Lunear La Palabra

Dánae y los murmullos


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Dánae y los murmullos
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Dánae y los murmullos


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Dánae y los murmullos
Fotógraf@/ TOMADA DE LA WEB
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Sabía de tu espera. Por eso dejé a un lado horas, auto, mujer, calle, mascota. Una música de violines febriles atrapados en una paranoia me llevó a tu desesperación. Eres el personaje que merodeó mi mente en noches anteriores, ahuyentaste las almohadas.

Tu reclamo llegó esta vez durante el día; debo aprovecharte, no siempre gustan las musas de luz matinal. Los violines de Arvo Part te descubren: tu vestido hecho jirones, el pelo enmarañado en tu hermosura, rostro bello con rabia atrapada en penumbras tristes. Intuí tu elección de mi pluma aprendiz, pero no encuentro una historia precisa donde hacerte mi heroína. No importa, estás aquí al fin, no voy a renunciar a ti.

Lo intento. Tengo una imagen: estás en una celda de bronce, Dánae, confinada indefinidamente porque el oráculo de Delfos reveló una profecía: Acrisio, tu padre y rey de Argos, moriría por manos de su nieto. El terror paterno te confinó a la celda para que ningún hombre posara tus manos en ti. Debe ser Zeus, según el mito, quien, enamorado y encendido, por gracia de su poder omnipotente se convierta en lluvia de oro, burle tu habitación acorazada, entre por la ventana y llueva sobre ti, preñándote. Pero me rebelo; quien te tendrá entre roja luminiscencia lunar partida por los barrotes de la celda, será un hombre mortal como yo, casi con mi rostro; capricho de autor, benévolo desdoblamiento.

Con estos primeros esbozos intentaré darte vida, pero no cuentes a nadie en el mundo ficticio donde vives, que este día estoy perdidamente enamorado de ti.

Mis manos comienzan a dibujarte sobre el teclado.

De pronto, un auto cuyo ruido conozco tanto aparca enfrente de mi casa. Respiro hondo con paciencia; sé lo que vendrá. Te pido esperar un poco, no me abandones, querida Dánae.

  • ¿Puedes salir y ayudarme con las bolsas?

—Claro, mujer, espera un minuto —siempre sucede, ¡carajo!―. Creí que hoy llegarías tarde, me sorprendiste.

  • ¡Ay! Es que mi reunión se suspendió, chiquito. ¡Pero parece incomodarte mi regreso!

―No es eso, mujer. Sólo no te esperaba.

  • ¿Sacaste la ropa de la lavadora?

—Claro. Lavé además la ropa interior —subo la escalera rumbo a mi estudio—. ¿Necesitas algo más?

—No por lo pronto, señor escritor —el tono irónico me molesta.

He vuelto. Debes saber que ella no es más importante que tú. En todo caso, ella es la tierra y tú el aire. Necesito de ambas para vivir. Continuemos.

Tengo en mente la idea general para tu historia: relato en tono clásico, combinación de primera y segunda persona del singular como voz narrativa. No ha sucedido aún la llegada del hombre salvador, quien te beberá después de rescatarte por el hueco de los barrotes violados por su fuerza. La acción inicia con una plegaria tuya, iracunda y dolorosa, en medio de violines cuyas notas saltan en las paredes de tu celda: No debe el destino, padre, vencer al amor que me profesas desde los primeros tiempos de mi presencia en el mundo. Fui regalo de los dioses por tu bondad ante los argivos. Tu mérito guerrero, no menos que la devota pleitesía a las divinidades, me trajo envuelta en un peplo sagrado al palacio donde reinas. Al verme me convertiste en la hija predilecta. Si así fue, ¿por qué ahora me castigas, padre? ¿Cómo puedes hacer a un lado el amor, cegado por el miedo? Los hombres enfrentan al destino; los cobardes huyen. ¿De cuál material es tu coraza, amado señor? Prefiero una condena a muerte inmediata. Asesina el natural deseo a la vida que aún me habita, manda cortar mi cabeza de un tajo o hazlo con tu propia mano; prometo tomarlo como el último gesto de amor con el que tú… ¡Dios!, no puede ser, pero sí lo es. Nuevamente me reclama ella, la demasiado real.

—Necesito que bajes. No hay agua en la garrafa —¿cómo puede una necesidad tan fútil obligarme a renunciar a mi Olimpo personal?

—Dame unos minutos.

—Requiero el agua ahora, amor, ¿me entiendes? —claro que la entiendo, pero, ¿quién me entiende a mí? El silencio, por supuesto.

— ¡Listo!  —Subo de inmediato otra vez.

—El banco cierra a las cuatro. Debes acompañarme para tramitar lo del préstamo. No lo olvides. Nos vamos en un rato, después de comer —de pronto, la imagino convertida en la Gorgona, con la cabeza separada de su cuerpo en las manos de Perseo. ¡Ay!, señor amor, cuán fácil te pierdes en tus opuestos.

Aquí estoy, Dánae. No tengo mucho tiempo para ti, perdóname. Afortunadamente te tengo escrita casi totalmente, o te has escrito sola. Falta sólo vaciarte al papel. Vayamos un poco adelante, a la huida: Ahora llegas, con la fuerza de Hércules en tus manos, hermoso y mortal. Los barrotes ceden como si tu calor los doblara. Me rescatas de la humedad del calabozo. Adherida en tu cuerpo bajamos la escarpada cuesta hasta donde tu cabalgadura nos espera. Una luna enfebrecida nos acompaña en la carrera. Descansamos a la orilla de un arroyo tibio. Luego rompemos el cristal del agua, nos hundimos. Me lavas la tristeza, limpian tus manos mi cuerpo, me tomas por la cintura y, lenta, mansamente al ritmo del agua en la poza, me haces tuya. Apenas sé tu nombre; en cambio, tú me sabes toda. Me lo dicen tus manos, tu mirada lo grita. Acrisio debe ser ahora un guiñapo colgado de su pánico; ha dejado de ser mi padre, no puede serlo quien se acobarda ante el destino. Cabalgamos otra vez, amado mío, tal vez a la muerte o a la felicidad. No importa no saberlo, voy en el anca de un rocín de fuego, mi vida ha calentado junto a ti, por eso… Ahí está otra vez, lo superfluo en su voz.

—Oye, chiquito, ya bájate, ¿no?

¿Qué significa esta conjugación verbal? Hay muchas posibilidades: bajarse de la nube, bajar y comer con ella, practicar sexo oral, desprenderse de la soberbia; en fin, por lo pronto bajaré para comer. No me abandones, musa.

Salgo de casa, manejo el auto rumbo al banco, parlo con ella sobre el dinero, los muchachos y los zapatos que les faltan. Debemos comprar comida para el perro, sería un crimen olvidarlo. Los gatos también comen. Pinches gatos, han desmadrado los sillones, las cortinas, mis nervios. Seguimos hablando. Es un simulacro de diálogo, es ella quien habla sin parar: “No olvides el bautizo de la nieta de Yola, hay que comprar el regalo. Debemos ahorrar para una pantalla nueva. Mañana viene mi madre a comer, espero que dejes la computadora mientras ella está. ¿Me comprarás el vestido para la boda de tu sobrina?” Las palabras, vacías, se van por el drenaje de la tarde. Llueve. ¿Quién me regala un mundo nuevo sin gatos, sin bancos y sin curas, donde no haya autos ni suegras ni zapaterías?

 

He vuelto. Se fue el día y estoy cansado. ¿Dónde estás, Dánae? Por favor, no me abandones todavía, apenas dan las nueve. Es inútil, ya no te hallo por más que me concentro. Ni siquiera supe cómo se llamó tu salvador. Zeus debe estar furioso contigo. Me llegan los últimos murmullos de tu voz: No eres una lluvia de oro, tu estirpe no es divina; pero tienes manos fuertes para abrir surcos en la tierra. Este cuerpo que te reclama es una finca para tus manos; ¡siémbrame!

 

Me dejaste una nostalgia y pequeñas dosis de celos.

— ¿Por qué no vienes a la cama, amorcito?

­            — …

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Arturo Núñez Alday

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