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Las andanzas de Juan


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Las andanzas de Juan


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Las andanzas de Juan
Fotógraf@/ TOMADA DE LA WEB
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Estuve ahí cuando la gente del pueblo llenó como nunca el templo y el atrio. Yo estaba bien crío y mi madre me llevó a la iglesia para seguir rogándole a san Juanito Bautista, nuestro patrono del pueblo, que intercediera ante quien reparte el agua en el cielo, fuera san Isidro Labrador o algún otro santo, para que abriera las compuertas y dejara caer el líquido divino sobre los campos secos como páramos. Llevábamos cuatro tardes rezando y el cielo no pintaba ni una nube. Era julio y la canícula había causado estragos. El calor rajó la tierra y el ánimo de mi gente, las reses no podían estar más flacas y la laguna sólo parecía un charco grande. Teníamos depositada nuestra esperanza, cada vez más pequeña, en los troncos sedientos de las milpas, en las espigas de los plantíos de sorgo y en las vainas de cacahuate que luchaban por algo de humedad en las tierras arenosas de los lomeríos.

La cosa era tan grave que muchas mujeres llegaban acompañadas por sus hombres a los rezos, algo que pocas veces sucedía. La mayor parte de ellos se quedaba en el atrio, asomándose desde ahí para ver en el fondo del templo a san Juan, quietecito y feliz en el altar principal, despreocupado con esa carita dulce que le puso el escultor. A los hombres les gustaba ponerse su mejor ropa cuando iban a la iglesia, porque así, bien vestidos, tal vez la petición al santo tuviera mejores resultados. Muchos de ellos fueron llevados a la fuerza por sus esposas, pues en sus ojos se adivinaba un resentimiento hacia el patrono. Yo me escapé de mi madre y salí del templo para oír lo que decían los hombres del atrio, primero en murmullos y después a pecho abierto:                                                                                                                                        

―Yo creo que san Juanito ya se cansó de hacer su chamba. Antes no paraba de llover desde el veinticuatro de junio, su mero día. Y ora, mírenlo, como si nada ahí en lo fresquito, lleno de flores y perfumado.

―Para mí que la culpa es del curita. Es la hora en que debería estar dando misa a diario, en vez de nomás andar pa allá y pa acá en su camioneta, dizque en reunión con el señor obispo o sepa Dios en qué más.

Un hombre llamado Matías, que casi nunca hablaba y de gesto huraño, les hizo una propuesta:

―Hay que sacarlo del templo. Que sienta lo que nosotros.

¿Sacar otra vez al santo?, se preguntaron muchos; y yo también. Pero si apenas lo habían llevado en procesión por las calles del pueblo, no hacía ni un mes, me acordé. El señor Matías dijo algo más:

―Ustedes no entienden. Hay que llevarlo a las arenas y pararlo ahí un rato grande. A ver si con los pies calientes y sucios al fin nos hace caso.

Las mujeres y los pocos hombres que participaron en las plegarias y los cantos salían al atrio en ese momento, entre ellos mi madre. Algunos de ellos dirigieron la mirada hacia lo alto. Ninguna nube solitaria se paseaba allá arriba. El aire parecía estancado y pesaba como plomo; costaba trabajo meterlo caliente en los pulmones. Los hombres se unieron cada uno a su mujer, despidiéndose, enfadados y ariscos.  Mi madre me jaló del brazo. La idea de sacar del templo a san Juan se quedó ahí, suspendida bajo la sombra del árbol, y algunos se la llevaron rebotando en sus cabezas, entre ellos yo, mientras otros decían que era una necedad.

Al día siguiente por la tarde volvió a escucharse en el atrio la idea de aquel hombre de poca jiribilla. Estuve ahí; bueno, yo siempre estaba en todas partes. Ahora la propuesta salió de otro paisano que sí tenía la lengua larga. Y vieran que la tenía, pues sus palabras fueron calando poco a poco en el ánimo de los que dudaban. La idea se les fue metiendo mansita y como sin darse cuenta. Los ojos de los hombres se pusieron achispados y los miedos de unos cuantos indecisos se evaporaron con el calorón. Al terminar el rezo se tomó la decisión en una junta improvisada con los fieles que salían del templo. Se oyeron unas cuantas protestas de algunas señoras espantadizas, de esas que se asustan con el petate del muerto. Se debía formar una comisión para hablar con el cura y así se hizo.

Junto con otros chamacos seguí a los elegidos hasta la casa parroquial. La reunión fue en el patio y presencié todo encaramado en un guayabo que asomaba sus ramas sobre la barda. Como era de esperarse, el cura se negó a la propuesta ante la comitiva, que estaba integrada por tres hombres y una mujer:

―Hijos, ese tipo de rituales no son permitidos por la autoridad eclesial. Nuestro santo patrono merece respeto y ser tratado con veneración. Entiendo su angustia, pero lo que vamos a hacer es crear un grupo de rezo también por la mañana. Verán que pronto seremos escuchados.

―Mire, Padre ―intervino Pablo, el más viejo de los campesinos―, con respeto le digo que a nosotros no hay nadie que nos dé limosna, y creo que a los puros rezos se los lleva el aire no sé pa dónde. Tenemos que sacar a san Juan a las arenas secas pa que sienta lo que nosotros. Como sea, si no llueve usted seguirá comiendo. Pero nuestros hijos y nietos no reciben limosna como usted, ni se llenan la panza con oraciones. Si no cae el agua no habrá tortillas pa llevarse a la boca; menos frijoles y todo lo demás.

― ¿Pero quién les dijo que las limosnas son para mí? ¿Y con qué dinero creen que se ha realizado la restauración del templo, el mantenimiento del jardín del atrio, la compra de flores para el altar y el pago de…?

― ¿Y con qué dinero come y paga la gasolina de la camioneta? ―lo interrumpió otro de los hombres.

―Claro que me ayudo con los pagos de las misas y otros ingresos de la iglesia. Ustedes comprenderán que…

―Y usted comprenderá que a nosotros nadie nos ayuda. Si no lo hacen san Juan y usted, Padrecito, vamos a pasar mal año ―dijo la única mujer del grupo, una de esas señoras bien devotas que no salían de la iglesia.

― ¿O es que no cree que san Juanito nos quiera ayudar? ¿Qué le quitamos con sacarlo a dar una vuelta y que se acalore un poco con nosotros? ―dijo fuerte Ignacio, que no había abierto el pico.

Para no contarles toda la plática, les diré que la desesperanza que había en las palabras de los campesinos y el miedo al hambre pesaron más que los remilgos del cura. La procesión se llevó a cabo al día siguiente, justo al medio día, cuando el sol era un cuchillo de fuego y ni siquiera los pájaros tenían ganas de volar.

En medio de cantos y súplicas, los fieles subimos por una cuesta que nos llevó hasta los campos de temporal. El calor aumentó con las luces de los cirios y las veladoras, como si el sol no fuera suficiente para alumbrar el camino seco y pedregoso. Llegamos hasta una meseta de tierras arenosas. Desde ahí se miraba la laguna empobrecida, en la que lanzaban sus atarrayas muchos de mis paisanos para lograr unos cuantos peces. En las orillas había varias palapas donde se vendían alimentos y bebidas a los pocos turistas que llegaban de la ciudad.

Un hombre le quitó al santo las sandalias y lo pusieron sobre un montón de tierra mirando hacia el norte, hacia el lago sediento como nosotros. Los cánticos a esa hora del día, en que el calor me hizo arrepentirme de haber ido, salían dolorosamente por las bocas de mis paisanos, como cachitos de música seca y desafinada de un coro de fantasmas. Como en trance, así como se ponía mi tía Chole cuando de niño me rezaba para sacarme con yerbazos los malos espíritus, todos esperaban que san Juan arrugara la frente y los ojos por el calor y el sol endemoniados; pero su rostro siguió como si nada, con el cutis duro y suave, adornado por esos ojotes con pestañas enormes que yo siempre le envidié y que en el pueblo nadie los tenía igual. Fue como si despertara de un sueño y creciera de repente, porque vi que entre la piel clara del santo y la morena de la mayoría de nosotros no había ningún parecido. La duda se me encajó tanto, que entre sudor, mocos y polvo le pregunté a mi madre por qué el santo era tan blanco y nosotros tan prietos. Me contestó primero con un jalón de greñas, y después, entre regaños y rezos, me dijo que él era blanco porque era un hombre santo y que yo era prieto por pecador.

De la aventura de ese día por las lomas calizas y arenosas, san Juanito se trajo buena cantidad de polvo en sus ropas, en su cara y en su pelo medio rubio como el color del cobre. “¡No le limpien la cara ni le sacudan la ropa!”, ordenó uno de los campesinos, que se había ganado cierto respeto por la devoción de sus cantos y por cargar al patrono del pueblo durante todo el recorrido. Así se hizo. Nunca antes el Bautista estuvo tan polvoso en su altar. “Para que sea como nosotros”, se oía por aquí y por allá.

La mañana siguiente amaneció seca como las piedras, ni una sola nube se asomaba por alguno de los cerros lejanos.

Al medio día se repitió la procesión. Esta vez llegamos hasta un lugar más alto. La tierra estaba completamente rajada. Junto a un maizal a punto de morir, san Juan fue depositado en el suelo sin las sandalias y ahora también encuerado del torso, lo que hizo enojar a algunas señoras que discutieron con los hombres. Tres o cuatro de ellas abandonaron el lugar, escandalizadas cuando vieron el pecho desnudo del bendito. Esta vez nos quedamos ahí más rato que el día anterior. Algunos, trastornados por el calor y la sed después de las súplicas y la cantada, pues la penitencia para todos fue no beber agua durante la ida y vuelta, dejaron escuchar sus exigencias:

― ¿Te quema, san Juanito? Pues a ver si así te compadeces de nosotros y nos mandas el agua.

―Conste que te queremos, pero a lo mejor por estar encerrado en el templo se te olvida cómo vivimos los pobres. Tú verás cómo le haces y con quién hablas allá arriba, pero queremos el agüita ―dijo otro.

―Y perdónanos, patroncito; pero, ¿a quién más le vamos a rogar? Ya ves que ni el curita quiso acompañarnos. ¡Perdónanos! ―le dijo una mujer, que de plano lloraba.

Esa noche, un viento fresquito levantó un poco la esperanza. Muchas estrellas se borraron del cielo y pareció buena señal. Los perros aullaron y las hormigas cuatalatas se escondieron en sus nidos. Buen augurio, dijo mi abuelito, que no había vivido en balde más de ochenta años.

La esperanza no sirvió, porque la mañana amaneció clara y calurosa. Salimos por tercera vez en procesión cargando a san Juan, polvoso como nunca. El sacerdote quiso detenernos, alegando que se trataba de una herejía. Dejó de regañarnos cuando vio las miradas de varios hombres a los que ya no asustaba con su sotana y su escapulario en el pecho.

A esta salida se sumaron muchos más, incluso niños que como yo abandonaron la escuela para acompañar a sus padres. A medio camino, la procesión se detuvo y todos callamos, porque un puño de nubes se acercaba por el poniente, y un vientecito que luego agarró fuerza refrescó las trenzas de las mujeres y tiró los sombreros de las cabezas de los hombres. Algo parecido a la alegría nos hizo murmurar al ver que detrás de las primeras nubes venían otras, y otras, más negras que las anteriores.

―Hay que regresar al templo, por fin san Juan nos ha escuchado ―gritó a toda voz un paisano.

Volvimos a tropezones, con el santo bailando alegre sobre los hombros de quienes lo llevaban. Al llegar, algunas mujeres le sacudieron sus ropas y quitaron el polvo de su cara y su torso. Como siempre, me gustaba estar en el lugar y los momentos importantes. No faltó, entre las mujeres, la que se chiveara ante el bendito. La muchacha se puso roja y temblorosa cuando limpiaba el pecho, los hombros y la espalda de san Juan, que seguía sosegado y feliz, como de seguro lo soñó su creador.

Fue colocado en su altar, con su cordón de rosas blancas de papel en el cuello y perfumado con incienso. Esa tarde nublada los rezos continuaron en la iglesia, para tranquilidad del cura que esta vez nos acompañó. Al llegar la noche el viento aumentó y después de las ocho el cielo se reventó.

Por la mañana, con los pies enlodados y las manos llenas de flores, las mujeres llenaron el templo de fe y alegría. En el atrio los campesinos agradecían por los favores recibidos quitándose el sombrero al pasar frente al portal de la iglesia. Unos bules pequeños con mezcal iban de mano en mano, porque nunca una lluvia dio tanto contento a mi pueblo. Ese día me dieron a beber un traguito a escondidas y me sentí hombre recio a los diez años. “A la salud de san Juanito”, me dijeron. Fue un sábado de fiesta.

El olor a tierra mojada y el aire fresco volvió agradables las noches durante el resto de julio y todo agosto. Hubo días que llovió como si se anunciara un nuevo diluvio. Las calles sin pavimento se convirtieron en lodazales y la laguna se llenó completita; el agua llegaba hasta las fondas de la orilla. En el campo los cultivos reverdecieron. Aunque el maíz no creció como esperábamos, habría cosecha suficiente para nuestro consumo y algo más para vender.

Siguió lloviendo en septiembre, sin parar. Otra vez la preocupación puso las caras largas porque había que sacar la cosecha de cacahuate, la que nos daba fama por la calidad de la semilla y por lo mucho que ahí se producía. Sin embargo, el cielo seguía enfurecido. Cuando menos se esperaba, llovió sin parar tres días con sus noches. La laguna rebasó sus límites y los comerciantes de las fondas dejaron de vender. Las calles del pueblo y los caminos que llevaban al campo se anegaron que dio miedo. El agua abrió barrancas en los sembradíos de las laderas. Muchas parcelas se convirtieron en charcos enormes.

Nuevamente, san Juan, a quien habíamos dejado de visitar a diario, vio cómo se llenó otra vez la iglesia y el atrio. Volvieron los rezos en grupo por las tardes, a petición de una señora beata que decía que el fin del mundo estaba cerca; primero el estiaje y ahora este ahogamiento en agua. El cura tembló al ver que los hombres estaban otra vez en el atrio, hablando entre ellos bien arrebatados y vestidos con la ropa de domingo.

Aquél hombre, Matías, el de palabra seca pero filosa como machete, dijo:

―Este santo no entiende; ahora quiere que lo ahoguemos en el lago.

Los que lo oímos empezamos las murmuraciones bajo la sombra de los palos prietos. Las palabras nos fueron asombrando los ojos, encendiendo las mejillas y afinando las miradas. El cielo empezó a llorar de nuevo.

No había que darle vueltas al asunto; la decisión fue tomada por la gente. Me emocioné y busqué nuevamente la rama del guayabo para asomarme al patio de la casa parroquial.

―Nomás le venimos a avisar, Padrecito. Ya sabemos que no nos apoyará, y ni falta que hace; para rezar, cantar y hacer lo que tenemos que hacer, no necesitamos un cura. Usted mismo dice que Dios tiene oídos para todos; y se me hace que san Juan también.

Las palabras de protesta del curita eran tan débiles que no llegaban hasta dónde estábamos el puño de niños curiosos. Se acobardó, hizo su maleta y al otro día ya no estaba en el pueblo. Fue a llevar la noticia al señor Obispo, me contó mi madre.

Pobre sacerdote, ya no vio lo que yo pude ver: cómo la gente se llevó al santo por las calles pantanosas, con su ropa empapada y el agua entrando a todos los rincones de su cuerpo; cómo los hombres lo metieron en el agua sucia del lago y lo hundieron hasta el cuello. Esa vez me sorprendí tanto, que imaginé que san Juanito hacía gestos de desesperación y le salían gotas rojas de sus ojos. Tampoco escuchó el cura los reclamos y advertencias de la gente:

―Es nomás una mojadita, san Juanito, pa que sientas cómo nos sentimos, con el agua hasta el cogote. No te vayas a resfriar que nos tienes que hacer el milagro.

―Ora llueve y llueve, y tú tan silencio. Date cuenta, ¡mira!, hasta las ranas se están ahogando.

―No te nos vayas a enojar, patroncito. Nomás queremos que intercedas por nosotros. Lueguito te regresamos a la iglesia y te ponemos ropa nueva.

Sólo una vez se realizó la procesión y el ahogamiento divino; un día después paró de llover. Como que a san Juan le cayó mal el agua zarca y decidió ponerse a trabajar. Mi pueblo fue bendecido por un veranito de dos semanas. Cosechamos lo que se pudo para nuestro consumo y una parte fue vendida a los intermediarios; como de costumbre, al precio que ellos decidían.

Llegó el tiempo de secas y mi pueblo cayó en el letargo de nuevo, después de guardar la esperanza en los morrales y colgarlos en lo alto, muy arriba, en ese azul que a mí desde niño se me ha hecho engañoso.

Ese fue el año en que me fui del pueblo. “Se fue a aprender más letras y números”, decía mi padre a los que preguntaban por mí.

Cada vez que regreso visito a san Juanito en su altar. Lo encuentro como siempre mirando hacia la salida del templo, inmóvil y con el mismo gesto en el rostro dulce, el mismo silencio compartido con los santos de todas las iglesias. Nunca volvió a salir de paseo por los arenales secos o a bañarse en las aguas del lago. Así como él, la gente de mi pueblo sigue igual, quieta y aletargada, esperando a que llegue el mes de mayo para mirar hacia arriba y descolgar la esperanza.

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Arturo Núñez Alday

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