Lunear La Palabra

Delirio de lluvia y sombrero


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A mi padre

Me hubiera gustado una tarde soleada para hablarte, rayos caniculares encendiendo el pasto del recuerdo y parvadas de pájaros batiendo en el aire esta nostalgia húmeda que cae a gotas sobre tu imagen. Hubiera querido hoy correr a lomo de potro por caminos largos y radiantes de la infancia, para verte llegar con la emoción de un niño y recibir los dones de la tierra que solías guardar en el morral, llenos de la luz solar que los alimentaba a ti y a ellos; ver de nuevo tus manos, nunca vencidas por el rigor, bajar los aperos del caballo y llenarme de esa cauda de aromas registrados para siempre en la memoria; gastarme esa fe chiquilla que despertaba en mí tu silbido esparcido por el patio: convicción sonora de que podía crecer seguro mientras llegaba la hora de lanzarme solo al gran cañón de la existencia.

            Sin embargo, llueve, y junio no me sabe igual que cuando tú estabas: a tiempo detenido para ver crecer los tallos y alimentar la verticalidad de la esperanza, y abonar las miradas en las curvas floridas de los cerros pletóricos de verdores infinitos. Llueve y son lágrimas de dioses que comparten conmigo la tristeza. Junio sabía mover tus pies a ritmo de combate y tu mirada estaba llena de un fragor de ave fénix renacida cada año con la siembra. Llueve y lluevo adentro, en los confines de un lugar donde te mantengo intacto, sin moho ni oscuridad ni rendición, incólume tu palabra sonora y franca, pleno ese gesto que nunca registraron las fotografías y sí los iris de mis ojos, los cada día de mis días.

            Sé, porque lo sabes tú, que somos capaces de remontar la lluvia, el tendido de nubes y las furias que sacuden su fuerza sobre ellas; sé que ni la lluvia impertinente ni el sol adormecido ni la tumba ni el aparente silencio que te guarda podrán contigo y conmigo, porque te repiten en eco los espectros de tu voz que acompaña la mía, y las semillas que dejaste y no dejamos de sembrar cuando los truenos en la comba infinita anuncian la llegada de la hora, entre fiesta de relámpagos y mugidos de bueyes, entre aperturas vaginales y granos seminales que consuman el sagrado rito del renacimiento. Sé que tus canciones las canto con mis manos, bien aprendidas y no a compás de caballo matalón, sino a ritmo de penco alebrestado por las flores del camino y los olores salubres de la tierra mojada.

            Escampará mañana. Asomaré al nuevo día con la certeza de verte a las siete en punto señalando el destino de la jornada, cargaremos juntos las coyundas, el yugo, el arado y el varejón, yo cabresto y tú gañán, hasta que me confíes por fin la mancera al mediodía y me dejes ir por ahí abriendo surcos e inseminando júbilos, perdido de gozo al mirar que me diriges desde la orilla de la parcela, etéreo y más verdadero que tu carne y tus huesos, sonrisa pura y preceptor amable, palabra transparente en el aire que te escuchó cantar y dejar estampado para siempre el registro de tu voz, esa que sonará como himno cuando la guerra empiece y los adversarios apunten desde lo alto de una colina, o escondidos en camuflaje de pipa y guante. 

            Así volverás, así has vuelto, así vuelves desde que decidiste cerrar los ojos para mirarnos mejor desde otra postura omnipresente, no sin antes decirnos qué hacer con cada herramienta, cada árbol, cada pedazo de tierra que soñamos nuestra, cada ilusión que podría volverse inútil si no se la lleva de la mano y se alimenta con acciones. Ahora, sin palabras, sin esas hembras volátiles que te gustaba tanto desgranar en tu parloteo auténtico, aún tomas la batuta cuando me pesa tenerla y la devuelves luego con más plomo amable para adiestrar mi mano, consignada tu filosofía del mundo en tres o cuatro frases definitivas de las cuales era y es posible parir un universo.

            Ponte el sombrero, padre; yo me lo quito. Honro el mapa de tus arrugas, las del recuerdo y no las del retrato. En ellas nacen veneros de agua limpia y corren peces tornasoles. Buscaré un lugar en la pared del viento para colgar para siempre tu sonrisa, ahora que duele menos ya no escuchar tu voz y no encontrar tu cuerpo recostado en el sillón. Déjame tomar por ti la palabra para llevarla siempre a donde nadie la olvide, para que siga siendo cascada en momentos de sequía, canción y mezcal para los espíritus tristes, consejo amable para quien lo solicite. No importa que nuble, me he salido de la tarde para encontrar tu luz. La encuentro saltarina sobre la dulce caña y guardada en cada piedra para su perpetuidad; destella en todos los momentos y en todas las memorias, en la iridiscencia inesperada de una luciérnaga y en el portento de una aurora. Es una bendición que ya seas todo y yo una parte, que estés en el flujo constante de las horas y pueda abrevar en ti, aunque no lo sepa. Celebro al engañoso silencio que te nombra porque es fácil encontrarte en ese templo, con rezos propios y anárquicas plegarias; celebro cada gota del misterio que te envuelve para siempre y me lleva a buscar en él tu semblante.

            La tarde se precipita mojada tras las sombras. Es bello seguir siendo resplandor dentro de ellas. Acompáñame al café, padre, y calienta la noche con tu abrazo perene. Este pecho que es tu casa siente frío.

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Arturo Núñez Alday

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