonaba en sus oídos:

—Termina, abuelo, ¡termina ya! No tiene caso sufrir, aunque lo mereces. Nos abandonaste, nos dejaste al garete. Al menos muérete y deja repartirnos el dinero que guardas en los baúles. ¡Muérete, abuelo! ¡Muérete!

Justo al amanecer, Ángel Estrella terminó su recorrido por este mundo; quedó en su rostro un terror pocas veces visto en un difunto del pueblo. De sus ojos manaron lágrimas de sangre al momento de expirar. El galeno que levantó el acta de defunción no pudo explicarlo; dejó las lucubraciones a la magia de la comadrería, la que de inmediato soltó sus versiones:

—Se murió viendo al demonio, Genoveva. Clarito se veía en sus ojos el espanto.

—Dicen que le brotaba sangre como si fueran escupitajos.

—Tenía las manos calientes como brasas, porque de ahí toma el diablo a los condenados que recoge.

—De la boca le salía un hedor a puritos meados de gato, por eso nadie aguantó la pestilencia y salieron todos para el patio.

Lo cierto es que Genoveva y las rezanderas, no pudieron aguantar mucho tiempo dentro del cuarto donde se veló el cuerpo de Ángel en la siguiente noche. Los pocos dolientes que lo acompañaron, además de la parentela cercana, prefirieron cobijarse bajo el amate gigante del enorme patio, cuyo follaje apresó todas las hablillas y cuchicheos que se filtraron hasta sus ramas.

El ataúd se mantuvo cerrado para evitar mayores rumores sobre el difunto. Alrededor de las tres de la madrugada, Genoveva, la única persona que sentía un afecto sincero por el viejo, levantó la tapa del féretro para despedirse de su patrón y protector en los últimos años. Uno de los nietos alcanzó a ver cómo la mujer cayó al suelo con estrépito, desvanecida, tres segundos después de abrir la caja del muerto. De inmediato se acercó y supo la causa del desmayo de la anciana: el cuerpo de Ángel había desaparecido, sólo quedaba una huella ocre del mismo sobre el lecho de la caja. Sobreponiéndose a la sorpresa, con el corazón saltando en su pecho, logró razonar sobre la inconveniencia de que todos se enteraran de lo ocurrido. Bajó de inmediato la tapa, mientras Genoveva era atendida por algunas mujeres.

Cuando la anciana volvió en sí, los pocos miembros de la familia enterados del asunto, sólo algunos nietos y sobrinos, la obligaron a guardar silencio, mientras decidían qué hacer para enfrentar la insólita situación.

Las hipótesis respecto a un posible robo del cadáver resultaron inútiles y descabelladas por dos razones: ¿a quién le interesaría el cuerpo decrépito y en descomposición del viejo? Por otro lado, un hurto era imposible, porque nunca se dejó completamente sola la habitación, o fuera de las miradas de al menos dos personas. Los familiares presentes, quienes cerraron la puerta del cuarto para evitar la propagación de rumores, experimentaron una confusión delirante por la desaparición del anciano. De pronto, la respuesta se fue dibujando en los ojos horrorizados de Genoveva, quien no dejaba de jadear mientras bebía un té de boldo para el sobresalto. No tuvieron que preguntar nada, porque su mirada lo decía todo, por más absurdo que pareciera.

— ¡Fue él quien se lo llevó!, fue él —para todos era claro quién era él; y continuó—: don Ángel sabía que el enemigo vendría a llevárselo, ¡ya lo sabía!

Un frío recorrió la columna vertebral hasta de los más escépticos, quienes propusieron llamar a la policía municipal para localizar el cadáver. La mayoría de los presentes rechazó la propuesta. El mayor de los nietos, haciendo a un lado el sobresalto y dejando el uso de la lógica para después, propuso llenar el ataúd con piedras, sigilosamente, para sustituir el cuerpo del difunto. La descabellada propuesta provocó posiciones encontradas, pero nadie tuvo otra mejor por el momento.

Por la ventana que daba al traspatio, rápidamente metieron al cuarto, y de inmediato al ataúd, cinco piedras del tamaño y peso necesarios para sustituir los cincuenta y cinco kilos del cuerpo escuálido de Ángel, en otros tiempos treinta kilos más pesado. Al hacerlo, tenían la sensación de estar profanando algo, como si fueran los participantes obligados en un rito pagano que los sometía no sólo al secreto colectivo, sino también a un castigo divino por haber roto con un procedimiento sagrado ante el misterio de la muerte. Algunos, dominados por un terror que reblandeció su ambición por el dinero del anciano, decidieron retirarse sin tener claro si regresarían después.

El féretro no se abrió más, se quedó con el secreto adentro, tan débil y volátil, que cuando seis hombres cargaron sobre sus hombros la caja de madera para dirigirse al panteón en lo alto del cerro, justo al medio día, la noticia sobre la desaparición del cadáver, contada en diferentes versiones, había dado una docena de vueltas en el poblado. 

—Me platicó Petra, que nomás quedó la ropa del difunto toda chamuscada dentro de la caja.

—Dicen que el más joven de los nietos fue quien divisó al demonio, por eso peló gallo y no amaneció en el pueblo.

—Genoveva se quedó muda con la aparición del diablo, comadre. Los ojos se le quedaron viendo pa delante, ya no los puede voltear a los lados.

—Pues don Pascualito, quien ahí estuvo y lo vio todo, me dijo que llenaron de mazorcas la caja del muerto. ¿Tú crees? Ora van a sembrar maíz en lugar de enterrar difunto.

— ¡Chencho lo vio! ¡Sí, al demonio! Se había echado muchos mezcales; pero niños y borrachos dicen la verdad. Platicó que lo miró entrar por la puerta vestido de catrín. Que después, cuando fue a hacer de las aguas atrás de la casa, lo vio salir por la ventana, pero ya con el rabo al aire y arrastrando al muerto.

No se puede decir que el entierro de Ángel Estrella haya sido triste. En todo caso, tomó matices de espectáculo perverso y tenebroso, al volcarse el pueblo entero detrás del féretro camino al cementerio. La imaginación de los asistentes esperaba que dieran un traspié los hombres a sueldo que llevaban el ataúd sobre los hombros, soltando la carga misteriosa, para comprobar así alguna de las versiones que circularon desde el amanecer. O bien, esperaban que el diablo, disfrazado de parroquiano, se adhiriera a las filas del cortejo, nublando la tarde y llenando de azufre el ambiente.

Pero nada sucedió; el sol caía en vilo y el entierro se realizó tan rápido que le quitó toda la teatralidad al evento.

A las dos de la tarde, el montículo de tierra que señalaba el lugar donde nadie creía que estuviera Ángel, quedó acompañado de unos cuantos ramos de flores. A pesar de la curiosidad, ninguno tuvo el valor para acercarse y permanecer un rato en la tumba. No lo harían en mucho tiempo.

No hubo novenario. Ninguna rezandera se ofreció para dirigirlo.

—Pero tenemos que sacar al demonio de esta casa —decía Genoveva, todavía aterrada.

Dos de los nietos casi obligaron al cura, a cambio de una buena paga, a presentarse en la casa para rociarla toda con agua bendita. El sacerdote dirigió unos rezos secos e insípidos con la intención de retirar el mal de la vivienda, lo que poco le interesaba, pues Ángel nunca fue caritativo con la iglesia, ni con él, como sí lo eran otros hombres pudientes del pueblo. Nunca creyó la versión de la desaparición del cadáver y reprendió con moderada severidad a quienes así lo propagaban.

—Hermanos míos, en la boca tenemos una lengua, no una víbora venenosa. Dejen en paz el alma de don Ángel Estrella, ya basta de tanto chismorreo. El Señor lo juzgará y perdonará sus pecados si pudo arrepentirse antes de morir —declaró sin gran convicción el sacerdote.

Una semana después, Genoveva convocó a los parientes para hacerles entrega de las escrituras y constancias de posesión de la casa y las tierras. Ángel no dejó testamento. A los descendientes del fallecido, lo que más les interesaba en lo inmediato era abrir los dos misteriosos baúles.

Al destaparlos, un olor nauseabundo y caliente mandó a todos hacia atrás. Cuando pudieron acercarse, cuenta la gente que en el interior de los cofres encontraron carbones y tizne. Al revolver entre los tizones, lo único que descubrieron fue algunos pares calcinados de patas de cabra.

—Patas de cabra para los cabrones —gritaba Nicanor en la plaza—. ¡Véndele tu alma al diablo! ¡Al final te quedarás con patas de cabra para los cabrones!

Genoveva murió un año después; nunca borró el susto de su cara. Las tierras se vendieron. La casa quedó sola con sus sombras; ningún nieto la quiso y nadie la compró. Sigue así hasta la fecha.

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Arturo Núñez Alday

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