Nos referimos al icónico shampoo de cebolla cuyas búsquedas en Google se han incrementado considerablemente.

Que levante la mano quien soñaba de pequeña con tener la melena de Rapunzel. Que levante la mano ahora quien siga soñando con eso. Puede que el número de manos levantadas sea bastante parejo. Y es que desear que nuestro pelo crezca más (y más rápido) es un deseo bastante universal (a cualquier edad). Por eso, cualquier promesa en torno a este deseo suele generar bastante expectación y puede que por eso las búsquedas en Google de estas tres palabras mágicas 'shampoo de cebolla' estén creciendo bastante. Efectivamente, el champú de cebolla existe y la creencia de que puede ayudarnos a tener súper melena, también.

Pero, ¿de verdad puede un shampoo acelerar el crecimiento de nuestro pelo? Puede que haya muchos escépticos que respondan con un NO rotundo a esta pregunta, pero el creador del primer champú de cebolla que se lanzó al mercado está dispuesto a hacerles creer (a hacernos creer) en las bondades de la cebolla para estimular el crecimiento del cabello. Nos referimos a Adolfo Remartínez, creador de Nuggela & Sulé, marca pionera en introducir el extracto de cebolla en un champú. Y aunque ahora hay varias marcas que incluyen champú de cebolla entre sus referencias, ellos pueden presumir de haber sido los primeros.

Dado que somos conscientes del escepticismo que genera una afirmación como la que protagoniza el titular de este artículo, hemos hablado con Adolfo Remartínez sobre las bondades de la fórmula de su ya icónico champú. Y hemos ido al grano. ¿De verdad el champú de cebolla puede estimular el crecimiento del cabello? "Sí, y está demostrado", nos contesta tajante al hablar de la fórmula del suyo, una mezcla de extracto de cebolla roja y otros 34 ingredientes más que obran el milagro al estimular el crecimiento del folículo capilar, generando mayor actividad en la reproducción celular sobre la vaina epitelial. "Partimos de la base de que el cabello crece aproximadamente una media de entre 1 cm-1,2 cm al mes en condiciones normales. Entendiendo todo lo anterior podemos llegar a mejorar ese rendimiento hasta en un 30%", explica el creador de esta marca de productos para el cuidado de la piel y del cabello que recupera remedios tradicionales para la elaboración de sus productos.

Porque sí, su shampoo de cebolla se creó partiendo de un remedio ancestral que ha perdurado en el tiempo: aplicar jugo de cebolla en el pelo a la hora de lavarlo. "Incluso actualmente hay mucha gente que trocea una cebolla y la añade a su champú habitual, pero esto puede generar problemas bacteriológicos, de textura y aroma. Nosotros recogimos ese testigo y después de muchos años de investigación, lanzamos uno de los mejores productos del mercado para el cuidado del cabello", explica. De hecho, tras escuchar sus palabras, hemos buscado y hemos encontrado un pequeño estudio publicado en The Journal of Dermatology que estudió los beneficios de aplicar este jugo de cebolla en el cuero cabelludo en pacientes con alopecia areata. Y, aunque se trataba de una muestra de participantes relativamente pequeña, los investigadores detectaron un crecimiento del cabello en casi el 74% de los participantes. 

Pero, ¿cómo consigue el extracto de cebolla de este champú de Nuggela & Sulé estimular el crecimiento del cabello?Aunque es importante señalar que esto ocurre, no solo por la acción del extracto de cebolla roja, sino también por la acción de otros ingredientes como el glucógeno marino, Remartínez explica cómo se consigue estimular este proceso: "La formación del cabello se basa en una actividad metabólica altísima en el bulbo capilar para producir la genésis de células epiteliales que forman la queratina y, en consecuencia, pelo. Una vez iniciado este proceso en la base de la vaina epitelial se secreta esta estructura queratinizada fuera de la epidermis convirtiéndose en cabello visible", afirma.

¿Resultado?

En palabras de Adolfo Remartíne: mayor fuerza, mayor volumen (afirma que puede incrementarse hasta en un 25%) y mayor crecimiento ("Se ha constando un crecimiento un 20% mayor en combinación con nuestros suplementos orales", afirma). En opinión de algunas de las usuarias de este champú en Amazon España –y aunque hay para todos los gustos– hay unas cuantas que insisten en el volumen que tiene su pelo, en que queda muy limpio, en que los cabellos finos "tienen más vitalidad" y en que se cae menos. 

 

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A la hora de pensar en un futuro como familia, muchas parejas se preguntan cuál es el número ideal de hijos. Si bien muchos coinciden en que dos es el número perfecto, que la tradicional "familia tipo" es lo más equilibrado, lo cierto es que no hay una respuesta que funcione por igual para todas las familias.

Sin duda, además de muchas otras variables, algo en lo que pensamos es en el estrés que estamos dispuestos a soportar como padres. Es lógico pensar que a mayor número de niños, mayor es el nivel de estrés, sin embargo, esto no es tan así, al menos en el caso de las madres. Una encuesta realizada a más de siete mil madres estadounidenses reveló que las madres con tres hijos son las madres estresadas, incluso más que las que tienen cuatro o más hijos. ¿Es cierta esta teoría? ¿En qué se basa? ¿Estás de acuerdo?

De pareja a familia numerosa

Cuando llega el primer bebé cambia por completo nuestro estilo de vida. Al convertirnos en padres dejamos de hacer algunas de las cosas que hacíamos en pareja y empezamos a vivir una nueva vida como padres primerizos, con todo el estrés y las preocupaciones que ello conlleva.

Cuando más a menos estamos acomodados en nuestro nuevo rol de padres y decidimos ir a por el segundo, el asunto se va complicando. Llega un nuevo bebé, se duplican las tareas y también los dolores de cabeza. Ahora hay que cuidar de dos pequeños a la vez, cada uno con sus propias necesidades, y lógicamente el nivel de estrés aumenta.

Dos manos para tres hijos

Aunque el panorama cambia, la transición de uno a dos hijos es más manejable. Con uno papá y mamá se ocupaban de uno y ahora cada uno se dedica a uno de los hijos. Siendo dos, con dos hijos a los que cuidar es todo más equilibrado.

Pero si además decidimos pasar a ser familia numerosa y vamos a por el tercero (lo que algunos consideran todo un acto de valentía), ya todo se descuadra. Porque aunque el amor se multiplica con cada hijo, las manos siguen siendo dos, papá y mamá siguen siendo dos, pero ahora hay tres niños que atender. Sin contar que también crecen las preocupaciones monetarias y se hace más complicado compatibilizar las exigencias del trabajo y el hogar.

Al menos en mi caso, se me desencajó bastante la vida con la llegada de la tercera. Con dos niñas mayores bastante seguidas (dos años de diferencia), cuando empezaba a ver la luz y empezaba a dormir alguna noche del tirón, llegó la pequeñita a poner patas arriba la relativa tranquilidad que habíamos conseguido.

Sin embargo, no se puede generalizar porque cada familia es un mundo. Hay madres que se sienten más desbordadas con la llegada del segundo que con la del tercero, al ver que con uno tenían todo controlado y de repente todo se duplicó. Y también tiene mucho que ver la diferencia de edad que se lleven los hijos. Si son muy seguidos suele ser más caótico que si se llevan varios años.

Las tri-madres, las más estresadas

Las encuestas numerosas son bastantes representativas de lo que sucede a nivel general en la sociedad. Una consulta realizada por Today en 2013 a más de siete mil madres estadounidenses indica que el número de hijos no se relaciona directamente con un aumento del estrés.

Al pedirles a las madres participantes que calificaran sus niveles de estrés en una escala de 1 a 10 (siendo 10 el más estresado y 1 el menos), descubrieron que la madre "promedio" calificaba su nivel de estrés alrededor de 8,5. Las madres de tres se situaban en los niveles más altos, pero curiosamente, las madres con cuatro o más hijos promediaban niveles mucho más bajos.

El principal motivo de estrés, para el 60 por ciento de las madres, es la falta de tiempo para hacer todas las tareas que deben llevar a cabo. Abarcar tantos frentes, sumado al estrés emocional y a la presión que nos imponemos a veces a nosotras mismas nos hace sentir que no podemos más pasando etapas realmente duras.

Con cuatro hijos, menos estrés que con tres

¿Cómo es posible que tener cuatro hijos sea menos estresante que tener tres? Hay varias teorías. Una de ellas es que si bien hay tareas que se multiplican proporcionalmente por el número de hijos como la ropa para lavar o las compras, las madres de familias numerosas coinciden en que a mayor número de hijos también aumenta la autonomía individual, lo cual contribuye a aligerar la carga en casa.

También se cree que las madres de cuatro o más hijos adquieren mayor confianza en sus habilidades maternales, dejan más que todo fluya y se estresan menos cuando ven que no pueden llegar a todo.

Algunos consejos para madres estresadas

El estrés es parte del ser madre y aunque no podamos evitarlo por completo al menos hay algunos consejos que podemos poner en práctica para aliviarlo:

  • Aprender a relativizar los problemas y las urgencias: no todo es importante ni urgente. Dale la importancia que cada cosa merece en su momento.
  • Fomentar la autonomía de nuestros hijos: seas o no familia numerosa que los niños sean autónomos no solo contribuye a aliviar la carga de algunas tareas, sino que favorece el desarrollo de su personalidad. Desde un gesto mínimo como lavarse los dientes solos a quehaceres de mayor responsabilidad como poner la mesa o poner su ropa a lavar, siempre de acuerdo a su edad y madurez. Todo suma.
  • Organízate: agenda todos los eventos y apunta todas las tareas pendientes, haz esquemas y establece prioridades. La organización es clave para ordenar la carga mental que llevamos las madres a cuestas. Poner las tareas negro sobre blanco (ya sea con papel y lápiz, en las notas del móvil o en un papel en la nevera) ayuda a quitarlas de la mente, visualizarlas y poder tacharlas una vez acabadas. (A mi esto me ayuda mucho)
  • Aligerar la presión que nosotras mismas nos imponemos: no pasa nada si no te has hecho la manicura, tienes algunas canas, no has lavado el coche o no tienes la casa impecable. La exigencia extrema solo aumenta nuestro nivel de estrés y acaba frustrándonos al ver que no llegamos a todo.

A medida que aumentan los hijos, ya sea que elijamos tener dos o nueve hijos, la clave está en organizarse y establecer prioridades con expectativas reales.

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Si en casa tienes a un niño tiquismiquis para comer, no estás solo. Casi el 50% de los padres afirman que sus hijos pequeños son quisquillosos con la comida. Si son selectivos a la hora de comer, pueden hacer que las comidas sean un caos. Ya tenemos bastante con preocuparnos de que no se desperdicie comida y de que tu hijo coma suficiente comida "buena" y poca comida "mala" (o al menos que coma suficiente). Estas luchas diarias pueden hacer que las comidas se conviertan en una carga y planificarlas teniendo en cuenta las preferencias de los más pequeños puede ser casi imposible.

Sin embargo, hay buenas noticias: algunos de los comportamientos comunes de los niños quisquillosos con la comida, como rechazar nuevos platos o tener rabietas a la hora de comer (porque solo quieren comer su comida favorita) son normales.

 Las investigaciones sugieren que con el tiempo y tras varias exposiciones (sin verse presionados) a la comida, la mayoría de los niños acaban aceptando los nuevos alimentos. También respirad con alivio porque la mayoría de los niños que están considerados como quisquillosos con la comida no suelen tener deficiencias alimentarias o un ritmo de crecimiento por debajo de la media.

Somos investigadores en nutrición y hemos llevado a cabo varios estudios con los que hemos confeccionado varias estrategias que puedes utilizar para que las comidas sean más felices y más sanas. Junto con otros estudios realizados con niños pequeños, el resultado son cinco formas para reducir el estrés durante las comidas y para ayudar a tu "quisquilloso" a tener una dieta más sana.

1. Cambia tu manera de ver las cosas

El primer paso que pueden tomar muchos padres que se sientan agotados es cambiar el punto de vista.

Durante los años preescolares, la ralentización del crecimiento (en comparación con el rápido crecimiento observado durante la infancia y la niñez) puede tener un impacto en la dieta. También es el caso de los cambios de actitud, como cuando el niño empieza a tener un sentido de independencia.

Ahora son responsables de sus propias preferencias y acciones, de ahí que prefieran alimentarse a sí mismos, desarrollando un gusto más estricto sobre la comida.

Si nos quedamos con que los niños son "quisquillosos con la comida", estamos insinuando que dichos comportamientos, considerados normales durante el desarrollo, son un acto de rebeldía.

Si nos tomamos el rechazo a la comida como un acto de rebeldía, la hora de la comida probablemente nos resultará estresante. Tendemos a centrarnos en que nuestros hijos cumplan nuestras órdenes en vez de intentar que desarrollen una relación sana con los alimentos.

Las frases del tipo "tienes que comerte tres cucharadas más" son normales, pero pueden hacer que acabes es un ciclo de discusiones con tu hijo.

En algunas situaciones, el ciclo de presiones y negativas puede aumentar y hacer que cedas para que tu hijo coma cualquier cosa, dejando que coma lo que quiera y creando hábitos alimenticios negativos.

En vez de pensar en este tipo de actitud como un acto de rebeldía, podemos entenderlo como una forma de mostrar independencia durante las comidas, algo completamente apropiado para su edad. Tu hijo discriminará los alimentos basándose en las nuevas cualidades de la comida como son el sabor, la textura, su presentación y la familiaridad.

Céntrate en promover los buenos hábitos alimenticios de tu hijo sin presionarle y disfruta del tiempo que pasáis juntos durante las comidas en vez de centrarte en su ingesta de alimentos.

2. Adáptate, pero sin ceder

Si te adaptas a las preferencias de tu hijo durante las comidas ambos salís ganando: los niños adquieren un poco de independencia y se comen la comida que les preparas.

A la hora de planificar las comidas, pregúntale a tu hijo qué le gustaría comer esta semana o llévatelo a hacer la compra y dile que escoja una verdura que quiera probar.

Adaptarse a las preferencias de los niños no significa cenar nuggets de pollo todas las noches. Si vas a hacer un plato exótico de comida picante, pon menos especias para los niños.

Las comidas en las que los niños pequeños pueden servirse solos también son una buena idea porque les permite escoger cuánto van a comer (por ejemplo, sin incluir la salsa).

3. Haz que los niños prueben comidas nuevas

No le metas presión a tu hijo para que coma lo que no le gusta. No pasa nada si no le gusta el brócoli.

Varios investigadores del Reino Unido han probado varios métodos para hacer que los niños prueben las verduras que no les gustan. Tras 14 días de pruebas, llegaron a la conclusión de que las mejores estrategias incluían una combinación de una exposición diaria repetida a dichos alimentos, ofrecer recompensas no relacionadas con la comida si probaban los alimentos que no les gustaban y que los padres comieran la misma comida que el niño.

Si rechaza la comida en un primer momento, vuelve a intentarlo varias veces (sin presionarle). Puede tardar entre 10 y 15 veces hasta que a un niño le guste un nuevo alimento.

Es mucho más fácil hacer que un niño pruebe nuevos alimentos que forzarle a que se los coma. Prueba a ofrecer porciones pequeñas.

Utilizando recompensas como pegatinas puedes mejorar la tolerancia de tu hijo a aceptar nuevos alimentos y hacer que cada nuevo plato sea algo divertido. Felicita a tu pequeño cuando pruebe nuevas comidas y mantente imparcial si decide no comerselas.

4. Sé un modelo de alimentación sana

También es importante comer con tu hijo cuando le ofrezcas comidas nuevas. ¡No puedes esperar que tu hijo coma verduras si tú tampoco te las comes!

Los niños con padres que tienen hábitos alimenticios saludables suelen ser menos "quisquillosos", suelen probar más verduras que no les gustan y en general consumen más fruta y verduras.

5. ¡Los niños pueden ser nuestros pinches de cocina!

Hacer que toda la familia participe a la hora de cocinar puede aliviar el estrés durante las comidas.

¡No tienes por qué hacerlo todo tú solo! Puedes hacer que tu hijo lave los alimentos que vas a cortar o que ponga la mesa mientras la cena está en el horno.

Hay varios estudios que muestran que los niños que se involucran de alguna manera en la preparación de las comidas tienen una actitud más positiva hacia la comida y son suelen comerse la comida que han ayudado a cocinar.

Haciendo que tu hijo sea tu pinche en la cocina conseguirás que coma más alimentos saludables a corto plazo y le vas a enseñar buenas prácticas para toda la vida.

Si dejas que tu hijo desarrolle sus propios gustos, preferencias y pasión por la comida sana, las comidas en familia serán más amenas a corto plazo y la dieta de tu hijo se verá beneficiada a largo plazo.

Autores: Kathryn Walton, Dietista y profesora en Nutrición Aplicada, Universidad de Guelph y Jess Haines, Profesora Asociada de Nutrición Aplicada, Universidad de Guelph

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A falta de otras estrategias, muchos padres optan por decir lo primero que se les viene a la cabeza: reaccionan a los comportamientos de sus hijos con una retahíla de frases típicas que han ido arraigándose con el paso de los años. No hay nada malo en eso, de hecho es muy comprensible. Pero, por desgracia, muchas de esas frases clichés están obsoletas y basadas en suposiciones erróneas acerca de la mentalidad de los niños. Otras frases simplemente son el resultado del estrés que provoca ser responsable de un pequeño humano. A continuación, se incluyen ocho frases muy comunes que debemos evitar:

"Ya se cansará". 

A veces, los niños tienen compulsiones inexplicables. Puede que sientan la necesidad irrefrenable de correr por casa desnudos, pegar grititos o decir groserías. Algunos padres reaccionan dejando que el niño haga lo que quiera por un tiempo para que "se canse". Desgraciadamente, esa idea está basada en un trágico malentendido del cerebro humano y el concepto de catarsis.

Lo cierto es que los niños no nacen con un deseo finito de correr desnudos por casa. La mente humana no funciona así. De modo que permitirles correr desnudos no agotará sus ganas de quitarse la ropa y echar a correr. De hecho, es posible que tenga el efecto contrario. Permitir a un niño "hacer algo hasta que se canse" alimentará sus ganas de seguir haciéndolo.

 La solución para evitar estos comportamientos problemáticos es practicar el comportamiento opuesto. Por ejemplo, podemos animar al niño a que corra por casa en ropa interior o en pijama. Otra opción es animarle a correr vestido porque "eso es lo que hacen los mayores". Hay que reforzar los comportamientos positivos, no los negativos.

"Eres malo". 

En los peores momentos, los padres pueden sentir que su hijo es una mala persona. Puede que sientan que su pequeño es vengativo y que se comporta mal para que los demás se rían. En esos momentos, cuando se está enojado, es probable que surja el deseo de preguntar a los hijos por qué se portan tan mal o incluso de decirles que son malos.

Sin embargo, esa agitación causada por el mal comportamiento de los niños se basa en una suposición errónea. Existen muchas razones por las que los niños se comportan mal; no tienen por qué ser personas llenas de odio y rencor. Decirle a un niño que es malo hará que interiorice el mensaje, lo que puede conducir a un comportamiento aún peor y dar lugar a distintos problemas psicológicos, como la depresión o la ansiedad.

Una táctica más adecuada en estos casos es decir que el comportamiento es negativo y tratar de reforzar el hecho de que el niño es una buena persona capaz de comportarse de forma correcta. Criticar el comportamiento en lugar de al niño nos permite conectar ese comportamiento con sus consecuencias, por ejemplo: "Tiraste el juguete, de modo que ahora no puedes jugar con él".

Es más, es incluso mejor resaltar los comportamientos positivos, dado que se producen muchas veces a lo largo del día, y enfatizarlo ayuda a que el niño vea qué es lo positivo.

"... o de lo contrario...". 

Esta frase es un puente entre un comportamiento y su consecuencia. A menudo tendemos a usarla cuando estamos enojados y denota una amenaza. Pero las amenazas son una manera poco eficiente y poco racional de criar a un niño.

En lugar de amenazarles con quitarles el juguete, debemos enfatizar las consecuencias naturales de las acciones de los niños. Existen algunas reglas al respecto: las consecuencias deben estar relacionadas de manera razonable con el comportamiento, deben ser inmediatas y han de explicarse con calma para que el niño consiga interiorizarlo. Además, es importante que cuando expliquemos las consecuencias les recordemos que seguimos queriéndoles.

"No seas tan tímido". 

Obligar a un niño a saludar a personas con las que no se siente cómodo puede derivar en un trastorno de ansiedad en el futuro. Y cuando esa exhortación paterna va acompañada de una orden de abrazar, dar la mano o dar un beso, parece que lo que estamos diciendo es que "no importan tus límites corporales cuando estás con personas con más autoridad que tú". Y con el reciente movimiento del #metoo ("yo también"), no es la mejor lección para un niño.

Algo que ayuda a los niños tímidos es la práctica, el apoyo y la preparación. Los niños tímidos se manejarán mejor si saben de antemano lo que va a pasar y han practicado los saludos, aunque sea chocar la mano con alguien en lugar de un apretón de manos o un abrazo. Esto también ayuda a gestionar las expectativas de un visitante.

"A tu recámara". 

A menudo se entiende esta táctica de disciplina como una respuesta a un comportamiento antisocial. De este modo, el niño tiene la oportunidad de reflexionar sobre su comportamiento, siempre y cuando se haga de manera calmada y considerada y se hable sobre lo ocurrido y sobre cómo se podían haber hecho mejor las cosas.

Sin embargo, conviene recordar que este tipo de castigos deben tratar de incrementar el comportamiento social. Así pues, mandar a un niño a su cuarto es lo último que un padre debería hacer. Nunca sabemos lo que el niño va a hacer ahí dentro. ¿Leer un libro? ¿Jugar a algo? Haga lo que haga, seguro que no está replanteándose su comportamiento. Es mejor mantenerlos cerca y tranquilos que mandarles lejos a pensar en privado.

"Por qué no puedes ser más como tu hermana". 

La rivalidad entre hermanos puede resultar muy perjudicial. De hecho, la violencia en el hogar familiar suele darse más entre hermanos que entre padres e hijos. Lo último que necesita una relación tensa es más competitividad y presión por parte de los padres.

En lugar de hacer comparaciones innecesarias, los padres deberían fomentar la cooperación entre hermanos. Es aconsejable proponer juegos no competitivos y cooperativos; y pedir a los niños que trabajen juntos para un mismo fin es mucho mejor que recalcar las debilidades del uno o del otro.

"Si de verdad me quisieras...".

Existe una delgada línea entre la culpa y la coacción. El sentimiento de culpa es necesario y es sano cuando impulsa a una persona a reparar un daño. La culpa requiere empatía, es decir, ser capaz de reconocer que las acciones de uno han conducido a que otra persona se sienta mal.

Los padres pueden usar la culpa a su favor señalando que los actos de un niño pueden afectar a los sentimientos de otra persona. Pero la táctica llega demasiado lejos si un padre amenaza o pone en entredicho el vínculo de amor con su hijo. Ese amor es lo que permite que el niño construya un sentimiento de seguridad que le permite explorar el mundo y sentir que siempre habrá un lugar seguro al que puede regresar.

Si le quitas al niño el pilar del amor estás arrebatándole el sentimiento de seguridad, lo que puede provocarle ansiedad y comportamientos aún peores. Es mucho más aconsejable recordar a los niños que siempre se les va a querer, independientemente de cómo actúen; también hay que recordarles que su comportamiento tiene consecuencias y que pueden hacer que otras personas se enojen, estén felices, se sientan orgullosos o tristes.

"Tú te lo buscaste".

Los estudios demuestran que educar a un niño con amenazas y violencia puede llevarles a ser adultos antisociales y violentos, en especial si esas amenazas se manifiestan de forma violenta.

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Antes de levantar el teléfono y llamar, piensa que tal vez lo mejor sea enviar un mensaje.

Cuando ocurre algún desastre natural como un sismo, lo primero que todos hacemos es intentar comunicarnos con nuestros familiares o amigos. El problema es que la mayoría levanta el teléfono para hacer una llamada y eso tiene un gran inconveniente: las líneas se saturan y eso impide la comunicación para quienes realmente necesitan ayuda.

Entonces, ¿qué debemos hacer? La recomendación en estos casos es utilizar alguna aplicación de mensajería para ponerse en contacto. Claro, WhatsApp es la app más popular de este tipo, pero también existen otras como Facebook Messenger, Telegram o Line.

Pero si no estás conectado al Wi-Fi, la red de datos móviles no funciona o tu aplicación está caída, entonces todavía hay otra opción: los mensajes SMS.

El SMS (Short Message System) es un sistema que se inventó hace más de 30 años, y sigue funcionando en todos los teléfonos sin importar el modelo o la marca. Este tipo de mensajes son los que se enviaban antes de que los smartphones y las aplicaciones llegaran a nuestra vida.

El uso de mensajes SMS ya probó ser de mucha utilidad en el terremoto que sacudió México el pasado 19 de septiembre de 2017. Así que la próxima vez, antes de levantar el teléfono y llamar, tal vez lo más sensato sea enviar un mensaje y dejar libres las líneas para las verdaderas emergencias.

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Debido a que nuestra generación creció bajo la idea de que la barba y el bigote eran algo grandioso, casi nadie se preocupó por encontrar la manera correcta de rasurarse y este descuido nos ha salido bastante caro.

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