Lunear La Palabra

Salpicaduras de la lluvia


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Salpicaduras de la lluvia
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Salpicaduras de la lluvia


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Salpicaduras de la lluvia
Fotógraf@/ TOMADA DE LA WEB
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Sirimiri

 

Se anunciaba

como tormenta perfecta,

de aquellas que tuercen

la paz en un rostro

y afilan la luz de una mirada.

Pero los vientos

cambian los destinos,

se llevan el ímpetu

a donde nadie sabe

y nos dejan la duda,

las cañadas mansas,

el suave rumor de la llovizna.

Los amantes preparaban

sus cuerpos

para vivir la pasión

de su propio temporal

bajo el cobijo de rayos

y vendavales,

gritar con el estruendo

del agua sobre las tejas

y morir de amor en la noche

de un apagón inesperado,

como en tiempos primitivos

donde la luz no hacía falta.

La música tenue del sirimiri

invita a los amantes

a los tactos suaves

y a los besos dulces,

a cantarse lento su canción

de manos

y a beber con calma

de sus cuencos,

sus lomeríos,

sus colmenas atrapadas

entre sus piernas.

Que dure el amor de los amantes

oficiales y clandestinos,

que susurren sus gotas de cielo

cayendo verticales

en su nido de alas

y pájaros nocturnos.

Que resista el amor

su condena de efímero fantasma

 

y de piel desesperada.

Es por ella que dos bocas

se aferran

como si no fueran olvido,

por ella que la muerte

pasa de largo sin oír 

el chasquido de los besos,

por ella que una noche

puede ser el paraíso

o el infierno bien amado.

 

 

Ritual

 

Es día de agua y nuevos ríos,

jornada que aplaza las urgencias

y abraza la sustancia:

buscar el sol bajo la piel,

arañar la luz en las miradas;

tender la humedad

sobre otras humedades

para encontrar calor

en las estrellas

que habitan escondidas

bajo las axilas,

en los blandos labios,

los ombligos cóncavos,

los senos convexos

y los alegres vientres

que reciben las manos ateridas.

Es día de pan horneado

y café degustado en la cama,

ritmo de locos detenido

en arrebato de holgazanería,

justo protocolo roto

y prisas atrapadas bajo sábanas.

Canto tenue de un verano

despedazado en gotas

mientras llega el tiempo

de canícula despiadada.

Aquí me quedo hoy:

paraísos de manos y letras

servidos en bandeja,

culpa guardada en una amnesia

y nubes de lasitud amodorrada.

Si preguntan por mí,

digan que duermo;

el mundo gira perfecto

sin delirios de poeta

que dificulten su camino

y su vendimia alucinante.

Si preguntan por ella,

sepan que está conmigo

corriendo sobre mis colinas

y volando papalotes,

con riesgo muy grande

de convertirse en mariposa.

 

¡Arrima el alma, mujer!

Junta tus dudas a las mías

en juego de niños extraviados

en esta luna líquida

que se ha caído del cielo,

sube conmigo al barquito de papel

hasta que se deshaga

y vayamos mojados a rescatar el sol

que habita en los abrazos.

Si un enano con cara de oficina

te llama desde su isla seca,

grítale que estás conmigo

y que un sol revienta de vida

en tus entrañas

y yo estoy ahí para quemarme.

 

Es día de ritos húmedos…

y soy un pez.

 

 

Incertidumbre

 

Son las diez y contando.

La lluvia vino y se fue

sin mojarme.

Me quitó la luna

y un delirio acuoso

que nacía en mi pecho.

Se llevó el cielo raso

a cambio de una nube

de dudas

y de una bruma

de humo.

Soy la noche

y su silencio

y las respuestas

no llueven;

la espera me abriga

en su regazo de soledades.

Soy la piedra enlamada

y el obstinado grillo,

la tinta callada

y el zumbido de un pez

en una alberca

del tiempo.

Si pudiera

saltaría sobre las sombras

desde el balcón

y mis sueños,

navegaría horizontes

de alburas permanentes

y buscaría tu rostro,

desconocido eterno,

paladín desnudo,

ángel apenas

sospechado.

No tengo, y ni lo sueño,

la paz que pregonan

los vendedores de

certezas,

envueltas en celofanes

y adornadas con listones.

Tengo el presagio,

la ternura de un viento

que refresca mi ventana,

y tengo que me tengo,

que ya es tener bastante.

Suena una música

a lo lejos,

un niño que llora

y el maullido de un gato.

Adentro,

muy adentro,

suena un tambor

que da fe de mis latidos,

y la sonrisa perenne

y roja de mis venas

 

 

 

Atisbo

 

Se asomaba

después de la tormenta

Era una luna

levantando la sombra.

Era el universo contraído

en un punto diminuto.

Era un volcán

erupcionando sin testigos

y la cúspide de un sueño

parido por mi boca.

Era Helena

en una cima de Troya

y Paris

asomando las murallas.

Era mi suspiro,

mi saliva triste,

mis rajados labios.

Era la lágrima roja

de mi ausencia

sobre sus cumbres solas.

Y era ella esperándome

debajo de la tela,

sobre la piel y adentro

de la noche humedecida.

 

 

 

Rayo

 

Partió la noche en dos.

Me quedé en el centro:

gota nacida del insomnio,

cuerda floja de un circo

sin payaso ni monociclo.

Me pregunto a dónde va

la sacudida del trueno,

qué dios recoge esa furia

asesina del sosiego arbóreo

de los pájaros.

Y hacia dónde vuelo yo

desprendido de la paz temporal

de las sombras,

herido por la luz del relámpago,

descubierto y sorprendido

por la danza de rumores en el tejado.

Descubro mil preguntas

alojadas en mis pies,

una danza de hormigas,

un polvorín de interrogantes

acallados por los gritos del cielo.

Vocifera la almohada

mil proclamas a la noche,

y su condena a la inquietud

de mis mejillas insomnes.

El ruido duele mucho menos

que el silencio,

la oscuridad empuja el grito

y la ventana es el mar.

Las gaviotas vuelan mi cabeza

y prestan alas al delirio.

En las olas dispersas del aire

coletea un delfín.

Lo escucho nadar

entre palabras húmedas

mientras vuelvo al sueño

de mis párpados.

Cierro este paréntesis

más vivo que el descanso

que hienden los rayos

levantando los fantasmas

de las delgadas horas.

Ala de mariposa esta sombra

sacudida por el viento.

 

 

Murmullo

 

Es una gota

mi cuerpo.

Un sello en la luz.

Breve sonrisa

dibujada

en el deseo.

El arco

de una flecha

y también su destino.

Aleteo de colibrí.

Cascada.

Fuente llena

de pétalos.

Perfume.

Secreto de mirra

e incienso.

Manantial

para una sed

que no encuentro.

La noble cima

de un alfil

que busca el cielo.

El deseo

de una piel

por las estrellas.

Mi cuerpo

traza

caminos

en la tierra

iluminada.

Es la bengala

que llama

desde el mar.

Un naufragio

Enamorado.

Una luna

en creciente.

Un pequeño

murmullo

de la luz.

 

 

 

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Arturo Núñez Alday

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