Elizabeth Palacios

Elizabeth Palacios

Domingo, 18 Febrero 2018 06:27

Enfermarse lejos de casa

Hace algunas semanas que Claudia regresó de Bolivia, su tierra natal. Va al menos una vez al año, que realmente es muy poco cuando estás lejos de tu casa. Al volver lo primero que le pasó a mi amiga fue… ¡enfermarse!

Sí y casi siempre le pasa, aunque esta vez de verdad le dio con tubo. No hay nada más triste que enfermarte cuando estás lejos de tu familia.

Mi amiga tiene muchos años viviendo en México por tanto, su círculo social es amplio y sus redes de sostén emocional, muy fuertes. Eso la hizo sentir bien, acompañada y cuidada mientras estaba convaleciente. Yo me enteré hasta que días después ella agradeció en sus redes sociales a quienes la ayudaron. Obvio le reclamé por no avisarme pero por fortuna, no estuvo sola y muchas personas estuvieron al pendiente de lo que necesitaba. Pero no todos tienen la misma suerte.

Mi amigo Diego, venezolano expatriado hace menos de un año en México, se enferma mucho y ahora se ha vuelto un experto en auto-medicarse antigripales y cuanta cosa puede cuando se enferma. Cosas de esas que uno puede comprar en cualquier Oxxo. ¡Ah pero el otro día tuvo que ir al médico por algo más serio y me escribió! Resultó con un esguince cervical y salió de la consulta con un collarín.

Gracias a él y sus consejos he probado medicinas que ni me habría imaginado, como esos granulados que vacías en agua caliente y como por arte de magia te reviven de entre los muertos cuando tienes gripa. También gracias a él, que ha estado pendiente de mí cuando me he enfermado, me he dado cuenta de lo importante que es para mis amigos extranjeros —o simplemente no chilangos- sentirse acompañados cuando la salud decide irse de vacaciones. Sí, él es rudo y dice que nunca siente nada pero cuando está enfermo se pone chipil y me manda más mensajes que nunca.

Hoy me tocó a mí. Tras semanas de estrés contenido, tengo un primer día de descanso y ¿en qué decide mi cuerpo utilizarlo? ¡Pues en enfermarse! Y ahí están, todas mis energías enfocadas en una sola cosa: respirar. Sí porque mi nariz está inflamada, llena de moco, y tengo tanta tos que hasta cuadritos en el abdomen tendré después de esto. Así que estoy aquí, enferma y tirada en mi cama. Pero a mí mis hijos me hicieron de desayunar huevo con frijoles, jugo de naranja y café. Pude dormir sin sentirme sola. Soy afortunada.

Mi amigo Ricardo también está enfermo hoy. Él vive aquí hace nueve meses pero es originario de Mexicali —y es un necio que dice que las quesadillas siempre llevan queso-.

Hoy es mi huésped por algunas horas pues, tras leer en mi Facebook que estaba convaleciente, me mandó un mensaje preguntando si necesitaba medicina y amablemente me trajo un jarabe para la tos, algo que hoy se agradece más que si hubiera llegado con un bote de nutella.

Él necesitaba hoy un lugar para compartir convalecencias. Y es que ¿hay mejor medicina que la compañía y la amistad? Yo creo que no.

La primera vez que me enfermé fuera de casa fue en Italia, hace ya 20 años. Me dio influenza y por aquel entonces esa fuerte gripa no existía en México así que cuando me atacó en Europa en serio no sabía qué hacer.

Cometí el error de no comprar un seguro médico y pues sobreviví a base de desenfrioles. Nada más. Puro sufrimiento y soledad.

Hace ocho años, llegó a mi casa un periodista a quien di asilo por unos meses mientras hacía un trabajo. Nos volvimos amigos tan cercanos que aún ahora somos como familia, aunque él haya vuelto ya a Madrid.

Arturo se llama. Y una sola vez tuvo que usar su seguro médico mientras vivió en mi casa: tenía una vieja lesión y al cargar a mi hijo, comenzó a sentir molestias. Nos asustamos y terminamos de madrugada en el Hospital Español.

Acompañarlo, e incluso que las enfermeras pensaran que era su pareja, para él fue importante. Claro, estar solo cuando te enfermas o te sientes vulnerable, es una cosa que no se le desea a nadie. Hoy estoy desvelada porque Arturo se enteró de que hubo un terremoto en Ciudad de México y sin mirar el reloj, me llamó en cuanto lo supo. Yo tenía fiebre alta y no recuerdo que incoherencias le respondí cuando me llamó por Facetime a las 3 am. En cambio, mi romance invernal no fue para llamarme ni mandarme un mensaje desde Bogotá. En tiempos en los que la información viaja a la velocidad de la luz, él ni enterado del sismo, ni de que yo estoy enferma. Saquen sus propias conclusiones.

Así que hoy, mientras estoy aquí viendo series y videos bobos de youtube junto a Ricardo también recordé que fue la primera cara conocida que vi en la calle el pasado 19 de septiembre y que justo a partir de ese día, nuestra amistad se fortaleció en medio de la emergencia. Ayer fue el primero que me escribió para saber si estaba bien después del sismo.

Hoy que estamos aquí, en el sofá de mi estudio, en convalecencias compartidas, sólo puedo decirles dos consejos: cuando viajen o vayan a estudiar o trabajar lejos de casa, compren un seguro de gastos médicos pero también, hagan vínculos fuertes a donde vayan porque los cuidados y el cariño son medicinas que ninguna aseguradora incluye en sus planes.

 

 

Domingo, 11 Febrero 2018 06:37

Viaja con tu mejor versión

Obvio… faltan tres días nada más para el día de San Valentín y por supuesto que mi primer pensamiento fue que esta columna tenía que hablar del amor. Entonces recordé que, si bien disfruto cuando me enamoro —mientras dura-, lo cierto es que cuando viajo disfruto mucho más ser una #ForeverAlone.

Entonces ¿de qué voy a hablar? ¿Sería la misma grinch de cada año explicando por qué me gusta viajar sola y cómo encontrar un alma gemela viajera me ha resultado más difícil que encontrar una que baile a mi ritmo? ¡Ah! Porque en el baile es otro terreno donde la vida me ha condenado. Ninguno de mis amantes ha sido buen bailarín, es más el colmo de los colmos es que ahora me fui a enamorar de un colombiano que no sabe bailar. Desgracia absoluta.

Entonces, igual que he tenido que aprender a sorteármela sola en la pista de baile, mientras mi pareja sexo-afectiva me mira de lejos, también he encontrado la manera de siempre disfrutar los viajes que hago conmigo misma.

Así que de pronto me vino la idea a la cabeza… ¿No sería el mejor regalo del mundo que las personas solteras nos regaláramos unas vacaciones con nosotras mismas para este 14 de febrero?

Así me puse a pensar, ¿cuál sería mi viaje amoroso ideal? Bueno, pues resulta que no conozco Venecia, así que tal vez un paseo en góndola sería una buena idea para iniciar esta cita romántica conmigo. Pero naaa… cliché.

¿Qué tal un viaje místico a India o Tailandia? Mmm, no lo sé, creo que si voy allí me enamoraría de los elefantes antes que de mí misma. En Japón tal vez terminaría enamorada de un robot sexual y en Brasil… ahhh en Brasil seguro no resistiría la tentación de caer a los pies de un sexy carioca.

¿Entonces? Pues llegó a mí un post que puso mi amigo parisino Julien en su Facebook que decía: “un relación sana es aquella donde dos personas independientes hacen un trato para ayudarse mutuamente a hacer de la otra persona, la mejor versión de sí misma” Wow! Vaya revelación.

A ver, si mi romance es conmigo, al pensar los destinos tenía que tratar de recordar, ¿qué lugares o experiencias me han llevado a ser una mejor versión de mí misma?

Al mismo tiempo, conversaba con mi amigo Diego quien por alguna inexplicable razón, siempre que está aburrido me manda canciones para compartir. Debo confesar que me gustan esos micro momentos de intimidad entre amigos. Diego me hizo recordar a Michael Jackson y a su vez, este gran artista me hizo recordar esa favela donde grabó uno de sus videos más célebres: They don’t really care about us.

Fue en mayo de 2011 cuando viajé por primera y única vez a Río de Janeiro con un propósito: conocer la favela de Santa Marta y buscar cómo Michael había ayudado a cambiar la vida de sus habitantes. Un día antes había tenido un affaire con un guapo ecologista brasileño que me dijo algo que nunca olvidaré cuando le manifesté mi miedo de ir a la favela: “si alguien quiere robarte tus cosas, sólo dile que por favor no lo haga. Que son tus herramientas de trabajo, que eres igual a ellos”. Obviamente me parecía completamente ingenuo pero me quedé con el consejo porque no sé si habría funcionado o no para impedir un robo, no tuve ningún episodio de inseguridad en todo el viaje. Pero esas palabras me protegieron de algo mucho más peligroso que la violencia en las calles cariocas. Me hicieron derribar mis prejuicios.

Cuando llegué a la favela, me sentí más confiada de hablar primero con las mujeres y los niños pero hubo dos que especialmente me marcaron y me ayudaron a ser una mejor versión de mí. Ellos jugaban  deshojando un libro de texto viejo y transformando sus hojas en aviones de papel que lanzaban divertidos desde lo alto de la colina plena del colorido caserío de la favela.

Me les quedé viendo insistente por una sola cosa: recordé que yo jamás había podido hacer un avión de papel que volara con tanta precisión. Soy torpe con la papiroflexia. Al notar que los miraba fijamente mientras mi mente se fugaba, el más pequeño de ellos, un niño de piel ébano, ojos grandes y rizos cortos me dijo: ¿juegas?

Así, sin preguntarme nada. Sin sospechar en torno a qué hacía una mujer extranjera metida en su barrio, sin preguntarme ni mi nombre. Como hacen los niños. Él sólo descubrió en mis ojos a esa niña frustrada que en el pasado jamás pudo hacer un buen avión de papel. Su compañero me animó con más ímpetu y me dijo: es fácil, nosotros te enseñamos.

Pasé tres horas con esos chicos intentando hacer aviones. Se burlaron de mi torpeza y yo también lo hice. Mis aviones jamás pudieron tener vuelos tan perfectos como los suyos, pero las carcajadas y el brillo en los ojos parecieron borrar los casi 30 años que había de diferencia entre nuestras edades. Por supuesto para jugar conmigo no me pidieron ni mi pasaporte ni mis diplomas. 

Aquel, como muchos otros, fue un viaje que hice sola y al final, fue una travesía llena de momentos de amor, como este.

Viajar con el amor de nuestra vida puede ser simple. No importa el destino, no interesa si es lejos o cerca, lo que realmente trasciende es lo que vives en cada experiencia y si vas enamorado de ti, estoy segura que podrás encontrar quienes te ayuden a construir tu propia mejor versión. Entonces, ¿te animas a armarte un viaje para ti y tu mejor versión del amor de tu vida? 

 

 

 

Domingo, 21 Enero 2018 06:15

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¡Vivan el acordeón y la parranda!

A veces no hace falta un boleto de avión para vivir una experiencia viajera. En algunas ocasiones sólo con escuchar algunas notas la mente vuela y aunque el cuerpo no se haya subido a ningún avión, se transporta cuando la melodía le lleva en automático a mover los pies y después la cadera.

Eso me pasó a mí cuando conocí a don Carmelo Torres, quien trae la cumbia en la sangre y lo sabe transmitir. Tiene 66 años pero tiene la energía de un muchacho caribeño. Nacido en una familia de músicos, podríamos decir que Carmelo mamó las notas desde la teta. Su padre fue gaitero y sus tíos acordeonistas. Fue este instrumento el que finalmente lo atrapó a él, igual que me atrapa a mí cuando lo escucho tocar.

Era muy pequeño cuando comenzó a querer tocar el acordeón, sin embargo no fue fácil. Tenía 8 cuando tomó sus primeras lecciones pero aquel era un instrumento muy caro. Su hermano le regaló su primer acordeón, pero no tardó mucho en dañarse. Reponerlo le llevó varios años.

Quién iba a decir que aquel niño que sufría por no tener dinero para comprar el instrumento que anhelaba, años más tarde sería uno de los mayores exponentes de la Cumbia Sabanera y defensor férreo de la tradición musical de Colombia.

Tuvieron que pasar diez años para que Carmelo pudiera tener otro acordeón, obtenido ya con el fruto de su trabajo como campesino en los sembradíos de Tabaco. Sólo así pudo juntar aquella plata que tanto necesitaba.

Era la década de los setenta y desde entonces, hace más de 40 años, don Carmelo Torres duerme con su instrumento. Nunca se separan, como un buen y duradero matrimonio.

Carmelo me cuenta que el acordeón es su confidente, su mejor amigo, y lo único que lo consuela cuando tiene alguna pena. Don Carmelo es un viajero incansable. A sus 66 años él y su acordeón han pisado escenarios en Francia, España, Italia, Bélgica, Inglaterra, Corea del Sur, Australia y por supuesto México, donde se presentó en octubre pasado como parte de la programación del Festival Internacional Cervantino.

La cumbia sabanera de Carmelo Torres no sólo me hizo mover los pies la noche que lo conocí en el Cine Tonalá, donde él y sus músicos ofrecieron un concierto. Su música me hizo mover el corazón y lo llevó hasta Colombia, un país del cual hasta entonces sabía muy poco.

Aquella mañana que platiqué con Carmelo, yo aún no sabía que mi corazón le daría un vuelco a mis itinerarios y que ahora, estando enamorada de un colombiano por cosas del destino y la casualidad, haya comenzado a investigar más sobre su música, su cultura y su historia.

Don Carmelo me contó que la cumbia sabanera es alegre, pues mezcla los sonidos del campo con el ritmo caribeño de la guacharaca y el acordeón. El canto de las aves, los sonidos del campo, todo era imitado por el acordeón y la gaita. Así nacía cada cumbia, con el campo colombiano en la esencia.

Carmelo tuvo un gran maestro, Andrés Landero, quien le enseñó todo lo que sabe hacer con el acordeón. A su lado recorrió el país entero, llevando la cumbia sabanera con orgullo en su acordeón rojo.

Anduvo con él en las parrandas, siempre lo invitaba a tocar. Gracias a él se volvió un convencido defensor del folclor colombiano por eso hoy se siente contento de tocar en un lugar plagado de jóvenes.

Y sí, es que ahora resulta que la cumbia sabanera se ha puesto de moda entre los jóvenes progresistas de los barrios acomodados de las ciudades del mundo, pero para Carmelo lo suyo sigue siendo el sabor a campo, eso es lo que define a su música.

Pero este enorme representante de la cumbia tradicional colombiana no anda solo por el mundo, tiene cuatro cómplices: Romy Molina, Rodrigo Salgado, José Movilla y Orlando Landeros, sí, el mísmísimo hijo del legendario Andrés, mejor conocido en su tiempo como “el rey sabanero”.

La cumbia sabanera nació en las sabanas de Córdoba, Sucre y Bolívar, sin embargo, en la región de San Jacinto, lugar de donde es oriundo Carmelo Torres, este género tiene una cadencia especial, que tomó de la tradición campesina donde se toca con acordeón, tumbadora, guacharaca y la caja vallenata.

Resultaría inútil preguntar a don Carmelo el significado de la cumbia en su vida, pues, igual que su acordeón, esta música es una extensión de sí mismo. Pero no sabe como contarla, porque —y tiene razón— no se puede explicar la cumbia. Sólo queda gozarla, dejarnos trasladar a través del oído, los pies y las caderas, al campo colombiano, a querer bebernos un aguardiente mientras dejamos simplemente avanzar la noche. Mientras la vida me permite tomar un avión y aterrizar en Colombia, no me queda más que trasladarme a través de su música, una muy buena compañía para esta la última noche del 2017, así que yo aprovecho para desearles muy feliz año nuevo y ¡que la parranda siga!

 

 

 

 

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